Ascensión del Señor


DESCENDER

Al igual que la sociedad civil, también la Iglesia se ha configurado como estructura de poder. Dentro de la jerarquía eclesiástica, casi todo ha estado conformado al modo humano:

un verdadero escalafón de títulos y cargos de honor, de privi legios y glorias rodeaba -hoy menos, pero todavía- a quie nes dicen ostentar, en nombre de Dios, el poder divino y ser, en nombre de Jesús, sus más legítimos representantes. Bien es verdad que hay honrosas y esperanzadoras excepciones.

La comunidad cristiana es una comunidad de hermanos, de iguales, se suele decir. Pero no se ve. En la Iglesia, hom bre y mujer, sin ir más lejos, se sitúan a años luz de distancia:

el varón domina a la mujer, reducida históricamente a una especie de monaguillo permanente, con poca voz y menos voto dentro de la institución eclesial. El acceso al presbiterado, así como a los órganos directivos, está vetado a las mujeres, a quienes hasta hace poco ni siquiera se les permitía leer la divi na Palabra en misa.

Pero incluso la misma jerarquía, monopolio de varones, se asemeja a una pirámide: desde el hermano lego hasta el Papa se escalonan diáconos, sacerdotes, obispos, arzobispos y cardenales. A cada uno de éstos ha correspondido, al menos, un titulo honorífico: Hermano, Reverendo, Monseñor, Ilmo. y Excmo., Su Eminencia, Su Santidad… ¿Habrá algo más ajeno al evangelio que tanta vanagloria histórica? Parece como si la organización de la Iglesia se hubiese configurado de modo vertical y ascendente.

Jesús no habría soportado tanta desigualdad de tratamien tos, tanto escalafón de poder. Su vida fue más bien un descen so en picado hacia el corazón de la humanidad.

Nacido en la pobreza, nunca se despegó de esa plataforma. Desde ella anunció su evangelio, siempre rodeado de pobres, de gente de la periferia de la vida. Se enfrentó con el capital: «-No podéis servir a Dios y al dinero»; denunció la hipocre sía de una teología clasista y conservadora: «-¡Ay de vos otros, escribas y fariseos!»; incluso llegó a tratar de ‘zorra’ (animal común) a Herodes y a dejar sin respuesta la pregunta de Pilato, representante directo del poder romano. Su atre vido comportamiento le mereció un trágico y precipitado des enlace. Murió solo y asesinado.

En la cruz termina la crónica histórica de su vida. Lo de más, su resurrección y ascensión son metahistoria, suponen la fe. Trascienden la tarea del historiador y las coordenadas de nuestro mundo. Sólo por la fe llegamos a afirmar la veracidad de estos acontecimientos.

Para ‘ser ascendido al cielo’, para sentarse junto a Dios, Jesús tuvo que descender primero, situándose a la cola de la humanidad, en la lista de espera de la sociedad; renunció al poder, no flirteó con el dinero; se negó a los honores; hablaba a los suyos llanamente, los trataba de amigos, rechazando toda relación de dominación.

El día de las Ascensión, dos mensajeros divinos tuvieron que transmitir un mensaje urgente a los discípulos que lo veían irse: «-¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?» (Hch 1,11).

No es hacia arriba adonde hay que mirar. Lo propio del cristiano es descender, bajar, como Jesús, al fondo de la existencia, al ‘fuera de juego’ de tantos marginados, a lo profundo del dolor humano; descender hasta la muerte para que toda esa gente suba y se siente a la mesa de la vida. Cuando esto se hace, se ha iniciado ya el camino de la ascensión a Dios.

Mucho tiene que cambiar de proceder nuestra Santa Ma dre Iglesia Católica para dar esta imagen al mundo…

II

¿DE VUELTA A JERUSALEN?

La vuelta atrás es una de las tentaciones que más frecuentemente sentimos los seres humanos. El pasado, aunque no nos haya hecho felices, lo conocemos, y el conocimiento nos da seguridad. Pero el futuro, incierto siempre, nos da miedo.

TESTIGOS DE TODO ESTO

Así estaba escrito: El Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará de la muerte, y en su nombre se predicará la enmienda y el perdón de los pecados a todas las naciones. Empezando por Jerusalén, vosotros seréis testigos de todo esto.

