Comentarios el Cuerpo y la Sangre de Cristo


REPARTIR LO MULTIPLICADO

La sociedad de consumo nos tiene acostumbrados al mi­lagro de la multiplicación de los bienes materiales. Hoy día se fabrica casi todo en serie, hay más alimentos que nunca, más cultura, más desarrollo, más riqueza en la tierra. Sin embargo, y siendo esto muy necesario, creo que hace falta poner urgen­temente en marcha otro milagro, aún mayor, más difícil de realizar. Se trata del milagro del “reparto” de lo que ya hay entre los que estamos, practicando la comunión de bienes.

Porque si la sociedad de consumo realiza a diario la mul­tiplicación de panes y peces en clave moderna, sin embargo, paradójicamente, cada día aumentan en la humanidad las carencias más radicales, la miseria más increíble, el subdesarrollo más inhumano, la ignorancia más brutal, la falta de cultura más absoluta. Del milagro de la multiplicación de los bienes de consumo se benefician sólo unos pocos, que se han habitua­do a lucrarse y a enriquecerse en detrimento de la inmensa mayoría de los que habitan el planeta Tierra.

No se trata ya tanto de multiplicar cuanto de dividir. Al menos este es el camino que Jesús enseña en el relato mal denominado de la “multiplicación de los panes”, pues la pala­bra “multiplicación” no aparece en él.

La situación de aquella gente era similar a la de muchos de los hombres de hoy: «Despide a la gente -dijeron a Je­sús-; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado» (Lc 9,1 lss). En descampado está la mayoría de la humanidad, carente de las necesidades más vitales: pan y habitación.

Inesperadamente, Jesús invita a sus discípulos a realizar el milagro: «-Dadles vosotros de comer. Y como ellos pien­san que el milagro consiste en multiplicar los alimentos, replican: -No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío. (Por­que eran unos cinco mil hombres.)» La vía de salida que ellos piensan para resolver el problema es inviable: se trata de comprar.

Pero Jesús trata de mostrar que ‘comprar’ no es el camino. «-Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta. Lo hicieron así, y todos se echaron. El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.»

Jesús no compra ni multiplica, sino que parte y reparte. Tal vez éste sea el camino para salir de este callejón sin salida en el que nos hemos metido los humanos. Partir el pan entre todos, partirse por los demás, repartir, dividir entre todos eso que la técnica, gracias a Dios, ha conseguido multiplicar.

Y éste es el símbolo de la eucaristía: un pan -cuerpo-persona- que se parte y se entrega como alimento que genera vida alrededor.

II

AMAR TAMBIEN CON EL BOLSILLO

No se trata de tranquilizar conciencias con limosnas. Decimos amar, que significa trabajar para que los que amamos sean felices, y según el evangelio nadie debe quedar excluido de nuestro amor. Y decimos también con el bolsillo para que el amor no quede reducido a un sentimiento más o menos romántico. El amor cristiano es un amor -también económicamente- revo­lucionario.

UN LENGUAJE TRASNOCHADO

Hablar de revolución en la próspera Europa de finales del siglo XX suena a rancio. Las revoluciones se han desmoro­nado todas (o han sido arrasadas a sangre y fuego, como la sandinista). El capitalismo -nos dicen- se ha mostrado el menos malo de todos los sistemas conocidos (eso se había dicho de la democracia, pero nuestros progres quieren hacer méritos y demostrar que son más demócratas que nadie); sin embargo, como demuestran los millones de vidas que cada año se cobra el hambre, el capitalismo es incapaz de resolver el problema de la pobreza de dos terceras partes de la huma­nidad porque está basado en la idolatría del dinero, un dios que premia a los que le ofrecen como sacrificio la vida de los pobres. Pero éste es un lenguaje trasnochado; de hecho -o mejor, de palabra-, nadie aconseja el capitalismo, sino la democracia, la libertad…, aunque la única libertad que realmente interesa es la del capital, que permite a los amos del dinero disponer de él a su capricho. Pero hablar de todo esto es, sin duda, anticuado y de muy mal gusto.

DESPIDE A LA MULTITUD

Caía la tarde y los Doce se acercaron a decirle:

-Despide a la multitud, que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque esto es un descampado.

