Comentarios quinto domingo de Pascua


UN PROBLEMA DE IMAGEN

Los políticos parecen tremendamente preocupados de su imagen. No sólo hay que ser, es casi más importante aparecer como se quiere ser. Las vallas publicitarias, los eslóganes de las campañas electorales cuidan ante todo la imagen del can­didato. Al fin y al cabo, el elector se adhiere a una imagen, por ella vota. Los programas electorales quedan en una vaga indefinición ante el pueblo, que termina votando una imagen, un modelo, una persona, en un acto casi de fe, confianza y adhesión. Por eso es importante que la imagen no se deteriore, que llegue con claridad al elector, que sea percibida autentica­mente, como ha sido programada con antelación.

De la política como ejemplo me introduzco en la Biblia y leo: «Y dijo Dios: -Hagamos a un hombre a nuestra imagen y semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1,26-27). Y para descubrir la imagen de este Dios comienzo a espigar las páginas de la Biblia. Parece como si Dios no hubiera cui­dado su imagen: se deja llevar de la ira, es vengativo, manda a Israel la práctica del anatema militar, que consistía en la destrucción total y sistemática de las ciudades conquistadas con sus hombres, animales y enseres, favorece el engaño y la traición, castiga despiadadamente, aprueba matanzas y asesi­natos. Si el hombre está hecho a imagen de Dios, y éste es el Dios verdadero, me explico lo que ha sucedido: de tal palo, tal astilla…

Pero sigo leyendo. Después viene Jesús y nos habla de Dios; al oírlo tengo la impresión de estar oyendo hablar de otro Dios. El Dios de Jesús ha cambiado de imagen, tiene otro rostro: el rostro del amor.

Siento tan fuerte el contraste entre este Dios y el Dios antiguo, que vuelvo a releer los primeros versos de la Biblia, y comienzo a sospechar que es más bien el hombre quien ha hecho a Dios a su imagen y semejanza… Y me explico así toda esa ola de violencia y desamor divino que corre por las venas del Antiguo Testamento. Llego a pensar que ese Dios es un magnífico pedagogo que se va revelando poco a poco a su pueblo en la medida en que éste progresa hacia él.

En el principio era norma la violencia sin medida, propia de un pueblo primitivo. Frente a la venganza de Lamec hasta setenta y siete veces (Gn 4,23-24), la ley del “talión” restringe los ímpetus humanos: «ojo por ojo, diente por diente»; no hay que excederse en el castigo (Ex 21,22-23); el libro del Exodo garantiza la vida con un absoluto «no matarás» (20,13); el Levítico prohibe vengarse de los conciudadanos y manda: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (19,17). En torno a este mandato de amor nació en Israel una legislación humani­taria de la que Dios mismo se hace garante: pedirá cuenta de los delitos contra la vida, de las injusticias, de la opresión, de la vejación de los pobres, indigentes, extranjeros, viudas, huér­fanos, desamparados de la sociedad. Con Jeremías, Dios mis­mo se niega a estar en un templo al que acuden los que prac­tican a diario la injusticia (Jr 7,lss).

Sólo al final, con Jesús, la imagen de Dios se revela con nitidez: «Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, amaos también entre vos­otros. En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros» (Jn 13,34-35). La medida del amor es el amor sin medida, practicado por el Maestro. La medida del amor supera el amor a la propia vida. Esta es la medida del amor divino que entregó a su Hijo a la muerte.

Mucho tiempo le costó a la humanidad dar con este cami­no, hasta comprender que es el hombre el que está hecho a la imagen de Dios. Que todo ha sido un problema de imagen. Que sólo cuando los hombres rindan culto al Amor-Dios se acabará la ola de violencia que nos invade. En este sentido, nuestro mundo camina todavía por la prehistoria, adorando dioses falsos, falsas imágenes de un dios, fabricado a imagen y semejanza humana.

