Comentarios duodécimo domingo c¡clo ordinario


LO QUE NO ESTA EN LOS ESCRITOS

La lectura de las Sagradas Escrituras y su falsa interpre­tación en el seno del pueblo judío hizo creer a la gente sen­cilla, en no pocos casos, que estaba escrito en ellas lo que no estaba escrito. Quienes tenían la llave de la ciencia y de la teología, la clave de interpretación de las Escrituras -escri­bas y doctores de la ley, sacerdotes y rabinos-, hicieron una lectura de éstas, adaptada y corregida a gusto de las clases dominantes, de las que muchos de ellos formaban parte. Des­de esa plataforma reinterpretaron los Escritos Sagrados. Con el correr del tiempo, el pueblo no supo ya distinguir entre la ganga y el buen metal, entre lo escrito y lo nunca dicho. Llegó a creer, en resumen, que estaba escrito lo que jamás profeta alguno había pronunciado.

Jesús, con su vida y obras, se encargó de deshacer el en­tuerto. El intento le costó la vida.

Muchos siglos después hemos vuelto a las andadas. Como al pueblo judío, algo similar le ha sucedido a la Iglesia: ¿Dónde está escrito en el evangelio que la jerarquía tenía que asimilarse a los poderosos de la tierra y hacer de obispos y cardenales príncipes de este mundo con corte, palacio, po­der y dinero? ¿Dónde que, para ser cristiano, haya que ser

de derechas y que, desde las izquierdas, no se pueda ser cre­yente? ¿Dónde que los cristianos no se deben meter en polí­tica y que sus pastores deben ser neutrales -ni de derechas ni de izquierdas- para poder ser principio de unidad de los fieles?

¿Dónde está escrito que había que defender a capa y es­pada el evangelio y que éste debía ser impuesto por la fuerza, la tradición o la costumbre, en lugar de ser anunciado y libre­mente aceptado por quien buenamente quiera? ¿Dónde que dentro de la Iglesia, comunidad de hermanos e iguales, tenga que haber quienes se constituyan en clase docente y otros sean reducidos a eternos aprendices, con voz pero sin voto, y las más de las veces incluso sin voz? ¿Dónde que la Iglesia deba dividirse en clero y seglares, sacando del siglo al clero y ha­ciendo de él una clase aparte, con indumentaria especial in­cluida, a más de célibes por imposición? ¿Dónde que mujeres y niños tengan que ser clases marginadas dentro de la insti­tución, reducidas al silencio en las asambleas, a llenar bancos en liturgias multitudinarias y a vestir santos? ¿Dónde que, para evangelizar, haya que ser prudentes y pactar con el poder establecido para que éste dé una limosna de libertad a quienes nadie puede poner cadenas?

Nada de esto está escrito, aunque hayamos llegado a creer­lo de todo corazón.

Ahora me explico que los pobres se hayan llegado a sentir extraños en la Iglesia -que no es tal si no es pobre y de pobres-, que la clase trabajadora mire con recelo hacia el evangelio, predicado y falsificado por las instancias eclesiásti­cas, que las mujeres sean “segundonas” dentro de la organiza­ción eclesiástica, que la imagen del sacerdocio se haya deva­luado, que el cristianismo, en la mayoría de los casos, sea ya cuestión sociológica y no cristocéntrica.

Lo que está escrito en los evangelios va por otros caminos. Jesús lo anuncié de sí mismo a sus discípulos, cuando és­tos soñaban en un futuro de triunfo y de poder: «Este hom­bre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resu­citar al tercer día. Y dirigiéndose a todos dijo: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga; porque si uno quiere salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por mí, la salva­rá» (Lc 9,21-24).

Lenguaje extraño, camino de dolor e incomprensión, de amor sin medida que nada tiene que ver con el poder, la ri­queza, el prestigio o los honores, la fuerza y la desigualdad. Nada de eso está en los Escritos.

II

EL MESIAS NO ES DE «LOS NUESTROS»

No es de los blancos, ni de los negros, ni de los rojos, ni de los azules; ni de los católicos, ni de los protestantes, ni siquiera de los cristianos Ni de los creyentes. Pertenece a la humanidad: es «el Humano». Y si es de alguien en especial, es de todos los que tienen que soportar que su dignidad humana se vea pisotea­da.

