“La Iglesia está nombrando hoy a sus obispos en contra del Evangelio”


Publicado en RELIGIÓN DIGITAL

José Ignacio González Faus es una de las principales figuras de la teología mundial y española. Ha sido durante muchos años, y sigue siendo, santo y seña de cantidad de generaciones que hemos bebido en sus libros doctrina y espiritualidad. Es un maestro de los que no se cansan, de los que no tiran la toalla. Sigue al pie del cañón, ahora, como responsable teológico de Cristianismo y Justicia. Tiene infinidad de artículos publicados, más de 50 libros. Hoy está con nosotros por la percha del último libro que ha escrito en colaboración con otro gran teólogo también, el vizcaíno Javier Victoria. El título del libro es Presencia pública de la Iglesia, ¿fermento de fraternidad, o camisa de fuerza?

P- José Ignacio, es un placer tenerte con nosotros. Ya teníamos ganas.¿Cómo ves en este momento la presencia pública de la Iglesia? ¿Cómo es y cómo debería ser?
R- “Presencia pública”, desgraciadamente, se refiere a aquello que es la Iglesia “oficial”. Hay mucha Iglesia por ahí, la Iglesia somos todos, y esto es una cosa que no se puede dejar de decir nunca. Esa otra Iglesia es la que tiene una presencia pública más adecuada, me parece a mí, a lo que pide el Evangelio. La Iglesia oficial ha estado y todavía está demasiado metida en una estructura de poder: un Papa Jefe de Estado, unos representantes de la Iglesia romana que pertenecen al cuerpo diplomático… Todo esto lleva a que casi la única presencia pública que aparezca sea la de la Iglesia oficial. Y lleva también a que la búsqueda de esa presencia pública se haga como una lucha de poder a poder. Del poder de un Estado que tendría que volverse laico -porque en una sociedad plural como la nuestra, el Estado no puede estar a favor de nadie-, y el poder (o los restos de poder) de una institución eclesial que antes intervenía mucho en la vida pública de los Estados, y que ahora anhela seguir interviniendo. Eso, a parte de que no parece compatible con la dinámica pluralista de nuestra sociedad (suena casi más a un resto de fundamentalismo islámico, como el que hay en algunas sociedades), tampoco es compatible con lo mejor del Evangelio. El cristianismo permitiría, en un ambiente de cristiandad que no hay, una identificación con la Iglesia de la sociedad. El Evangelio sugiere la metáfora de lo pequeño que fermenta (la levadura, el grano de mostaza…), y es eso lo que la Iglesia debería hacer.

En el libro, analizando un texto de Ratzinger, traigo 6 calificativos de cómo tendría que ser la presencia de la Iglesia: En primer lugar, sin poder, dialogante, que no pretenda imponer su propia verdad ni su propia moral (aunque sea la Verdad), sino a través del argumento; una presencia servicial y molesta (porque la Iglesia ha de estar en los lugares donde no está nadie, donde la sociedad crea sus víctimas: en la Cañada Real, etc); una presencia ejemplar (que se viera que realmente practica lo que predica y no va por la línea del poder); una presencia plural, para una comunidad que es tan grande y a veces conflictiva, con muchas voces distintas que, sin embargo, convergen todas en la figura de Jesucristo.

A partir de estos adjetivos, en el libro vamos discutiendo los temas como la ciudadanía, la subvención a la Iglesia, el aborto, el Vaticano… etc.

P- ¿O sea que aterrizáis en las cuestiones?

R- Sí, pero son sólo propuestas. Primeras palabras para que surjan otras.

P- Si no te entiendo mal, los que hemos soñado después del Concilio con que la Iglesia fuese perdiendo estructura de poder, desapareciesen los nuncios, por ejemplo… ¿Estamos muy lejos? ¿Hemos ido hacia atrás en vez de hacia delante?

R- Yo creo que sí. Es duro, pero es la impresión que yo tengo. El estamento más oficial de la Iglesia está siendo profundamente infiel al Vaticano II. Se puede hacer un análisis de la eclesiología que está latente, por ejemplo, en la Gaudium et Spes, donde se dicen muchas cosas sobre la Iglesia hoy en día que no se respetan. Como reconocer que el Vaticano II no tiene la solución a todos los problemas, y actuar como si todo problema que se presentase estuviera ya resuelto. En ese sentido, yo creo que hay un retroceso importante en cuanto al Vaticano II.