II

«TODO LO HAGO NUEVO»

Todo. El cielo y la tierra nuevos, desde sus cimientos. Un mundo en el que «ya no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor… » Un mundo verdaderamente nuevo, un mundo feliz. ¿Llegará a realizarse alguna vez? Para que empiece a nacer, para que se vaya consolidando… «Os doy un mandamiento nuevo… »

TODO HA QUEDADO VIEJO

Casi todo ha quedado viejo. La religión, los esquemas para la convivencia, la política. Y especialmente en esta vieja Europa. Al parecer, desde los tiempos de Jesús las cosas no se han renovado demasiado. Sí, ciencia y técnica han progre­sado, y se han producido varias revoluciones que han aportado elementos decisivos en la organización de las sociedades hu­manas; pero algo nos hace sentir que nada decisivo ha cam­biado: tanto progreso ni siquiera ha sido capaz de acabar con el hambre de la mayoría y ahora amenaza seriamente con destruir el medio ambiente, y los avances más espectaculares en el campo de la técnica han nacido precisamente en el campo militar, para perfeccionar los instrumentos de muerte.

También en el campo religioso se han podido apreciar avances importantes: ya no hay sacrificios humanos, ni inqui­sición, ni guerras de religión… Hay signos de esperanza: el Vaticano II, el movimiento de comunidades de base, la teolo­gía de la liberación… Pero predomina aún el sabor a rancio en las ceremonias, leyes, miedos…, conservadurismo en teolo­gía, en moral, en política; preocupados siempre por agradar a Dios, por alabarlo, por no ofenderlo… Y Dios, entre tanto, ¡preocupado por lo poco que nos preocupan los hombres!

LA GLORIA DEL HOMBRE

Acaba de manifestarse la gloria del Hombre y por su medio, la de Dios; y por su medio, Dios va a manifestar su gloria y va a manifestarla muy pronto.

Judas acaba de salir. Jesús le había ofrecido una vez más su amistad, pero la ha rechazado. La desilusión quizá, su orgullo, sus ambiciones… lo han llevado a un callejón sin salida. Ha tomado la decisión de entregar a Jesús en manos de los jefes de su religión y de su nación y va a ponerla en práctica. Se resiste a abandonar sus viejos esquemas, está demasiado apegado a las instituciones y las tradiciones de sus mayores; quiere conservarlas y ha descubierto que Jesús no está interesado en reformar nada porque nada quiere conser­var: hay que nacer de nuevo. Por eso lo va a traicionar.

Jesús lo sabe, pero no lo delata ante el resto de los discí­pulos; al contrario, le muestra de nuevo su afecto Jn 13,26), y al no encontrar correspondencia, lo despide con estas pala­bras: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto» Jn 13,27). Así acepta Jesús la muerte. Y así se manifiesta «la gloria del Hombre». Y la gloria de Dios. Naturalmente que la muerte, en si misma, no es gloria de nadie; pero sí lo que en esa muerte se revela: un amor sin límite, sin medida. El amor de Jesús a sus semejantes, a la humanidad, y el amor de Dios que Jesús manifiesta con su entrega.

UN MANDAMIENTO NUEVO

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, también vosotros amaos unos a otros…

La gloria de Dios no es, por tanto, su poder, ni su ciencia, ni su grandeza: la gloria de Dios es el amor que se manifiesta en el Hombre. Y la gloria del hombre será corresponder a ese amor con un amor que difunda, comunicándolo, el amor recibido. Ese es el encargo de Jesús a sus discípulos; ése es el mandamiento nuevo.

Nuevo por la calidad y la medida del amor que exige: que el hombre, teniendo como modelo el amor de Jesús, ame a sus semejantes más que a sí mismo. Nuevo porque intenta que los hombres no estén preocupados por Dios ~l manda­miento de Jesús ¡no manda amar a Dios!- más que para parecerse a El, amando como El a la humanidad. Nuevo por­que sustituye a los antiguos, que no se han mostrado demasia­do eficaces. Nuevo porqué, si se pone en práctica, dará un fruto: «un cielo nuevo y una tierra nueva…» en el que «ya no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, pues lo de antes ha pasado» (Ap 21,1), un mundo en el que los hombres puedan ser felices (Is 65,17-25). Y quizá sigue resultando nuevo porque, a pesar de que fue promulgado hace tantos siglos, ha sido practicado muy poco…

LA SEÑAL DEL CRISTIANO

En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros.

