Undécimo domingo del tiempo ordinario


No traicionemos nuestra vocación cristiana. No inutilicemos el favor de Dios. No renunciemos a la libertad y, con ella, a la capacidad, de amar, de sentir ternura, de mostrar agradecimiento por el amor gratuito que Dios nos regala. No per/vitamos que la sangre de Jesús se haya derramado en balde.

NO REHABILITA LA LEY

Pablo había sido fariseo. Y mientras lo fue, su mayor preocupación había sido cumplir la ley. Creía, como todos los fariseos, que el hombre es bueno y está a bien con Dios si cumple la ley; es malo y enemigo de Dios si viola sus preceptos. Todo estaba claro. Pero… la frialdad de la ley les endureció el corazón y olvidaron que en las relaciones de Dios con los hombres y en las de éstos entre sí hay otros valores más importantes: la confianza, la lealtad, el agradecimiento, el amor.

Cuando Pablo se encontró con Jesús sintió el vacío que la ley había creado en su interior y empezó a ver las cosas de otra manera. Descubrió que el sometimiento a la ley le había arrebatado la libertad, y con ella todos los valores que ahora echaba de menos. Y formuló esta experiencia de liberación con total claridad: «A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad» (Gal 5,13a) y «para que seamos libres nos liberó el Mesías» (Gal 5,1), Según Pablo, la vocación cristiana es ser libres para que la experiencia de la libertad haga posible la práctica del amor (Gal 5,13b). Pablo había ya comprendido que Dios regala su amistad a los que se fían de él y deciden responder a la llamada de Jesús a esta vocación a la libertad; por eso, buscar la amistad con Dios por otros caminos equivaldría a despreciar la entrega de Jesús: «Si la rehabilitación se consiguiera por la ley, entonces en balde murió el Mesías» (primera lectura). En balde habría muerto el que dio la vida por la libertad de los seres humanos si sus seguidores volvieran a someterse a la esclavitud de la ley.

ESTE NO ES UN PROFETA

Simón, el fariseo, había invitado a Jesús a compartir su mesa. La invitación resulta extraña, pues Jesús no cuidaba demasiado sus compañías (Le 7,34), y eso los fariseos no lo perdonaban: el que trataba con un impuro quedaba impuro y contaminaba de impureza los lugares y las personas con que se relacionaba. Quizá Simón tenía interés en examinar a Jesús de cerca. Y un hecho inesperado hace que Jesús obtenga un claro suspenso: mientras están recostados en los divanes, alrededor de la mesa, se les cuela una indeseable, una prostituta, una pecadora… y se dirige a Jesús: «… llegó…, se colocó detrás de él, junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas; se los secaba con el pelo, se los besaba y se los ungía con perfume».

Y Simón el fariseo pronuncia su sentencia: «Este, si fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo está tocando y qué clase de mujer es: una pecadora»; no, no puede ser un profeta, éste no puede hablar en nombre de Dios, éste no es más que un farsante, pues… ¡se deja acariciar los pies por una prostituta! ¿Cómo puede hablar en nombre de Dios alguien que se permite estas libertades?

LA FE, EL AMOR Y EL PERDÓN

Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios de plata y el otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le estará más agradecido?…

¿Ves esta mujer? Cuando entré en tu casa no me diste agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con su pelo… Por eso te digo: sus pecados, que eran muchos, se le han perdonado, por eso muestra tanto agradecimiento; en cambio, al que poco se le perdona, poco tiene que agradecer.

La reacción de Jesús deja aún más desconcertados a sus compañeros de mesa: pone a aquella mujer como ejemplo para ellos, que se creían tan santos. Y además, declara que sus muchos pecados han quedado perdonados, que ella está ya a bien con Dios.