P- ¿Pero por qué? ¿Le tiene miedo el Vaticano II a las consecuencias, o es que, como dicen, algunos han ido demasiado lejos?

R- Antes que nada, yo diría que todo concilio ha necesitado tiempo para ser aceptado. Trento hoy pasa por el más conservador para nosotros, lo que no es del todo verdad, porque en Trento, además de unos documentos dogmáticos antiprotestantes que evidentemente provienen de la derecha, hay también otros documentos llamados de reforma, valientes y atrevidos, pero desconocidos, porque en aquella época mucha gente no los aceptaba.

Una de mis lecturas favoritas, que es el libro de marcelle batallon sobre Erasmo de Rótterdam en España, cuenta de un señor que estaba en Zaragoza y venía de Trento, y decían dos clérigos al verle: “¡Ese ha aprendido a luteranizar en Trento!”. Creo que esa misma reacción sigue ahora a propósito del Vaticano II.

Otro aspecto fundamental es la resistencia de la Curia romana en tiempos del Concilio. Algunos señores dijeron: “Los obispos se van, la Curia se queda”. Y se hizo con todas las riendas. Yo creo que el problema no está en los Papas, que son figuras de buena voluntad -y algunos de gran talla, como Pablo VI o Juan XXIII-, sino en la Curia. Para mí, los Papas son prisioneros de la Curia romana. Y no me recato en decirlo.

P- ¿Ese retroceso se transmite hacia abajo, hacia las iglesias locales?

R- Es que hay un modo muy fácil de transmitirlo: En contra del Evangelio, del Nuevo Testamento y de su propia tradición, la Iglesia está nombrando hoy a sus obispos de una manera que puede ser legítima, pero que lo ha sido en casos de excepción.

P- Sobre eso escribiste un libro magnifico, Ningún obispo impuesto.

R- Sí. Es que, como el nombramiento de obispos ha quedado exclusivamente en manos de la Curia romana, se eligen los peones que a la Curia le convienen para que se muevan a su gusto. A veces, hasta sin mala voluntad. Yo comprendo que un poder central quiera evitarse los muchos problemas que puede tener, y, si a los obispos los eligiesen, como debería ser, las comunidades, podrían ser más conflictivos con Roma. Imagínate lo que está pasando en Chiapas, lo que ha pasado en Brasil… Pero es que nadie le ha dicho a la Iglesia que ha de estar libre de problemas. Lo que se ha dicho es que los debería resolver evangélicamente.

P- Una de las cosas que tratáis en vuestro libro es la pluralidad. ¿Por qué a la Iglesia española le cuesta tanto aceptar eso que decías al principio, de que “todos somos Iglesia”? Que hay distintas sensibilidades, que cabemos todos, que el mosaico es más bonito que la uniformidad del gris…

R- Bueno, yo soy bastante pesimista respecto a la situación actual, y creo que del futuro inmediato no podemos esperar nada. Seguiremos en las catacumbas durante algún tiempo. Pero, a pesar de todo, creo que este problema es mucho más agudo en España que en otras partes del mundo. Todas las cosas que han pasado aquí, con Pagola, etc, en Francia o Alemania no hubieran pasado. ¿Por qué? Pues porque en España, además de la Iglesia oficial, ha habido siempre una derecha de gente muy rica y muy recalcitrante (que puede venir ya desde aquello de Menéndez y Pelayo) y que ha puesto su identidad en esa uniformidad. Todo eso del franquismo y del nacional catolicismo de que “España, si no es católica, no es España“… Hasta que llegó un día, no sé si te acordarás, cuando la Iglesia tiraba un poquito más hacia el centro, hubo un marqués que dijo: “Si la doctrina de la Iglesia está en contra de los principios del movimiento, yo me quedo con los principios del movimiento”. Es decir, es una derecha que ha usado a la Iglesia. La Iglesia ha sido una tonta útil bien pagada. Y esto ha dado lugar a que ahora en España está reviviendo la línea más trágica de nuestra historia eclesiástica.

Que también hay otra, porque en el siglo XVI tenemos el tránsito de la época de Cisneros (de esplendor, donde nace el erasmismo hispánico, Teresa y Juan de la Cruz….) a la época del inquisidor Valdés, que da un giro total a la derecha, y vienen las persecuciones, las denuncias… Eso parece que ha marcado todos los siglos siguientes.

P- ¿Esa derecha católica está encarnada en estos momentos en los movimientos neoconservadores?