Al volver de la primera misión importante de los Doce -Jesús los había enviado para que anunciaran la Buena No­ticia, la presencia del reinado de Dios-Jesús quiere retirarse con ellos para revisar cómo han llevado a cabo la misión y para ver el grado de maduración al que han llegado en su comprensión del reinado de Dios. Pero las multitudes, el pueblo, habían empezado a descubrir en el mensaje de Jesús la posibilidad de la liberación tanto tiempo esperada y se van tras él. Jesús aprovechará la circunstancia para enseñar, tanto a sus discípulos como a las multitudes, que la justicia y la libertad se logran siempre que -y sólo si- nos comprome­temos a conquistarla.

Los Doce se dieron cuenta de que había un importante problema que resolver: aquellas personas tenían hambre. Pero no encontraron otra solución más que dejar que cada cual lo resolviera por su cuenta -“Despide a la multitud… “-. Y no allí, en despoblado, sino en la civilización, en donde había actividad económica y comercial y se podía comprar la vida:

el alimento y el descanso; así, cuando Jesús les dice «Dadles vosotros de comer», no se les ocurre otra cosa que acudir al mercado -« ¡ Si no tenemos más que cinco panes y dos peces! A menos que vayamos nosotros a comprar de comer para todo este pueblo»-, volviendo a la sociedad que divide a los hombres en pobres y ricos y que, según el programa de Jesús, debe ser superada (Lc 6,20-26; véase comentario núm. 34).

ESTO ES MI CUERPO

Y tomando él los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, los bendijo, los partió y se los dio a sus discípulos para que los sirvieran a la multitud. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras de los trozos: doce cestos.

Lo que hace Jesús no es un milagro en el sentido en el que hoy se entiende esta palabra: es una lección para que nosotros aprendamos a hacer el milagro y resolvamos esa cuestión que la humanidad tiene pendiente desde que tenemos noticia: el hambre. Si consideramos que los bienes que da la tierra, en especial los que son necesarios para vivir con digni­dad, no nos pertenecen, sino que son don de Dios para toda la humanidad, si obramos en consecuencia y compartimos lo que tenemos, si organizamos nuestras relaciones económicas de acuerdo con esta convicción, si superamos así la injusticia que estructura nuestra sociedad, nadie pasará hambre, habrá pan para todos y sobrará.

Naturalmente que con esto no basta: el evangelio no es un tratado de economía (nos indica los efectos intolerables de cualquier sistema económico: todo lo que hace daño al hombre: la injusticia, la explotación del hombre por el hom­bre, la desigualdad, la destrucción del medio ambiente); el evangelio es un tratado acerca del amor: no basta con dar lo que tenemos, tenemos que entregarnos por entero. Por eso el reparto de los panes adquiere su pleno significado en el reparto del pan eucarístico: «el Señor Jesús, la noche en que iban a entregarlo, cogió un pan, dio gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced lo mismo en memoria mía”…» (primera lectura). Para el cristia­no, comprometerse en la lucha por un mundo económicamen­te más justo adquiere su pleno sentido cuando, celebrando la eucaristía, se compromete a dar la propia vida por amor, en unión con Jesús; pero es una traición celebrar la Eucaristía sin estar comprometidos en la construcción de un mundo más justo y solidario, y una blasfemia si se trata de compati­bilizar con el culto al dios dinero.

III

COMPARTIR LOS BIENES, SIGNO DISTINTIVO DEL REINO

Las multitudes de seguidores, en contrapartida, han sido acogidas por Jesús. Este “se puso a hablarles del reino de Dios y fue curando a los que lo necesitaban” (9,11). ¿Quiénes son estos “seguidores”? Recuérdese que al comienzo del segundo tramo, cuando Jesús se dispuso a «atravesar pueblos y aldeas proclaman­do la buena noticia del reino de Dios», lo acompañaban «los Doce», de un lado, y «algunas mujeres, curadas de malos espíri­tus y enfermedades», de otro; María Magdalena, Juana y Susana, «y otras muchas que habían puesto sus bienes al servicio del grupo» (8,1-3). Aquí tenemos nuevamente «los Doce» y «las multitudes que lo seguían», tan marginadas de Israel como «las mujeres», entre las cuales algunas tienen necesidad todavía de curación. Pero los Doce no pagan con la misma moneda: las mujeres habían puesto sus bienes a disposición del grupo, mien­tras que los Doce no están dispuestos a compartir «los cinco panes y los dos peces» que traen consigo. A lo sumo transigirían en «ir a comprar de comer» para toda esta clase de gente, a la que designan despectivamente («para todo el pueblo ese»).