Ella, dice Jesús, ha obtenido el perdón gracias a la fe:

«Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado; vete en paz». Se ha fiado de Jesús, ha visto en él -que iba con gente de mala nota como ella, como aquella mujer de la que habían salido siete demonios (Le 8,2)- al único que ofrece una respuesta clara a sus ansias de vida, a su necesidad de sentirse persona respetada, valorada, querida, amada y no poseída, utilizada, despreciada, marginada. Ella, al escuchar y aceptar la llamada de Jesús a la libertad y al amor, ha encontrado la paz interior y la amistad con Dios. Porque Dios le ha regalado su perdón y su amistad. Por la fe alcanzó el perdón, el amor de Dios. Y esa fe, enriquecida con la experiencia liberadora de la paz con Dios, se desborda en una inmensa capacidad de amor y de ternura que se manifiesta en las lágrimas que fluyen abundantes, en un llanto sereno y alegre que nace en lo profundo de un corazón agradecido.

Los fariseos estaban cerrados a esa experiencia. Cumplían con exactitud la ley, pero habían renunciado a la libertad y al amor. Además, creían que podían merecer la amistad con Dios por sí mismos, que Dios, porque habían renunciado a ser libres -decían que por El-, estaba obligado a ser amigo de ellos. Eran perfectos, puros, santos…, pero tenían el corazón de piedra, como las Tablas de la Ley, y se resistían a permitir que Jesús se lo cambiara por un corazón de carne como el suyo.

No permitamos que un corazón de piedra se instale de nuevo en donde Dios quiso que hubiera un corazón humano. Asumamos el riesgo de la libertad. Y dejemos que nuestro corazón exprese libremente su agradecimiento por el amor gratuitamente recibido y por la liberación que nos alcanzó del Mesías.

II

DE ESCÁNDALO

Me pregunto qué ocurriría si, con ocasión de un banquete al que hubiera sido invitado un obispo, una prostituta lo agasajara. Sería una magnífica noticia para la primera página de un periódico. Me imagino los rostros escandalizados de toda la gente-bien de la sociedad. El obispo -tal vez entrecortado y nervioso- miraría de reojo a su alrededor, sin saber cómo reaccionar para evitar el escándalo de los presentes. Con sonrisa complaciente y gesto conciliador y resignado -también las prostitutas son hijas de Dios- desearía que pasara aquel mal momento, pidiendo al Altísimo que los periodistas -esos inoportunos seres que siempre tienen una cámara a mano- no dejaran impresa en papel la escena.

¿Y qué sucedería si el obispo respondiera, de modo inesperado y poco habitual, invitándola a palacio a comer para dialogar sobre sus problemas? Esto sería aún más escandaloso. Los presentes no sabrían cómo encajar tan provocadora actitud. Seguramente, para la mayoría de los católicos, aquel obispo dejaría mucho que desear a partir de entonces.

¿Cómo actuaría Jesús de Nazaret en un caso similar? Para dar respuesta a la pregunta no hace falta imaginar nada; el evangelio lo cuenta en una escena tremendamente aleccionadora: «Un fariseo lo invitó a comer. Jesús entró en la casa del fariseo y se recostó a la mesa. En esto una mujer, conocida como pecadora en la ciudad, al enterarse de que comía en la casa del fariseo, llegó con un frasco de perfume; se colocó detrás de él junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas; se los secaba con el pelo, los cubría de besos y se los ungía con perfume.»

Una mujer «pecadora» -en griego, hamartôlós-, no necesariamente prostituta de profesión, pues bastaba con ser esposa de un recaudador de impuestos para ser designada como tal. La mujer pudo entrar porque era costumbre que los no invitados pudieran hacerlo para mirar, deleitarse con el espectáculo y conversar con los comensales.

Al ver la escena, «el fariseo que lo había invitado, dijo para sus adentros: -Este, si fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando: una pecadora. Jesús tomó la palabra y le dijo: -Simón, tengo algo que decirte. El respondió: -Dímelo, Maestro. -Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía veinte mil duros y el otro dos mil. Como no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos estará más agradecido? Simón le contestó: -Supongo que aquel a quien le perdonó más. Jesús le dijo: -Has acertado. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: -¿Ves esta mujer? Cuando yo entré en tu casa no me ofreciste agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré no ha dejado de besarme los pies. Tú no me echaste ungüento en la cabeza; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama» (Le 7,36-47).