Esta es la señal del cristiano: el amor. Y si el catecismo dice que la señal del cristiano es la cruz, eso sólo tiene sentido en cuanto que la cruz fue la exageración del amor. Por eso el cristiano no puede salirse de este ámbito ni eludir ese compro­miso: colaborar con Dios en la consolidación de ese mundo nuevo en el que sea posible y real ese amor.

Esta es la única ley -si es que el amor puede ser una ley-, la ley fundamental -la constitución- de la comunidad cristiana. Todos los demás mandamientos no tienen por sí mismos vigencia alguna, sino sólo en la medida en que coin­ciden, concretan o explicitan el mandamiento nuevo.

Según el evangelio, se conoce a un cristiano no porque cumple los mandamientos de Moisés o los de la Iglesia, sino porque ama a sus semejantes al estilo de Jesús, porque está dispuesto a entregar la vida para que sea posible un mundo nuevo, que ya será el cielo nuevo, en el que brille con fuerza la gloria de Dios y los hombres sean felices por el amor. ¿Todavía demasiado nuevo?

III

31-32 Cuando salió, dijo Jesús: «Acaba de manifestarse la gloria del Hijo del hombre y, en él, la de Dios; y Dios va a mani­festar esa gloria en él y va a manifestarla muy pronto».

Usando la expresión “el Hijo del hombre ” Jesús quiere hacer comprender a los discípulos que es su actitud la que lleva a la plenitud humana, a la realización del proyecto divino.

Antes había interpretado el lavado de los pies (13,12); ahora, tras la salida de Judas, interpreta lo que está sucediendo. En la primera parte de la frase que pronuncia, destaca la manifestación de su amor, que revela el de Dios mismo; amor tan grande que, traducido por Jesús en términos humanos, llega al don de la propia vida; de hecho, por amor al hombre, para salvarlo, la ha puesto libremente en manos de sus enemigos. En la segunda parte de la frase, afirma que Dios, a su vez, va a hacer brillar la gloria del Hijo del hombre, pues éste, llegado en la cruz a la plena condición divina, será el dador del Espíritu.

33 «Hijos míos, ya me queda poco que estar con vosotros. Me buscaréis, pero aquello que dije a los judíos: “Adonde yo voy, vosotros no sois capaces de venir”, os lo digo también a vosotros ahora».

Jesús se dirige a los discípulos con un término de afecto (Hijos míos, lit. “hijitos”). El mo­mento es emocionante, porque va a anunciarles su próxima partida. Con esto, las palabras que siguen toman el carácter de testamento.

Alude Jesús a una frase que pronunció en el templo (8,21). Los discípulos lo buscarán, porque su ausencia les causará dolor; pero no será como para los judíos, una ausencia definitiva que los lleve a la ruina. No morirán por su pecado, porque están limpios (13,10).

Sin embargo, tampoco ellos son capaces de ir adonde él se marcha. Él va libremente a la cruz y, por ella, al Padre (13,3), y en este itinerario nadie es capaz de acompañarlo, porque nadie puede aún com­prender hasta dónde ha de llegar el don de sí mismo, ni la magnitud del amor de Jesús; nadie puede, por tanto, todavía asociarse a él.

34-35 «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, también vosotros amaos unos a otros. En esto conocerán todos que sois discí­pulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros».

Él se marcha, pero ellos se quedan, y él va a constituirlos en comunidad, dándoles su identidad y su estatuto.

Les deja el mandamiento nuevo, que susti­tuye a la Ley antigua. Va a establecerse ahora la diferencia entre las dos alianzas, la de Moisés el legislador y la del Mesías  (1,17), la del que habla desde la tierra y la del Esposo-Hijo que pronuncia las exigencias de Dios (3,29.31.34). La alianza nueva, basada sobre la realidad del amor fiel de Dios, no puede tener más Ley que la del amor, que es el culto que el Padre busca (4,23s) y el Espíritu que comunica. La exigencia de Dios a los hombres no puede ser otra que un amor que responda a su amor (1,16).

