Comentarios tercera semana de Cuaresma, ciclo c


¿CASTIGO DE DIOS?

‘Castigo de Dios’ es una expresión que se suele oír cuan­do sucede alguna tragedia. Pronunciar esta frase produce ali­vio a quienes consideran que Dios es un juez severo que, con frialdad, examina la vida y obras de sus clientes, dictando sentencia condenatoria para los culpables. ‘Dios premia a los buenos y castiga a los malos’, nos dijeron desde pequeños; pero esta afirmación no corresponde, tal vez, a la etapa de nuestra existencia en la tierra, pues ese Dios -justo juez-parece callar demasiadas veces ante la injusticia flagrante, ante el dolor y la opresión humana.

Para algunos, Dios no interviene siempre, sino que manda de vez en cuando un aviso, a modo de escarmiento, para que estemos alerta. Dios se puede cansar, se nos ha dicho. Tiene paciencia hasta un cierto límite.

Pero ¿es éste el rostro del Dios de Jesús? En una ocasión «se presentaron a Jesús algunos para con­tarle que Pilato había mezclado la sangre de unos galileos con la de las víctimas que ofrecían». Pilato había asesinado a unos galileos mientras mataban en el templo de Jerusalén unos ani­males que iban a ofrecer a Dios. En las épocas de gran afluen­cia de público al templo, cada uno de los oferentes de ani­males mataba su propia víctima, limitándose el sacerdote a recoger la sangre del animal y derramaría sobre el altar. Lo que sucedió aquel día fue considerado como una gran profa­nación del templo, un sacrilegio, pues se había mezclado la sangre de los animales con la de sus oferentes asesinados.

Quienes pasaron la noticia a Jesús pensaban que se trata­ba de un ‘castigo de Dios’ hacia aquellos galileos, gente pro­pensa a sublevaciones contra el poder romano ocupante y sin demasiados escrúpulos religiosos. Quienes no habían sido ase­sinados podían considerarse justos delante de Dios.

Jesús, que no estaba de acuerdo con semejante raciocinio, les contestó: «-¿Pensáis que esos galileos eran más pecado­res que los demás porque acabaron así? Os digo que no; y si no os enmendáis, todos pereceréis también. Y aquellos dieci­ocho que murieron aplastados por la torre de Sibé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusa­lén? Os digo que no, y si no os enmendáis, todos vosotros pereceréis también» (Lc 13,lss).

Los informadores de Jesús debieron de llevarse una sorpre­sa. La situación se volvió contra ellos. Dios no actúa castigando o haciendo escarmentar a nadie. De ser así, el castigo les hu­biera tocado también a ellos, pues eran igualmente pecadores.

Y por si esto no hubiera quedado bien claro, Jesús añadió esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, fue a buscar higos y no encontró. Entonces dijo al viña­dor: Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué, además, va a esquilmar el terreno? Pero el viñador le contestó: Señor, déja­la todavía este año; entre tanto yo cavaré y le echaré estiércol; y si en adelante diera fruto…, si no, la cortas.»

La higuera, árbol con muchas hojas y bella apariencia, es imagen de un Israel que no da el fruto del cambio y la con­versión (Jr 8,13). Pero Dios tiene paciencia y espera. En lugar de cortar la higuera-Israel, está siempre decidido a seguir ca­vándola y abonándola como el viñador de la parábola. Dios no es partidario de escarmientos: tiene una paciencia infinita. Nadie debe utilizar la tragedia humana como mecanismo de justificación propia. Lo único que justifica ante Dios son las obras. Sólo éstas muestran quién es bueno o malo ante El. Lo demás son falsas imágenes de un Dios del que sabemos Muy poco…

II

LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS

Si la sociedad es injusta, si vemos que en la comunidad eclesial hay mucho que corregir, eso afecta no sólo a los políticos o a la jerarquía eclesiástica; la situación presente y el futuro de los grupos humanos es responsabilidad, en mayor o menor grado, de todos sus miembros. Al menos para los cristianos así queda dicho en el evangelio.

PECADO Y CASTIGO

…le contaron que Pilato había mezclado la sangre de unos galileos con las víctimas que ofrecían. Jesús les contestó:

-¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás por la suerte que han sufrido?  Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Sibé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habi­tantes de Jerusalén? Os digo que no; y si no os enmendáis, todos pereceréis también.

Según la mentalidad más extendida en el pueblo de Israel, los sufrimientos son siempre consecuencia del pecado, el cas­tigo que Dios impone como sanción a quien desobedece sus normas (Ex 20,5).

