“Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”


Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Una de las historias más impactantes de la vida de Anthony de Mello, se la oí a un amigo jesuita que la escuchó de sus propios labios. En un curso que dio aquí en Bogotá, contó que alguna vez, estando hospedado en casa de unas religiosas en una ciudad en la que tenía que dar un curso de varios días, la superiora de la comunidad le pidió al famoso conferencista visitante que si podía dar una charla a las hermanas sobre el amor incondicional de Dios. Tony de Mello, con mucha generosidad, y a pesar de que sabía que iba a llegar muy cansado todas las noches después de su curso, accedió a preparar una charla sobre este tema para sus generosas anfitrionas.

La noche indicada por la superiora, se reunió toda la comunidad después de la cena, para aprovechar esta extraordinaria oportunidad de oír una charla de uno de los más famosos conferencistas del mundo. Cuando estuvo delante del grupo de religiosas expectantes, Tony de Mello, con un rostro compungido, como quien está muy preocupado por su propio futuro, comenzó diciendo: “Siento tener que compartir con ustedes una situación muy difícil por la que estoy pasando en estos momentos. Yo se que ustedes me pueden ayudar y por eso recurro a su probada generosidad, antes de darles esta charla…”. Todas las hermanas de la comunidad, y la misma superiora, quedaron un poco extrañadas al verlo tan preocupado, y a medida que lo fueron escuchando, abrían los ojos como quien no cree lo que está viendo…

Tony de Mello, continuó su compartir: “Tengo que confesarles que he vivido una crisis muy fuerte en los últimos años. Aparentemente, todo va bien en mi vida, pero la verdad es que he llegado a una situación insostenible. Desde hace varios años, vivo una relación amorosa con mi secretaria y ha llegado el momento de hacerle frente a la verdad. No puedo vivir sin ella, como ella no puede vivir sin mí. Por eso, después de pensarlo muy bien, y habiendo dialogado con mi superior provincial, he decidido abandonar la vida religiosa y el sacerdocio…”. Ya para ese momento, las hermanas, que expresaban su incomodidad por tener hospedado en su casa a un sacerdote en esta situación tan comprometedora, no podían creer lo que oían. Y menos entendían, cuando les hizo una propuesta que les pareció, a todas luces, indecorosa…

“Quiero pedirles un favor”, dijo, conservando una paz envidiable. “En pocos días, se sabrá esta noticia en todas partes y por eso, tan pronto salga de la Compañía, quiero formalizar esta relación con el sacramento del matrimonio. Me gustaría poder venir a esta ciudad para pasar mi luna de miel junto a mi actual secretaria, a quien amo con toda mi alma… Y ya que ustedes han tenido la bondad de hospedarme en su casa, y veo que tienen esa habitación tan bien amoblada para recibir huéspedes, quisiera saber si me podrían recibir aquí en su casa durante algunos días. Ustedes saben que para mi será difícil este primer momento, porque saldré sin un peso para mis primeros gastos”.

La cara de las hermanas, reflejaba cada vez más el asombro ante lo que estaban oyendo. No era posible que Tony de Mello estuviera en una situación así, y menos creíble que tuviera la desfachatez de pedir semejante cosa. Casi indignada, la superiora se levantó de su puesto y le dijo con una amabilidad fingida. “Querido Padre de Mello: Siento decirle que esta casa es una casa religiosa, y que de ninguna manera podemos aceptar esta solicitud. Es más, si esta es su situación actual, no parece conveniente que siga usted hospedado en nuestra comunidad. Mañana mismo le buscaremos algún otro sitio donde pueda pasar el resto de días, hasta finalizar su curso. Le agradecemos mucho su disponibilidad, pero creo que no tiene sentido que usted siga adelante con la conferencia que le había solicitado para esta comunidad. Ya hemos escuchado suficiente”.

Las demás hermanas, aprobando con la cabeza la severa y asertiva respuesta de la superiora, ya estaban a punto de levantarse, cuando Tony de Mello soltó una enorme carcajada que nadie se esperaba, y dijo: “Cayeron redondas y no se dieron ni cuenta. Ahora sí que vale la pena comenzar esta conferencia sobre el amor incondicional de Dios…”. El jesuita indio les explicó que la historia de su crisis y de su luna de miel en medio de ellas, era una vil mentira. También les contó que una vez le había dicho esto mismo a su mamá y que ella le había respondido: “Siento mucho que abandones tu sacerdocio y la vida religiosa en la Compañía de Jesús, pero aquí tienes tu casa y siempre estaremos contigo para lo que necesites…”. Ese amor de madre, sí es un amor ‘incondicional’, como el amor del Corazón de Jesús.

Tal vez convendría preguntarnos si nuestro corazón es capaz de ir a buscar a la oveja perdida, dejando las otras noventa y nueve en el campo, como nos dice el evangelio de hoy. ¿Quiénes son las ovejas perdidas que tenemos a nuestro alrededor? ¿Somos capaces de arriesgar nuestra vida por los que consideramos perdidos? Y cuando encontremos a aquel que estaba perdido, ¿tenemos un corazón, como el de Jesús, capaz de poner a la oveja perdida sobre nuestros hombros e ir contentos a casa, juntar a nuestros amigos y vecinos y decirles: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido”?

Hablar del corazón de Jesús, es hablar del amor incondicional de Dios. El corazón de Jesús es el símbolo de un amor que se entrega todo y es capaz de vivir, como vivió Jesús de Nazaret. Por eso, llegó a decir, para disgusto de los que se creían puros y limpios de todo pecado: “Les digo que así también hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

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