Jesús lo llama “mandamiento” para oponerlo a los de la antigua Ley. Pero, en realidad, el amor no es ni puede ser un precepto impuesto desde fuera. Nace de la sintonía y la identificación con el Padre y con Jesús.

Este mandamiento es nuevo por dos motivos: En primer lugar, por el punto de referencia. Según la Ley, era el individuo humano: “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18). Ahora es el amor sin límite de  Jesús (igual que yo os he amado). Queda superado el antiguo mandamiento.

En segundo lugar, es nuevo por la idea de Dios que implica. Según la Ley, el hombre había de amar a Dios sobre todas las cosas (Dt 6,4s), pero con amor y fidelidad humanos; Dios es­taba “separado” del hombre y podía ser “objeto” de amor. También este mandamiento queda superado, pues Jesús comunica el Espíritu, que es su presencia y la del Padre. Dios no está “fuera”, sino que habita en el interior del ser humano. Por eso, en el mandamiento nuevo, Dios no exige que el hombre se entregue a él; es él quien se entrega al hombre como fuerza de amor y vida, por la que el hombre puede, a su vez, entregarse a los demás. Los discípulos aman siendo uno con el Padre y el Hijo. No hay que entregarse “a Dios” o “a Jesús”, sino a los seres humanos “con y como Dios”, “con y como Jesús”.

En otras palabras: respecto a Jesús y al Padre existe un amor de identificación, por la comunidad de Espíritu; el amor de entrega lo practica el discípulo con sus semejantes.

El punto de referencia del mandamiento, igual que yo os he amado, acaba de explicarlo Jesús en las dos escenas precedentes: “amar” con­siste en prestar servicio a los demás para darles dignidad y libertad (lavado de los pies) y eso sin cejar ni desanimarse, respetando la libertad y respondiendo al odio con amor (episodio de Judas).

El amor que existe entre los discípulos de Jesús ha de ser visible, es decir, mostrado con obras,  y constituirá el signo distintivo de su comunidad. Lo que aprenden los discípulos de su Maestro no es una doctrina, sino un comportamiento: no van a distin­guirse por un saber particular ni van a comunicar a la humanidad una especulación sobre Dios. Van a crear condiciones de convivencia humana, mostrando la posibilidad del amor y de una sociedad nueva. La identidad del grupo no estará basada en obser­vancias, leyes o cultos. Poniendo como único distintivo el amor, desliga Jesús a los suyos de todo condicionamiento cultural: el amor es len­guaje universal.

IV

El libro de los Hechos nos sigue presentado el éxito misionero de Pablo y Bernabé entre los gentiles, pues “Dios les había abierto la puerta a los no judíos para que también ellos pudieran creer” (v.27). Sus desvelos misioneros serían fuente de esa propagación del Evangelio que, extendiéndose a lo ancho del mundo “gentil”, llegaría hasta nosotros.

Por su parte Juan, el vidente de Patmos, alienta nuestra esperanza con su magnífica visión de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, como la gran meta de nuestros esfuerzos por transformar las realidades de muerte que nos rodean y redimir al mundo con la fuerza vital arrolladora del Resucitado. Una nueva realidad de justicia, paz y amor fraterno habrá de traer “la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios y engalanada como una novia”. Es la esperanza maravillosa que podemos enarbolar frente a los catastrofistas que nos amenazan con una destrucción inexorable del mundo, sobre la base de supuestas profecías que en nada se condicen con las promesas de la Nueva Alianza que Cristo ha sellado con su pasión y su triunfo sobre la muerte. “Esta es la morada de Dios con los hombres -señala un entusiasmado Juan-; acampará entre ellos. Serán su pueblo, y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. El que estaba sentado sobre el trono dijo: Ahora hago el universo nuevo”.