Jesús había sido un Mesías muy particular. El no había realizado ninguna de las grandes esperanzas de Israel, tal y como en su tiempo esperaban que se cumplieran: no había sido un triunfador ni había llevado a la gloria a su nación; al contrario, Jesús, a los ojos humanos, había salido totalmente derrotado: todas las personas importantes se habían puesto de acuerdo en que al pueblo -es decir, a ellos- les convenía más un Jesús muerto que un Jesús vivo. El, de acuerdo con el plan de Dios, había mantenido su fidelidad hasta la muerte, había mostrado con su entrega cuál es el único camino de salvación que le queda a este mundo: el amor, el amor hasta la exageración, incluyendo en él hasta a los enemigos (Lc 6,27.35), el amor, si es necesario, hasta la muerte. Dios se encargó de darle la razón, conservándole la vida.

Después de su resurrección, Jesús mismo se les manifestó y les explicó en varias ocasiones por qué las cosas habían sucedido así: «Así estaba escrito: El Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará de la muerte» (véase también Lc 24,13-35.36-49). Y ya al final, a los que habían tenido la posibilidad de experimentar la realidad de su victoria sobre la muerte les hace un último encargo: que no se callen nada de lo que saben, que lo anuncien al mundo entero, empezando por la ciudad en la que habían intentado acabar con su vida: «Em pezando por Jerusalén, vosotros seréis testigos de todo esto».

SE LO LLEVARON AL CIELO

Después los condujo fuera hasta las inmediaciones de Betania y, levan tando las manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y se lo llevaron al cielo.

Si necesitaban alguna prueba más para saber de parte de quién estaba Dios… «Mientras los bendecía, se separó de ellos y se lo llevaron al cielo». Jesús pasa a ocupar un lugar al lado del Padre. Su triunfo es ya definitivo, aunque no ha sido fácil. Es el final de un camino largo, la culminación de una dura tarea, la consecuencia de la fidelidad mantenida incluso en las circunstancias más difíciles. Ha subido al cielo, pero des pués de que el polvo de esta tierra se hiciera barro con su sudor y con su sangre.

No se trata de una huida. Jesús no va a desentenderse de los problemas de los hombres. Por eso, según cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles (primera lectura), a los discí pulos que se quedan «plantados mirando al cielo» unos men sajeros del Padre les hacen volver los ojos al suelo y les anun cian que Jesús volverá de nuevo: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que se han llevado a lo alto de entre vosotros vendrá tal como lo habéis visto marcharse al cielo». Volverá para estar con los que intentan poner en práctica el mandamiento del amor, para hacerse presente en medio de los suyos cuando «dos o tres estén reunidos en su nombre» (véase Mt 18,20), o cuando se reúnan para partir el pan y celebrar la acción de gracias, y volverá para llevarse consigo a los que vayan completando su mismo camino.

Su victoria es anuncio de nuestra victoria, su presencia en la casa del Padre anuncia la nuestra, pues él es el primero de los nuestros -el primer humano- que se establece para siempre en ella; pero lo que nunca podrá ser es una excusa para que, mirando al cielo, nos escapemos de los problemas de cada día. Es necesario iluminar esos problemas con el testimonio de la victoria de Jesús.

JERUSALEN, JERUSALEN

Mientras los bendecía, se separó de ellos y se lo llevaron al cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén llenos de alegría. Y estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios.

Los discípulos de Jesús todavía no habían logrado vencer definitivamente el miedo. Están llenos de alegría, pero se la quedan para ellos. No la comunican a los pobres y oprimidos de aquella ciudad -la ciudad, Jerusalén, representa aquí al sistema religioso que había vuelto la espalda a Dios porque se había puesto enfrente  o encima- de los desgraciados y de los débiles.

Se atreven a salir y van a Jerusalén; pero se refugian en su pasado. No van a dar testimonio de la resurrección de Jesús, sino a cobijarse en el templo que los jerarcas habían convertido en cueva de bandidos (Lc 19,45). No son capaces de decir ante aquellos bandidos que Dios ya no estaba allí, sino que se había manifestado en aquel que habían asesinado fuera de la ciudad y que, en adelante, sólo estaría allí donde se intentara seguir los pasos del injustamente ajusticiado. Por eso, en lugar de dedicarse a la tarea que Jesús les había enco mendado, se evaden con el pretexto de interminables oracio nes de alabanza. Sólo empezarán a mirar con valor hacia adelante cuando Jesús envíe sobre ellos el Espíritu, la Promesa de su Padre.