El número de estos seguidores contiene una cifra significati­va: «Porque eran como cinco mil hombres adultos» (Lc 9,14a). Esta misma cifra aparecerá en el libro de los Hechos (Hch 4,4). El número «cinco», muy subrayado en el contexto (vv. 14a: «cinco mil»; 14c: «como de cincuenta en cincuenta»; 13d y 16a: «cinco»), es el número típico del Espíritu (cf. 1Re [3Re LXX] 18,4.13: «de cincuenta en cincuenta»; 2Re [4Re LXX] 2,7: «cin­cuenta hombres adultos, discípulos de los profetas»; así como el día de «pentecostés»). Se trata de un grupo de creyentes adultos. Jesús los hace sentar «en grupos de cincuenta», como los círculos de profetas (Lc 9, 14c). Se anticipa aquí la edad adulta de la comunidad judeocreyente de los Hechos de los Apóstoles.

Jesús bendice los panes y los peces, los parte y los va dando a los discípulos para que los sirvan a la multitud (9,16). Con hechos palpables muestra a los discípulos («los Doce») cuál tendría que ser la función del nuevo Israel: el servicio de la mesa es el signo por excelencia del tiempo mesiánico. Deben ponerse al servicio de los marginados de Israel («la multitud» de segui­dores).

«Comieron todos hasta saciarse, y recogieron las sobras de los trozos: doce cestos» (9,17). Cuando se comparte, hay de sobra para todo el pueblo de Israel («doce cestos» para las doce tribus de Israel).

Lucas pone fin aquí a la estructura simétrica: el programa que Jesús había propuesto a Israel ha comenzado a realizarse. El acento está puesto en el compartir. Este debería ser el rasgo distintivo del nuevo Israel. Los bienes mesiánicos son extensivos a todo el pueblo. Se cumple así la promesa que el Señor había hecho a Eliseo: «Comerán y sobrará: “Comieron y sobró”, como había dicho el Señor» (2Re [4Re LXX] 4,43-44).

IV

La primera lectura de hoy constituye una especie de prefiguración sacerdotal-eucarística en la misteriosa persona de Melquisedec; la segunda lectura nos hace pasar de la imagen a la realidad, a través de la catequesis eucarística de Pablo a la comunidad de Corinto; finalmente, el evangelio nos recuerda que la eucaristía es y debe ser siempre expresión y fuente de caridad: nace del amor de Cristo y se vuelve fundamento del amor entre los fieles reunidos en torno al Pan donado por Jesús y distribuido por sus discípulos entre los hermanos.

La eucaristía sostiene toda la vida de la comunidad creyente. Mientras hacemos presente el “amor hasta el extremo” por el que Jesús ofreció su vida en la cruz (pasado), nos comprometemos a formar un sólo cuerpo animado por la fe y la caridad solidaria (presente), “mientras esperamos su venida gloriosa” (1 Cor 11,26) (futuro).

La primera lectura (Gen 14,18-20) es un antiguo texto, originalmente quizás de naturaleza política-militar, en el que el misterioso personaje Melquisedec rey de Salem ofrece a Abraham un poco de pan y vino. Se trata de un gesto de solidaridad: a través de aquel alimento, Abraham y sus hombres pueden reponerse después de volver de la batalla contra cuatro reyes (Gen 14,17). El pasaje, sin embargo, parece contener una escena de carácter religioso, siendo Melquisedec un sacerdote según la praxis teológica oriental.

El gesto podría contener un matiz de sacrificio o de rito de acción de gracias por la victoria. El v. 19, en efecto, conserva las palabras de una bendición. Las palabras de Melquisedec y su gesto ofrecen una nueva luz sobre la vida de Abraham: sus enemigos han sido derrotados y su nombre es ensalzado por un rey-sacerdote. El capítulo 7 de la Carta a los Hebreos ha construido una reflexión en torno a Cristo Sacerdote a la luz de este misterioso texto del Génesis, según la línea teológica ya presente en las palabras que el Sal 110,4 dirige al rey-mesías: “Tú eres sacerdote para siempre al modo de Melquisedec”.

La segunda lectura (1Cor 11,23-26) pertenece a la catequesis que Pablo dirige a la comunidad de Corinto en relación con la celebración de las asambleas cristianas, donde los más poderosos y ricos humillaban y despreciaban a los más pobres. Pablo aprovecha la oportunidad para recordar una antigua tradición que ha recibido sobre la cena eucarística, ya que el desprecio, la humillación y la falta de atención a los pobres en las asambleas estaban destruyendo de raíz el sentido más profundo de la Cena del Señor.