En un primer momento esta creencia se refería sobre todo a los desastres colectivos: derrotas militares, catástrofes…, se consideraban la consecuencia del alejamiento del pueblo respecto a Dios y a sus mandamientos (Gn 19,1-26; Is 40,2; Am 1,3-2,16).

En tiempos de Jesús, y desde unos siglos antes, la idea de que el sufrimiento era siempre castigo por el pecado se man­tenía, pero el acento recaía en el sufrimiento personal y, sobre todo, en el pecado individual: cada enfermedad, cada desgra­cia era la consecuencia directa de cada pecado cometido por quien la sufría o, en todo caso, por sus progenitores (véase Jn 9,2). Además, la doctrina oficial, especialmente la farisea, reducía el concepto de pecado a la pura transgresión de la ley, resaltando, aún más en el aspecto individual, y encerrando la cuestión en el ámbito exclusivo de la relación entre Dios y el individuo.

Que la gente pensara así resultaba muy beneficioso para las clases dirigentes: los sumos sacerdotes, que colaboraban con los invasores romanos; los fariseos, que no movían un dedo para que la situación cambiara; todos los instalados en la cumbre de la sociedad podían decir, siempre que sucedía algo como lo que cuenta el evangelio de hoy, que la sangre derramada, ya por la violencia del imperio, ya por la casuali­dad o por la incompetencia, era un castigo de Dios: los galileos asesinados por los romanos o los habitantes de Jerusalén aplas­tados por la torre de Sibé habrían pagado con su muerte sus propios pecados. Las víctimas acababan así convertidas en culpables; los verdaderos culpables, absueltos, y el pueblo, asustado y sometido, pues, si no obedecían a los jerarcas, a cualquiera podría pasarle lo mismo.

SI NO OS ENMENDAIS…

Jesús no está de acuerdo con ese punto de vista. El sufri­miento que pueda padecer un individuo no es consecuencia directa de sus propios pecados; sin embargo, la capacidad de hacer sufrir y el potencial de muerte que se han instalado en las sociedades humanas sí que son consecuencia del pecado colectivo del que todos somos personalmente responsables.

Por eso, la ruina o la salvación de una sociedad son cuestiones que afectan a todos Se trata de un asunto que, al mismo tiempo, es personal y colectivo, de tal modo que ni se puede diluir la responsabilidad de cada uno en la de la masa ni se puede eludir la solidaridad olvidando que se trata de un pro­blema común Cada uno, por tanto, debe cambiar en sus actitudes y sus comportamientos y abandonar aquellos -si no os enmendáis – que comportan o favorecen la injusticia, la violencia, el egoísmo  porque en el cambio personal se encierra ya la semilla de una sociedad nueva: al nacimiento de un hombre nuevo corresponde la aparición de una nueva humanidad.

OBRAS SON AMORES

Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, fue a buscar fruto en ella y no lo encontró…

Cierto que la cuestión no es sólo individual. Porque se trata no sólo de evitar el mal, sino de construir, como acaba­mos de indicar un mundo nuevo.

El fruto que, con firmeza aunque sin agobio exige el dueño de la viña es una sociedad organizada de acuerdo con la voluntad de Dios- para nosotros los cristianos sería lo que el evangelio llama «el reino de Dios», puñados de humanidad, comunidades que organizan su convivencia de tal modo que todos se tratan y se sienten tratados como hermanos. No es sólo una sociedad en la que no hay injusticia, odio, egoísmo, violencia…, sino una sociedad en la que se han instalado definitivamente la justicia, el amor, la solidaridad, la paz.

No se puede formar parte del pueblo de Dios (la viña, véase Is 5,1 7) sin estar contribuyendo eficazmente a que ese pueblo sea cada vez más fiel al proyecto del evangelio, sin crecer personalmente en la vida y en el compromiso cristiano y sin asumir como propio el testimonio colectivo de la comu­nidad y la misión de presentar a otros e invitarlos a incorporarse a la tarea de realizarlo. Sería como un árbol que no da fruto, que estorba y resulta perjudicial en un campo. Esto vale para personas y para grupos, organizaciones, institucio­nes… La higuera, en otros lugares de los evangelios, y posible­mente aquí, es figura de la estéril institución religiosa judía. Recordemos el refrán español: ¡Obras son amores -el amor es el fruto- y no buenas razones!

