Los pobres del tiempo de Jesús


En los tiempos de Jesús había lujosos edificios en las ciudades, miseria en las aldeas; riqueza y ostentación en las élites urbanas, deudas y hambre entre las gentes del campo; enriquecimiento progresivo de los grandes terratenientes, pérdida de tierras de los campesinos pobres. Creció la inseguridad y la desnutrición; las familias privadas de tierra se desintegraban; aumentó el número de jornaleros, mendigos, vagabundos, prostitutas, bandoleros y gentes que huían de sus acreedores. Nada podían esperar de Tiberio ni de Antipas.
Estas gentes constituyen los “pobres” del tiempo de Jesús. Las fuentes hablan siempre de ellos en plural. Son el estrato o sector social más oprimido: los que, al quedarse sin tierras, se han visto obligados a buscarse trabajo como jornaleros o a vivir de la mendicidad o de la prostitución. En Galilea, la inmensa mayoría de la población era pobre, pues estaba compuesta por familias que luchaban día a día por sobrevivir, pero al menos tenían algún pequeño terreno o algún trabajo estable para asegurarse el sustento. Pero cuando Jesús habla de los “pobres” se está refiriendo a los que no tienen nada: gentes que viven al límite, los desposeídos de todo, los que está al otro extremo de las élites poderosas. Sin riqueza, sin poder y sin honor.
No componen una masa anónima. Tienen rostro aunque casi siempre esté sucio y aparezca demacrado por la desnutrición y la miseria extrema. De ello, muchos son mujeres; hay también niños huérfanos que viven a la sombra de alguna familia. La mayoría son vagabundos sin techo. No saben lo que es comer carne ni pan de trigo; se contentan con hacerse con algún mendrugo de pan negro de cebada o robar unas cebollas, unos higos o algún racimo de uvas. Se cubren con lo que pueden y casi siempre caminan descalzos. Es fácil reconocerlos. Entre ellos hay mendigos que van de pueblo en pueblo y ciegos y tullidos que piden limosna junto a los caminos o a la entrada de las aldeas. Hay también esclavos fugitivos de amos demasiado crueles, y campesinos escapados de sus acreedores. Entre las mujeres hay viudas que no han podido casarse de nuevo, esposas estériles repudiadas por sus maridos y no pocas prostitutas obligadas a ganarse el pan para sus hijos. Dentro de ese mundo de miseria, las mujeres son sin duda las más vulnerables e indefensas: pobres y, además, mujeres.
Rasgos comunes caracterizan a este sector oprimido. Todos ellos son víctimas de los abusos y atropellos de quienes tienen poder, dinero y tierras. Desposeídos de todo, viven en una situación de miseria de la que ya no podrán escapar. No pueden defenderse de los poderosos. No tienen un patrón que los proteja, porque no tienen nada que ofrecerles como clientes en aquella sociedad de patronazgo. En realidad no interesan a nadie. Son el “material sobrante del Imperio”. Vidas sin futuro.
La vida insegura de itinerante acercaba mucho a Jesús a este mundo de indigentes. Vivía prácticamente como uno de ellos: sin techo y sin trabajo estable. No llevaba consigo ninguna moneda con la imagen del César: no tenía problema con los recaudadores. Se había salido del dominio de Antipas. Vivía entre los excluidos buscando el reino de Dios y su justicia.
Pronto invita a hacer lo mismo al grupo de seguidores que se va formando en su entorno. Compartirán la vida de aquella pobre gente. Prescindirán de la túnica de repuesto, la que servía de manta para protegerse del frio de la noche cuando se dormía al raso. No llevarán siquiera un zurrón con provisiones. Vivirán de la solicitud de Dios y de la hospitalidad de la gente. Exactamente como aquellos indigentes. Ahí está su sitio: entre los excluidos del Imperio. Para Jesús es el mejor lugar para acoger y anunciar el reino de Dios.
No puede anunciar el reino de Dios y su justicia olvidando a estas gentes. Les tiene que hacer sitio para hacer ver a todos que tienen un lugar privilegiado en el reino de Dios; tiene que defenderlos para que puedan creer en un Dios defensor de los últimos; tiene que acoger, Antes que a nadie, a los que día a día se topan con las barreras levantadas por las familias protegidas por Antipas y por los ricos terratenientes. No se acerca a ellos de manera fanática o resentida, ni rechazando a los ricos. Solo quiere ser signo claro de que Dios no abandona a los últimos.
Identificado con ellos y sufriendo de cerca sus mismas necesidades, Jesús va tomando conciencia de que, para estos hombres y mujeres, el reino de Dios solo puede resultar una “buena noticia”.
(José Antonio Pagola. JESÚS. PPC. 181-183)

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