¿No estaremos nosotros demasiado tiempo en el templo? ¿No pasamos demasiadas horas mirando al cielo? ¿No tendre mos demasiado miedo de afrontar el reto de dar testimonio de una victoria incómoda para los intereses de este mundo?

III

LOS DISCIPULOS NO CEDEN NI UN PALMO,

PERO JESUS TAMPOCO

El encargo que en el Evangelio les transmitió inmediatamente antes de la orden anterior: «Y añadió: “Así estaba escrito: El

Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará de la muerte; y en su nombre se predicará la enmienda y el perdón de los pecados a todas las naciones paganas. Empezando por Jerusalén, vosotros seréis testigos de todo esto”» (Lc 24,46-48), en Hechos tiene lugar el último día, después que los apóstoles se confabulasen -más adelante veremos el motivo- para pedirle que restaurase el reino a Israel (Hch 1,6), cuya representatividad les había con fiado el propio Jesús (cf. Lc 6,13-15), pero que, por culpa de la deserción de Judas, se había ido al traste (recuérdese 22,3 y 22,47): «No es cosa vuestra conocer ocasiones o momentos que el Padre ha reservado a su propia autoridad (argumento disuaso rio); al contrario, recibiréis fuerza cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y así seréis mis testigos en Jerusalén y también en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,7-8). Cuándo y cómo Dios intervendrá en la historia es cosa suya, nadie debe ni puede manipular sus planes; y él respeta y secunda la libertad de los hombres. El Espíritu Santo, en cambio, les dará fuerzas para realizar la utopía del reino.

En el texto del Evangelio, el deseo de justicia y de solidaridad humana son condición previa para poder proclamar entre las naciones paganas la nueva y definitiva presencia de Jesús como Señor de la historia del hombre. El testimonio lo tienen que dar, en primer lugar, «en Jerusalén» (transliteración del nombre he breo), en sentido sacral (característica que se repite -manera de subrayar su importancia- al final del primer libro y al prin cipio del segundo), tal como lo acaba de dar él; esto les habría acarreado el éxodo forzoso, pero liberador, fuera de la ciudad sagrada. De hecho no fue así, como tendremos ocasión de com probar cuando empecemos el segundo libro. La segunda etapa debería haber abarcado «toda la Judea (incluyendo la Galilea) y Samaria». La tercera, después de entrenarse entre los hetero doxos samaritanos, «todas las naciones paganas» (Lc), «hasta los confines de la tierra» (Hch).

LA NUEVA PRESENCIA DE JESUS

«TAL COMO LO HABEIS VISTO MARCHARSE AL CIELO»

Al final del Evangelio, Lucas (y solamente él) narra de forma sucinta la ascensión de Jesús al cielo: «Después los sacó fuera, en dirección a Betania, y levantando las manos los bendijo» (24,50).

De las palabras, Jesús pasa ahora a los hechos: ‘los saca’ literalmente ‘fuera’ de Jerusalén, como antiguamente Dios ‘había sacado’ al pueblo de Israel de la tierra de Egipto (la misma expresión que en la versión griega de los LXX en Ex 12,42.51; 13,3, etc.), es decir, ‘los saca’ de la institución judía, que se ha convertido en tierra de opresión, para que no regresen a ella nunca mas.

Por desgracia, de poco les servirá, puesto que -como nos dirá en seguida el evangelista y luego repetirá al comienzo del segundo libro «ellos regresaron a Jerusalén» (en sentido fuerte) y, por cierto, «con gran alegría» (24,52), como si de un ‘regreso’ triunfal se tratara. De ahí que ponga Lucas a modo de colofón del primer libro: «y estaban continuamente en el templo bendi ciendo a Dios» (24,53), puntualización que delata sin más la reverencia y estima que profesan hacia la institución del templo. Hasta ese momento -viene a decir Lucas- no se han enterado en absoluto de que «la cortina del santuario se rasgó por medio» a la muerte de Jesús (cf. 23,45). Este, previendo que regresarían a sus seguridades, les había indicado la ‘dirección’ hacia la cual debía encaminarse la comunidad de discípulos después de su partida: «”Betania” debería haberse convertido en el punto de referencia de la pequeña comunidad, en lugar del templo de Jerusalén. En el lenguaje figurado del evangelista, “Betania” y “Jerosólima” se oponen respectivamente a “templo” y “Jerusa lén”.»