III

NO HAY ESCAPATORIA PARA NADIE

La maldad de los fariseos se hace patente en la mala fe con que lo informan. Vienen a decirle: ‘Tú y tu gente acabaréis tan mal como aquellos galileos, ya que sois galileos y os comportáis como ellos.’ Ellos ya han emitido su veredicto: son unos pecado­res. Jesús, no obstante, jamás condena a ningún zelota o fanático

nacionalista, a pesar de que él morirá como un zelota más: «¿Pen­sáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos porque acabaron así? Os digo que no; y si no os enmen­dáis, todos vosotros pereceréis también» (13,2-3). Ahora es Jesús quien les advierte severamente: «Vosotros no sois menos pecado­res que aquéllos y pereceréis igualmente si no os enmendáis a fondo.» Todos tenemos necesidad de cambiar de conducta, de no ser así perderemos la oportunidad de vivir para siempre.

Acto seguido pasa a la carga y los pone en evidencia: «Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Sibé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y si no os enmendáis, pereceréis también todos vosotros» (13,4-5). Informe contra informe. A los que le habían recordado, como galileo que era y presuntamente zelota, el castigo ejemplar infligido por Pilato a unos nacionalistas galileos, Jesús les recuerda, como jerosolimitanos que son, la muerte por accidente de unos conciudadanos suyos, accidente que ellos consideraban en su casuística como un castigo de Dios. No son menos culpables que aquella pobre gente que ellos han inculpado sin motivo.

PARABOLA DE LA COMUNIDAD ESTERIL

La secuencia concluye con la conocida parábola de la higuera estéril, figura de Israel. Es necesario que nos la apliquemos nos­otros, individualmente y, sobre todo, como comunidad cristiana o iglesia. Una iglesia, una comunidad que no dé frutos no tiene razón de ser, por mucha hojarasca que ostente. Nuevamente Jerusalén? Os digo que no; y si no os enmendáis, pereceréis también todos vosotros» (13,4-5). Informe contra informe. A los amo (= Dios) con la del viñador (= Jesús mismo). Pero todo tiene un límite: «hace tres años… déjala aún este año» (13,7-8), un período completo. Jesús suplica por su pueblo y por cada comunidad cristiana. Y se compromete con ella: «entre tanto yo la cavaré y le echaré estiércol» (13,8). Siempre espera, contra toda esperanza: «si en adelante diera fruto…» (13,9a). Resuena la buena noticia del ángel Gabriel a María: «y la que decían que era estéril está ya de seis meses; para Dios no hay nada imposible» (1,36-37). Isabel personificaba el estamento religioso, causa de esterilidad. «¡Si no, la cortas!» (13,9b).

IV

Análisis

El texto del libro del Éxodo nos presenta una versión -la más conocida, seguramente- de la así llamada vocación de Moisés, que es también la “autopresentación” de Yavé.

Las antiguas opiniones sobre diferentes fuentes hablan de dos antiguas tradiciones que se integran en este texto. Según Gen 4,26 Enosh fue el primero en invocar el nombre de Yavé, sin embargo, acá Moisés no lo conoce por lo que Diosa se lo debe revelar. Por otra parte el nombre del monte es Horeb y no Sinaí, y el suegro de Moisés es Jetró mientras que en 2,18 es Reuel. Así se ha hablado de las diferentes tradiciones a las que históricamente se las llamó Elohista y Yahvista, aunque el tema hoy está en discusión (en especial la antigüedad de estas, y la existencia del primero).

Muchos elementos podríamos señalar, pero destaquemos solo algunos:

Moisés es llamado, y como es frecuente en los relatos de vocación de la Biblia se sigue un esquema similar: (1) oración y respuesta, v.7 y v.9;(2) promesa de salvación, v. 8 y v.10; (3) encargo, v.16-17 y v.10; (4) objeción, 4,1 y v.10; (5) signo, 4,1-9 y v.12; (6) nueva objeción, 4,10 y v.13; (7) respuesta final de Dios, 4,13-16 y 4,17. Como se ve, parecería que las dos fuentes entremezcladas tienen el mismo esquema. Que se utilice un “relato de vocación” nos pone en el contexto de los profetas, lo que no es ajeno al texto, ya que Moisés debe ser “escuchado” como uno que habla “en nombre de Dios”.

Otro elemento es lo que causa la intervención de Dios: lo que lo motiva es “el clamor”. El grito de dolor no deja a Dios “fuera” de la historia. Desde el clamor de la sangre de Abel, Dios toma partido por “los-que-claman”, los que sufren la opresión e injusticia (Gn 18,21; 19,13; Ex 11,6; 22,22: “no dejaré de oír su clamor”; 1 Sam 9,16; Is 5,7; Sal 9,13). El clamor de su pueblo no le permite “hacer oídos sordos”, y frente a ese dolor es que elige y envía a su elegido “Moisés”.