Se coloca así en sintonía con los profetas del Antiguo Testamento que habían condenado con fuerza el culto hipócrita que no iba acompañado de una vida de caridad y de justicia (cf. Am 5,21-25; Is 1,10-20), como también lo hizo Jesús (cf. Mt 5,23-24; Mc 7,9-13). La Eucaristía, memorial de la entrega de amor de Jesús, debe ser vivida por los creyentes con el mismo espíritu de donación y de caridad con que el Señor “entregó” su cuerpo y su sangre en la cruz por “vosotros”.

La lectura paulina nos recuerda las palabras de Jesús en la última cena, con las que cuales el Señor interpretó su futura pasión y muerte como “alianza sellada con su sangre” (1 Cor 11,25) y “cuerpo entregado por vosotros” (1 Cor 11,24), misterio de amor que se actualiza y se hace presente “cada vez que coman de este pan y beban de este cáliz” (1 Cor 11,26). La fórmula del cáliz eucarístico, semejante a la fórmula de la última cena en Lucas (Mateo y Marcos reflejan una tradición diversa), está centrada en el tema de la nueva alianza, que recuerda el célebre paso de Jer 31,31-33. Cristo establece una verdadera alianza que se realiza no a través de la sangre de animales derramada sobre el pueblo (Ex 24), sino con su propia sangre, instrumento perfecto de comunión entre Dios y los hombres.

La celebración eucarística abraza y llena toda la historia dándole un nuevo sentido: hace presente realmente a Jesús en su misterio de amor y de donación en la cruz (pasado); la comunidad, obediente al mandato de su Señor, deberá repetir el gesto de la cena continuamente mientras dure la historia “en memoria mía” (1Cor 11,24) (presente); y lo hará siempre con la expectativa de su regreso glorioso, “hasta que él venga” (1 Cor 11,26) (futuro). El misterio de la institución de la Eucaristía nace del amor de Cristo que se entrega por nosotros y, por tanto, deberá siempre ser vivido y celebrado en el amor y la entrega generosa, a imagen del Señor, sin divisiones ni hipocresías.

El evangelio (Lucas 9,10-17) relata el episodio de la multiplicación de los panes, que aparece con diversos matices también en los otros evangelios (¡dos veces en Marcos!), lo que demuestra no sólo que el evento posee un alto grado de historicidad, sino que también es fundamental para comprender la misión de Jesús.

Jesús está cerca de Betsaida y tiene delante a una gran muchedumbre de gente pobre, enferma, hambrienta. Es a este pueblo marginado y oprimido al que Jesús se dirige, “hablándoles del reino de Dios y sanando a los que lo necesitaban” (v. 11). A continuación Lucas añade un dato importante con el que se introduce el diálogo entre Jesús y los Doce: comienza a atardecer (v. 12). El momento recuerda la invitación de los dos peregrinos que caminaban hacia Emaús precisamente al caer de la tarde: “Quédate con nosotros porque es tarde y está anocheciendo” (Lc 24,29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al caer el día.

El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Por una parte los apóstoles que quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos para que se compren comida, proponen una solución “realista”. En el fondo piensan que está bien dar gratis la predicación pero que es justo que cada cual se preocupe de lo material. La perspectiva de Jesús, en cambio, representa la iniciativa del amor, la gratuidad total y la prueba incuestionable de que el anuncio del reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la gente.

Al final del v. 12 nos damos cuenta que todo está ocurriendo en un lugar desértico. Esto recuerda sin duda el camino del pueblo elegido a través del desierto desde Egipto hacia la tierra prometida, época en la que Israel experimentó la misericordia de Dios a través de grandes prodigios, como por ejemplo el don del maná. La actitud de los discípulos recuerda las resistencias y la incredulidad de Israel delante del poder de Dios que se concretiza a través de obras salvadoras en favor del pueblo (Ex 16,3-4).

La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” (v. 13) no sólo es provocativa dada la poca cantidad de alimento, sino que sobre todo intenta poner de manifiesto la misión de los discípulos al interior del gesto misericordioso que realizará Jesús. Los discípulos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. Después de que los discípulos acomodan a la gente, Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para los distribuyeran entre la gente” (v. 16).