R- Me parece que sí. Los conozco poco, pero esa es la sensación que dan. Quizá por ignorancia, porque a veces estos movimientos son muy piadosos y muy poco ilustrados. No saben hasta qué punto pueden ser manipulados, y son catequizados inconscientemente, de una manera que luego es la más cómoda para la derecha, en el sentido negativo del término.

P- Pero la derecha eclesiástica dice que esos movimientos son los que en estos momentos están ofreciendo, por ejemplo, vocaciones ala Iglesia, que de otros ámbitos no salen…

R- Sí. Pero el problema de las vocaciones no es tanto de número como de calidad. A mí me gustaría ver qué vocaciones son ésas. Mis últimos años de profesor en la facultad (ahora estoy emérito ya) contrastan mucho con los primeros. Los primeros años yo iba a clase casi con miedo, porque sabía que los alumnos se me iban a levantar. Los últimos años era al revés: Les interesaba el examen nada más, y, en todo caso, los seminaristas de Barcelona, si yo decía alguna cosita que sonaba un poco distinta de lo que ellos oían de las voces oficiales, levantaban la mano para decirme: “Bueno…. pero… dejemos las cosas en su sitio”.

Era un alumnado que se había vuelto muy conservador. Y yo no creo que un ministerio así tenga futuro para salvar el cristianismo en España. Tendrá futuro para convertirlo en una secta. Pero la misión de la Iglesia no es ser secta, sino levadura y fermento. El caso de España es de lo más particular.

P- ¿Hay miedo en el ámbito teológico en que te mueves? Hay delación, anónimos llegando continuamente… ¿Cómo os sentís los teólogos españoles?

R- Lo de los anónimos y la delación es uno de los grandes pecados, yo diría pecados mortales, que se dan en la Iglesia y, consciente o inconscientemente, son favorecidos desde hace tiempo. Antes aludía a las denuncias de la inquisición presentadas contra Santa Teresa, algo increíble. Pero, sin irnos tan lejos, cuando los jesuitas tuvimos aquel problema, después de la muerte de Arrupe, el padre pidau? decía: “Es que no tenéis ni idea de las cartas que llegan de Roma, del tono de esas cartas, que parecen de gente que tendría que estar en el psiquiátrico”.

Esa práctica sigue, y en Roma se da audiencia a todo esto. A mí me parece que en todos los sistemas muy absolutistas y totalitarios, el miedo a la desinformación es un enemigo muy grande, porque saben que no hay conexión con el pueblo. Entonces, cuando llega cualquier cosa, dicen: “A ver si esto es así y nosotros no lo sabíamos…”. Por eso se da audiencia a todos los chifladitos.

P- ¿Eso hace que vosotros mismos, los teólogos, intentéis autocensuraros, moderaros?

R- Yo intento no hacerlo, no sé si lo hago. Creo que, desde mi juventud más exaltada, hasta los años que tengo, sí que me he vuelto un poco más suave en las formas, porque estoy absolutamente convencido de que todo puede ser dicho si se dice bien. Y yo, mientras Dios me dé vida, no callaré una cosa que creo que ayuda a que el Evangelio no esté tan desfigurado como está en estos momentos.

P- Y por decirlo todo, en la Iglesia no debería haber ni censura ni represalias.

R- Evidentemente que no. La verdad -decía Santa Teresa- padece pero no perece. La Jerarquía actual tiene la sensación de que la verdad perece a menos que ellos saquen las espadas en seguida en su defensa. Y no. Se pueden decir cosas más o menos sesgadas, desviadas o falsas, pero la verdad se abre camino precisamente a través del diálogo, la confrontación, los argumentos. Lo que pasa en el mundo de las ciencias, lo que está pasando -y es precioso- en la Biblia (pues en estos momentos ya se sabe que muchos exegetas y muchos investigadores han dicho alguna tontería, porque la manera de hacerse famoso es escribir una tesis doctoral contra todos los demás, pero luego eso, poco a poco, se va asentando), es lo que la Iglesia debería hacer para progresar. Porque, además, es lo que hacía en los primeros siglos. Porque los grandes concilios cristológicos que yo he estudiado, son siempre la última palabra después de muchas discusiones, agresividades, conversaciones… Muchos obispos de entonces decían: “¡Cirilo es un hereje!”, y tenían razón. Y a muchos obispos de hoy en día, que están en la línea de san Cirilo, habría que decirles: “Con todo respeto, Vuestras Excelencias tienen algo de heterodoxia en sus mentalidades”.

