Comentarios tercer domingo de Pascua


A LA DERECHA

Cuenta el evangelista Juan que «estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Mellizo, Natanael el de Caná de Ga­lilea, los Zebedeos y otros dos. Simón Pedro les dijo: -Voy a pescar. Contestaron: -Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron, peto aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla, aunque los discípulos no se dieron cuenta de que era él. Jesús les preguntó: -Muchachos, ¿tenéis por casualidad algo que comer? Contestaron: -No. Les dijo: -Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y cogieron tantos peces que no tenían fuerzas para sacarla» (Jn 21,2ss).

Llama la atención la orden del Maestro a los discípulos:

«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» Era el amanecer de una noche en que el grupo de los discípulos había estado tratando en vano de realizar alguna captura en el lago. Al fin llegó Jesús indicando el lugar propicio para la pesca -a la derecha de la barca-, y ésta fue sobreabundante: «Una red, repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres; y a pesar de ser tantos no se rompió la red» (Jn 21,11).

Y uno se pregunta: ¿ por qué precisamente hacia la dere­cha? ¿ Qué tiene este lado que no tenga el izquierdo?

En el mundo de la Biblia, el lado derecho, referido a los miembros del cuerpo, es el lado más noble del hombre. La mano derecha es la mano de la actividad: «Que no se entere la izquierda de lo que hace la derecha» (Mt 6,2). «Si tu ojo derecho te pone en peligro, sácatelo y tíralo; y si tu mano derecha te pone en peligro, córtatela y tírala» (Mt 5,29); con esta frase invita el Maestro a abandonar hasta lo más apre­ciado y querido cuando esto impide al discípulo vivir según el evangelio. En la oreja derecha se ungía a los sacerdotes al co­menzar a ejercer sus funciones (Lv 8,23). Con un gesto pro­fético, Pedro hiere al siervo del sumo sacerdote en la oreja derecha, lugar de la unción, descalificando al sumo sacerdocio judío (Lc 22,50).

Sentarse a la derecha de un rey equivalía en la antigüedad a ser primer ministro y gozar de su poder. Jesús, tras la resu­rrección, está sentado a la derecha de Dios, constituido en poder, según diversos textos del Nuevo Testamento.

Pero ¿quién estará, a su vez, constituido en poder o podrá sentarse a la derecha de Jesús? El evangelio de Mateo da la respuesta: «Cuando este hombre venga con su esplendor acom­pañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono real y reunirá ante él a todas las naciones. El separará unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras, y pondrá a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha   Venid, benditos de mi Pa­dre; heredad el reino preparado para vosotros desde la crea­ción del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogisteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme» (Mt 25,3lss).

A la derecha de Dios se situarán todos los que favorecie­ron a los marginados de la tierra, esa lista de enfermos, toxi­cómanos, pobres, parados, minusválidos, todos aquellos que en la vida fueron situados en el lugar siniestro de la sociedad.

Hacia esta gente tiene que echar las redes la Iglesia, con decisión, si quiere obtener una pesca abundante. Este es el lugar favorable para la evangelización. Este es el lado derecho de la barca hacia el que Jesús mandó echar la red a sus dis­cípulos, reacios como la misma Iglesia a evangelizar a los po­bres con palabras y hechos.

Si queremos sentarnos un día a la derecha de Dios, ya sa­bemos el camino…

II

EL EXITO DE LA MISION

Para que la misión tenga éxito se deben cumplir estas condicio­nes: que se haga en unión con Jesús, que los que trabajan en ella estén dispuestos a gastar, como Jesús su vida en el intento y que no se trate de un asunto asumido individualmente sino como tarea comunitaria.

LA PESCA

Estaban juntos Simón Pedro, Tomas, … Natanael, … los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Les dijo Pedro:

-Voy a pescar.

Le contestaron:

-Vamos también nosotros contigo.

La pesca sirve en los evangelios para simbolizar la misión de la comunidad cristiana (cuando Jesús llamó a los primeros discípulos les dijo que serían pescadores de hombres, véase Mc 1,17). Jesús no les entregó la Buena Noticia en propiedad para que ellos la disfrutaran. La Buena Noticia tiende por su misma naturaleza a ser comunicada, y la comunidad cristiana es la encargada de hacer que ese objetivo se cumpla: que los hombres, todos, lleguen a conocer cuál es el proyecto de Dios para la humanidad y que, entusiasmados con ese proyecto, lo acepten y lo lleven a cabo. El trabajo, la pesca, es el anuncio de la Buena Noticia; los hombres que aceptan el mensaje están simbolizados en los peces, fruto de aquel trabajo.