Finalmente digamos algo sobre el “nombre” de Dios. Entre los antiguos semitas, el “nombre” es el sentido, es su misma existencia. Que Dios tenga nombre, y distinto del nombre que recibió hasta ahora indica que algo ha cambiado (cambiamos de Dios); este es un Dios que se muestra a partir de la historia, como un Dios que manda a los que elige para dar respuesta a los clamores que lo conmueven y no lo dejan indiferente. ¿Qué significa el nombre de Dios? Podemos preguntarnos qué significó en su origen, y qué significó para los lectores del Éxodo. No es fácil dar respuesta, lo cierto es que parece incluir el verbo “ser”/”estar”: las opiniones más sólidas hoy son tres: “yo soy el que hace ser”, lo que remite a que Dios es creador, aunque no se entiende a qué viene esta confesión de fe en este momento; además de que el reconocimiento de Dios como creador parece más tardío, como en el 2º Isaías, en tiempos del exilio); “yo soy el que soy” en el sentido de resaltar Dios existe, mientras que los dioses-ídolos no existen (en ese sentido parece usarlo Os 1,9), el marco remite en cierto modo a la alianza y la “duplicación” destaca la soberanía de Dios que “hace misericordia con quien hace misericordia” (Ex 33,19), es decir: siempre; finalmente, “yo soy el que estaré” (con ustedes), es el Dios de la presencia salvadora, el que acompaña la historia. Este último por el contexto, y el anterior por el marco son los que nos parecen más probables: Dios garantiza su presencia y se enfrenta con los dioses de Egipto: el clamor de su pueblo por el sufrimiento no puede quedar impune.

Nos encontramos ante uno de los salmos (el 94) más “cristianos” del AT. La misericordia aparece como la característica fundamental de Dios que, además, es presentado como “padre”, como un Dios que supera la justicia yendo más allá, hasta las fronteras del perdón. Como ocurre con frecuencia en los “himnos” de “acción de gracias”, al comienzo (v.1) y al final (v.22) se repite la misma idea (en este caso literalmente). Quizá debamos señalar que no es este uno de los salmos más creativos literariamente (por ejemplo, no parece muy amante de sinónimos y algunas palabras, como rhm y hsd, ternura y misericordia, se repiten con frecuencia, casi monótonamente), aunque esto no impide que sea muy profundo teológicamente.

No es fácil saber en qué contexto nació ya que a veces parece individual (alma mía) y otras parece comunitario (no nos trata, Moisés, Israel…), y no hay un contexto histórico aparente (por algunos elementos parece post-exílico, pero no parece importante en este caso): puede ser una persona curada de una enfermedad (vv.3-4), una situación nacional (vv.7.18), o una reflexión religiosa sobre Dios, tanto en lo personal como en lo comunitario (v.8). Todas son posibles.

La liturgia incorpora sólo los vv.1-4.6-8 (con lo que omite la extraña comparación del águila que se “renueva” de v.5) y v.11 (con lo que también omite la actitud de Dios que “no paga conforme a las culpas” sino que las supera en misericordia). En v.11 comienzan varias comparaciones marcando la distancia entre el amor de Dios y el hombre con una serie de imágenes (horizonte, padre, polvo, hierba). En la liturgia de hoy sólo tenemos la primera: la distancia entre el cielo y la tierra.

El orante se invita a sí mismo (alma mía) a bendecir a Dios. Los “beneficios” tienen que ver con la retribución (la raíz gml dice relación a eso), no se alaba la justicia rígida, sino que va más allá de la mirada a los méritos (como vuelve a recordarlo en vv.8-10). Luego lo siguen una serie de participios que se aplican a Dios (vv.3-6): que perdona, que cura, que libra, que corona, que sacia, que renueva. Por el lado negativo nos libra de culpas, enfermedades (que suelen ser vistas como consecuencia de las culpas) y -por tanto- de la muerte; positivamente nos da ternura, misericordia, bienes (hsd, rhm, twb). Ambos elementos, negativos y positivos, tienen como conclusión que nos rejuvenecen.

De allí se pasa a algo más social que personal: la justicia y la liberación con lo que prepara a la referencia -ahora nacional- a Moisés e Israel (v.7). La idea de que Yavé es clemente y compasivo la encontramos en Ex 34,6; Jl 2,13; Jon 4,2; Sal 86,15; 145,8; Neh 9,17 con coloración litúrgica. Esto se expresa por comparaciones que -como vimos- la liturgia sólo incorpora la primera, la diferencia de altura entre cielo y tierra -la más grande imaginable- (ver Sal 36,6; 57,11), que sirve para mostrar cómo es de grande el amor de Dios (“como [min] el cielo es más alto que la tierra…” Is 55,9; ver Jb 11,8; 22,12). El Salmo aparece, entonces, como una presentación de Dios en la historia tanto personal como comunitaria, y su característica principal radica en su ternura (materna) y su paternidad que actúa en esa historia y nos debe llevar (imperativo) a alabarlo constantemente.