El gesto de “levantar los ojos al cielo” pone en evidencia la actitud orante de Jesús que vive en permanente comunión con el Dios del reino; la bendición (la berajá hebrea) es una oración que al mismo tiempo expresa gratitud y alabanza por el don que se ha recibido o se está por recibir. Es digno de notar que Jesús no bendice los alimentos, pues para él “todos los alimentos son puros” (Mc 7,19), sino que bendice a Dios por ellos reconociéndolo como la fuente de todos los dones y de todos los bienes. El gesto de partir el pan y distribuirlo indiscutiblemente recuerda la última cena de Jesús, en donde el Señor llena de nuevo sentido el pan y el vino de la comida pascual, haciéndolos signo sacramental de su vida y su muerte como dinamismo de amor hasta el extremo por los suyos.

Al final todos quedan saciados y sobran doce canastas (v. 17). El tema de la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico. La saciedad es la consecuencia de la acción poderosa de Dios en el tiempo mesiánico (Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; Jer 31,14). Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado (Ex 16; 2Re 4,42-44). Los doce canastos que sobran no sólo subraya el exceso del don, sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los Doce representan el fundamento de la Iglesia, son como la síntesis y la raíz de la comunidad cristiana, llamada a colaborar activamente a fin de que el don de Jesús pueda alcanzar a todos los seres humanos.

En el texto, como hemos visto, se sobreponen diversos niveles de significado. El milagro realizado por Jesús lo presenta como el profeta de los últimos tiempos. Al mismo tiempo el evento anticipa el gesto realizado por Jesús en la última cena, cuando el Señor dona a la comunidad en el pan y el vino el signo sacramental de su presencia.

Por otra parte, el don del pan en el desierto inaugura el tiempo nuevo de la fraternidad, que prefigura la plenitud de la comunión escatológica en plenitud. Además se pone en evidencia, como hemos señalado antes, el papel esencial de los discípulos de Jesús como mediadores del reino. A través de aquellos que creemos en el Señor debería llegar a todos los hombres el pan que del bienestar material que permite una vida digna de hijos de Dios, el pan de la esperanza y de la gratuidad del amor, y sobre todo el pan de la Palabra y de la Eucaristía, sacramento de la presencia de Jesús y de su amor misericordioso en favor de todos los hombres.

Para la revisión de vida
¿En mi vida cristiana el misterio eucarístico se manifiesta como fuente de unidad y de caridad?
¿Cómo podría comprometerme concretamente en favor de las personas que viven en la pobreza y sufren hambre de pan y de justicia?

Para la reunión de grupo
– ¿En nuestra comunidad la celebración eucarística genera mayor amor y compromiso en favor de los más pobres o se limita a ser un simple rito religioso?
– ¿Con cuáles iniciativas concretas podríamos hacer que nuestra participación comunitaria en la Eucaristía sea más activa y dinámica?
– ¿Cómo podríamos como comunidad comprometernos más para llevar a los demás el pan del bienestar material, el pan del amor y de la esperanza, y el pan del evangelio del Reino?
– El capítulo 64 de la serie «Otro Dios es posible» se titula «¿Cuerpo y Sangre de Cristo?». Su guión y su audio pueden ser tomados de aquí:
http://www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=160064

Para la oración de los fieles
– Señor Jesús, que en el misterio eucarístico has dejado para tus discípulos un memorial vivo de tu vida, tu muerte y tu resurrección, haz que participando con fe de tu Cuerpo y de tu Sangre seamos testigos fieles del evangelio de la liberación en medio del mundo. Roguemos al Señor…
– Señor Jesús, que congregas a tu Iglesia en torno al misterio de tu Cuerpo y de tu Sangre, haz que nuestra comunidad viva el misterio de la comunión en la diversidad, superando la intolerancia y el sectarismo, y así sea signo e instrumento de tu reino. Roguemos al Señor…
– Señor Jesús, que alimentaste a la multitud en el desierto con el pan material y el pan de la Palabra, haz que la comunidad cristiana viva atenta a los signos de los tiempos, a través de una misión de evangelización liberadora e integral, llevando a todos el anuncio del Reino y comprometiéndose activamente en la promoción humana. Roguemos al Señor…

Oración comunitaria
Señor Jesús, Pan Vivo de esperanza y de amor,
concede a cuantos participamos en la cena eucarística,
vivir el misterio de la comunión en el amor
y ser testigos de tu reino en el mundo. Por nuestro Señor Jesucristo.

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