Comentarios cuarta semana de cuaresma


¿DOS HERMANOS?

Mirando alrededor constatamos, a simple vista, que la fa­milia humana está rota, dividida, descompuesta. Resulta difí­cil encontrar gente capaz de perdonar, olvidar, amar y confiar en un nuevo estilo de relaciones humanas que no esté basado en el propio interés, la rencilla, el rencor o la ‘ley del talión’, del «ojo por ojo y diente por diente» (Ex 21,22-23). Y así no queda, de tejas abajo, lugar para el amor verdadero. El que la hace, la paga.

Por eso es conveniente volverse al evangelio para oxige­narse, y resulta cada vez más hermoso volver a leer alguna de las parábolas que el Maestro nazareno proponía a la sociedad de la época, estructurada como la nuestra en clases enfrenta­das. Eso si, hay que volverse al evangelio, liberándose de la versión oficial que se nos ha transmitido, deformadora, con frecuencia, de la verdad evangélica; unas veces por hacerle decir al evangelio lo que no dice, otras por no referir todo lo que narra, sino sélo una parte.

La mal titulada parábola del Hijo pródigo (del latín pro­digere: gastar profusamente) puede servir de ejemplo para ilustrar lo dicho. Jesús la pronuncié para responder a las crí­ticas que los fariseos y letrados, oficialmente justos le hacían sobre su convivencia sin escrúpulos con gente de mala fama, recaudadores y descreídos.

«Un hombre tenía dos hijos. El menor le dijo a su padre: -Padre, dame la parte de la fortuna que me toca. El padre repartió los bienes» (Lc 15,1-2.11ss).

Y lo que sigue, en parte, lo conocemos: el hijo menor se marchó lejos del país y dilapidé su capital hasta el punto de tener que volver arrepentido a la casa paterna, donde encon­tré a un padre con los brazos abiertos, dispuesto a olvidar y perdonar y, más aún, pronto a festejar su vuelta.

Hasta aquí lo que casi siempre hemos oído, el relato del abandono de la casa paterna por parte de su hijo un tanto in­sensato; relato enternecedor, si pensamos en el amor de padre que olvida, perdona y festeja el reencuentro.

Pero la parábola no termina ahí. El padre mandé que se preparara un banquete porque «este hijo mío se había muerto, y ha vuelto a vivir; se había perdido y se le ha encontrado. Y empezaron el banquete».

«El hijo mayor estaba en el campo. A la vuelta, cerca ya de la casa, oyó la música y el baile; llamé a uno de los mozos y le preguntó qué pasaba. Este le contesté: ha vuelto tu her­mano y tu padre ha mandado matar el ternero cebado, porque ha recobrado a su hijo sano. El hijo mayor se indigné y se negó a entrar, pero el padre salió e intenté persuadirlo. El hijo replicó: Mira, a mí en tantos años como te sirvo sin desobede­cer una orden tuya, jamás me has dado un cabrito para comér­melo con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, matas para él el ter­nero cebado. El padre le respondió -¡Hijo mío, si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo! Por otra parte, había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo se ha­bía muerto y ha vuelto a vivir, se había perdido y se le ha en­contrado. »

Magnífica lección de padre. Triste -pero real- historia. Siempre hay alguien que no está dispuesto a perdonar, que distorsiona la familia humana, que hace de la fiesta un conflicto; de la sociedad, una pugna fratricida. Personas que, como los fariseos y letrados, representados en el hermano ma­yor, se cierran al diálogo con los ‘oficialmente perversos, pero arrepentidos’. Por esos derroteros, la familia humana se auto­destruye. Sólo el olvido y el perdón hacen de la vida una fiesta, borrón y cuenta nueva de un pasado de división y le­janía. Es el único camino posible para la reconstrucción de la fraternidad.

II

ATREVERSE A SER HIJOS

Sí Dios, tal y como lo presentaban los fariseos, anulara la libertad del hombre manteniéndolo en permanente minoría de edad, la huida del hijo pródigo habría estado justificada. Si todavía, y dentro del ámbito de influencia del cristianismo, hay quienes piensan que creer en Dios supone renunciar a la libertad, ¿no será que seguimos presentando al Dios fariseo en lugar de presen­tar al Padre de Jesús, y por eso muchos nada quieren saber de El?

EL HIJO PRODIGO

Un hombre tenía dos hijos; el menor le dijo a su padre:

-Padre, dame la parte de la fortuna que me toca.

Según los fariseos, Jesús andaba con malas compañías: recaudadores, descreídos, mujeres de mala fama… Y ellos, que eran gente decente, lo criticaban, le echaban en cara que se sentara a la misma mesa con sujetos tan poco recomenda­bles (Lc 15,1). Jesús responde a estas críticas con tres parábo­las en las que explica, especialmente a los fariseos, cómo Dios no tiene corazón de juez, sino de Padre. Y cómo, sin abando­nar el ámbito de su amor, hay que tener la osadía de vivir no como siervos, sino como hijos.

«Un hombre tenía dos hijos…», y uno, el menor de ellos, quiso de pronto ser mayor. Y creía que para eso tenía que alejarse de su padre. Pensaba que así sería más libre, más feliz. Y pidió su parte de la herencia. Y se fue a otro país.