«Y sucedió que, mientras él los bendecía, se separó de ellos y se lo llevaron al cielo» (24,51). La ascensión de Jesús está descrita en términos de separación, exenta de connotaciones gloriosas. Se abre así un corto compás de espera, para que los discípulos, privados de la presencia física de Jesús, reflexionen sobre el sentido que él con su muerte y resurrección ha impreso de forma indeleble en su condición de Mesías y aguarden con todas sus fuerzas la realización de la promesa del Padre.

La segunda descripción de la ascensión de Jesús en el libro de los Hechos será mucho más minuciosa: «Y dicho esto», a saber: la predicción de una irrupción inminente de la fuerza del Espíritu Santo sobre ellos con vistas a la realización del encargo universal, cuando ellos se habían confabulado precisamente para preguntarle si en este preciso momento iba a restaurar el reino para Israel (cf. Hch 1,6-8), «viéndolo ellos, fue llevado (al cielo) hasta que una nube lo ocultó a sus ojos» (1,9). Ahora se compren de el porqué de su confabulación, porque los había echado de la institución judía, sagrada para ellos. De nuevo, en la descrip ción de la ascensión no se aprecia ningún rasgo glorioso.

Como telón de fondo ha colocado Lucas el paradigma de la ascensión de Elías (léase 4 Re LXX   2 Sam 2). Los discípulos, siguiendo el ejemplo de Eliseo, observan fijamente el cielo, espe rando que cual nuevo Elías Jesús les deje automáticamente su manto, su herencia.

Pero aquí, aunque lo han visto mientras se iba, no les ha dejado nada. Ni carro de Israel ni sus caballeros, nada de torbe llino: «Mientras miraban fijamente al cielo cuando se marchaba, mirad (el foco ilumina a dos personajes introducidos en escena, que permanecían en la penumbra), dos hombres vestidos de blanco que se habían presentado a su lado» (Hch 1,10), pero que habían pasado completamente inadvertidos para ellos. Son Moisés y Elías, según se desprende de sus dos anteriores apari ciones (cf. Lc 9,30 y 24,4). En lugar del nuevo Elías, se les presenta el antiguo, en representación de los Profetas, junto con Moisés, personificación de la Ley.

Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, la Escritura en persona, como en el caso de las mujeres en el sepulcro, serán los intérpre tes de la nueva situación, intentando disuadir a los discípulos de sus vanas e inútiles esperanzas cifradas en el Elías nacionalista y violento: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que se han llevado a lo alto de entre vosotros vendrá tal como lo habéis visto marcharse al cielo» (Hch 1,11).

La vuelta de Jesús, como su ida al cielo, se realizará sin manifestación alguna esplendorosa, sin gloria ni poder, y tendrá lugar en el momento de la efusión del Espíritu Santo. Jesús ya les había predicho que su Espíritu. no lo iban a recibir automá ticamente, como ocurrió en tiempos de Elías/Eliseo. También nosotros únicamente lo descubriremos a través de su encarnación en la historia, siempre que consigamos atravesar esta ‘nube’ que ahora nos lo oculta. La ‘nube’ separa dos presencias: la histórica, caduca y mortal, y la definitiva, sin condicionamientos de espacio y tiempo. Una y otra tienen en común la encarnación real y solidaria en la historia del hombre.

Jesús ha completado definitivamente su éxodo, con su ida hacia el Padre; pero ellos «regresaron a Jerusalén», la institución judía de donde aquél los había ‘sacado’ (1,12a). Están muy verdes todavía para que puedan llevar a término su éxodo personal.

IV

En primer lugar recomendamos vivamente revisitar un excelente texto de Leonardo BOFF, tanto para quienes han de preparar una homilía, como para quienes quieran utilizarlo en la reunión de estudio bíblico, o incluso para el estudio personal; puede ser tomado de la biblioteca de los Servicios Koinonía, aquí:http://www.servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm Además, les ofrecemos un comentario tradicional.

