Comentarios del Décimo tercer domingo de tiempo ordinario


NO AL FANATISMO

La idea del infierno, con su fuego eterno, nació en las afue­ras de Jerusalén. En el valle Hinnón (la gehenna), hoy con­vertido en un paseo ajardinado, se encontraban los estercole­ros de la ciudad; el humo perenne de la basura que allí se que­maba fue el trampolín para el nacimiento teológico de la ima­gen del infierno de nuestros temores.

Con la amenaza del fuego eterno se ha arreglado casi todo en la Iglesia Católica. Desde pequeños nos habituaron a este fuego; con él se nos asustaba y forzaba a abandonar cualquier vicio o pecado, a fin de no caer en ese terrible castigo, paten­tado por un Dios, antes que padre, justiciero terrible.

La religión católica, durante siglos, estuvo reducida a sal­var a los hombres de aquel fuego, como si se tratase de un servicio de bomberos o más terriblemente de un culto pagano a Plutón y a todos los habitantes de lo subterráneo y oscuro, fuerzas del mal utilizadas políticamente para aterrorizar la conciencia. A base de oír hablar del fuego eterno, los católicos crecieron con el corazón encogido, le tomaron miedo a la cien­cia, a la razón y a la libertad; prefirieron dejar de pensar y declinaron su responsabilidad en quienes, en nombre de Dios y en conciencia, dictaminaban el camino a seguir.

Históricamente se llegó incluso a recomendar la ignoran­cia como el mejor camino para no caer en herejías: ‘¡Oh cuán­ta filosofía, / cuánta ciencia de gobierno, / retórica, geometría, / música y astrología, / camina para el infierno!’, can­taba el poeta. La ciencia, la razón, la investigación eran los mejores conductores hacia lo más profundo de un abismo don­de el fuego quemaría -maravilla de maravillas-  por siempre sin consumir.

El fuego del infierno es, para mí, el signo del fanatismo e intolerancia en que hemos estado sumidos los católicos. Pe­cado social que arrastra desde siglos el catolicismo español y del que solamente nos veremos libres a base de razón, ciencia, pérdida de dogmatismos, comprensión, pluralismo, aceptación del otro y respeto mutuo. Conscientes de que no hay nada más que un absoluto  -Dios-, los católicos hubiéramos de­bido ser menos intransigentes y deberíamos haber relativizado toda verdad o comportamiento humano. Nada hay absoluto de tejas para abajo.

Fanatismo e intolerancia distan años luz del evangelio, exigente al máximo, pero no intransigente; que invita, pero no impone; que ofrece, pero no fuerza; que anima, pero no violenta. Jesús de Nazaret cortó por lo sano los brotes de fanatismo de sus discípulos, como refiere el evangelista Lucas: «Cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran, Jesús decidió irrevocablemente ir a Jerusalén. Envió mensajeros por delante; yendo de camino entraron en una aldea de Samaria para preparar alojamiento, pero se negaron a recibirlo porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le propusieron:   Señor, si quieres, decimos que caiga un rayo y acabe con ellos. El se volvió y les regañó. Y se mar­charon a otra aldea» (Lc 9,51-53).

Para Jesús, quedaban atrás los tiempos de Elías, profeta que fulminaba con fuego del cielo y rayos a los enviados del rey (2 Re 1,10-12), o que degollaba a los profetas de Baal, en nombre de Yahvé, Dios único, soberano e intransigente (1 Re 18).

Lo terrible del caso es que los católicos hemos olvidado desde siglos la enseñanza del Maestro nazareno: el aplasta­miento de musulmanes y judíos, la Inquisición con su calor de hogueras, la imagen de un Santiago matamoros, el ‘fuera de la Iglesia no hay salvación’, la imposición de la fe por la fuerza a los no católicos, la intransigencia y la intolerancia han configurado históricamente una España en la que ser católico y español eran una misma realidad.

Es hora de volver los ojos al evangelio para acabar con tanto fanatismo histórico y cancelar para siempre tan triste y poco evangélico pasado. El fanatismo hace del mundo un in­fierno.

II

EN LUCHA POR LA LIBERTAD

Jesús fue a Jerusalén, símbolo de (a institución religiosa, con el ánimo de enfrentarse a ella pata liberar a los hombres de un modo de entender la religión que los convertía en esclavos de Dios e incapaces para la solidaridad con los hermanos. Dio su vida para hacernos libres para el amor. Nada más y nada menos.

A ENFRENTARSE CON JERUSALEN

Cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran a lo alto, también él resolvió ponerse en camino para encararse con Jerusalén.

La parte central y más larga del evangelio de Lucas (casi diez capítulos: 9,51-19,46) trata de la subida de Jesús a Jeru­salén. En ella se narran los acontecimientos que sucedieron a Jesús desde el momento en que decidió ir a Jerusalén (el evangelio de hoy) hasta la expulsión de los mercaderes del templo. No es un acercamiento pacífico, sino polémico: Jesús va a enfrentarse, «a encararse», con las instituciones judías, en especial con la institución religiosa.

Cabe preguntarse por qué los evangelistas dedican tanto espacio a contarnos los conflictos de Jesús con los dirigentes de Israel. ¿A qué se debe este afán de Jesús por entrar en conflicto con las instituciones religiosas judías? ¿Cómo es posible que la ciudad que los salmos dicen que fundó el mismo Dios (Sal 187) y que los profetas anunciaron que sería el centro de atracción para todos los pueblos, sea ahora el centro de todas las acusaciones de Jesús? ¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Qué representa ahora Jerusalén?