Pero muy pronto pudo comprobar que duran poco la felicidad que se compra y la alegría que hay que pagar: pronto se le acabó todo el capital que había recibido, y empezó a sentir necesidad. Se puso a trabajar. Pero en aquel país, lejos de su padre, no habitaba la justicia: por su trabajo no recibía ni siquiera lo necesario para satisfacer las necesidades más elementales. Y sintiéndose explotado y víctima de la injusticia, se le abrieron los ojos y se dio cuenta de que en la casa de su padre nadie carecía de nada: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre». Había renunciado a ser hijo marchándose de la casa de su padre y se había convertido en esclavo de gentes extrañas.

La experiencia de la esclavitud le hizo desear la libertad perdida, aunque no se atrevió a pedirla toda: «Voy a volver a casa de mi padre y le voy a decir: Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». A pesar de su mala cabeza siempre se había sentido hijo; por eso, cuando pensó en volver y cuando se encontró de nuevo con quien le había dado la vida, la primera palabra que vino a su pensamiento y le brotó de los labios fue «PADRE»; a pesar de sus miserias, no había cortado la comunicación con la fuente de su vida.

CORAZON DE PADRE

Pero el padre dijo a sus criados:

-Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; .. celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y se le ha encontrado.

Alcanzó el perdón y recobró la libertad.

El padre no aguardó a que llegara, ni lo dejó que terminara con las explicaciones que traía preparadas. Lo esperaba y sale a su encuentro. Y lo perdona -estaba deseando hacerlo-. Y hace una gran fiesta. Porque lo quiere y lo quiere vivo y feliz. Porque lo ha recuperado y le basta con que haya deci­dido volver a su casa, de la que nunca debió salir. No era un padre que limitara la libertad de sus hijos. Cuando decidió alejarse de su lado respetó su decisión, aunque sabía que iba a sufrir y a poner en peligro su vida. Tampoco es un padre rencoroso: ahora que vuelve lo perdona sin más, sólo porque ha decidido volver. El muchacho no había sido un buen hijo; pero él sí que era un padre bueno. Y en su corazón de padre sólo cabe el amor y, cuando es necesario, el perdón.

El Padre es el auténtico protagonista de esta parábola: su corazón es tan grande que sólo le sirve para querer; no guarda rencor, sino que está convencido de que al mal sólo se le vence con el amor y el perdón, y no reniega de su hijo por muy mal hijo que sea.

EL HIJO «BUENO»

El hijo mayor… se indignó y se negaba a entrar; su padre salió e intentó persuadirlo, pero él replicó a su padre:

-A mí, en tantos años como te sirvo, sin saltarme nunca un mandato tuyo, jamás me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con malas mujeres, matas para él el ternero cebado.

El padre le respondió:

Hijo, ¡si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo!

El último personaje de la parábola es el hijo mayor. Un buen chico: obediente, ahorrador, poco amigo de juergas. Se sentía muy orgulloso de sí mismo y de tener un padre como el suyo, pero… todo se agotaba en el orgullo, porque, siendo ya mayor, o no había dejado de ser niño o no se atrevía a ser hijo.

Actúa como un niño envidioso que destaca los defectos de su hermano para, de esa manera, acaparar él solo la aten­ción de su padre. Y cuando se entera de que su padre ha perdonado y acogido al hijo perdido, se enfada y se niega a entrar en la casa.

Era adulto, pero no se quería arriesgar a vivir Como un hijo y prefirió la seguridad de vivir como siervo. Al poner todo su interés en quedar bien ante su padre en lugar de intentar parecerse a él, no fue capaz ni de amar ni de dejarse querer. Creía que sólo él tenía derecho a la simpatía de su padre; pero se había cerrado a la posibilidad del amor: lo tenía todo, pero no era capaz de disponer de nada. Y ahora se irrita porque se festeja la recuperada vida de su hermano. Y es que, porque no había sabido o no había querido vivir como hijo, no supo comportarse como hermano. «Mira… ese hijo tuyo… » Se olvidó de que hablaba con su padre, no cayó en la cuenta de que hablaba de su hermano. ¿O quizá recha­zaba un padre «Padre» para no tener que vivir como hermano?

III

RESPUESTA EN MASA DE LOS MARGINADOS

«¡Quien tenga oídos para oír, que escuche!» (14,35a): así concluía el primer cuadro, una invitación a aceptar sin condicio­nes el magisterio de Jesús. En el segundo cuadro (15,1-32) se constata la reacción del auditorio: «Se le iban acercando todos los recaudadores y descreídos para escucharlo; por eso tanto los fariseos como los letrados se pusieron a murmurar diciendo: “Este acoge a los descreídos y come con ellos”» (15,1-2). Los proscritos por la sociedad teocrática, atraídos por los plantea­mientos radicales de Jesús, reaccionan en masa y aceptan sus condiciones. Son los que han hecho ya la experiencia de la mar­ginación…, insatisfechos por la vida que llevaban dentro de aque­lla sociedad religiosa. Jesús habla un lenguaje distinto y, sobre todo, muestra hacia ellos una actitud abierta, compartiendo su situación. La flor y nata de la religiosidad judía reacciona hacien­do aspavientos, porque «acoge a los descreídos», rompiendo con el apartheid religioso, y «come» con ellos, sin importarle su men­talidad arreligiosa. «Comer» comporta participar de una misma manera de pensar, crea comunidad.