P- ¿Y la justificación ésa que se suele utilizar muy a menudo, del “escándalo de los sencillos”? Que lo que hacéis y decís muchas veces, escandaliza al Pueblo de Dios.

R- Puede tener su apariencia de verdad en algunos momentos, porque los de izquierda o los progres, tampoco debemos ir por ahí buscando protagonismo. Pero, a pesar de todo, es un argumento falso. Porque, si el pueblo no pasa su pequeño sarampión, sus crisis, a tiempo, acabará perdiendo la fe más tarde. De mucho de lo que es hoy la crítica histórica de la Biblia y demás, el pueblo no sabe nada, y ya tendría que saber un poquito. ¿Que al momento se pueden quedar asustados? Pero eso hace bien. Todos hemos pasado por sacudidas de ésas, y yo creo que mi fe ha crecido.

Por otro lado, al pueblo a veces lo mitificamos como un conjunto de tontos piadosos, y no es así. Hay señoras, madres súper católicas, etc, que perciben muchas cosas. El pueblo no es ignorante.

P- ¿A qué se debe la mala imagen de la Iglesia institucional española? Cada vez que salen Camino o Rouco en la televisión, la gente dice: “¡Ya están aquí!”.

R- Pues como cuando salía Guerra Campos en tiempos del franquismo.

P- Pero en esa época, un poco después, estaba el contrapeso de Tarancón.

R- Sí. Pero cuando estaba Guerra en las televisiones, la gente se salía de los bares.

Su mala imagen se debe a que no permiten que se vea una Iglesia plural, y su única voz tiene en estos momentos poca audiencia. Aunque ellos lo crean, no es la única voz posible, ni muchísimo menos. Ahora, esto se remonta también a bastante lejos. Me estoy acordando ahora de una novela de un escritor inglés, católico, con gran sentido del humor, que tiene novelas encantadoras. Una de ellas comienza en España, tras la República, cuando ya ha habido tantos muertos y líos. Y cuenta que los obispos sacan un decreto diciendo que las mangas para entrar en la iglesia tienen que llegar hasta la rodilla o no sé dónde. Es un tremendo contraste entre la realidad y el mundo que quieren imponer esos tíos. Un contraste llamativo, que continúa.

P- Y en el post-concilio, sin embargo, en España teníamos a Tarancón por un lado, y a González Martín por el otro. Y los dos tenían cabida y proyección social. ¿Por qué en este momento no existe esa otra contraparte, un poco más abierta?

R- Ésa es una buena pregunta que me gustaría poder contestar, pero no sé si sabré.

Un día me tenía que ver con un obispo (el nombre no lo diré), y me dijo que no podía porque otro obispo le había dicho: “Ven, que necesito murmurar”. Hay un sector en el episcopado, mayor de lo que parece, que disiente bastante de la línea oficialmente impuesta de la Iglesia. Pero no se atreven a decirlo públicamente, porque temen que escandalizarían, dando sensación de ruptura. Yo no sé si Roma les presiona para que no den sensación de división, pero en Alemania, por ejemplo, hay dos líneas claras en el episcopado: Una, la del arzobispo de Colonia, y otra, la de Lehman y esa gente, mucho más abiertos. Los fieles están más de acuerdo con uno o con otro, y no pasa nada.

P- Los nombramientos episcopales a los que aludías antes, ¿nos pueden hipotecar durante unos años en la misma tesitura?

R- Seguramente sí. Por eso he dicho que yo no espero poder respirar en el futuro un aire diferente. Porque, además, yo creo que ellos mismos perciben que no tienen mucho que decir, al contrario que Pagola, Javier Victoria, etc. Que a veces quizá lo dicen más a lo bestia, pero es porque tienen algo que decir. Ellos no. Entonces, surge la frase de un premio Nóbel (físico) que yo he utilizado tantas veces: “La intolerancia es la angustia de no tener razón”.

A mí me parece que muchos de estos buenos hermanos míos, pastores de la Iglesia, tienen la angustia de no tener razón, y por eso se vuelven intolerantes.

P- ¿Sí hay ciertos ámbitos dentro de la Iglesia donde seguís pudiendo respirar un poco más (las congregaciones religiosas, por ejemplo)? ¿Eso hace que estéis en una especie de limbo? La gente de las parroquias, de la base, de la calle, los que nos movemos en los movimientos especializados de acción católica etc, y notamos esa asfixia, ¿dónde podemos acudir, qué podemos hacer?

