El corazón de Dios


El capítulo 15 del evangelio de Lucas, contiene tres parábolas y es una de las páginas más bellas de la Biblia.
Comienza el evangelista presentando un trío de personajes compuesto por los publicanos y pecadores, los escribas y fariseos y Jesús. Los primeros eran menospreciados por los segundos que se creían justos ante Dios y ante los hombres. Jesús, por el contrario, los apreciaba y trataba con ellos. Por ello es criticado y rechazado. Él responde con las tres parábolas que siguen.
La primera habla de una oveja perdida. Se trata de un hombre que tiene cien ovejas. La pérdida de una no supone, por tanto, demasiado quebranto; sin embargo, es la que más le preocupa. No se nos dice por qué se ha perdido. El hecho es que está fuera del rebaño, sola y sin protección. Si los lobos la encuentran, la matarán. La preocupación del pastor ¿es porque ha perdido una pieza del rebaño o porque teme lo que pueda pasarle? No lo sabemos, el hecho es que sale a buscarla abandonando a las restantes. La tranquilidad de las noventa y nueve no compensa el dolor que produce la que se ha perdido. Por eso, al encontrarla, se llena de alegría y necesita decirlo a todo el mundo.

La segunda parábola continúa la reflexión iniciada anteriormente. Esta vez el ejemplo que pone Jesús es el de una mujer pobre. Sólo posee diez dracmas -en el caso anterior se habló de cien ovejas-. La dracma equivalía a un jornal, es decir, era lo que ganaba un hombre en un día. Diez dracmas eran diez días de trabajo. No es mucho y encima la pobre mujer pierde una. Por eso remueve la casa buscándola, llena de preocupación. Cuando la encuentra, su alegría no tiene medida y corre a decírselo a las vecinas para compartirla.
La tercera es la que nos ocupa en este domingo: la parábola del “hijo pródigo”, que debería más bien llamarse la del “buen padre”, porque es el Padre el que ocupa el puesto de verdadero protago-nista de la historia de Jesús. Jesús como buen oriental no habla con ideas sino con símbolos, imágenes. Comentemos algunas, para comprender mejor el texto.
En Oriente regalar un vestido es señal de gran aprecio y en el lenguaje bíblico el vestido nuevo es un símbolo de que ya ha llegado el tiempo de la salvación. Le da también un anillo y le pone sandalias: el anillo es señal de que se entrega a otro la confianza; las sandalias son señal de hombre libre (los esclavos iban descalzos, no las usaban nunca) Por último el banque-te: solo se comía carne en días muy especiales. Comer juntos a la misma mesa era señal de que el pasado estaba del todo olvidado, señal de plena comunión. A partir de todas estas imágenes Jesús describe como perdona Dios al que se convierte y vuelve a él.

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