TRIPTICO PARABOLICO: LA GRAN FIESTA DE LOS CRISTIANOS

Como toda respuesta, Jesús les propone una parábola, prece­dida de dos analogías. Lucas no dejará constancia de reacción alguna de la clase dirigente. La reserva para el libro de los He­chos, donde el retorno de los marginados coincidirá con la con­versión de Felipe, Saulo y Pedro, y la «murmuración» irá a cargo de los creyentes de origen judío por la apertura de Pedro a la causa de los paganos (Hch 8,4-11,18).

Entre el enunciado de la parábola (v. 3a) y su exposición (vv. 11-32), Lucas intercala dos analogías en forma de dos pre­guntas retóricas, una basada en el mundo cultural del hombre (vv. 3-7) y la otra en el de la mujer (vv. 8-10). Cien ovejas 1 diez dracmas representan la unidad (100/10 = 1). Si se pierde la unidad, se ha perdido todo. La unidad de la humanidad para Jesús es indivisible: no se puede dividir el mundo en sagrado (los 99/9 «justos» o buenos) y profano (los malos). Es lo que hacían los fariseos, los que se «tenían por justos», «separándose» (pharisaios quiere decir «separado») de la chusma. En el ámbito de Dios («el cielo») «hay más alegría por un pecador que se enmienda que por noventa y nueve justos que no sienten nece­sidad de enmendarse» (15,7; cf. v. 10). Se invierten los valores: los perdidos, los descreídos, los marginados por la sociedad religiosa, si se enmiendan, activan su capacidad de hacer fiesta y la comparten con los demás; los que se tienen por justos, los seguros de sí mismos, los que desprecian a todo el que no piensa como ellos, no tienen capacidad ni sienten necesidad de enmien­da… ni, por tanto, de hacer fiesta. Son unos hipócritas, que sólo cuidan de su imagen, centrados en sí mismos, unos aburridos.

COMO SE APRENDE A HACER FIESTA

La parábola propiamente dicha es la del hijo pródigo. Ahora bien: sin las analogías anteriores se podría entender que el núcleo de la parábola lo constituye la conversión del hijo pródigo. Si eso fuese así, bastaría el encabezamiento: «Un hombre tenía un hijo; éste le dijo a su padre: “Padre, dame la herencia que me corresponde”, etc.» La parábola, en cambio, empieza así: «Un hombre tenía dos hijos…» (15,1 la). A la luz de lo que acabamos de ver, el hijo menor representa a los «recaudadores y descreí­dos», mientras que el hijo mayor personifica a «los fariseos y letrados». El primero es el prototipo de los marginados, de los descreídos, de aquellos que, si se enmiendan, tienen gran capa­cidad de hacer fiesta y de mostrarse agradecidos por el don que han recibido, conscientes de que todos los placeres juntos, que desgraciadamente ya han experimentado y que tanta vaciedad ha dejado en ellos, no tienen sentido en comparación de la alegría que sienten en la casa del Padre. El hijo mayor, en cambio, es el prototipo del hombre religioso y observante, quien a pesar de ser hijo se comporta como un sirviente/esclavo en la casa de su padre («Mira: a mí, en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un mandato tuyo…», 15,29), sin que nunca se haya atre­vido a pedirle… lo que era suyo. No ha experimentado jamás confianza alguna, preocupado únicamente por cumplir, obede­cer, observar órdenes y mandatos. No sabe qué significa ser «hijo», y cuando lo descubre en su hermano, «se indigna y se niega a entrar» en la nueva relación afectiva con su padre, en vez de alegrarse y de hacer fiesta por la vida recuperada y redes­cubierta en la persona de su hermano.

IV

Análisis

La primera lectura, del libro de Josué, nos presenta un elemento fundamental para la liturgia, que es la celebración de la Pascua en el desierto. El texto presenta una serie de elementos que pueden discutirse desde una perspectiva “histórica”: el nombre Guilgal seguramente no se remite a lo que dice aquí el texto sino a un “círculo” de piedras que puede haber dado origen a un sitio que hoy no conocemos con seguridad (hay diferentes locaciones posibles). Pero no es esto lo importante, sino que algo importante ha terminado. Esto es presentado como “el oprobio” de Egipto. Dado que el término oprobio se usa en Gn 34,17 para hablar de la circuncisión se ha pensado en que se refiere a haber estado bajo el dominio de “incircuncisos”. Esto ha sido cuestionado porque los egipcios se sometían a la circuncisión, pero no es a la “sola circuncisión” que debemos referirnos, no se ha de olvidar que esta es signo de la alianza de Dios con su pueblo (Gn 17,2.11) y ciertamente los egipcios no participan de esta alianza. Por otra parte, el v.9 pertenece de hecho a la unidad anterior (5,1-9) donde la circuncisión es el tema fundamental. Haber estado dominados por un pueblo “incircunciso” constituye un verdadero oprobio, pero el fin del éxodo (que de eso se trata esta unidad) marca también el fin de esta etapa.

