La experiencia decicisiva


¿Cómo entienden los discípulos lo que está ocurriendo? La expresión más antigua es una fórmula acuñada muy pronto y que se repite de manera invariable: Jesús “se deja ver”. Se les había perdido en el misterio de la muerte, pero ahora se les presenta lleno de vida.
En una época relativamente tardía, cuando los cristianos llevan ya cuarenta o cincuenta años viviendo de la fe en Cristo resucitado, nos encontra-mos con unos relatos llenos de encanto que evocan los primeros “encuentros” de los discípulos con Jesús resucitado. Son narraciones que recogen tradiciones anteriores, pero que cada evangelista ha trabajado desde su propia visión teológica para concluir su evangelio sobre Jesús. Son, más bien, una especie de “catequesis” compuestas para ahondar en diversos aspectos de la resurrección de Cristo, de consecuencias importantes para sus seguidores.
Este encuentro con Jesús resucitado es un regalo. Los discípulos no hacen nada para provocar-lo. Los relatos insisten en que es Jesús el que toma la iniciativa. Es él quien se les impone lleno de vida, obligándoles a salir de su desconcierto e increduli-dad. Los discípulos se ven sorprendidos cuando Jesús se deja ver en el centro de aquel grupo de hombres atemorizados. María Magdalena anda buscando un cadáver cuando Jesús la llama. Nadie está esperando a Jesús resucitado. Es él quien se hace presente en sus vidas desbordando todas sus expectativas. Aquello es una “gracia” de Dios como decía Pablo.
El encuentro con Jesús es una experiencia de perdón. Se pone repetidamente en sus labios un saludo significativo: “La paz con vosotros”. El resucitado les regala la paz y la bendición de Dios, y los discípulos se sienten perdonados y aceptados de nuevo a la comunión con él. Con Jesús todo es posible. Es tanta su alegría que no se lo pueden creer. Jesús les infunde su aliento y los libera de la tristeza, la cobardía y los miedos que les paralizan.
La ejecución de Jesús ponía en cuestión todo su mensaje y actuación. Aquel final trágico plantea-ba un grave interrogante incluso a sus seguidores más fieles: ¿tenía razón Jesús o estaban en lo cierto sus ejecutores? ¿Con quién estaba Dios? En la cruz no habían matado solo a Jesús. Con él habían matado también su mensaje, su proyecto del reino de Dios y sus pretensiones de un mundo nuevo. Se Jesús tenía razón o no, solo Dios lo podía decir.
Todavía hoy se puede percibir en los textos llegados hasta nosotros la alegría de los primeros discípulos al descubrir que Dios no ha abandonado a Jesús. Ha salido en su defensa. Se ha identificado con él, despejando para siempre cualquier ambigüedad. Para los seguidores de Jesús, la resurrección no es solo una victoria sobre la muerte; es la reacción de Dios, que confirma a su querido Jesús desautorizan-do a quienes lo han condenado. Lo que Jesús anunciaba en Galilea sobre la ternura y misericordia del Padre es verdad: Dios es como lo sugiere Jesús en sus parábolas. Su manera de ser y de actuar coincide con la voluntad del Padre. La solidaridad de Jesús con los que sufren, su defensa de los pobres, su perdón a los pecadores, eso es precisamente lo que él quiere. Ese es el camino que conduce a la vida.
Por eso hay que “volver a Galilea” y recordar todo lo vivido con él. Se produce entonces un fenómeno singular. Los discípulos van a reavivar de nuevo lo que han experimentado junto a Jesús por los caminos de Galilea, pero esta vez a la luz de la resurrección. Impulsados por su fe en Jesús resucitado, empiezan a recordar sus palabras de alguien que está “vivo” y sigue hablando con la fuerza de su Espíritu. Nace así un género literario absolutamente original y único: “los evangelios”. Estos escritos no recopilan los dichos pronunciados en otro tiempo por un rabino famoso, sino el mensaje de alguien resucitado por Dios, que está comunicando ahora mismo su espíritu y su vida a quienes le siguen. Los creyentes escuchan las palabras recogidas en los evangelios como palabras que son “espíritu y vida”, “palabras de vida eterna”, que transmiten la alegrías y la paz del resucitado.

(José A. Pagola. Jesús. 423-428

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