Así de llano todo. Jesús defiende a quienes la sociedad rechaza; denuncia la hipocresía de quienes tienen más corrupción que los ‘oficialmente corruptos’. Y es que, como he leído hace unos días, ‘la verdadera casa de Dios no huele a incienso, sino a sudor y perfume de prostitutas». De escándalo.

III

DOS FORMAS DE ACOGIDA SEGUN LA CAPACIDAD DE AMAR

Al término del primer tramo de la estructura paralela que estamos examinando (A-F // A’-F’), encontramos una perícopa (unidad bien delimitada que tiene sentido por sí misma) donde se ejemplifican dos actitudes contrastadas, actitudes que de he­cho se dan ya entre los diversos componentes del grupo de discípulos de Jesús, a fin de que los miembros de las diversas comunidades que van a leerlo y comentarlo examinen sus propias actitudes y disciernan por sí mismos con cuál de los dos perso­najes se identifican.

Tratándose de la última perícopa del primer tramo de la estructura, podríamos decir que Lucas resume en ella las diversas actitudes con que Jesús se ha topado hasta ahora en Israel, y a la vez se sirve de ella, a manera de puente, para introducir el segundo tramo. Puesto que ya hemos identificado una serie de marcas y de rasgos característicos del «lenguaje» de Lucas, tra­taremos de relacionarlos y de contrastarlos, a fin de sacarles el meollo. Los cuatro evangelistas describen una escena análoga, pero con rasgos muy discordes, indicativos de situaciones com­pletamente diversas (véanse Mc 14,3-9; Mt 26,6-13; Jn 12,1-8).

LOS OBSERVANTES Y LOS MARGINADOS DE ISRAEL EN UN PUÑO

Empecemos por el escenario: la «casa del fariseo» Simón (7,36b), como lugar de reunión de todos los que participan de su mentalidad, la comunidad (vv. 37b.44b, subrayada por la repetición) constituida por Simón y los «comensales» (v. 49a). El escenario queda calificado a continuación por la intenciona­lidad mostrada por el fariseo: «Un fariseo lo invitó a comer con él» (7,36a). Se pone de relieve la función de «comer», siendo el «alimento» sinónimo de enseñanza: participar de una misma mesa comporta, en la mente de un semita, compartir una misma mentalidad. Jesús entra en casa del fariseo y se recuesta a la mesa (vv. 36b.37b.44b, nuevamente muy subrayado).

Los personajes. El primero que aparece en escena es un individuo masculino, descrito con los rasgos típicos de los per­sonajes representativos («cierto», indefinido), perteneciente a una colectividad («de entre los fariseos», v. 36a). Representa, por tanto, una parte o facción de esta colectividad, no todo el partido fariseo. De momento no lleva nombre. Además del par­titivo «cierto (individuo) de entre los fariseos», es identificado como «el fariseo» tres veces (vv. 36b.37b.39a). En el preciso momento en que pone en duda que Jesús sea un profeta, éste lo pone en evidencia designándolo por su nombre, «Simón», nombre que se repetirá a partir de ahora también tres veces. Es el único fariseo que lleva nombre en los evangelios sinópticos (de «fariseos» con nombre, sólo encontramos, en Jn 3,1, Nicode­mo; en Hch 5,34, Gamaliel, y 23,6, Pablo: «Yo soy fariseo, hijo de fariseos»).

