El Espíritu y la Iglesia


En el libro de los Hechos se destaca especial-mente la estrecha conexión que existe entre el Espíritu y la Iglesia. Es el Espíritu el que se comunica mediante el bautismo, al que acompaña la imposi-ción de manos, y que también se hace presente en la comunidad a través de la predicación, el que toma la iniciativa y conduce a los creyentes en todo momento. La Iglesia es, pues, la comunidad del Espíritu, cuya presencia y acción le comunican la vida y la orientación concreta que deben seguir. Pero ¿en qué dirección lleva a la Iglesia? Hay que analizar tres puntos fundamentales:
1. El Espíritu crea la comunidad.
Porque el fruto inmediato del Espíritu es la formación de la comunidad cristiana. Por eso a la venida del Espíritu sigue inmediatamente, en el libro de los Hechos, el relato de la vida comunitaria (He 2,42-47; 4,32-35). Se trata de la comunidad en el sentido más fuerte de la palabra: comunidad de creencias y de prácticas, de pensamiento y de senti-mientos y, sobre todo, comunidad de bienes. Se trata de la utopía del reino de Dios, la nueva sociedad que el Espíritu crea entre los hombres. Lucas nos quiere indicar que el ideal de vida compartida, que había sido irrealizable para los griegos, finalmente se había llevado a efecto en la comunidad cristiana.
2. El Espíritu impulsa hacia la audacia.
El termino técnico que utiliza el N. Testamento para hablar de esta audacia es el sustantivo parresía, que por lo general tiene el sentido de libertad, valentía y hasta audacia en el anuncio de la buena noticia (Mc 8,32; Jn 7,26). Exactamente como lo hacía Jesús, se trata de decir sin ambigüedades, sin titubeos, con toda claridad, lo que se tiene que decir; de tal manera que los demás lo entiendan y resulte algo transparente para todo el mundo. Y hasta con el matiz particular de decir eso en condiciones adversas, cuando la seguridad personal y hasta la misma vida se ven amenazadas. Eso es lo que Jesús hizo en su ministerio público. Y a eso justamente es a lo que el Espíritu impulsa a su Iglesia, especialmente a los que tienen que enseñar el evangelio. El testimonio del libro de los Hechos resulta apasionante en este sentido (4,13.29.31; 9,27-28; 13,46), así como las indicaciones de Pablo en la misma dirección (2Cor 3,12; 7,4; Ef 6,19-20) La predicación del evangelio supone y entraña un peligro y una amenaza para el que lo anuncia. Por eso la Iglesia necesita la asistencia del Espíritu, que le comunica la parresía.
3. El Espíritu defiende siempre la libertad.
Frente a la estrechez religiosa y legalista de los cristianos judaizantes (He 11,13;) el Espíritu se hace presente en el grupo de los helenistas (He 6,3.5.10; 7,55; ) que mostraban una notable libertad frente al Templo (He 7,48-50) y la Ley (He 15,1). Por eso Esteban afirma que los judíos resistían al Espíritu Santo (He 7,51). Porque el Espíritu impulsa hacia la libertad de la que carecía la religiosidad judía (He 10,47)
(José Mª Castillo. Teología para comunidades. 206-208. E. Paulinas)

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