CUANDO Y DONDE PESCAR

aquella noche no cogieron nada. Al llegar ya la mañana, se hizo presente Jesús en la playa… El les dijo:

-Echad la red al lado derecho de la barca y encontrareis.

La echaron y no tenían en absoluto fuerzas para tirar de ella por la muchedumbre de los peces.

La noche, en el evangelio de Juan, representa la ausencia de Jesús, luz del mundo Jn 8,12).

Pedro había negado a Jesús (‘n 18,15-27) porque no estaba dispuesto a aceptar que el amor de Jesús por la humanidad tuviera que llegar a la exageración de dar la vida. No había descubierto que el amor es más fuerte que la muerte (véase Cant 8,6), y no sólo se disgustó porque Jesús se dejó matar, sino que hizo todo lo posible para no seguir él el mismo camino… y negó por tres veces a Jesús. Ahora Pedro, que en el fondo no era mala persona, toma la iniciativa de empezar la tarea: «Voy a pescar», dice al resto de la comunidad. Y los demás lo siguen… a él: «Vamos también nosotros contigo». Por eso es de noche, porque no han dejado espacio a Jesús. Y por eso no obtienen ningún fruto de su trabajo… hasta que se hace de día al hacerse presente Jesús.

El se queda a una cierta distancia: el trabajo ya no le corresponde desarrollarlo a él, sino a la comunidad de sus seguidores; pero no por eso se desentiende e indica a aquel grupo de cansados y desalentados pescadores por dónde de­ben echar la red, hacia dónde deben dirigir su objetivo: hacia la muchedumbre de hombres y mujeres que están necesitados de un proyecto para su vida, a la muchedumbre de seres humanos que buscan con ansia un camino hacia la felicidad:

los pobres, los enfermos, los oprimidos, los desgraciados; los mismos a los que se dirigió preferentemente Jesús. Y si se trabaja junto con Jesús, esa muchedumbre responderá y el esfuerzo se verá coronado por el éxito: «…la red repleta de peces grandes, ciento cincuenta y tres». Son las nuevas comu­nidades que, unidas a Jesús, se incorporarán a la tarea.

EL RIESGO DEL PESCADOR

Cuando acabaron de almorzar, le preguntó Jesús a Simón Pedro:

-Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?… Pedro le respondió:

-Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.

Le dijo:

-Apacienta mis ovejas. Sí, te lo aseguro: Cuando eras joven, tú mismo ponías el cinturón e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo extenderás los brazos y otro te pondrá el cinturón para llevarte adonde no quieres. Esto lo dijo indicando con qué clase de muerte iba a manifestar la gloria de Dios.

Pero el estar unido a Jesús no es sólo un sentimiento ni, menos aún, un documento. Estar unidos a Jesús es una actitud de vida y una actividad: ponerse a caminar tras sus huellas dispuestos a recorrer su mismo camino para, de una u otra manera, terminar en su misma meta. Es adoptar como única norma de vida el amor a la humanidad y, de manera especial, a los pobres y oprimidos, a los pequeños, a los débiles, a los que no tienen, no saben, no pueden…, dispuestos a dar la vida para que tengan lo que necesitan para ser personas, sepan que son hijos de un Padre que los quiere y puedan salir juntos de la miseria, la humillación y la ignorancia.

Comprometidos en esa misión, se logra, además, otro fru­to: el amor que crece dentro de quien lo practica hasta el punto de llegar a darse, como se dio Jesús, como alimento para la vida del mundo. Y la renovada entrega de Jesús fun­diéndose con la entrega de los suyos (esa entrega está simbo­lizada en los pescados que Jesús ofrece y en los que los discí­pulos aportan y que todos comparten) se hace eucaristía, acción de gracias al Padre, por haber hecho posible que los hombres empiecen a vivir como hermanos.