Lucas ha escrito dos libros: un evangelio y los Hechos de los apóstoles. En Hch 1,1-2 Lucas retoma la referencia a Teófilo que hizo al comienzo de su Evangelio (“ilustre Teófilo” Lc 1,3). Teófilo significa “amigo de Dios”. El hecho de agregarlo aquí, después de separarse su obra en dos, refuerza la idea que Teófilo es una designación simbólica general. Todos los que leemos estos libros somos Teófilos. Su evangelio termina con «Jesús llevado al cielo» (Lc 24,51). Los Hechos comienzan con el relato de «Jesús yéndose al cielo» (Hch 1,6-11). En el evangelio se presenta a Jesús con su cuerpo. En los Hechos ya no está corporalmente. Actúa por medio de su Espíritu. La orden que Jesús da a los apóstoles en Hch 1,4 exige pasividad total: no ausentarse de la ciudad y aguardar. En Lc 24,49 es semejante: permanecer en la ciudad (con la connotación de esperar sin hacer nada). La permanencia y espera pasiva debe durar “hasta que sean bautizados en el Espíritu Santo” (Hch 1,5) o “hasta que sean revestidos del poder de lo alto” (Lc 24,49). Lucas se está aquí refiriendo claramente a Pentecostés.

El misterio del resucitado se expresa de muchas maneras en el Nuevo Testamento: está vivo, se ha despertado, se ha levantado… En la Carta a los Efesios vemos un ejemplo de estas manifestaciones: Pablo hace un claro énfasis en la glorificación de Jesús a la derecha del Padre. Y es a partir de esta glorificación que nosotros y nosotras, sus discípulos, recibiremos la fuerza del Espíritu Santo, espíritu de sabiduría y de revelación, para conocerle perfectamente y conocer así su voluntad, asumiendo por completo el desafío de continuar su tarea a favor del Reino.

Lucas quiere mostramos también que Jesús ha sido «glorificado» por Dios: ha entrado en la gloria del Padre. Separa ambos eventos (resurrección y ascensión), para subrayar el carácter histórico que cada uno de ellos tiene. Jesús resucitado, antes de su ascensión-exaltación-glorificación, convive con sus discípulos: come con ellos y los instruye. La ascensión de Jesús señala, en Lucas, la tensión en la que entra la comunidad de los discípulos desde aquel momento, una vez que han terminado las apariciones del Resucitado: tensión entre la ausencia y al mismo tiempo la presencia del Señor. Jesús continúa su acción y enseñanza después de ser llevado al cielo; Jesús resucitado sigue actuando y enseñando en la comunidad después de su ascensión. Lucas (como también Pablo en el pasaje de la segunda lectura) une íntimamente la ausencia física con el Don del Espíritu Santo.

La insistencia de que los discípulos veían a Jesús subiendo hacia el cielo, podría considerarse alusiva a las escenas de asunción de Elías, cuando Eliseo tuvo asegurado el espíritu de profecía del maestro porque pudo verlo. Así, la comunidad de los discípulos queda configurada en la ascensión como la comunidad profética que hereda el Espíritu de Jesús para continuar su misión. En la ascensión Jesús no se va, sino que es exaltado, glorificado. La parusía no es el retorno de un Jesús ausente, sino la manifestación gloriosa de un Jesús que siempre ha estado presente en la comunidad. Esto aparece claramente en las últimas palabras de Jesús en Mt 28,19: “he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de este mundo”. La ascensión expresa el cambio en Jesús resucitado, una nueva manera de ser, gloriosa, glorificada, pero siempre histórica, pues Jesús glorificado sigue viviendo en la comunidad.

La narración de la ascensión es para Lucas, la culminación del itinerario de Jesús, y el tránsito entre el “tiempo de Jesús” y el “tiempo de la Iglesia”, inaugurada con el Espíritu Santo, prometido por Jesús. Al recibir el Espíritu la comunidad de los creyentes asume en sí la misión de continuar el trabajo inaugurado por Jesús, de manifestar el Reino del Padre.