En los vv.10-12 se trata de otra temática estrechamente ligada a lo anterior: el fin del maná, que es el símbolo de la peregrinación por el desierto. Egipto y desierto han llegado a su fin, ahora se está en la tierra que nos alimenta y donde debemos ser fieles a la alianza expresada en la circuncisión, alianza que ha hecho que dejen de ser “gentiles” (goy) para pasar a ser “pueblo” (‘am). La temática de la alimentación (“comer”, “pascua”, “maná”) marca esta unidad. Es interesante que el éxodo comienza con una pascua y finaliza con otra, como la peregrinación está marcada por la aparición del maná y clausurada por su culminación.

No interesa, en este comentario, la parte histórica de notar que todavía no se han unido en la fiesta pascual la comida del cordero y la comida de los panes sin levadura., Esto parece haber ocurrido en tiempos de Josías (622 a.e.c.; 2Re 23,21-23: ¿Josué = Josías?), lo importante es que la celebración no sólo marca la culminación de un período sino el comienzo de uno nuevo, y este período está marcado por la memoria de los acontecimientos salvadores de Dios en el éxodo y el desierto. Es interesante notar la importancia que da esta unidad a los tiempos: “catorce del mes”, “día siguiente”, “ese mismo día”, “al día siguiente”, “aquel año”, un tiempo nuevo ha comenzado, y la celebración de la pascua es signo de ello.

El Salmo 34 (33) es un salmo “acróstico”, es decir, un salmo “alfabético”, donde cada verso comienza con una letra del “alfabeto” ordenadamente. La liturgia finaliza en el v.7 con lo que sólo tenemos hoy la primera parte del texto. Como muchos salmos de este tipo, la necesidad de encontrar palabras y llenar espacios los torna a veces monótonos, a veces poco creativos en lo literario. Veamos algunos elementos:

El que reza es un individuo que está ante la comunidad. En todo momento es él quien alaba a Dios. Expresamente nos dice que su oración es de “alabanza”, un himno (de aquí toma su nombre el Salterio, “libro de himnos”) y que quiere repetirlo constantemente (la idea de “totalidad” es frecuente en el salmo, vv.5.7.18.20.21).

Su motivo de gloria es Dios mismo, algo que repetirá con alguna frecuencia el AT (ver Jr 9,22s) y que Pablo resume con la idea “el que se gloría, que se gloríe en el Señor” (1 Cor 1,31; 2 Cor 10,17). Si el que reza afirma que los pobres (‘anawîm) se alegran, es porque él está dentro de esa categoría (ver v.7: “cuando el pobre [‘ani] grita…”). La humildad, o abajamiento contrasta con el engrandecer y ensalzar a Dios (v.4).

La distancia entre el orante y Dios no le impide la búsqueda (muchas veces en los salmos es sinónimo de ir al Templo), sabiendo que responde y eso tranquiliza.

En v.6 hay un contraste entre “refulgir” y “opacarse”. En Is 60,5 se dice que la ciudad que está en lo alto “brilla”, “refulge” en medio de la oscuridad al salir el sol, en tanto que la luna se opaca en un eclipse (Is 24,23; ver Jer 15,9); esto se dice de la nueva Sión en Is 54,4 y 60,5. Este triple elemento mirar – brillar – no opacarse, recuerda a Moisés y su encuentro con Dios del que salía con el rostro resplandeciente hasta el punto que el pueblo no puede mirarlo sin que use un velo (Ex 34,29-35). La oración humilde y confiada nos pone como Moisés ante Dios y el orante saldrá radiante del encuentro, el privilegio que era de Moisés se extiende ahora a toda la comunidad.

A lo largo del Salmo encontraremos otros elementos característicos del Éxodo y Moisés (en v.8, “acampar”; v.10, “santos”; “enseñanza”; v.21: “romper los huesos”) con lo que la comunidad en oración sabe que alabando a Dios vuelve a vivir los momentos originarios y puede encontrarse con el Señor que escucha y salva de los peligros a los pobres (hay momentos del salmo de clara influencia en el Magnificat, ver v.11 y Lc 1,53).

En el texto de la 2º carta a los Corintios, Pablo nos ha dicho cómo se ve él ante Dios. Ahora señala que todo esto es obra de Cristo. Estamos ante una de las unidades más cristológicas de la carta. Un nuevo juego de opuestos (que volveremos a encontrar en Rom 5,12-21) entre uno y todos da sentido a la muerte de Cristo. Es una muerte de uno por (hyper), palabra que se repite seis veces en esta unidad y parece provenir de la lectura cristológica del canto del Siervo de Is 53 y señala la acción en favor de todos nosotros (cf. Rom 5,6.8). El efecto de esta muerte es la reconciliación (también en Rom 5,6.8) . Y porque estamos reconciliados -se reconcilia el mundo, cf. v.19, se nos confía, a los ministros de la palabra, el ministerio de la reconciliación. La misión del apóstol parece claramente hacer realidad (imperativo) lo que ya ocurre (indicativo) por obra de Cristo: estamos reconciliados, ¡reconciliémonos! Y lo que nos debe mover (a todos nosotros) es el amor, que nos apremia, nos oprime y compele (a anunciarlo a todos) por eso el efecto reconciliador busca que los que viven no vivan para sí, sino para el Señor. Solidarios con la muerte de Cristo, como su muerte es solidaria con nosotros, no debe preocuparnos que se desmorone el hombre exterior; por el contrario, eso significa una muerte a ese hombre y la irrupción de la novedad de Cristo, novedad que es presentada como nueva creación. Una nueva paradoja: pecado-justicia se revela en esta ‘solidaridad por’. Jesús fue hecho pecado por nosotros (se supone: hecho por Dios, es un “pasivo divino”) y en él venimos a ser justicia, así como en él somos nueva creación.