El evangelio nos presenta unos cuantos versículos del gran discurso de despedida de Jesús en la noche de la Cena, donde el Maestro entrega su testamento espiritual a los discípulos: el gran mandato del amor como signo visible de la adhesión de sus discípulos a él y de la vivencia real y afectiva de la fraternidad. El mundo podrá identificar de qué comunidad se trata si los discípulos guardan entre sí este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley. Es posible que en la comunidad primitiva se hubiera discutido cuál debía ser su distintivo propio e inequívoco. Para eso apelan a las palabras mismas de Jesús. En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, la comunidad está llamada a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor.

Una de las principales causas por las que tantos cristianos abandonan la Iglesia radica justamente en la falta de un testimonio mucho más abierto y decidido respecto al amor. Con mucha frecuencia nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios. Y eso afecta la fe y la buena voluntad de muchos creyentes. Por cierto, no se trata de que nuestras comunidades y agrupaciones sean totalmente ajenas al conflicto, no; el conflicto es necesario en cierta medida, porque a partir de él se puede crear un ambiente de discernimiento, de acrisolamiento de la fe y de las convicciones más profundas respecto al Evangelio; en el conflicto -llevado en términos de respeto y amor cristiano mutuo- aprendemos justamente el valor de la tolerancia, del respeto a la diversidad, y el mejoramiento de nuestra manera de entender y practicar el amor. Del conflicto así entendido -inevitable donde hay más de una persona-, es posible hacer el espacio para construir y crecer. Para ello hacen falta la fe, la apertura al cambio y, sobre todo, la disposición de ser llenados por la fuerza viva de Jesús. Sólo en esa medida nuestra vida humana y cristiana va adquiriendo cada vez mayor sentido y va convirtiéndose en testimonio auténtico de evangelización.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, pero en su lugar podría escucharse, por ejemplo, el episodio del lavatorio de los pies, que es su contexto histórico; está en el capítulo 110 de la serie, que puede ser escuchado aquí (http://www.untaljesus.net/audios/cap110b.mp3) y cuyo guión -con un comentario bíblico-teológico incluido- puede ser recogido aquí (http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1500110).

Para la revisión de vida

-Este es mi mandamiento: ¿He puesto en el centro de mi vida el Amor? ¿Tengo conciencia de que ése es, realmente, «el mandamiento», la verdadera tarea del ser humano y del cristiano?

-Como Yo les he amado: ¿Tengo a Jesús como modelo y medida a alcanzar en mi progreso en el amor?

Para la reunión de grupo

La ciudad Santa, la nueva Jerusalén, descendía del cielo, en la visión de Juan que hoy leemos como segunda lectura. El cielo nuevo y la tierra nueva, ¿son un don gratuito e inmerecido de Dios, o un fruto de nuestra responsabilidad, o las dos cosas a la vez? ¿Cómo relacionar correctamente ambas dimensiones [esperanza escatológica y compromiso histórico]?

Para la oración de los fieles

Para que el mandamiento del amor sea efectivamente la ley universal en la Iglesia, por encima de todos los cánones, reglamentaciones o tradiciones, roguemos al Señor…

Para que el amor fraterno, la acogida, la tolerancia, y muchas otras formas del amor sean hoy “la señal por la que conocerán que somos discípulos” de Jesús…

Para que “el cielo nuevo y la tierra nueva” sigan siendo el ideal y la utopía de nuestro compromiso cristiano…

Para que no deje de haber mística y utopía en nuestra sociedad, y para que los cristianos aporten lo mejor de su mística, la utopía del Reino que anunció Jesús…

Para que se extienda en la Iglesia, cada vez más, una conciencia ecuménica y abierta a todos los pueblos, culturas y religiones, de forma que los cristianos colaboremos humildemente

Oración comunitaria

Dios Padre nuestro que, por medio de Jesús, has dado por ley a tu pueblo santo el nuevo mandato de amar como Cristo nos amó a nosotros; haznos a todos los cristianos testimonios vivos de ese mismo amor, para que lo difundamos a todo el universo. Por el mismo J.N.S.

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