En contrapartida, el segundo personaje es femenino, una «mujer pública» (vv. 37a.39b.47-48; además, «mujer» aparece también en los vv. 44a.44b.50a: es el modo de subrayar al máxi­mo, dentro de un género literario arcaico, la calidad de un per­sonaje), sin nombre, introducido con una locución que los evan­gelistas emplean con frecuencia para centrar la atención en el personaje en torno al cual gira el relato («y, mirad, una mujer…», v. 37a: se corresponde con el foco de los escenarios; véase 2,25;

5,12; 7,12, etc.). Representa («cierta mujer») el estamento de los marginados por motivos religiosos y sociales por parte de la sociedad teocrática judía.

La descripción detallada que Lucas hace de la mujer, que todos tienen en la ciudad por una «pecadora», deja ya entrever que en ella se ha verificado un giro de ciento ochenta grados: «Y, mirad, una mujer conocida en la ciudad como pecadora, al enterarse de que estaba recostado en la mesa en casa del fariseo, llegó con un frasco de perfume, se colocó detrás de él, junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas; se los secaba con el pelo, se los besaba y se los ungía con perfume» (7,37-38). Con tres acciones -“regar/secar, besar, ungir” des­cribe de forma tridimensional el sentimiento de profunda grati­tud de esta mujer. Volveremos a ello en seguida.

¿QUE PINTA UNA PECADORA PUBLICA EN CASA DE UN FARISEO?

En la escena que examinamos descubrimos una serie de ras­gos sorprendentes: un individuo perteneciente al partido fariseo (los observantes y defensores por antonomasia de la Ley) invita a Jesús (vv. 36a.39a.45b, triple repetición  tipos en negrilla actuales) «a comer con él», convencido que comparte las mismas ideas y convicciones religiosas, pese a que los dirigentes religiosos (los fariseos y los letrados juristas) hayan rechazado a Jesús (6,11) y que éste les haya reprobado haber frustrado el plan que Dios tenía previsto para ellos (7,30). El fariseo Simón, además, no está sólo, sino que ha invitado también a sus colegas que piensan como él, «los otros comensales» (v. 49a). Jesús, por el contrario, no va acompañado de nadie cuando entra en la casa (vv. 36b.44c).

Un segundo rasgo chocante lo constituye el hecho de que una mujer pública ponga los pies en casa de un fariseo. Simón, por lo que se ve, no es fariseo intransigente, ya que muestra cierta tolerancia hacia los individuos representados por la peca­dora, por lo menos mientras Jesús está en su casa. Tampoco los comensales hacen aspavientos, al menos en principio.

Ni el fariseo ni los comensales se atreven a reprochar a Jesús su comportamiento hacia la pecadora, sino que lo formulan en su fuero interno (vv. 39a. 49a). El primero se escandaliza porque Jesús se ha dejado «tocar» por una «mujer pecadora» (7,39b), pues quien toca a un impuro queda él mismo impuro. Como buen fariseo, pese al afecto que profesa a Jesús, continúa creyen­do en la validez de la Ley de lo puro e impuro, continúa dividien­do la humanidad entre buenos y malos, entre justos y pecadores, ufano de su condición privilegiada de hombre justo y observante. Los comensales se escandalizan también, pero en un segundo momento: «empezaron a decirse: “¿Quién es éste, que hasta perdona pecados”» (7,49), es decir, no repiten el reproche, sino que, complementándose con aquél, formulan uno más grave. El primero ponía en duda la aureola de «profeta» que rodeaba a Jesús; los segundos en la misma línea que los fariseos y los maestros de la Ley en el caso del paralítico (cf. 5,17.21-22)- se resisten a aceptar que un hombre pueda «perdonar pecados», cosa que ellos reservaban en exclusiva a Dios coronando así la pirámide del poder (Dios – dirigentes – pueblo), pirámide que les permitía excluir y marginar a todos los que no pensaban como ellos.