La Primera carta de Pablo a los Corintios presenta muchas dificultades cuando pretendemos “ubicarla”. Parece muy desordenada, y no es evidente que todo esté en el lugar que Pablo lo pensó. Sabemos que Pablo contesta preguntas escritas que la comunidad le ha hecho (7,1) y es probable que cada vez que usa “con respecto a” también lo esté haciendo (7,1.25; 8,1; 12,1; 16,1.12). Eso no impide que se hayan introducido en el resto de la carta textos provenientes sea de otras cartas o de nuevas circunstancias que exigieron una reelaboración del escrito por parte del mismo Pablo (esta última es nuestra opinión pero no es el caso destacarla acá). En principio, entonces, el texto de 1 Cor 10,1-13 pertenece al bloque donde Pablo responde acerca de la carne ofrecida a los ídolos.

Sin embargo, la frase “no quiero que ignoren” destaca que comienza una nueva unidad, como además se ve en el uso de “hermanos”. La referencia evidente a los acontecimientos del desierto nos hace pensar que estamos ante una relectura del A.T., o una breve homilía, en clave evidentemente cristiana: se compara la nube y el paso del mar con el bautismo, el maná y el agua con la eucaristía, y se recuerda que esos acontecimientos ocurren “en figura” (vv. 6.11) y que no deben, los corintios, repetir lo malo que hicieron en el desierto “nuestros padres”. El discurso se mueve de a pares: nube/mar, alimento/bebida espiritual, y pretende que “no hagamos como ellos hicieron” donde se repiten, siempre de a pares, los verbos que caracterizan el comportamiento incorrecto de los israelitas en el desierto y que Pablo pretende que los cristianos eviten: codiciar, fornicar, tentar, murmurar. En el centro encontramos una actitud que también se debe evitar pero no tiene su par, pero -por el contrario- está iluminada por un texto bíblico: “no idolatren”; la referencia es al “becerro de oro”, pero la cita remite a la comida y bebida. Seguramente Pablo podía haber escogido otra cita mejor para aludir a la idolatría, pero esta hace referencia a la comida que es lo que a Pablo le interesa marcar. De allí que pase a la siguiente unidad recordando “huyan de la idolatría” (10,14) para volver a la comida de carne ofrecida a los ídolos, que -como vimos, es el marco de la unidad. El hecho de que “no idolatren” no tenga par (“como ellos idolatraron”) y que sea iluminado con la Escritura revela que para Pablo es el corazón del relato.

La referencia a las figuras (typos) del AT que recuerdan el bautismo y la eucaristía, parecen decir que no se debe creer que por ser partícipes de la comunidad sacramental, no por estar bautizados y tomar parte de la eucaristía tenemos la garantía de no caer (eso sería hacerse un ídolo; ver 11,30). La idolatría es la clave de la unidad (lamentablemente omitida por el texto litúrgico). Los israelitas cayeron, y también nosotros debemos cuidarnos de no caer: “el que crea estar de pie cuide de no caer” es la conclusión y la clave del texto.

El Evangelio se ubica en el “viaje a Jerusalén” donde Lucas presenta muchos textos de su fuente propia, “L”, un poco -aparentemente- desordenados. Sin embargo, el relato presenta una cierta semejanza en la forma con lo que viene diciendo: en 12,51 también había preguntado “creen que…” y su respuesta fue “les aseguro que…” concluyendo con una parábola. En este caso se presenta abruptamente una situación histórica, con una aparente interpretación religiosa. Jesús corrige esa interpretación e incluso presenta otra situación semejante que se prestaría a la misma interpretación. “No, les aseguro” es la corrección que Jesús propone (vv.3.5) para lo cual presenta otra parábola (vv.6-9).