Estar en Cristo, muestra una in-corporación, entrar en un cuerpo, fundirse en la realidad que es Cristo, lo que se logra por el bautismo. La preposición en, en este caso, está cargada de sentido. Por eso puede decir algo tan terminante, aplicado a los cristianos lo que no ha de entenderse de un modo individualista: si alguno (está) en Cristo, (es) nueva creación. Así lo primero, lo viejo, lo anterior a Cristo y según la carne, ya pasó (aoristo, ¿refiere al bautismo?), y ya estamos (y seguimos estando, tiempo perfecto) en el nuevo tiempo.

Siguiendo en el mismo contexto, ahora Pablo pasa a desarrollar algo nuevo: cinco veces usa el término reconciliar/reconciliación en esta unidad, pero siempre la iniciativa parte de Dios y la reconciliación es con él. No se entiende que Dios se reconcilie con nosotros, sino nosotros con él. Como se ve en esta perícopa (y también en Rom 5,10-11) la reconciliación con Dios es el fruto por excelencia de la muerte y resurrección de Cristo (5,15), y por lo tanto es el contenido principal de la predicación apostólica; el ministerio de la reconciliación es aquí sobre, acerca de, la reconciliación predicada como efecto de la Pascua. Los apóstoles deben ser ministros, deben comunicar esta novedad comenzada y que ya podemos conocer. Sumergiéndonos en Cristo ya viviremos para él y seremos justicia de Dios.

El acento está puesto en la obra de Dios, obra siempre caracterizada por la gratuidad, por eso no cuenta los delitos. Con el lenguaje económico se contrasta nuevamente por un lado, la gratuidad de Dios -que no saca cuentas-, y que Pablo quiere imitar, y por otro la explotación o paga que pretenden los adversarios. Reconcíliense está en aoristo, lo que supone una urgencia; sin embargo los corintios ya estaban reconciliados – convertidos. ¿Entiende Pablo que los adversarios han deshecho la obra de Dios y deben renovar la reconciliación? El uso del término embajadores parece que debe entenderse como un reclamo de status, seguramente en comparación con el que la comunidad da a los otros; y pretende también tener en cuenta el lugar que debe ocupar el mensaje, la liturgia y beneficencia, que debe transmitir el embajador de parte del Emperador (embajadores de Cristo). Lo evidente es la instancia mediadora entre Cristo y los corintios.

Es extraña la frase que indica que fue hecho pecado. Conocer el pecado es un semitismo por experimentarlo en la vida. Es un tema frecuente en el Nuevo Testamento la afirmación de que Jesús no pecó (cf. Jn 9,16.31; Rom 6,10; Heb 4,15; 1 Pe 2,22; 1 Jn 3,5), mientras que manifiesta solidaridad con el pecador. La frase, sin embargo, no parece remarcar esta solidaridad sino que fue hecho pecado; la voz pasiva -como es frecuente- remite a Dios (pasivo divino). Este tipo de paradojas son habituales en Pablo para señalar los frutos reconciliadores de la obra de Cristo (ver también 8,9; Gal 3,13; Rom 8,3-4; el tiempo pasado en hecho pecado parece remitirnos a la Pascua). Preposiciones como para (hina) y también por (hyper) apuntan a dar un sentido a la muerte de Jesús que no ha perdido su dimensión de escándalo. El mismo Pablo en la carta a los romanos nos da una clave de lectura: Dios ha “enviado a su propio Hijo de modo semejante a la carne de pecado (sarkòs hamartías) y con respecto al pecado, condenó el pecado en la carne” (Rom 8,3). Es un “hecho carne” en el sentido de “solidario con” la carne de pecado, es representante de todos los pecadores. En este sentido es semejante a murió por todos – todos pecaron de v. 14 y forma inclusión literaria con ellos enmarcando el relato.

Sabemos el lugar central que da el evangelio de Lucas a la “misericordia”. Se ha de ser misericordioso como lo es el Padre (6,36), y -como el “buen samaritano”- el oyente debe “hacer lo mismo”. En el capítulo 15, después de una presentación de la situación que causa escándalo: “recibe a los pecadores y come con ellos” Jesús pone 3 parábolas. La idea es la misma en las tres, aunque en la última se incorpora un nuevo elemento en el debate. La idea principal es la de una cosa querida que es perdida, buscada y encontrada. El acento recae en la alegría que causa el encuentro de la cosa perdida, sea esta una oveja, una moneda, o un hijo. Las dos primeras, como es frecuente en Lucas, presenta un par donde se integran un varón y una mujer: el pastor y la mujer (recordar el profeta y la profetisa de Lc 2,25-38, o las parábolas de la mostaza y la levadura en 13,18-21). La liturgia de hoy ha omitido este “par mixto” y se ha detenido -luego de la introducción, que le da el marco a la parábola- en la así llamada “del hijo pródigo”.

