Amigo de la mujer


Jesús nació en una sociedad en cuya conciencia
colectiva estaban grabados algunos estereotipos sobre la
mujer, transmitidos durante siglos. Mientras crecía, Jesús
los pudo ir percibiendo en su propia familia, entre sus
amigos y en la convivencia diaria.
Según un viejo relato, Dios había creado a la
mujer solo para proporcionarle una “ayuda adecuada” al
varón. Ese era su destino. Sin embargo, lejos de ser una
ayuda, fue ella la que le dio a comer del fruto prohibido,
provocando la expulsión del paraíso. La actitud más sabia
era acercarse a ella con cautela y mantenerla siempre
sometida. Es lo que se le enseñó a Jesús desde niño.
Había también otra idea incontestable en aquella
sociedad patriarcal dominada y controlada por los
varones: la mujer es “propiedad” del varón. La función
social de la mujer estaba bien definida: tener hijos y servir
fielmente al varón.
El control sobre la mujer estaba fuertemente
condicionado por las reglas de pureza sexual. La mujer era
ritualmente impura durante su menstruación y como
consecuencia del parto. La mujer era fuente de impureza.
A Jesús se lo advirtieron sin duda desde pequeño.
Esta visión negativa de la mujer no perdió fuerza
a lo largo de los siglos. En tiempos de Jesús, por lo que
podemos saber, era tal vez mas negativa y severa. La
mujer no solo era considerada fuente de tentación y
ocasión de pecado. Es, además, frívola, sensual, perezosa,
chismosa y desordenada.
Por otra parte, la mujer era considerada como un
ser vulnerable al que los hombres han de proteger de la
agresión sexual de otros varones. Por eso se la retenía
recluida en el hogar y retirada de la esfera de la vida
pública. Los varones cuidaban del honor de la casa y lo
defendían públicamente; las mujeres tenían que cuidar de
su propia reputación y no avergonzar a la familia con una
actuación deshonrosa. Lo más seguro era encerrarlas en
casa para que guardaran mejor su honor sexual. Todos
podían vivir así más tranquilos en las aldeas.
Al casarse, la mujer salía de su propia familia y
pasaba, muchas veces sin ser consultada, de la autoridad
del padre a la del marido. En adelante, toda su vida
transcurría a su servicio: por eso lo llamaba ba´alí, “mi
señor”. Sus deberes eran siempre los mismos: moler el
trigo, cocer el pan, cocinar, tejer, hilar, lavar el rostro, las
manos y los pies de su hombre. Naturalmente su principal
cometido consistía en satisfacerlo sexualmente y darles
hijos varones para asegurar la subsistencia de la familia.
Sin embargo, parece que la influencia de la mujer era
grande dentro de la familia: muchos hombres las
respetaban y ensalzaban como madres de sus hijos. Ellas
eran, seguramente, las que cuidaban el clima familiar y
religioso dentro de la casa. Fuera del hogar, las mujeres
no “existían”. No podían alejarse de la casa sin ir
acompañadas por un varón y sin ocultar su rostro con un
velo. No les estaba permito hablar en público con ningún
varón. Debían permanecer retiradas y calladas.
No hay en Jesús animosidad ni precaución alguna
frente a ellas. Solo respeto, compasión y una simpatía
desconocida. Jesús reacciona con audacia frente al doble
criterio de moralidad que se usa para enjuiciar de manera
desigual al varón y a la mujer. La escena es cautivadora.
Traen ante Jesús a una mujer sorprendida mientras
estaba teniendo relaciones sexuales con un hombre. No
se dice nada del varón. Es lo que ocurría casi siempre en
aquella sociedad machista. Se humilla y se condena a la
mujer, porque ha deshonrado a su familia. Mientras
tanto, nadie habla del varón, aunque, paradójicamente, es
a él a quien la Torá exigía no poseer ni desear a una mujer
que ya pertenece a otro. Al dar la ley, se piensa en los
varones como los verdaderos responsables de la sociedad;
luego, al reprimir el delito, se castiga con dureza a las
mujeres. Jesús no soporta esta hipocresía social construida
por los varones. No es verdad que la mujer sea más
culpable que el varón: “Aquel de vosotros que esté sin
pecado, que le arroje la primera piedra”. Empezando por
los más viejos, los acusadores se van retirando uno a uno,
avergonzados por el desafío de Jesús. Saben que ellos son
los más responsables de los adulterios que se cometen en
aquellos pueblos.
La conclusión es conmovedora. La mujer no se ha
movido. Sigue allí, en medio, humillada y avergonzada.
Jesús se queda a solas con ella. Ahora la puede mirar con
ternura y expresarle todo su respeto y cariño: “Mujer…,
¿nadie te ha condenado?” La mujer que acaba de escapar

de la muerte, le responde atemorizada: “Nadie, Señor”. Las palabras de Jesús son inolvidables. Nunca las podrán escuchar los varones adúlteros que se han retirado irritados. Solo aquella mujer abatida: “Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante no peques más”. Aquella mujer no necesita más condenas. Jesús confía en ella, quiere para ella lo mejor y la anima a no pecar. Pero de sus labios no brota ninguna condena.
(José Antonio PAGOLA. Jesús. 211-219)

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