El acontecimiento histórico nos es desconocido. Se han propuesto diferentes hechos, pero ninguno coincide exactamente con este. Es extraño que Flavio Josefo no lo haya narrado siendo, como es, muy poco amigo de Pilato. Pero el debate supone un (o dos) acontecimiento(s) ocurridos realmente. La mezcla de sangre de galileos con la de los sacrificios hace pensar en la fiesta de la Pascua: en esa fecha Pilato y los peregrinos -también los de Galilea- se encuentran en Jerusalén, y los laicos participan de los sacrificios ya que deben llevar a su casa, o lugar de tránsito, el cordero para ser comido en familia. El otro hecho afecta a 18 personas, si el primero es incidental, este es ocasional, en el primero hay un criminal, pero en el segundo hay un hecho casual, lo común de ambos son los muertos y la interpretación que los interlocutores de Jesús hacen del hecho. De la torre de Siloé sabemos de su existencia, y su ampliación. Josefo la narra, pero no cuenta -tampoco- ningún accidente de este tipo. No sabemos si Lc no está pensando o puede estar releyendo la caída de Jerusalén posterior al 70, pero más allá del o los hechos históricos, lo importante es la respuesta a la imagen de Dios que todo esto supone.

La opinión teológica clásica establece una estrecha relación entre culpabilidad y castigo, de allí que los interlocutores piensan que en estas muertes Dios ha castigado sus pecados; estamos cerca de la teología tradicional de la “retribución”, la misma que defienden los amigos de Job. Jesús no cuestiona la culpabilidad de los galileos, pero se niega a presentar un Dios así de cruel, y prefiere mostrar un Dios en diálogo con los hombres, un Dios que dé espacio a la conversión. “Si ustedes no se convierten” pone a los oyentes en el mismo nivel que los galileos y parte de la ideas de que “todos son culpables”. Y nos lleva a mirar el mundo y los acontecimientos no como espectadores sino como actores. En vv. 2 y 4 se pone en paralelo pecadores y deudores; seguramente los lectores griegos de Lucas no entienden “deuda” en un sentido también religioso (ver el Padre nuestro donde Lc dice “pecados” donde la fuente decía “deudas”) pero al estar en paralelo no precisa explicación y se comprende que aquí por “deuda” debe comprenderse “culpa”. Al rechazar esta imagen de Dios, Lc presenta una divinidad menos poderosa y más misericordiosa, presenta un Dios de amor y nos invita a tener presente que nuestra suerte se juega en el perdón de Dios más que en nuestras actitudes.

En este marco, Jesús nos presenta una parábola. Con frecuencia se la ha alegorizado (por ejemplo los 3 años harían referencia a la vida pública de Jesús, dato del que Lc nunca habla y parece desconocer). Sabemos que con muchísima frecuencia Israel es comparado con una vid (el ejemplo más evidente -y es solo uno entre muchos- es Is 5,1ss-, pero también se ha comparado a Israel con una higuera (ver Jer 24,1-10). Es interesante que ambas imágenes se mezclan algunas veces en los profetas (Jer 8,13; Os 9,10; Mi 7,1). No es necesario decir que la vid representa a Israel y la higuera a Jerusalén, probablemente el uso de ambas imágenes tiene como intención simplemente reforzar la idea (ver Mi 4,4) y que quede muy claro de quienes se está hablando, de Israel, y de ese modo mover a la “conversión” (metánoia) que es el centro de toda la unidad. La higuera no sólo no da fruto sino que ocupa un lugar importante. El poseedor repite lo que sabemos, que ha ido a buscar infructuosamente, pero aporta nuevos elementos: que hace tres años que lo hace, y su decisión de cortarla; la destrucción es aquí, imagen del juicio. Lo sorprendente ocurre con la intercesión del viñador (es común en la Biblia que el intercesor sea uno inferior como es en este caso el viñador sobre el dueño de la viña), él se ocupará de dar alimento y bebida a la planta y mueve al dueño a una nueva -y última- esperanza, en este caso un año. Este será la última oportunidad del árbol de dar frutos, sino será cortado. Como otras parábolas, el final permanece “abierto”, no sabemos si la higuera dio o no el fruto esperado, como no sabemos si el hijo mayor entró a la fiesta del padre por el regreso del hijo menor. Como la parábola pretende mover a una actitud, son nuestras actitudes la que darán el final sea negativo o positivo…

Los oyentes, pecadores, tienen también su última oportunidad de dar fruto de conversión para Dios. Los israelitas están invitados, tanto en las desgracias cotidianas, como en la palabra de Jesús, a escuchar la voz de Dios que los invita a la conversión. Y con ellos también nosotros.

Comentario

Jesús nos enseña, en el texto de hoy a aprender a escuchar la voz de Dios en los acontecimientos de la historia. De hecho sus interlocutores también lo hacían, y por eso van a contarle los hechos, pero escuchaban mal, Dios no decía lo que ellos entendían. Es verdad que Dios habla, pero hay que aprender a escucharlo. Dios no nos dice que los muertos de esos acontecimientos drásticos eran pecadores, de hecho todos lo son. Lo que Dios nos dice es que por serlo, debemos convertirnos y dar frutos de conversión. Los frutos son una palabra de Dios para esta etapa de la historia.