¿QUIEN DECÍS QUE SOY YO?

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Pedro tomó la palabra y dijo:

-El Mesías de Dios.

Pero él les conminó que no lo dijeran absolutamente a nadie…

Los discípulos no habían comprendido todavía qué clase de Mesías era Jesús. Pensaban, aprisionados entre el naciona­lismo y el triunfalismo, que el Mesías debía ser como ellos lo esperaban: un triunfador que llevara hasta la gloria a su na­ción, un caudillo que derrotara y aniquilara a los enemigos de su pueblo; en definitiva, uno de «los suyos» que les ayudara a prevalecer sobre «los otros». Por eso Jesús les prohibe que digan a nadie que él es el Mesías.

Porque él no es ese Mesías que ellos esperan. Lo compro­barán cuando todos los representantes del poder político, económico y religioso, las mentes más lúcidas y las almas más piadosas de la nación, lo detengan, lo juzguen y lo entreguen a los romanos para que éstos -los enemigos de su nación, los que tienen sometido a Israel a la servidumbre lo ejecuten en el más infamante de los suplicios: «El Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte… »

EL HOMBRE

Jesús es el Mesías de Dios. No del Dios propiedad de Israel, sino del Padre que da y asegura la vida del Hombre Jesús. Y se llama a sí mismo «el hombre», porque el es, ya realizado, el proyecto de hombre que Dios propone a la hu­manidad. Y porque quiere presentarse como «hombre», nada más, «como uno de tantos» (Flp 2,7): sin compromisos de raza, de religión, de familia. Con un único compromiso: el de ser el hombre que Dios quiere, revelándose así como el Hijo de Dios, para que los hombres puedan, sólo porque son humanos, vivir como hermanos: «Ya no hay más judío ni griego, esclavo ni libre, varón o hembra, pues vosotros hacéis todos uno, mediante el Mesías Jesús» (primera lectura).

Por eso va a chocar con los que ponen su poder o su tierra, su dinero, su ciencia o sus devociones por encima del ser humano. Porque si la persona se constituye en el valor más importante de este mundo, y eso porque Dios lo quiere así, los ricos, los sacerdotes, los juristas y los santones… van a perder sus privilegios, van a ver cómo se derrumban sus pedestales. Por eso lo van a matar. Aunque como él es el Mesías del Dios de la vida, el Padre salvará su vida de la muerte que los enemigos del hombre le harán sufrir: «El Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muer­te y, al tercer día, resucitar».

EL QUE QUIERA VENIRSE

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y entonces me siga; porque si uno quiere poner a salvo su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía, ése la pondrá a salvo.

Por eso no presenta un programa atrayente para conseguir muchos adeptos, sino un programa exigente, para los que se quieran comprometer de verdad en la realización de ese pro­yecto: «El que quiera venirse conmigo…»: hay que estar dis­puestos a jugárselo todo. Porque la historia de Jesús se volverá a repetir una y mil veces.

Porque Otros nuevos senadores, dueños del dinero y de la tierra, dirán de nuevo que la riqueza es un regalo de Dios por sus virtudes, por su trabajo. Y querrán un Dios o un Mesías de ellos, que coloque su derecho de propiedad por encima de los derechos de los hombres pobres.

Y aparecerán nuevos dirigentes que en nombre del poder de Dios  o en nombre de su dios, el poder- reducirán a la esclavitud a los hombres débiles.

Y más sacerdotes, que, sirviéndose de Dios, pondrán el hombre a su servicio, y en nombre de los derechos que ellos dicen de Dios, despreciarán y pisotearán los derechos de los hombres sencillos.

Y juristas, que darán la razón a senadores, gobernantes, sacerdotes… Y explicarán que Dios está con ellos, con los de arriba, y que las cosas están bien como están, porque son voluntad de Dios. Y que silos de abajo tienen hambre, que pidan limosna…, si quieren libertad, que pidan permiso…, si quieren ejercer sus derechos de personas, que, por medio de ellos, pidan perdón a Dios.

Y al que se atreva a decirles que el Dios de Jesús no les pertenece, que el Dios de Jesús se encuentra en el Hombre, lo juzgarán por revolucionario, lo condenarán por subversivo, lo excomulgarán por hereje. Pero el Dios del Hombre Jesús, también a ellos les dará la razón y les guardará la vida.

