Acompañamiento espiritual (2)


La misión del acompañante es una misión muy delicada. Es alguien que puede hacer mucho bien, pero que también puede hacer mucho daño. Va a entrar en zonas muy íntimas de la persona, va a manejar cuestiones muy delicadas… Por eso es importante que además de sus cualidades y su preparación, el acompañante viva su delicada tarea desde una profunda fe en Dios que quiere utilizar su mediación, siempre limitada, para ayudar a la persona. Todo acompañamiento tiene que ser un acompañamiento orante.

Para quien es acompañado, para quien se deja acompañar (lo cual no siempre es fácil, y quizá menos cuando más lo necesitamos…) el acompañamiento es una ayuda de valor inapreciable y una mediación bien palpable del cariño y la proximidad de Dios. El hecho mismo de acompañarse ya le va a ayudar a mirar con atención su proceso espiritual, a tomar conciencia de él, a intentar formularlo… El acompañamiento le va haciendo caer en la cuenta de cuál va siendo la obra de Dios en él.

Para que la relación entre acompañante y acompañado dé de sí todo el fruto que está llamada a dar, va a ser necesaria, además de la finura espiritual y la pericia del acompañante, la plena confianza y la transparencia del acompañado. Se va construyendo así una relación en la que es iluminada la propia y personal experiencia espiritual de la persona. Una transparencia que puede ser torpe o balbuciente en sus formulaciones, pero que ha de ser limpia y plena en sus manifestaciones.

En definitiva en el acompañamiento se nos propone una aventura creyente… y un acto de profunda fe en Dios y en el Dios que utiliza mediaciones humanas en su obra salvadora.

Quiero antes de acabar esta reflexión hacer dos pequeñas observaciones que creo necesarias para evitar confusiones y tópicos inexactos. La primera es que acompañamiento y confesión sacramental son dos realidades distintas y separables, aunque en algún momento o circunstancia se puedan dar simultáneamente. La segunda, en buena parte derivada de la anterior, es que el acompañante no tiene por qué ser un sacerdote: puede ser cualquier cristiano/a con la experiencia espiritual, cualidades y preparación a la que antes hemos aludido.

Y, sin duda, tanto ser acompañados como acompañar a otros son una de las gracias mayores que Dios nos puede conceder: la de ser testigos en primera línea de la maravillosa acción de Dios en las personas que se abren a El.

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