Lógicamente, no hay capítulo de la serie «Un tal Jesús» que recoja este evangelio; puede utilizarse el capítulo 130. Guión y su comentario: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1600130 Para escucharlo: http://www.untaljesus.net/audios/cap130b.mp3

La serie «Otro Dios es posible» tiene el capítulo 57, titulado «¿Ascensión y asunción?», cuyo texto y audio puede ser encontrado en http://www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=150057

Para la revisión de vida

– ¿Estoy asumiendo la misión propia de mi identidad como bautizado/a en Cristo Jesús? ¿En qué doy verdadero «testimonio» de Jesús y de su Causa, y en qué no lo doy aún?

– ¿Qué me falta para madurar más en la fe? ¿Conozco suficientemente el Proyecto de Jesús? ¿Busco vivir por su Causa con la fuerza de su Espíritu y su experiencia de Dios Padre-Madre?

– ¿Qué señales doy de interés por los demás y por su liberación de esclavitudes o angustias, de sufrimientos, marginación, opresión o depresión?

Para la reunión de grupo

La ascensión del Señor, ¿fue un hecho histórico, físico, espiritual, teológico…?

Cuál es el mensaje fundamental del «misterio» de la ascensión?

La tierra es el único camino que tenemos para ir al cielo… Comentar esta famosa sentencia del famoso misionólogo P. Charles.

[El “texto complementario”, de Boff, que ofrecemos, se presta muy fácilmente a ser utilizado como una sesión de estudio bíblico que involucre a varios temas fundamentales de la comprensión de la Biblia, así como otros respecto a la cosmovisión -cielo, tierra, tiempo, eternidad…-.]

Dice Lucas en Hch 1,3, que Jesús, después de resucitar, se dedicó con insistencia a hablar a sus discípulos acerca «del Reino de Dios»: ¿qué creemos que significaba eso para Jesús entonces, y para aquellos primeros discípulos; y qué significa para nosotros hoy? Compartamos nuestra opinión personal sobre ello.

En Mc 16,15-18 aparece esta promesa de Jesús: quienes crean el anuncio del Evangelio y se bauticen, ejercerán «poderes mesiánicos» liberadores, para destruir lo que amenaza y mata la vida. El texto simboliza esos poderes en estas «señales»: «expulsarán demonios, hablarán lenguas, agarrarán serpientes y, aunque beban veneno no les hará daño; curarán enfermos». ¿Qué pueden significar hoy los «demonios», las «lenguas», las «serpientes», los «venenos» y también la «imposición de manos»? ¿Cuáles deben o pueden ser las «señales» que hemos de dar hoy?

Para la oración de los fieles

Por las Iglesias, por el Papa, obispos, presbíteros, religiosas y religiosos y laicos y laicas, para que todos los bautizados en Jesucristo seamos fieles testigos suyos y de su Causa del Reino con la fuerza de su Espíritu: Oremos

Por todos los miembros de las comunidades cristianas, para que busquemos la madurez en la fe y en la gracia, a la medida de Jesús crucificado y resucitado, constituido Cabeza de la Iglesia: Oremos

Por los que viven y anuncian el Evangelio del Reino en las fronteras del dolor de los pueblos y de los sectores humanos más sufridos y excluidos de la vida, para que les apliquen el poder de Cristo, Mesías sufriente y resucitado, en signos de liberación e inclusión en la vida digna, justa y solidaria propia del Reino de Dios: Oremos

Por los más sufridos, olvidados y excluidos en nuestro país y en todo el mundo, para que la fuerza del amor del Espíritu de Jesús nos lleve a vivir una solidaridad que les abra caminos de esperanza real: Oremos

Por nuestro pueblo, para que todo él supere las injustas desigualdades y los odios, y crezcamos en paz verdadera, en puestos de trabajo y en vida justa y solidaria según el Proyecto del Dios de Jesús: Oremos

– Por todas las personas que participamos en esta celebración, para que la ascensión del Señor sea nuestra victoria y todos vivamos la experiencia del poder transformante de Cristo resucitado: Oremos

Oración comunitaria

Dios Padre nuestro, al celebrar con gozosa esperanza la exaltación de tu amado Hijo Jesús, que fue crucificado por ser fiel a tu voluntad de vida digna para todos y todas, te pedimos que, con la fuerza del amor del Espíritu, le sigamos al servicio de tu Reino de justicia, de amor y de paz. Nosotros te lo pedimos inspirados en Jesús de Nazaret, hijo tuyo y hermano nuestro.

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