III

TANTAS OPINIONES COMO CABEZAS

Después de haber dado el signo mesiánico por excelencia («Cuando venga el Mesías -corría de boca en boca-, habrá comida para todo Israel…, habrá trabajo y bienestar para to­dos…»),Jesús se retira a orar él solo, como en otros acontecimien­tos muy significativos para su ministerio. Está en juego su misión. Flota en el ambiente una gran expectación: «¿Será el Mesías?» Nadie se atreve a pronunciar esta palabra. Lleva una carga poli­tizada y peligrosa en exceso. Además, ¡han fracasado tantos que pretendían serlo y que finalmente han sido aplastados por la máquina de guerra de los romanos! (c£ 13,1-3; Hch 5,36 y 37; 21,38). ¿Y silo fuese? Los discípulos se lo huelen. Están presen­tes mientras Jesús reza, pero no participan en la oración. No comparten en absoluto las reservas de Jesús: «Una vez que estaba orando él solo, se encontraban con él los discípulos» (Lc 9,18a). Jesús toma la iniciativa. Quiere que se definan. Entre la gente se barajan toda suerte de opiniones (tres equivalen a todas las habladurías que corrían entre el pueblo). La mayoría lo tienen por una reencarnación de Juan Bautista. Otros por Elías (que había de preceder a la venida del Mesías y actuar con procedi­mientos muy expeditivos). Unos terceros creen que es un profeta de los antiguos que ha vuelto a la vida (9,19). A nadie, sin embargo, se le ocurre decir que sea el Mesías. La gente esperaba un Mesías-rey carismático, de casta davídica, con fuerza y poder, con un ejército aguerrido. Jesús, por el contrario, habla del reino de Dios, pero no lo entronca con David. No tiene a los poderosos de su lado y no acepta la violencia.

LOS DISCÍPULOS SE QUITAN LA CARETA

Por el tono en que hablan, se adivina que los discípulos no comparten las mil y una opiniones (tres pareceres, igual a una totalidad) de la multitud. Jesús los acorrala: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (9,20a). Pedro, en nombre de los Doce, pronuncia la palabra fatídica: «El Mesías de Dios» (9,20b). La adición «de Dios» (comparadlo con Mc 8,29) no dice simplemen­te que es el «Ungido por Dios», que se podría entender como en Mt 16,16 («el Mesías, el Hijo de Dios vivo») en sentido positivo, sino que pone énfasis en que es el Mesías prometido por Dios con el fin de liberar a Israel de las manos del ejército de ocupación (véase Lc 23,35). Sólo así se entiende que Jesús, acto seguido, dirigiéndose a los Doce, los conmine como si fuesen endemoniados (poseídos por una ideología que los fanatiza): «El les conminó y les ordenó que no lo dijeran absolutamente a nadie» (9,21). ¿Por qué los considera endemoniados? Porque sabe que han descubierto que es el Mesías, pero que no han hecho ningún progreso en la comprensión del contenido que él le quiere dar. Por el tono de voz se nota que son unos fanáticos nacionalistas y que pueden soliviantar las multitudes y hacer fracasar su tarea. Por esto es tan severo con ellos. Fanatismo y religión se mezclan con frecuencia. Jesús quiere cambiar la his­toria dando un sentido nuevo a la liberación que Dios quiere realizar en el hombre. Pero ¿quién le hará caso? Todos tratan de llevar el agua a su molino.