R- En general yo creo que en este momento las congregaciones religiosas están mal vistas por la Jerarquía. Y no sólo las apostólicas, porque, curiosamente, hay congregaciones contemplativas (carmelitas y algunas más), con una línea tremendamente abierta, y que a Roma le molesta. Porque a Roma le gustaría que fuesen todas del breviario al comedor y del comedor al breviario.

En Cataluña, donde yo estoy, no se respira la misma angustia que aquí. La Iglesia catalana es bastante más abierta, y allá podemos hacer más, estamos mejor. Aunque cuando salimos en las noticias la gente se echa las manos a la cabeza. Bueno, pues si nos toca sufrir, sufriremos.

La Iglesia somos todos, la Iglesia es la comunidad de los creyentes antes que nada. Y yo he de decir que en mi iglesia me encuentro muy bien, porque la base la forma gente maravillosa que no saldrá ni siquiera en Religión Digital, que en estos momentos están trabajando por ahí con prostitutas, contra el problema de la trata de mujeres, que en España es espantoso. Esa gente que está dando el callo y sufriendo, no saldrá nunca en ningún sitio. Chicas que se ven obligadas a infinidad de cosas que nos harían llevarnos las manos a la cabeza, y que los obispos desconocen. ¿Que una chica necesita abortar? Pues, mira, la acompaño. Porque esas decisiones se ven de otra manera desde la crudeza y la dureza de la situación. Estos son Iglesia.

Hace poco he estado en Manresa dando un curso de reciclaje, y estuve con un curita de Chiapas que, después de 40 años allí, acababa de traducir toda la Biblia a la lengua de los indígenas chiapanecos, contando con una comisión de expertos, que son muy pocos. Es, además, una lengua muy difícil, porque tiene poco vocabulario, tenían que buscar giros, significados… Y me contó la tragedia de la Iglesia de Chiapas, con la prohibición para los diáconos. Porque allí se había producido realmente. Gente formada, preparada, que sabe teología y que se convertía fácilmente en líder de las comunidades, pero que no podía celebrar la eucaristía, que es un derecho para los fieles.

P- ¿Hay cosas que son imparables, y que parece que se están retrasando?

R- Sí, pero llegarán. Acabarán llegando. Lo peor puede ser que lleguen mal.

P- Y tarde.

R- Sí, tarde y mal. En mi libro La autoridad de la verdad, sobre los errores de los documentos del magisterio eclesiástico, en el que intento transmitir que la Iglesia puede equivocarse, aparece una constante, que es que la Iglesia acepta las cosas con 200 años de retraso. 200 años después del grito de la Revolución Francesa, Juan Pablo II dijo: “Esto son palabras cristianas”. Pero en un primer momento “libertad, igualdad y fraternidad” parecían un ataque a la Iglesia.

La Iglesia tendría que hacer aquello que dice Mateo del Mesías: No quebrar la caña torcida, y no apagar la mecha humeante. Porque la Revolución Francesa, evidentemente, era una mecha. Y, así, muchas cosas.

Como dijo un cardenal, la hora más negra de la historia de las misiones es lo que pasó en China y en India con richy? y demás. 200 años después, Juan Pablo II dijo que richy había sido el gran misionero, el gran inculturador, pero se las hicieron pasar canutas, a él y a sus sucesores. Lo malo es que el reconocimiento llega tarde, porque si lo de richy se hubiera mantenido, sin apagar la mecha humeante -aunque hubiera que modificar algo (porque no hay parto sin alguna suciedad en este mundo)-, probablemente la situación del cristianismo en China y en la India sería hoy otra.

P- ¿Se puede personalizar el problema en España? ¿Rouco es el vicepapa, sin contrapoder alguno, o la situación no depende sólo de él?

R- Yo no quiero juzgar a personas, pero eso es lo que dicen. Sí que da la sensación de que es quien tiene el poder absoluto, a pesar de que lo tiene sólo por un voto, que, como dice la gente malintencionada, sería el de su sobrino (cosa curiosa). En las elecciones a la presidencia de la Conferencia Episcopal, me refiero. En fin, él verá.

P- ¿Qué nos queda? A la gente que nos movemos en una sensibilidad abierta y dialogante, ¿sólo nos queda lo que decías antes, de la mística de la resistencia?