Y eso es lo que pide Jesús a Pedro: que dé el fruto que corresponde a quien es partícipe de la misión de Jesús; que se olvide de sus delirios de grandeza, que no se mantenga encadenado a las tradiciones, que deje ya, de una vez por todas, sus manías de líder y que ponga toda su pasión en la realización de la tarea que se le encomienda: «Apacienta mis corderos… Pastorea mis ovejas… Apacienta mis ovejas», esto es, que, como Jesús, el modelo de pastor se juegue y esté dispuesto a perder la vida para la felicidad de los hombres, sus hermanos.

III

v. 1: Algún tiempo después, se manifestó de nuevo Jesús a los discípulos junto al mar de Tiberíades, y se manifestó de esta manera:

Intervalo temporal indeterminado (Algún tiempo después). La mención del mar / lago remite al episodio de los panes (6,1), aunque aquí usa Juan solamente la denominación de resonancia pagana (de Tiberíades), colocando la escena en contexto de misión.

Los discípulos que van a mencionarse representan a todo el grupo cristiano, y el episo­dio contiene una enseñanza válida para todos La manifestación va a tener características diferentes de las dos anteriores (de esta manera). Va a ser al aire libre (misión), en medio de la actividad

v. 2: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (es decir, Me­llizo), Natanael el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discipulos.

Los discípulos forman comunidad (juntos). Simon Pedro, Tomás, dispuesto a morir con Jesús, saben ahora adónde conduce esa muerte (20 24 29) Natanael representaba al Israel fiel llamado por Jesús (1,45 51), de Cana de Galilea nunca dicho antes, lo pone en relación con la madre de Jesús, figura femenina del mismo Israel (2,1-5), integrado en la nueva comunidad al pie de la cruz (19,25-27). Los Zebedeos, única vez en este Evangelio, sin nombres pro­pios. Dos discípulos anónimos. Ya no se habla de «los Doce», los men­cionados suman siete (se pensaba que los pueblos del mundo eran se­tenta); se trata de una comunidad abierta a la humanidad entera.

v. 3: Les dijo Simón Pedro: -Voy a pescar. Le contestaron: -Vamos también nosotros contigo. Salieron y se montaron en la barca, pero aquella noche no cogieron nada.

Se trata de una decisión  individual de Pedro; su iniciativa arrastra a los demás. La pesca es figura de la misión. La noche, en contexto de actividad, se opone al dicho de Jesús en 9,4s: »Se acerca la noche, cuando nadie puede trabajar, etc.»; significa la ausencia de Jesús, luz del mundo. La misión, a iniciativa de Pedro, no produce fruto:  “no cogieron nada”.

v. 4: Al llegar ya la mañana, se hizo presente Jesús en la playa, aunque los discípulos no sabían que era Jesús.

La luz de la mañana coincide con la presencia de Jesús, en la playa, límite entre la tierra y el mar, que representa «el mundo» donde se ejerce la misión. Jesús se queda en la tierra firme; su acción se ejerce por medio de los discípulos. Concentrados en su esfuerzo inútil, no lo reconocen.

vv. 5-6: Les preguntó Jesús: -Muchachos, ¿tenéis algo para acompañar el pan? Le contestaron: -No. Él les dijo: -Echad la red al lado derecho de la barca y encontra­reis. La echaron y no tenían en absoluto fuerzas para tirar de ella por la muchedumbre de los peces.

Jesús se dirige a ellos con un término de afecto: “Muchachos”, chiquillos. Conscientes de su fracaso, contestan secamente. Al se­guir la indicación de Jesús (6), pesca inmediata y abundante.

v. 7: E1 discípulo aquel, el predilecto de Jesús, dijo en­tonces a Pedro: -Es el Señor. Simón Pedro entonces, al oír que era el Señor, se ató la prenda de encima a la cintura, pues estaba desnudo, y se tiró al mar.

Ante el sorprendente resultado, el discípulo predilecto reconoce a Jesús. Pero  Pedro (cf. 13,23; 18,15; 20, 2), que no está aún dispuesto a dar la vida con Jesús, no lo reconoce. Para indicar el cambio de actitud de Pedro se utiliza un lenguaje  lenguaje simbólico: la oposición desnudez-vestido y la acción de tirarse al agua. En el primer simbolismo, la clave está en la frase: se ató … a la cintura, usada de Jesús cuando se ciñó el paño que significaba su servicio hasta la muerte (13,4.5). Pedro estaba desnudo: no había adoptado la actitud de Jesús; por eso la misión no ha producido fruto. Con la frase “se tiró al mar”, Pedro muestra su disposición a dar la vida. Ahora en­tiende el lavado de los pies (13,7: «lo entenderás dentro de algún tiempo»). Es el único que se tira al mar, por ser el único que ha negado a Jesús. En esta narración Jesús no responde al gesto de Pedro, se dirige siempre al grupo.

vv. 8-9: Los otros discípulos fueron en la barca (no estaban lejos de tierra, sino a unos cien metros) arrastrando la red con los peces.A1 saltar a tierra vieron puestas unas brasas, un pescado encima y pan.