EL MODELO DE HOMBRE SERA UN FRACASO

Primero los ha exorcizado -como quien dice-; después los ha hecho enmudecer; ahora les revela el destino fatal del Hombre que pretende cambiar el curso de la historia. «Y añadió: “El Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y, al tercer día, resucitar”» (9,22). Detrás de este impersonal («tiene que») se adivina el plan de Dios sobre el hombre: puede tratarse tanto del plan que Dios se ha propuesto realizar como de lo que va a suceder de forma inevitable, atendiendo a que el hombre es libre. Jesús acepta fracasar como Mesías, como lo aceptó Dios cuando se propuso crear al hombre dotado de libre albedrío. El fracaso libremente aceptado es el único camino que puede ayudar al cristiano a cambiar de actitudes frente a los sacrosantos valores del éxito y de la eficacia. Jesús encarna el modelo de hombre querido por Dios. Cuando lo muestre, sabe que todos los pode­rosos de la tierra sin excepción se pondrán de acuerdo: será ejecutado como un malhechor. No bastará con eliminarlo. Hay que borrar su imagen. En la enumeración no falta ningún dirigen­te: «los senadores», representantes del poder civil, los políticos; «los sumos sacerdotes», los que ostentan el poder religioso supre­mo, los máximos responsables de la institución del templo; «los letrados», los escrituristas, teólogos y canonistas, los únicos intér­pretes del Antiguo Testamento reconocidos por la sociedad ju­día. Lo predice a los discípulos para que cambien de manera de pensar y se habitúen a ser también ellos unos fracasados ante la sociedad judía, aceptando incluso una muerte, infamante con tal de cumplir su misión.

Pero el fracaso no será definitivo. La resurrección del Hom­bre marcará el principio de la verdadera liberación. El éxodo del Mesías a través de una muerte ignominiosa posibilitará la entrada a una tierra prometida donde no se pueda instalar nin­guna clase de poder que domine al hombre.

SER CONSIDERADO UN FRACASADO

ES ACEPTAR LA PROPIA CRUZ

Inmediatamente después Jesús se dirige a todos los discípu­los, tanto a los Doce, que ya se habían hecho ilusiones de com­partir el poder del Mesías, como a los otros discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y entonces me siga» (9,23). Jesús pone condiciones. A partir de ahora es más exigente. Como los discí­pulos, todos tenemos falsas ideologías que se nos han infiltrado a partir de los seudovalores de la sociedad en que vivimos. En el seguimiento de Jesús es preciso asumir y asimilar que las cosas no nos irán bien; es preciso aceptar que nuestra tarea no tenga eficacia. Ser discípulo de Jesús quiere decir aceptar que la gente no hable bien de ti; incluso que te consideren un desgraciado o un marginado de los resortes del poder, sea en el ámbito político, religioso o científico.

IV

La primera lectura hace referencia a los tiempos mesiánicos. “Derramaré sobre la casa de David un espíritu de gracia y oración. Y mirarán al que traspasaron” y llorarán como quien llora a un primogénito. El “traspasado” recuerda al Siervo de Yahveh, figura de Cristo en su Pasión. San Juan concluye la crucifixión de Jesús diciendo: “para que se cumplan las Escrituras: mirarán al que traspasaron”. Dios concede la conversión del corazón por medio de una víctima que es Cristo, el Siervo paciente; su cuerpo traspasado se mirará con la mirada salvadora de la fe.

En la segunda lectura de hoy, el tema de la ley mosaica como innecesaria y abolida después de la venida de Cristo, pues la fe en él es lo que nos justifica ante Dios, es el problema básico de la carta a los Gálatas, en que Pablo responde a los judeocristianos que no acertaban a desprenderse de las formas judaizantes y que veían con recelo la doctrina y la praxis del apóstol.

Por eso, después de afirmar la función transitoria y pedagógica de la ley, afirma Pablo el paso a la realización actual de las promesas en la venida de Cristo y en la fe del Evangelio. Cristo es el acontecimiento decisivo de la historia de salvación; por la fe en él y por el bautismo somos constituidos todos en hijo de Dios, somos justificados. Al decir todos acentúa Pablo que no solamente los judíos, sino también las demás razas y pueblos.

En cuanto al Evangelio, tres partes componen la lectura: 1). La confesión mesiánica de Pedro (vv. 18-21); 2). El primer anuncio de la Pasión (v. 22); Lucas ha omitido la reprimenda que Jesús dirige a Pedro, cuando éste, ante el anuncio de la Pasión, se opone a ello; 3). Las condiciones para el seguimiento de Cristo (vv. 23-24)

Lucas es el único que nota significativamente la oración de Jesús que precede la confesión de mesianidad y al anuncio de la Pasión (v. 18). Como la figura del Mesías en la mente de los apóstoles estaba teñida de triunfalismos terrenos, Jesús les educa en ese gran misterio del Reino: su propia Pasión y Muerte (v. 22). Sigue finalmente un pasaje que nos recuerda el discurso apostólico de Mt. 10: condiciones que Jesús pide a sus seguidores: abnegación, disponibilidad absoluta y sufrimiento efectivo (vv. 23-24).