La vid y la higuera, representan en la Biblia, frecuentemente, al pueblo de Israel, para que quede claro que se refiere a esto, el pasaje de la parábola nos habla de una higuera plantada en un a viña. Pero en estos casos, el problema, con muchísima frecuencia son los frutos, o para ser precisos, los frutos malos la falta de ellos… ¿De qué sirve una higuera que no da frutos? Si no da frutos reiteradamente, el problema se agrava: no sólo no da fruto sino que ocupa un lugar que se podría aprovechar para otra planta. Dios preparó el terreno, hizo todo lo necesario, se tomó un tiempo prudencial, pero ¿y los frutos? El pueblo que Dios se ha preparado con tanto cariño, ¿cómo responde al cariño de Dios?, el tiempo se acaba y la higuera puede ser cortada. Sólo la intercesión de los trabajadores puede postergar esto un breve tiempo más.

Vivimos en sociedades llamadas cristianas. “Occidental y cristiana” se decía, y los frutos fueron torturas, desapariciones, asesinatos, delaciones, miedo, desesperanza… y más todavía: hambre, desocupación, analfabetismo, falta de salud y vivienda, desesperanza… y “por los frutos se conoce el árbol”. Hoy, muchos llamados cristianos siguen viviendo su fe muy lejos de los frutos de amor y justicia que nos pide el Evangelio: participan de mesas de dinero, de la tiranía del mercado, pagan sueldos “estrictamente «justos»” y precisamente bajos, están afiliados a partidos que nada tienen que ver con la Doctrina Social de la Iglesia (¿se puede -por ejemplo- ser cristiano y neo- liberal? ¡ciertamente no!). ¿Y los frutos? Individualismo, hambre, pobreza… Así, por ejemplo, vemos que uno de los problema que tenemos en América Latina para el reconocimiento “oficial” de nuestros mártires es que quienes los han matado “se llaman ellos mismos cristianos!”, y esto desconcierta a muchos.

¡Cuántos se llaman cristianos entre nosotros! ¡Cuántos son “cristianos comprometidos” participantes de misas y movimientos!… Pero también, ¡cuánto es el escándalo!

“Dios mío: quiero pedirte perdón hoy por haberme olvidado de lo más importante: que eres mi Padre; Señor, nunca más quiero tenerte miedo, soy tu hijo y no tu esclavo. Desde hoy en adelante quiero que estés contento conmigo. Quiero demostrarte con hechos, y no con meras palabras, que te quiero… quiero amarte en cada hombre que me salga al encuentro, porque ésa es tu voluntad. Quiero sufrir con mis hermanos que están sin trabajo, quiero sentir como mía la angustia de miles y miles de jubilados… Haz, Señor, que como Tú, pase por la vida desparramando amor” (Carlos Mugica, http://carlosmugica.com.ar).

No bastan las palabras. De nada sirve una higuera estéril. Una higuera debe dar higos ya que para eso ha sido plantada. Un pueblo redimido por Cristo, debe edificar, con su vida (y con su muerte si fuera necesario) un Reino que dé frutos de verdad, de justicia y de paz, de libertad, de vida y de esperanza…. Estamos lejos, ¡muy lejos! de lograrlo. Es verdad que en decenas de comunidades hay también frutos muy vivos de solidaridad, de paz, de oración, de justicia y de vida, de celebración y de esperanza… y podríamos multiplicar los frutos que vemos en las comunidades; pero todo lo anterior también es cierto. Faltan muchos frutos que dar, falta mucha vida que cosechar y alegría que festejar. El continente de la violencia, de la injusticia y el hambre reclama frutos de los cristianos. Y esos frutos deben darse en la historia. Los acontecimientos cotidianos, de dolor y de muerte, que tan frecuentes vivimos en América Latina nos dan una palabra de Dios, una palabra que debemos aprender a escuchar, que debemos comprender para no creer que Dios dice lo que no está diciendo. Jesús nos enseña la “dinámica del fruto” para aprender a reconocer allí un Dios que sigue hablando y que nos sigue llamando a la conversión. no para una conversión individual y personal, sino que dé frutos para los hermanos, para la historia y para la vida. Y la Cuaresma es tiempo oportuno para empezar a darlos…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 86 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «La sangre de los galileos». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400086 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap86b.mp3

La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 79, que se titula «¿Madre de Dios?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guión y su audio puede recogerse en http://www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=170079 Hay varios otros varios guiones con temas relacionados, que se prestan a un debate-catequesis.