Los demás siguen juntos, como estaban al principio (2), y van al lugar donde está Jesús. Ven primero el fuego y la comida que él ha pre­parado, los mismos alimentos, pescado y pan, que había repartido en la segunda Pascua (6,9.11). Es el pan de vida (6,51), Jesús mismo.

vv. 10-11: Les dijo Jesús: -Traed pescado del que habéis cogido ahora. Subió entonces Simón Pedro y tiró hasta tierra de la red repleta de peces grandes, ciento cincuenta y tres; a pe­sar de ser tantos, no se rompió la red.

Jesús les pide el fruto del trabajo: dos alimentos: el que ofrece Jesús, su persona, y el que ofrecen los discípulos; el amor ejercido en la misión los lleva al don de sí que alimenta a la comunidad. En la eucaristía han de estar presentes el don de Jesús a los suyos y el don de unos a otros (1,16).

Pedro se singulariza de nuevo. Tampoco responde Jesús a este gesto. Subió se contrapone a «tirarse al mar», y señala la nueva actitud de Pedro. Ciento cincuenta y tres equivale a tres grupos de cincuenta más un tres, que es el multiplicador. «Cincuenta» designa a una comunidad del Espí­ritu (6,10); peces grandes equivale a «hombres adultos» (6,10; 9,20s), es decir, acabados por el Espíritu. «Tres», número de la divinidad (Gn 18,2; Is 6,3: el triple santo), que representa a Jesús (20,28). Con este número ciento cin­cuenta y tres se representa a las comunidades del Espíritu (el fruto) que se multiplican en proporción exacta con su presencia. La red no se rompe (19,24, de la túnica): unidad en la diversidad (17,21: «que todos sean uno»).

vv.12-14: Les dijo Jesús: -Venid, almorzad. A ningún discípulo se le ocurría cerciorarse preguntán­dole: «¿Quién eres tú?», conscientes de que era el Señor. Llegó Jesús, cogió el pan y se lo fue dando, y lo mismo el pescado. Así ya por tercera vez se manifestó Jesús a los discí­pulos después de levantarse de la muerte.

Jesús invita a todos ; él mismo ha preparado el alimento, como un amigo (15,13-15). Los discípulos no dudan de su presencia (14,21; 16,2). La llegada  de Jesús a la comunidad es perceptible en la eucaristía.

v. 15: Así ya por tercera vez se manifestó Jesús a los discí­pulos después de levantarse de la muerte.

La tercera vez es la definitiva, la que va a durar siem­pre; manifestación modelo para la vida del grupo cristiano.

v. 15: Cuando acabaron de almorzar, le preguntó Jesús a Simón Pedro:

-Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? Le respondió: -Señor, sí; tú sabes que te quiero. Le dijo: -Apacienta mis corderos.

En el episodio anterior (21,7), Jesús no se ha hecho eco del gesto de Pedro. Terminada la comida se dirige a él. Evita que el problema personal interfiera en su contacto con la comunidad. Jesús lleva la iniciativa (le preguntó). Simón de Juan (cf. 1,42) ha pretendido destacarse del grupo ostentando ser el primero en la adhesión a Jesús (13,37). La pregunta (¿me amas más que éstos?), en­frenta a Pedro con su actitud, en presencia de los demás. Después de sus negaciones, Pedro evita toda comparación; te quiero, amor de amigo, en lugar de «te amo», amor de identificación y se remite al conocimiento de Jesús (tú sabes).

Apacentar equivale a procurar alimento, que, como el que da Jesús, es el don de la propia persona (14,15.21); corderos son los pequeños; ovejas, los grandes; de este modo se representa la: totalidad del rebaño.

v. 16: Le preguntó de nuevo, por segunda vez: -Simón de Juan, ¿me amas? Le respondió: -Señor, sí; tú sabes, que te quiero. Le dijo: -Pastorea mis ovejas.