Si queremos ir con Jesús tenemos que aceptar sus condiciones y entenderlas como él las entiende. Negarse a sí mismo equivale a “no tener nada que ver” con la persona de la que se reniega. Negarse a sí mismo es descentrarse, no ser ya el centro de su propio proyecto. Es poner la vida entera al servicio del otro, en este caso el proyecto de Jesús. A esto Jesús le llama perder la vida por él. Y quien lo haga así “ganará”, salvará su vida. La condición que pone Jesús para seguirle no pretende quitarnos valor sino orientar nuestras energías y valores a la construcción del Reino que él inició negándose, también Él, a sí mismo, para cumplir en todo la voluntad del Padre.

¿En qué consiste cargar con la cruz? ¿Es acaso soportarlo toso sin chistar como si toda contrariedad nos la mandara Dios mismo? ¿Es someterse al dolor por el dolor, como si el dolor fuera un valor en sí mismo? Algo o demasiado de esto lo hemos entendido así y no tiene nada que ver con la condición que pone Jesús para que sigamos sus pasos. Jesucristo quiere decir que todos los discípulos tienen que estar dispuestos a vivir de la misma manera que él vivió, aun sabiendo que este estilo de vida les va a acarrear la persecución y quizá la muerte. Esa es la cruz de Jesús y también debe ser la nuestra. No nos inventemos cruces a la medida, no las busquemos ni nos preocupemos demasiado por ellas. Sigamos los pasos de Jesús y otros nos las pondrán encima antes de lo que pensamos.

Negarse a sí mismo y cargar con la cruz equivale a hacer suyo, cada uno de nosotros, el camino de Jesús. El se negó a tomar el poder y la fuerza y la fama como medios para servir y salvar a los hombres. Jesús escogió el único camino que conduce al corazón del hombre: la solidaridad con todos los desgraciados de la tierra. Este fue el camino de Jesús y éste tiene que ser nuestro camino si queremos estar con él, seguirle. Intentar seguir a Jesús desde la instalación, la falta de compromiso, el pacto con los poderosos, aunque pueda parecer muy razonable, es un camino falso. Es “pensar como los hombres y no como Dios”

Para la revisión de vida
¿Quién es Jesús para mí?
¿Qué es lo último que leí-estudié sobre Jesús? ¿Alimento mi fe en Jesús, la renuevo, la pongo al día?

Para la reunión de grupo
– ¿Significa algo para nosotros hoy día el concepto de Mesías? ¿Jesús es Mesías? ¿Y qué significa eso?
– Estudiar en comunidad el artículo de Jon Sobrino “Mesías y mesianismos” (RELaT 069: servicioskoinonia.org/relat/069.htm
– Tomar la decisión de renovar nuestra formación cristiana estudiando de nuevo la figura de Jesús, con alguno de los últimos libros, como el de José Antonio Pagola (es fácil encontrarlo en la red).

Para la oración de los fieles
– Por todos los pueblos y culturas que celebran, en su cultura y en su tradición religiosa, el solsticio del hemisferio norte (mañana día 21). Para que nos abramos cada vez más a una visión comprensiva y abierta de la acción de Dios en todos los pueblos… roguemos al Señor.
– Por todos los que tienen el mismo deber profético enfrentarse a la corrupción de las autoridades, para que sean fuertes y firmes en el cumplimiento de su misión, aunque en ello les vaya la vida… roguemos al Señor.
– Por los hombres y mujeres de toda la tierra, para que crezca cada día en nuestro corazón la nostalgia de una humanidad fraterna y unida… roguemos al Señor.
– Por el cristianismo y todas las religiones de la tierra, para que dialoguen y se reconcilien, como condición previa para la reconciliación y la paz en el mundo… roguemos al Señor.

Oración comunitaria
Dios, Padre misericordioso, que quisiste preparar los caminos de tu Hijo con el envío de Juan Bautista como su “precursor”; haznos a todos nosotros “precursores” de tu Hijo, para que allanemos los caminos y eliminemos los obstáculos al crecimiento del Amor y de la Unidad, por J.N.S.

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