EL AGRADECIMIENTO, DISTINTIVO DE LA PERSONA LIBERADA

La parábola que encontramos en el centro de la perícopa ilumina y desenmascara dos actitudes contrapuestas, invirtiendo la escala de valores que todos tenían como válida: «”Un presta­mista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios de plata y el otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, hizo gracia (de la deuda) a los dos. ¿Cuál de ellos le estará más agradecido?” Contestó Simón: “Supongo que aquel a quien hizo mayor gracia.” Jesús le dijo: “Has juzgado con acierto”» (7,41-43). El número «cinco», factor común a «quinientos» y a «cin­cuenta», pone en íntima relación los dos deudores y su deuda. El término «hizo gracia» indica que no solamente se les ha per­donado la deuda (aspecto negativo), sino que los ha «agraciado» con un don, el don del Espíritu (aspecto positivo). La experiencia

del Espíritu se manifiesta en la capacidad de agradecimiento de uno y otro.

Teniendo en cuenta la descripción que acaba de hacer de los dos personajes, nos damos cuenta de que el observante, el fariseo, tiene una exigua capacidad de agradecimiento, pues está convencido de que se ha ganado a pulso la salvación, a excepción de la pequeña deuda que había contraído. La seguridad personal que le da el cumplimiento de la Ley le impide experimentar plenamente la gratuidad de la salvación. La liberación que expe­rimenta es relativa, pues está condicionada por el lastre de sus prácticas religiosas. La mujer pecadora, en cambio, que ha tocado fondo, tiene mucha más capacidad que el otro de percatarse de la novedad que comporta el mensaje de Jesús y de la nueva e incomparable libertad que ha experimentado al acogerlo.

QUE CADA COFRADE TOME SU VELA

En la aplicación de la parábola, Jesús recalca los rasgos con que Lucas había descrito la actitud de acogida de la persona de Jesús por parte de la pecadora y los contrasta con las omisiones del fariseo: éste no ha sido capaz siquiera de ofrecerle las tradi­cionales muestras de hospitalidad típicas del mundo oriental: «¿Ves esta mujer? (¡la que él tanto ha despreciado!). Cuando entré en tu casa no me diste agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con su pelo. Tú no me besaste, ella, en cambio, desde que entró no ha dejado de besarme los pies. Tú no me echaste ungüento en la cabeza; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume» (7,44-46).

El contraste palmario entre «el fariseo» y la mujer «pecado­ra», personajes que ejemplarizan dos tipos de «deudores» a quie­nes «se ha hecho gracia» de deuda (500/50 denarios) que nunca hubieran podido saldar (vv. 41-43) y que, no obstante haberse sentido atraídos uno y otro por la persona de Jesús y su mensaje liberador, dan muestras muy diversas de «agradecimiento», sirve para elevar a nivel de paradigma dos actitudes contrapuestas que con toda probabilidad se dan ya entre los mismos discípulos: la del grupo que representa a Israel, compuesto de judíos observan­tes y religiosos (su única preocupación es la Ley de la pureza / impureza ritual), tipificado por Simón, Santiago y Juan (c£ 5, 1-11), así como por los Doce (cf 6,12-16) y, ahora, por el fariseo Simón (¿es pura coincidencia la homonimia entre Simón «Pedro» y el «fariseo» Simón?), y la del grupo que representa a los mar­ginados de Israel, descreídos y ateos, tipificado por el recaudador de impuestos, Leví (cf. 5,27-32), y, ahora, por la mujer pecadora.

LA CONCIENCIA DEL PERDON

ACRECIENTA LA CAPACIDAD DE AMAR

La acogida que uno y otro han brindado a Jesús es diametral­mente opuesta. Ambos han sido descritos mediante una terna -agua, beso, ungüento- de acciones / omisiones (vv. 38 / 44-46) que son interpretadas como muestras de agradecimien­to / de falta de afecto: «Por eso te digo (forma solemne de introducir una aseveración importante): “Sus pecados, que eran muchos, se le han perdonado, por eso muestra tanto agradeci­miento; en cambio, al que poco se le perdona, poco tiene que agradecer”» (7,47). Tanto a Simón como a la mujer les ha sido perdonada una deuda personal con anterioridad a la presente escena: la invitación hecha ajesús para que comiese con él quería ser una muestra de gratitud, pero como el cambio de vida que había experimentado no ha sido profundo, se ha mostrado poco agradecido; la mujer, en cambio, todo lo contrario, ha dado grandes muestras de agradecimiento por la liberación plena que había experimentado.

