“¿Cómo amar a los enemigos? Ése es el drama”


Publicado en EL PAÍS 2010/03/23

“¿Tienen algo con arroz?”, pregunta Carlos Saracini en La Casa de Coco, el bar sin manteles frente a la iglesia de la que es párroco, Santa Cruz, en el barrio de San Cristóbal, Buenos Aires. “Seguro que nadie pide arroz”, sonríe Saracini, de 45 años, antes de que su compañero Bernardo Hughes, de 75, escoja un clásico argentino: la milanesa (ternera empanada). Estos dos curas pasionistas protagonizan La Santa Cruz, refugio de resistencia, documental en el que los directores María Cabrejas y Fernando Nogueiras relatan la historia de este templo donde se reunían en la última dictadura militar de Argentina (1976-1983) tres de las primeras Madres de Plaza de Mayo, dos monjas francesas y otros siete militantes de los derechos humanos.

Allí se infiltró Alfredo Astiz, uno de los 19 militares que desde diciembre afrontan el juicio por los crímenes de la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), centro clandestino de tortura. Astiz entregó en 1977 a los 12 del Grupo de la Santa Cruz. El documental (puede verse en peliculasantacruz.blogspot.com) recuerda el episodio y cómo esta iglesia continúa comprometida en “bajar de la cruz a los pobres”, según dice Hughes citando un libro del teólogo Jon Sobrino.

Hughes, que estuvo en Santa Cruz entre 1967 y 1976, explica los orígenes de este refugio: “Había que poner en práctica lo que decía el Vaticano II, Medellín (reunión de obispos latinoamericanos de 1968): la realidad injusta no era voluntad de Dios, sino fruto de las opciones de los que detentaban el poder y de la apatía de los que la soportaban”. Hughes cuenta que en Santa Cruz se escondieron estudiantes desalojados de la universidad en la Noche de los Bastones Largos (la ocupación militar de varias facultades porteñas), en la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970). En 1973, tras los golpes en Uruguay y Chile, “muchos encontraron refugio” en Santa Cruz. Pero en 1976 Hughes, de viaje en Puerto Rico, recibió el consejo de sus superiores de no regresar. “Llamaban a Santa Cruz para putearme”, recuerda con el plato vacío. Saracini sigue con su arroz.

Al año siguiente, el Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel avisó a los pasionistas de que las Madres de Plaza de Mayo “necesitaban un lugar para reunirse”, cuenta Saracini. “Se reunieron acá”.

Hace dos semanas Saracini, el único que pide postre, acompañó al juicio de la ESMA a la sobrina de una de las monjas francesas, también religiosa. “Estaba a 10 metros de Astiz”, se pone serio. “¿Lo saludaste?”, rompe el hielo Hughes. Saracini dice que está ante un trípode: “Verdad, justicia y amor. La verdad nos hace libres. La justicia demuestra que la impunidad no será eterna. Después está el drama de cómo hago para amar a los enemigos”. Y Hughes aclara: “Esto no es lo mismo que amnistía. No hay que soltarlos. Si fuera posible, humanizarlos y que les duela por una vez el camino recorrido para rehacerse interiormente”.

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