Jesús pregunta por segunda vez, de modo más breve e incisivo si Pedro está realmente identi­ficado con él y lo toma por modelo, renunciando a todo otro ideal de Mesías. Pedro responde de la misma manera.

Pastorear significa dar la vida por las ovejas, como hace el pastor modelo (10,11); esta es la disposición propia de todo discí­pulo.

v. 17: La tercera vez le preguntó: -Simón de Juan, ¿me quieres? Pedro se puso triste porque la tercera vez le había pre­guntado: «¿Me quieres?», y le respondió: -Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero. Le dijo: -Apacienta mis ovejas.

La tercera vez recuerda la triple negación. Pedro había profe­sado dos veces ser amigo de Jesús («tú sabes que te quiero»); «ser amigo» es renunciar a la idea de un Mesías de poder (18,10), a la relación de inferior a superior (13,6-8), al trabajo como siervo o asalariado (15,15).

Dice el evangelio que Pedro se puso triste, pues Jesús parece desconfiar de sus afirmaciones ante­riores y le hace recordar su obstinación (Pedro/Piedra).

Pedro insiste: Tú lo sabes todo, nueva rectificación (cf. 13,37s). El tercer encargo de Jesús “apacienta mis ovejas” sintetiza los dos anteriores.

vv. 18-19: Sí te lo aseguro: Cuando eras joven, tú mismo te ponías el cinturón e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás los brazos y otro te pondrá el cinturón para llevarte adonde no quieres. 19Esto lo dijo indicando con qué clase de muerte iba a manifestar la gloria de Dios. Y dicho esto, añadió: -Sígueme.

Pedro dará la vida en la cruz, como Jesús. Así se asociará hasta el final a su misión de pastor. Pedro, cuando era joven, actuaba a su ar­bitrio, sin objetivo (ibas adonde querías); desde ahora tendrá que ser coherente con el seguimiento, aunque le cueste (adonde no quieres).

IV

En el pasaje de Hechos, los apóstoles son llamados a rendir indagatoria ante el Sanedrín, o Junta Suprema de los judíos. Conviene reflexionar sobre lo que implica concretamente la fe en la resurrección de Jesús; esto es, el testimonio de que él continúa vivo y actuando no ya físicamente, sino a través de la comunidad que ha asumido con el coraje y la valentía de su Maestro el proyecto del Reino. La Resurrección carece de pruebas históricas, y el creyente no las necesita. La prueba más segura y contundente nos la da, precisamente, la comunidad misma de creyentes que se fue formando alrededor de la fe en la Resurrección y que da testimonio de ella a través de una experiencia vital que ha evolucionado desde una total ignorancia e incapacidad para comprender a Jesús, hasta un cambio tan radical que ya nadie teme dar testimonio de que Jesús está vivo y que su proyecto sigue adelante. Con una valentía increíble, aquellos que habían huido abandonando al Maestro en su prendimiento, recalcan ahora que seguirán predicando porque “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Esta situación se repetirá innumerables veces en la historia de la Iglesia, cuando la autenticidad del mensaje entre en conflicto con los intereses que se le oponen.

En el evangelio Jesús se presenta a los apóstoles junto al lago Tiberíades, en medio de la vida ordinaria a la que ellos estaban acostumbrados. Habían dejado de ser los pescadores de hombres a que los había llamado Jesús, y tras el supuesto fracaso del Maestro habían vuelto a su oficio de siempre. Allí se les presenta Jesús y aprovecha lo que les es familiar. Y allí Dios les manifiesta su poder y su gloria, a través del símbolo de la pesca y de la comida.

El Resucitado los invita a tirar la red, que recogerá una pesca milagrosa; una red que es símbolo de la Iglesia y de la pesca multitudinaria que harían los seguidores de Jesús después de este encuentro, cuando vuelvan a tomar el rumbo que habían perdido.

El discípulo a quien el Señor más amaba le reconoce en el milagro de la abundancia de peces, y Pedro se siente nada delante de aquel que le encomendó una tarea especifica que dejó de cumplir.