El hilo conductor de la secuencia es la actitud agradecida de la mujer por la salvación que ha experimentado gracias a su adhesión a Jesús; por contraste, queda en evidencia la actitud fría y desagradecida del fariseo Simón. En el fondo, la temática es la sólita de Lucas: «justos / pecadores». Aquí se nos explica por qué los justos no son capaces de amar y, por tanto, de dar una acíhesión plena y confiada a Jesús: porque se les ha perdo­nado poco y no han tomado conciencia de que la deuda, por pequeña que les pareciese, nunca la habrían podido enjugar; no están capacitados para valorar la gracia del perdón, ya que son unos autosuficientes. Los pecadores, en cambio, tienen concien­cia clara de la absoluta gratitud del perdón y se adhieren plena­mente y sin reservas a Jesús, gracias al cual se han sentido libe­rados.

Hemos visto la última secuencia del primer tramo de la es­tructura paralela. Por cuarta vez se formula en el marco de esta estructura la cuestión sobre la identidad de Jesús: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo», en boca de Israel (D); «¿Eres tú el que tenía que llegar o espe­ramos a otro?», en boca del Precursor (E); «Este, si fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo está tocando: una pecadora», en boca de Simón (Fi); «¿Quién es éste, que hasta perdona peca­dos?», en boca de los comensales (F2). Jesús ha ido mostrando toda su capacidad liberadora: curando al esclavo del centurión romano, representante del paganismo (C); resucitando al hijo único de la viuda de Naín, representante del pueblo de Israel (D); respondiendo a la interpelación de Juan con toda clase de signos liberadores (E) y dejando constancia una vez más de que el Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados (F: cf. 5,24). La liberación es condición previa para que el men­saje pueda ser proclamado.

IV

En la primera lectura, David, el rey elegido por Dios, ha pecado gravemente. No sólo ha cometido adulterio con Betsabé, esposa de uno de sus generales más leales, sino que además hizo matar al esposo engañado. Se ha mofado así del mismo Dios, al arrogarse un derecho abusivo sobre la vida y la muerte en beneficio de sus deseos depravados, poniendo en entredicho la absolutez de la realeza divina, única fuente del auténtico derecho. Esto merece un castigo. Pero el rey reconoce su delito y se manifiesta humildemente arrepentido. Muestra así la profundidad de su fe, real a pesar de su pecado. Por eso Dios lo perdona. David quedará para siempre como el ejemplo vivo del hombre que, sobrepasando sus miserias, se ha situado en la dinámica divina que, sin desatender la justicia, aplica la misericordia y el perdón a quien se arrepiente, incluso por delitos enormes.

En la segunda lectura, Pablo no cesa de combatir la mentalidad que empuja al hombre a pensar que gracias a sus buenas acciones tiene derechos ante Dios. La religión fundada sobre la obediencia a la ley y sobre un contrato “te he dado y tienes que darme” falsea la verdadera relación con el Señor. Este tipo de religión condujo al judaísmo a rechazar el mensaje de misericordia de Jesús, para cerrarse en su frío esquema de la legalidad vacía. La fe transforma radicalmente esta mentalidad y nos hace abrirnos al amor divino tal como se ha mostrado en Jesús.

En el evangelio, una mujer -¡y qué mujer!- se atreve a estropear una sobremesa cuidadosamente preparada. La arrogante entrometida no sólo quebranta las leyes de la buena educación, sino que, además, comete una infracción de tipo religioso: un ser impuro no debe manchar la casa de un hombre socialmente puro (un fariseo).

Por un momento Cristo pierde su dignidad de profeta a los ojos de su anfitrión: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando, y lo que es: una pecadora”.