Veamos brevemente el marco redaccional de los vv. 1-2. Se aproximan a Jesús para oirlo “todos” los publicanos y pecadores. No hace falta demasiada imaginación para saber que se trata de una construcción artificial. “Todos” deberían ser mucha gente, pero el acento está puesto en destacar que estos grupos de rechazados escuchan de boca de Jesús una predicación en la que no se encuentran excluidos. Muchas veces se hace referencia en el Tercer Evangelio a grupos que “oyen” a Jesús, pero es evidente que esto no basta, es necesario “ponerlo en práctica” (6,47-49; ver 8,11-15; 11,28) para ser como una casa edificada sobre roca y no sobre arena. Quedarse sólo en las parábolas no sirve, ya que es oír y no entender (8,10), “quedarse en la cáscara” sin ir al nudo , a diferencia de “la madre y los hermanos” que escuchan la palabra y la cumplen (8,21). Pero escuchar es la actitud primera, es signo de reconocerlo como profeta semejante a Moisés (9,35); luego se trasladará a los suyos: quien los escucha, escucha al Hijo (10,16). Oír es la actitud del discípulo que elige la mejor parte, la única importante (10,39), y por eso los buenos judíos deben “oír” a Moisés y los profetas (16,29.31). El rico no sigue a Jesús al oír sus exigencias y no estar dispuesto a “vender todo” (18,23). Los adversarios no pueden deshacerse públicamente de Jesús porque el pueblo lo oye atento (19,48; ver 20,45; 21,38). Podemos decir, entonces, que “oír” es el primer paso del discipulado, y en esta etapa están “todos los cobradores de impuestos y pecadores”.

Por otra parte encontramos a fariseos y escribas (5,21.30; 6,7; 11,53), siempre los encontramos mirando “de afuera” a Jesús y confrontando con sus opiniones y actitudes. Los escribas, por otra parte, cuando los encontramos con los sacerdotes ya es para conspirar contra Jesús buscando matarlo. Son expresión de lo que en cierta manera podríamos llamar “ortodoxia” judía, los fieles a la ley y las tradiciones, y por ello cuestionan lo “heterodoxo”, lo que no corresponde, como “recibir” a los pecadores. Como es frecuente en Lc, los fariseos se escandalizan de las actitudes de Jesús frente a los pecadores, y murmuran (diagong_zô). El término vuelve a aparecer en 19,7 por única vez en Lc y todo el NT, Jesús se hospeda en lo de Zaqueo y “murmuran”: ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador”; también lo encontramos como murmurar (gong_zô) en 5,7 (8 veces en el NT, Mt 1 Lc 1 Jn 4 Pablo 2): “comen y beben con publicanos y pecadores”. El término es frecuente en las tradiciones del desierto (en ese sentido también en Jn y Pablo) donde el pueblo “murmura” contra Dios y Moisés (Ex 16,7; 17,3; Num 11,1; 14,27-29) y en caso de Jesús, van en aumento. La acusación es que Jesús prosdéjetai: acepta favorablemente, recibe, espera a los pecadores, y -seguramente lo más grave- “come con ellos”.

El tema de las comidas de Jesús es sumamente interesante e importante. La actitud de synesthíô (literalmente “comer con”) marca una actitud. Es la única vez que lo encontramos en los Evangelios, y se repite otras dos veces en Hechos y otras dos en Pablo; los apóstoles se presentan como los que “comieron y bebieron con el resucitado” (Hch 10,41) y Pedro recibe una reprimenda de “los apóstoles y hermanos de Judea” porque “has entrado en casa de incircuncisos y comido con ellos” (11,3), como se ve, en este caso el marco es semejante al de los Evangelios. 1 Cor 5,11 habla de no comer con los que se llaman hermanos y viven como paganos, y Ga 2,12 recuerda a los cristianos de Antioquía que comían juntos, pero cuando llegaron “los de Santiago”, los judíos se separaron de la mesa… Como se ve, la imagen es que sólo se puede comer con los que son puros, y la comida con impuros nos vuelve impuros también a nosotros. La comida de Jesús con pecadores es una expresión evidente de que no vino “a llamar a los justos sino a los pecadores” (5,32); es su costumbre contraria a la religiosidad “tradicional” la que está en cuestión; Jesús quiere cambiar el rostro de Dios como se ha dicho más de una vez, quiere reemplazar el Dios de la pureza por el Dios de la misericordia, sus comidas reflejan ese Dios que Jesús propone, uno que recibe a pecadores, a “todos”. Este marco de las comidas de Jesús que revela un nuevo rostro de Dios es el que el Señor quiere ahora mostrar en la parábola.