Para la revisión de vida

¿Será que, en mi imaginario religioso, yo creo que el mundo tiene un «segundo piso», el celestial, que maneja lo que pasa en este mundo, y que a su intervención se deben los males y los bienes de lo que nos ocurren? ¿Y que por eso tengo que rezar, o conseguirme de cualquier otra forma el favor del cielo?

¿Tengo una mentalidad premoderna, mágica? ¿Creo que hay Alguien más arriba (o más abajo) que interviene en mi vida?

Para la reunión de grupo

Solemos tener en nuestra visión inconsciente una imagen de Dios como mecanicista: si nos portamos bien nos han de salir bien las cosas, y si nos salen mal pensamos que se deberá a que algo hemos hecho mal… Como si fuera Dios quien enviase el mal al mundo… ¿Qué tipos de mal podemos encontrar en el mundo, y cuáles serían sus orígenes? (Mal natural, mal cometido por el ser humano, mal provocado por él…)

Se dice que la escena del Éxodo que hoy leemos es como la primera presentación de Dios en la historia, la primera vez que entra Dios en ella de un modo decidido… ¿Qué características podemos decir que tiene el Dios bíblico, con semejante «tarjeta de visita»? ¿Qué imagen de Dios refleja este texto bíblico?

Roger LENAERS, jesuita, ha escrito el libro «Otro cristianismo es posible», donde analiza lo frecuente que es que los cristianos seguimos pensando como Platón imaginó el mundo, dividido en dos, con un piso superior donde habita lo divino, que sigue manejando los sucesos de este mundo, por lo que no somos un mundo autónomo, sino “heterónomo”, que depende enteramente de arriba, por lo que debemos estar pendientes de la “revelación” que ese mundo de arriba nos concedió a los humanos, y conducirnos con humildad y sumisión, sin pretender tener una responsabilidad propia y nuestra… Esa división platónica del mundo en dos pisos (el Timeo) nos la han solido presentar como esencial al cristianismo… ¿Es posible otro cristianismo, reconciliado con el pensamiento moderno que reconoce que estamos en un solo mundo, sin dos pisos?

Se puede organizar un debate sobre estas dos formas de ver el mundo. El libro está accesible en internet: http://cursotpr.adg-n.es/?page_id=3

Para captar el favor de ese “segundo piso” está la oración de petición, o los sacrificios y otras prácticas religiosas para conseguirnos el favor del cielo… ¿Tiene sentido la oración de petición? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sentido nos parece que ya no puede tener?

Para la oración de los fieles

Para que tengamos en nuestra fe una imagen de Dios conforme a lo que la Palabra de Dios nos manifiesta: un Dios que interviene en la historia, escucha el clamor de su pueblo y sin quedarse en la pasividad decide entrar en acción, roguemos al Señor.

Para que también nosotros tengamos una espiritualidad que corresponda al Dios bíblico: abierta a captar los signos de la presencia de Dios en la historia, y principalmente dispuesta a escuchar el clamor de los hermanos que sufren, roguemos al Señor.

Para que no achaquemos a Dios el mal que nosotros mismos provocamos, roguemos al Señor.

Para que no decepcionemos una y otra vez al Señor que viene a recoger los frutos que espera de nosotros, sino que con tesón y con esperanza produzcamos frutos de amor comprometido, roguemos al Señor.

Por la humanidad, para que se haga cada vez más consciente de que tiene que cuidar este mundo, sus riquezas naturales, sus aguas, sus bosques, su capa de ozono… como el hogar que nos ha sido dado y que debemos conservar para las futuras generaciones, en vez de destruirlo simplemente por ambición y afán irracional de lucro, roguemos al Señor.

Oración comunitaria

Oh Dios, misterio inabarcable. Acostumbrados como estamos a atribuir a tu acción todo lo que nosotros no sabemos explicar, sobre todo el mal cuyo sentido no logramos captar. Queremos expresarte nuestra voluntad de ser adultos, de asumir nuestras responsabilidades en el mal, y de preferir maduramente el silencio y la acogida del misterio, a la respuesta fácil de achacarte los sucesos incomprensibles o nuestros límites y deficiencias. Nosotros lo aprendemos esto del ejemplo de Jesús, nuestro hermano, tu hijo bienamado.

Comments
One Response to “Comentarios tercera semana de Cuaresma, ciclo c”
  1. Fidel A. Machado dice:

    Excelente comentario del evangelio lo he disfrutado y me ha echo reflexionar.
    Gracias y adelante con esta voz profetica en estos tiempos.

    Atte: Fidel a. machado

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