Ante la situación que se ha presentado, Jesús utiliza el recurso de los sabios: el método socrático de inducir la conclusión correcta a partir de argumentos correctos. En vez de corregir a su anfitrión, lo invita a salir de su ignorancia y a reconocer que el verdadero pecador es él; el fariseo que se cree puro.

La mujer, a nadie ha engañado: ha repetido los gestos de su oficio; la misma actitud sensual que ha tenido con todos sus amantes. Pero esta tarde sus gestos no tienen el mismo sentido. Ahora expresan su respeto y el cambio de su corazón. El perfume lo ha comprado con sus ahorros, que son el precio de su “pecado”. Y sin dudarlo rompe el vaso (cf. Mc 14,3), para que nadie pueda recuperar ni un gramo del precioso perfume. Una vez más, el gesto fino y elegante .

Salen aquí a la luz dos dimensiones de la salvación. Por una parte, estalla la libertad propia del amor. En esta comida el fariseo tenía todo previsto y preparado. Pero basta con que una mujer empujada por su corazón entre sin haber sido invitada, y la sobremesa cambia del todo. Por otra parte, el episodio revela la liberación ofrecida por Jesús. El Mesías proclama con sus actos y palabras que el hombre ya no está condenado a la esclavitud de la ley y de una religión alienante. El cristiano es un ser liberado sobre la base de esa fe hecha amor práctico que predica Jesús: “tu fe te ha salvado”.

En la antigüedad las prostitutas eran consideradas esclavas; socialmente no existían. Sin embargo, esta tarde una prostituta escucha las palabras de absolución y de canonización, porque ha hecho el gesto sacramental, ha expresado su decisión de cambiar de vida. Así se coloca a la cabeza del Evangelio. ¿Qué otra cosa pueden significar las palabras de Cristo “tus pecados están perdonados”? Es lo mismo que decir: “María, eres una santa”.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, pero en su lugar podría escucharse, por ejemplo, el episodio del lavatorio de los pies, que es su contexto histórico; está en el capítulo 041 de la serie, que puede ser escuchado aquí (http://untaljesus.net/audios/cap41b.mp3)
y cuyo guión –con un comentario bíblico-teológico incluido- puede ser recogido aquí
(http://untaljesus.net/texesp.php?id=1200041).

Para la revisión de vida
¿Qué puesto ocupa el amor en mi vida interior, en mi vida espiritual, en el sentido de mi vida?

Para la reunión de grupo
-¿Qué significa que «sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor»?
– ¿Qué pensar de aquella expresión de san Agustín, que dice que «ama y haz lo que quieras»?
– Si el perdón de los pecados lo consigue el amor, ¿cuál es el papel del sacramento de la confesión?
– ¿A qué se debe que el sacramento de la confesión parezca que hoy se encuentra «colapsado»?
– ¿Qué reformas propondría nuestra comunidad cristiana si se le pidiera elaborar un plan pastoral para reformar la administración del sacramento de la confesión de forma que se convirtiera en un gesto creíble, no controlador, amable, comunitario, gozoso?

Para la oración de los fieles
– – Para que nos hagas comprender que el ser humano necesita amor para vivir, y un amor profundo, roguemos al Señor…
– Por la Iglesia, para que supere su actual situación interior de crispación que hace que tantos millones de personas se hayan apartado de ella en el primer mundo…
– Para que el amor pastoral sea puesto en la Iglesia por encima de todo…

Oración comunitaria
O Misterio infinito, a quien creemos presente en el proceso de la vida y en la historia del cosmos… Haz que seamos capaces de comprender que la fuerza que todo lo sostiene es el Amor, y que nosotros mismos sólo alcanzaremos la felicidad en el Amor. Nosotros te lo pedimos apoydos en el ejemplo de Jesús, unidos a todos lo shombres y mujeres que te buscan por los muchos caminos. Amén.

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