No vamos a desarrollar un comentario a toda la parábola sino a detenernos en lo fundamental. El movimiento de la parábola es sencillo: presentación de los personajes (vv.11-12), actitud del hijo menor (vv.13-20a), actitud del padre frente al hijo perdido (vv.20b-24), actitud del hijo mayor frente al hijo perdido (vv.25-32). Como se ve, las tres primeras escenas son paralelas a las actitudes del pastor y la mujer ante el objeto perdido, la novedad viene dada por la actitud del hijo mayor. Ciertamente este refleja la actitud de los fariseos y escribas ante los pecadores. No deja de ser interesante el lenguaje de la comida en la parábola, lo que nos recuerda el contexto: “hubo hambre” (v.14), deseaba comer las algarrobas (v.16), los jornaleros del padre “tiene pan en abundancia” (v.17), el padre manda “matar el novillo engordado, comamos y celebremos una fiesta” (v.23), “nunca me diste un cabrito para una fiesta con mis amigos” se queja el mayor (v.29) y aclara “ese hijo tuyo que devoró tus bienes con prostitutas” (v.30); además, en vv.23.24.29.32 utiliza eufrainô que como vimos es festejar en un banquete…

Como se ve, el contraste es entre dos personajes con respecto a una misma situación: el hijo/hermano menor. Como otras parábolas de dos personajes, quizá el título debería reflejar estas dos actitudes más que remitir al “hijo pródigo”.

Por una parte, se ocupa de mostrar qué bajo cayó el hijo menor con una serie de elementos muy críticos para cualquier judío: “país lejano”, “vida libertina/prostitutas”, “pasar necesidad”, “cuidar cerdos”, no le dan ni siquiera algarrobas, que es comida preferentemente de animales (¿las debe robar?), hasta el punto que pretende volver “a su padre” como un asalariado. Hay que prestar atención a palabras como “no merezco” (vv.19.21) y “es bueno/conviene” (v.32), a las que volveremos. Descubriendo su miseria el hijo parte “hacia su padre” (no dice a su casa, aunque se supone “pros”; vv.18.20), el hijo mayor es quien no entra “en la casa” (v.25). El movimiento de partida y regreso del hijo es semejante al perder-encontrar, y más aún a la muerte-resurrección (con este paralelismo termina la intervención del padre y vuelve a repetirse al intervenir el hijo mayor).

El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra las costumbres orientales- “corre” al encuentro del hijo al que ve de lejos, sino que le devuelve la filiación que había “perdido”: eso significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además, en la fiesta por “este hijo mío”.

El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de hijo no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta. Nuevamente el padre sale al encuentro de un hijo y debe escuchar los reproches. El mayor se niega a reconocerlo como hermano (“ese hijo tuyo”) cosa que el padre le recuerda (“tu hermano”). El padre no le niega razón a que el hijo mayor “jamás desobedeció una orden”, es un “siempre fiel”, uno que “está siempre con el padre” y todo lo suyo le pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la dinámica de la justicia: el menor “no merece”, pero “es bueno” festejar. La misericordia supone un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen, pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos, mira al caído. Los fariseos y escribas son modelos de grupos “siempre fieles”, pero su negativa a recibir a los hermanos que estaban muertos y vuelven a la vida los puede dejar fuera de la casa y de la fiesta. Los mayores también pueden irse de la casa si no imitan la actitud del padre, o pueden ingresar y festejar si son capaces de recibir a los pecadores y comer con ellos.

Comentario

En nuestra vida cristiana solemos movernos con caricaturas de Dios; sea por lo que creemos, por lo que mostramos, o por lo que nos enseñaron. Sea un Dios bonachón, un cascarrabias eterno que espera nuestra equivocación para quebrarnos, un distraído y olvidado de las cosas de los humanos a los que creó “hace tanto tiempo”, un “padre” autoritario y caprichoso que decide arbitrariamente y no permite discusiones en la realización de su voluntad… ¿Cómo es nuestro Dios?

Es importante saber cómo es el Dios en el que creemos, pero más importante es saber cómo es el Dios en el que creyó Jesús, cómo es el Dios que Él nos reveló. Como siempre, Jesús nos hablaba de Dios no sólo con palabras, sino también con lo que hacía. Haciendo, Jesús nos mostraba al Padre Dios, ¡al verdadero! Hoy Jesús nos cuenta una parábola, una parábola que nos habla de Dios, pero una parábola que nace de una actitud de Jesús, y él nos dice que frente a los hermanos despreciados, podemos obrar de dos maneras diferentes, como Dios -que es también como obra Jesús- o también como los judíos religiosos, los “separados” del resto, los puros.

El pecado es el no-amor-dado, y el amor no-dado, y por eso nos aleja de Dios, que es amor; nos separa de su casa paterna. Pero con su amor, que se sigue derramando, y de un modo preferencial por los pecadores, Dios sigue tendiendo constantemente su mano amiga, a la espera de la vuelta de sus hijos. Nosotros, en una frecuente caricatura de Dios, solemos rechazar, juzgar y condenar a los que creemos pecadores. Nosotros, al igual que Jesús, también mostramos con nuestras actitudes al Dios en el que creemos; pero, a diferencia de Jesús, mostramos un Dios que en nada se asemeja al Eterno Buscador de Hijos Perdidos.