El capítulo 21 del cuarto evangelio fue agregado posteriormente. Es claro que Jn 20,30-31 era la conclusión original. Y es interesante que el capítulo 21 esté centrado en la figura de Pedro. En todo el evangelio los grandes protagonistas habían sido “el discípulo amado”, los discípulos en general y especialmente las discípulas, y entre ellas la madre de Jesús y María Magdalena. La figura de Pedro tiene relieve secundario; más aun, aparece siempre contrapuesta y subordinada a la del “discípulo amado”. Para Juan lo más importante es ser discípulo/discípula. Ahora, en el capítulo 21, se afirma a Pedro como pastor a partir de la inquietante pregunta triple de Jesús resucitado: “Simón, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas”. Pedro es reconocido como pastor porque ahora cumple la condición de buen discípulo. Durante la Pasión negó tres veces ser discípulo de Jesús. Ahora el Señor le pide una triple confesión de su sincero amor como discípulo.

Antes que jerárquica, la Iglesia es una comunidad de discípulos. En la tradición de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) es una iglesia fundada y dirigida por los 12 apóstoles, llamados también comúnmente los 12 discípulos. El capítulo 21 de Juan expresa la armonización de la dos tradiciones: Pedro es reconocido como pastor, pero bajo la condición de que acepte su definición fundamental como discípulo. Una vez reconocido como pastor, Jesús le anuncia la clase de muerte con la que glorificaría a Dios: su crucifixión en Roma. Después el Señor le reiterará su consigna favorita: “sígueme”, es decir, lo urge formalmente a ser su discípulo.

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 129, que puede ser escuchado aquí (http://www.untaljesus.net/audios/cap129b.mp3)  y cuyo guión -con un comentario bíblico-teológico incluido- puede ser recogido aquí (http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1600129).

La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 31, que se titula «¿Dios hace milagros?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guión y su audio puede recogerse en http://www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=130031 Hay varios otros varios guiones con temas relacionados, que se prestan a un debate-catequesis.

Para la revisión de vida

-Obedecer a Dios antes que a los humanos… Quizá yo no esté en situación de conflicto con la autoridad, pero puede haber muchas pequeñas o grandes cosas en mi vida en las que obedezco más a leyes, preceptos, presiones, costumbres, influjos… humanos, que a lo que siento que Dios me pide. Debo examinarlo.

-La lectura del apocalipsis habla de la alabanza cósmica, de todas las creaturas, hacia el Dios creador, por medio del Cordero… ¿Vivo mi fe en sintonía de amor y armonía con todas las fuerzas de la creación?

Para la reunión de grupo

El conflicto que vivió frente a las autoridades judías la primera comunidad cristiana es muy elocuente y merece un análisis: ¿por qué eran perseguidos?, ¿por simple “odio religioso”?, ¿por la misma causa por la que Jesús fue ejecutado?, ¿por la misma opción de Jesús por los pobres que ella prolongaba?…

Después de la ejecución de Jesús, ¿por qué la predicación de su resurrección resultaba subversiva?

Si hoy volviera Jesús y predicara lo que predicó, ¿encontraría la aprobación o el rechazo por parte del sistema socio-económico-político dominante en nuestra sociedad?

Y hoy día: ¿los cristianos son perseguidos o apoyados por los poderosos?

Para la oración de los fieles

Por los cristianos que son perseguidos por causa de su fe, para que permanezcan fieles a ella a pesar de las dificultades, roguemos al Señor…

Por los cristianos que son perseguidos por las consecuencias de su fe, a saber: su compromiso con la justicia, su opción por los pobres, su denuncia valiente de los pecados sociales…; para que se mantengan firmes en esa opción de obedecer a Dios antes que a los humanos…

Por los cristianos que son bien mirados y alabados por los que tienen poder en este mundo; para que comparen su situación con la de Jesús y obren en consecuencia…

Por nuestras asambleas eucarísticas dominicales, para que sean siempre un encuentro privilegiado con Jesús resucitado…

Para que vivamos en nuestra vida la armonía con toda la creación, haciéndonos portadores de la alabanza divina que todas las criaturas proclaman…

Oración comunitaria

Reunidos en la celebración eucarística dominical te pedimos, Señor, que, por la fe, sintamos siempre en medio de la comunidad la presencia de Jesús resucitado, que parte para nosotros el pan y el vino y nos explica las Escrituras para fortalecer nuestras vidas y renovar nuestra alegría. Por J.N.S.

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