La resistencia supone siempre esperanza. Esto en Cristianismo y Justicia lo decimos mucho. Tenemos que luchar por la justicia, pero no debemos dar esperanza.

A pesar de todo, nos vale la frase que el Apocalipsis dice para una situación de crisis mucho mayor, de persecución, etc: “Dios es el señor de la historia”. Y las babilonias acaban cayendo.

Por consiguiente, pasaremos esta travesía del desierto, pasaremos el invierno eclesial -que dijo Rahner-, pasaremos los tiempos recios -que decía Santa Teresa, porque la cosa no es de hoy-… Pero seguiremos aquí humildemente, evangélicamente resistiendo.

Tenemos dos armas muy fuertes. La primera es el Evangelio. Lo que no deja dormir tranquila a la Iglesia no es el progresismo o el laicismo, sino el Evangelio. Cógete el capitulo 23 de San Mateo, con aquella dureza de las palabras de Jesús. San Jerónimo decía: “Eso no se ha dicho contra los judíos, se ha dicho contra nosotros, para que no caigamos en eso mismo”. (Imponer cargas que nosotros no llevamos, limpiar el sepulcro por fuera, que nos saluden y nos digan padre y maestro y todo eso…). Eso está en las páginas del Evangelio. El Evangelio es enormemente subversivo.

Y luego, tenemos otro arma, que es la mejor tradición de la Iglesia. La tradición es una palabra que cubre muchísimas cosas, y la mejor tradición de la Iglesia está en contra , por ejemplo, de todo lo de los nombramientos de los obispos que hemos estado hablando. Todo lo que yo escribí en mi libro del que siempre hago propaganda: Vicarios de Cristo, los pobres de la Iglesia y la espiritualidad. Ahí está la mejor tradición de la Iglesia.

Son dos armas serias y podemos defenderlas, naturalmente, con sensatez y sentido común, sabiendo que la hora no es de triunfo y de gritar. Pero no nos han de hacer perder la esperanza, ni muchísimo menos.

P- De la resistencia a la esperanza. ¿Algún proyecto entre manos, a parte de este libro que acabas de presentar?

R- Mi proyecto es prepararme para la llamada del Señor. Pero, a parte de eso, tengo entre manos un libro que no sé si podré acabar. Se titulará Otro mundo es posible desde Jesús, parodiando el titulo aquel (…). Yo soy el que inventó la paráfrasis aquélla del anuncio de Jesús: “El Reino de Dios llega, hoy no se entiende”.

Entonces, ampliando algunas cosas, desarrollo ese otro mundo de Jesús, el otro mundo posible: La lucha contra los ricos, la preeminencia de los pobres, el poder curador de Jesús, la manera de ejercer la autoridad… Esa es la primera parte. La segunda es Otra Iglesia es posible. Y la tercera, que es la más difícil (porque la Iglesia está mal, pero el mundo está peor), es responder, justamente, a la pregunta de cómo es posible un mundo en que siempre triunfan los malos. Cómo tiene que vivir en él el cristiano.

La crisis económica, como se está viendo, la provocaron unos cuantos canallas, que van a salir beneficiados. Porque creceremos, pero la tasa de paro habrá aumentado y eso será ya natural. Esto tiene que ver mucho con la oración, con la crítica al progreso (porque nuestro progreso tiene también su Pecado Original).

La tercera parte trata, pues, de cómo vivir la fe en esa situación, porque yo no me acabo de creer eso de mi querido amigo Laboardeta de que “habrá un día en que todos…”. Más bien, yo soy de la otra canción, de que, cuando el pobre nada tiene, aún reparte.

No es que cambiaremos el mundo, es que va Dios mismo en nuestro mismo caminar. Y esa experiencia de Dios va en el otro.

Me gusta decir mucho, parodiándola, una frase de San Ignacio: “Hay que ser contemplativos en la acción”. Yo digo: “Hay que ser contemplativos en la relación”. Saber ver en el otro -con sus debilidades, sus promesas, sus defectos, lo que sea-, algo de Dios. Eso es lo que hay que cultivar.

P- Un gran proyecto, muy ilusionante. Te emplazamos a que nos lo presentes también.

R- Si algún día sale y yo todavía no estoy en silla de ruedas… Yo le digo al Señor: “Señor, si tú quieres que lo acabe, dame vida”. Si no, será que no hace falta.

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