Resucitado por Dios


Todavía tienen grabado en su corazón el recuerdo de la última cena. Han podido intuir en sus palabras y gestos de despedida lo inmenso de su bondad y de su amor. ¿Cómo puede un hombre así terminar en el sheol (región de las tinieblas)?
¿Dónde está Dios? ¿No va a reaccionar ante lo que han hecho con él? ¿No es el defensor de las víctimas inocentes? ¿Se ha equivocado Jesús al proclamar su justicia a favor de los crucificados?
Nunca podremos precisar el impacto de la ejecución de Jesús sobre sus seguidores. Sólo sabemos que los discípulos huyeron de Galilea. Más que hombres sin fe son ahora discípulos desolados que huyen del peligro, desconcertados ante lo ocurrido.
Sin embargo, al poco tiempo sucede algo difícil de explicar. Estos hombres vuelven de nuevo a Jerusalén y se reúnen en nombre de Jesús, proclamando a todos que el profeta ajusticiado días antes por las autoridades del templo y los representantes del Imperio está vivo. ¿Qué ha ocurrido para que abandonen la seguridad de Galilea y se presenten de nuevo en Jerusalén, un lugar realmente peligroso donde pronto serán detenidos y perseguidos por los dirigentes religiosos? ¿Quine los ha arrancado de su cobardía y desconcierto? ¿Por qué hablan ahora con tanta audacia y convicción? Ellos solo dan una respuesta: “Jesús está vivo. Dios lo ha resucitado”. Su convicción es unánime e indestructible. La podemos verificar, pues aparece en todas las tradiciones y escritos que han llegado hasta nosotros. ¿Qué es lo que dicen?
Condensan en formulas sencillas lo más esencial de su fe. Son fórmulas breves y muy estables, que circulan ya hacia los años 35 a 40 entre los cristianos de la primera generación. Las empleaban, seguramente, para transmitir su fe a los nuevos creyentes, para proclamar su alegría en las celebraciones y, tal vez, para reafirmarse en su adhesión a Cristo en los momentos de persecución. Esto es lo que confiesan: “Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos”. La idea de resurrección la expresan con dos términos: “despertar” y “levantar”. Dios “ha despertado” a Jesús, el crucificado, lo ha puesto de pie y lo “ha levantado” a la vida.
Lucas fue, tal vez, uno de los que más contribuyó a introducir un lenguaje que representa al resucitado como “el que está vivo”, “el viviente”. Así se les dice en su evangelio a las mujeres que van al sepulcro: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”.
¿En qué consiste la resurrección de Jesús? ¿Qué quieren decir estos cristianos de la primera generación cuando hablan de “Cristo resucitado”? La resurrección es algo que la ha sucedido a Jesús. Algo que se ha producido en el crucificado, no en la imaginación en sus seguidores, Esta es la convicción de todos. No es una manera de decir que de nuevo se ha despertado su fe en Jesús. Es cierto que en el corazón de los discípulos ha brotado una fe nueva en Jesús, pero su resurrección es un hecho anterior, que precede a todo lo que sus seguidores han podido vivir después. Es, precisamente, el acontecimiento que los ha arrancado de su desconcierto y frustración, transformando de raíz su adhesión a Jesús.
Esta resurrección no es un retorno a su vida anterior en la tierra. Jesús no regresa a esta vida biológica que conocemos para morir un día de manera irreversible. Nunca sugieren las fuentes algo así. La resurrección no es la reanimación de un cadáver. Es mucho más. No vuelve a esta vida, sino que entra definitivamente en la “Vida” de Dios. Una vida liberada donde ya la muerte no tiene ningún poder sobre él.
Jesús es el mismo, pero no el de antes; se les presenta lleno de vida, pero no le reconocen de inmedia-to; está en medio de los suyos, pero no lo pueden retener; es alguien real y concreto, pero no pueden convivir con él como en Galilea. Sin duda es Jesús, pero con una existencia nueva.
En el mismo momento que Jesús siente que todo su ser se pierde definitivamente siguiendo el triste destino de todos los humanos, Dios interviene para regalarle su propia vida. Allí donde todo se acaba para Jesús, Dios empieza algo radicalmente nuevo. Cuando todo parece hundirse sin remedio en el absurdo de la muerte, Dios comienza una nueva creación.
La resurrección no pertenece ya a este mundo que nosotros podemos observar. Por eso se puede decir que no es propiamente un “hecho histórico”, como tantos otros que suceden en el mundo y que podemos constatar y verificar, pero es un “hecho real” que ha sucedido realmente. No solo eso. Para los que creen en Jesús resucitado es el hecho más real, importante y decisivo que ha ocurrido para la historia humana, pues constituye su fundamento y su verdadera esperanza.

Los primeros cristianos piensan que con esta intervención de Dios se inicia la resurrección final, la plenitud de la salvación. Jesús es solo el “primogénito de entre los muertos”, el primero que ha nacido a la vida definitiva de Dios. El se nos ha anticipado a disfrutar de una plenitud que nos espera también a nosotros. Su resurrección no es algo privado, que le afecta solo a él; es el fundamento y la garantía de la resurrección de la humanidad y de la creación entera. Jesús es “primicia”, su primer fruto de una cosecha universal. “Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por su fuerza” (1Cor 6,14). Resucitando a Jesús, Dios comienza la “nueva creación”. Sale de su ocultamiento y revela su intención última, lo que buscaba desde el comienzo al crear el mundo: compartir su felicidad infinita con el ser humano.
José Antonio Pagola. Jesús. 411-419

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