El Jesús que ama y prefiere a los pecadores, y come con ellos, no hace otra cosa que conocer la voluntad del Padre y realizarla concretamente, sus mesas compartidas y sus comidas nos hablan de Dios, ¡claramente! En el comportamiento de Jesús se manifiesta el comportamiento de Dios, Jesús mismo es parábola viviente de Dios: su acción es entonces una revelación. ¿Qué Dios, qué Iglesia, qué ser humano revelamos con nuestra vida? Con frecuencia, como hermanos mayores estamos tan orgullosos de no haber abandonado la casa del padre, que creemos saber más que Él mismo: “Dios es injusto”, para nuestras justicias; Dios es “de poco carácter” para nuestra inmensa sabiduría. Quizá, Dios ya esté viejo, para dedicarse a su tarea y debería jubilarse y dejarnos a nosotros…

Frente a tanta gente que rechaza la Iglesia (“creo en Dios, no en la Iglesia”), a veces decimos “pero Dios sí quiere la Iglesia”, ¿no debemos preguntarnos constantemente qué Iglesia es la que Él quiere? ¿No debemos preguntarnos, en nuestras actitudes, qué Iglesia mostramos? Esta Iglesia, la que yo-nosotros mostramos, ¿es como Dios la quiere? Jesús, con su vida, y hasta con sus comidas, muestra el rostro verdadero de Dios, muestra la comunidad de mesa en la que él participa; hasta comiendo Él revela al verdadero Dios. Quizá debamos, de una buena vez, dejar nuestra actitud de hijo mayor, y ya que nos sale tan mal el papel de Dios, debamos asumir el papel de hijo menor; debemos volver a Dios para llenarlo de alegría, para participar de su fiesta; y, participando de su alegría empecemos a mostrar el rostro de la misericordia de este Dios de puertas abiertas.

La misma cena eucarística es expresión de la universalidad del amor de Dios: es comida para el perdón de los pecados. El Dios de la misericordia, no quiere excluir a nadie de su mesa; es más, quiere invitar especialmente a todos aquellos que son excluidos de las mesas de los hombres por su situación social, por su pobreza, por su sexo o por cualquier otro motivo; y va más allá, no ve con buenos ojos que crean participar de su cena quienes no esperan a sus hermanos excluidos de la mesa por ser pobres. El Dios que no hace distinción de personas, ama dilectamente a los menos amados. Sin embargo, muchas veces tomamos la actitud del hermano mayor. ¿Cuándo nos sentaremos en la mesa de los pobres, y abandonaremos nuestra tradicional postura soberbia y sectaria de “buenos cristianos”? ¿Cuándo nos decidiremos a participar de la fiesta de Dios reconociéndonos hermanos de los rechazados y despreciados? Jesús nos invita a su comida, una comida en la que mostramos -como en una parábola- cómo es el Dios, como es la fraternidad en la que creemos. Y nos mostraremos cómo somos hermanos, cómo somos hijos en la medida de participar de la alegría del padre y del reencuentro de los hermanos.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 34 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «Los hijos de Efraín». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1200034 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap34b.mp3

Para la revisión de vida

¿Qué hay en mi corazón de hijo pródigo… huidizo respecto al Padre, dilapidador de la herencia gratuitamente recibida? ¿Qué hay en mí de hijo mayor que se cree mejor, con más derechos, irreprochable, despectivo hacia los demás hermanos? ¿Qué hay en mí que evoque la misericordia paciente y madura del Padre?

Para la reunión de grupo

Ver quiénes son los actores de la parábola y ordenarlos de mayor a menor protagonismo.

Esta parábola del evangelio de hoy era conocida hasta hace poco como “del hijo pródigo”; nuestro comentario la llama de otra manera… ¿Qué pensar de ese cambio?

Calificar el significado de cada actor. ¿Qué actitudes actuales podrían representar estos actores?

Para la oración de los fieles

Por todos los que padecen hambre en este mundo en el que sin embargo el problema no es de producción sino de distribución; para que seamos capaces de llevar a la práctica la confesión teórica de que somos hermanos por ser hijos de Dios, roguemos al Señor.

Por las relaciones familiares entre padres e hijos, para que estén presididas por las “entrañas de misericordia” que Dios tiene para con todos nosotros…

Para que caigamos en la cuenta de que Dios es tanto Padre como Madre; para que poco a poco vaya calando en nuestra iglesia una conciencia crítica respecto a la masculinización que hemos proyectado sobre la imagen de Dios…

Para que tengamos un corazón amplio que se alegra por el bien de los demás y nunca tiene celos de las alegrías ajenas…

Para que “nos dejemos reconciliar con Dios”, que de tantas y tan suaves maneras nos llama a la conversión en este tiempo cuaresmal…

Oración comunitaria

Dios nuestro, a quien podemos llamar verdaderamente Padre y Madre, lleno de entrañas de misericordia, dispuesto siempre a la acogida y al perdón, a pesar de nuestra ingratitud o infidelidad; danos imitarte en ese tu amor, para que podamos llamarnos honradamente y ser en verdad “hijos tuyos” y “hermanos unos de otros”. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.

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