Las razones de este enfrentamiento que acabará con la muerte de Jesús, las expone Lucas a través de la narración de los acontecimientos que se van sucediendo y de los temas que Jesús trata en su enseñanza a lo largo de este viaje.

El centro del viaje está ocupado por el lamento-denuncia que Jesús denuncia a Jerusalén cuando unos fariseos le sugieren que se vuelva, pues Herodes quiere matarlo. «Jesusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los  que se te envían!» (Lc 13,34); esta denuncia está incluida entre dos sectores del evangelio que tratan acerca de la relación entre la Ley de Moisés y el reino de Dios (13, 10-17M 14m 1-6), y al mismo tiempo, todo el viaje está incluido en otras dos secciones en las que también se trata el tema de la ley 10, 25-37, la parábola del buen samaritano, que muestra cómo los cumplidores de la ley no se sienten obligados a amar al prójimo y 10,18-30, el episodio del rico observante, que muestra cómo es posible cumplir toda la ley y ser adorador del Dinero y, por eso, negarse a seguir a Jesús. Este es el motivo principal del enfrentamiento de Jesús con la religión judía; esto es lo que significa Jerusalén: el modo de entender la relación del hombre con Dios, lo mantiene en una permanente minoría de edad y hace que el hombre tenga para el hombre menos importancia que un burro o un buey (Lc 10,5).

VOCACION DE LIBERTAD

Para que seamos libres nos liberó el Mesías; con que manteneos firmes y no os dejéis atar de nuevo al yugo de la esclavitud…

A vosotros hermanos, os han llamado a la libertad; solamente que esa libertad no dé pie a los bajos instintos. Al contrario, que el amor os tenga al servicio de los demás…

Pablo era fariseo, esclavo de la ley, hasta que Jesús lo tiró del caballo en el camino de Damasco (Hch 9,1-9) y descubrió el gozo de la libertad; desde entonces se dedicó a anunciar el mensaje de Jesús, expresando con apasionada claridad su carácter liberador.

Según la segunda lectura de hoy, la vocación cristiana es una llamada a la virtud o a la perfección, es una invitación a la libertad, y para eso, para que los hombres pudiéramos responder a esa invitación, subió a Jerusalén, se enfrentó con la institución judía, se jugó la vida y la perdió, y de tal modo esto es así, que si alguien intenta volver la vista atrás y pretende someterse o someter a otros a la ley está haciendo inútil la muerte del Mesías (Gál 2,21; véase comentario núm. 39).

La ley para Pablo mantiene al hombre en minoría de edad (Gál 3,24), y sólo liberándose de ella el hombre puede llegar a ser hijo de Dios (Gál 4,5) por medio del Espíritu (Gál 4,6; Rom 8,15-17), que es incompatible con la ley, pues «donde hay Espíritu del Señor hay libertad» (2 Cor 3,17).

Por supuesto que libertad no es lo mismo que libertinaje. Pablo ya tiene esto al descubrir el cauce por el que la libertad se deberá desarrollar: el amor. Y el que ama de verdad, nunca podrá ser considerado un libertino. El hombre libre de la ley tiene capacidad para profundizar, por medio del amor, en el camino de la libertad que conduce a la vida y la paz (Rom 8,6); el que ama, guiado por el Espíritu, nunca realizará «los deseos de la carne», nunca se dejará dominar por los «bajos instintos» que consisten precisamente en la fuerza contraria al amor, contraria al Espíritu y, por tanto, a la libertad; son el impulso que nos lleva a actuar de tal manera que rompamos la armonía en las relaciones humanas: la falta de respeto a la dignidad y libertad de los demás (en el terreno de la sexualidad y en todos los terrenos); los bajos instintos «tienden a la muerte; el Espíritu, en cambio, a la vida y la paz» (Rom 8,6), y en especial a la «codicia, que es una idolatría» (Col 3,5); en una palabra : son el libertinaje «las pasiones pecaminosas que atiza la ley» (Rom 7,5)

Por eso se enfrentó Jesús a Jerusalén, a la ley; para liberarnos de ella dio su vida. ¿Estamos seguros de que en la Iglesia de Jesús no nos hemos dejado “atar de nuevo al yugo de la esclavitud”, a la esclavitud de la ley?

III

JESUS SE DECIDE A ENCARARSE CON LA INSTITUCION JUDÍA

Dándose cuenta Jesús de que los Doce, que él había elegido como los representantes del nuevo Israel, se negaban rotunda­mente a aceptar que el Mesías tuviese que fracasar, ve llegado el momento de atajar el problema de cara, ya que de otro modo no logrará nunca hacerlos cambiar. El comienzo de la nueva sección es muy indicativo: «Cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran» (9,5 la). Esta determinación temporal sirve para relacionar la decisión que toma acto seguido con el doble éxodo que emprenderá de inmediato fuera de la institución judía (muerte) y hacia el Padre (ascensión). De hecho, el término griego empleado por Lucas (lit. «Cuando se iban a cumplir los días de su arrebatamiento») es un término técnico: tan pronto dice relación con el arrebatamiento de Elías (4Re [2Re LXX] 2,9.10.11; Eclo 48,9; 49,14; 1Mac 2,58) como con la ascensión de Jesús al cielo (Hch 1,2.11.22).

Con una serie de determinaciones análogas, Lucas irá indi­cando el acercamiento progresivo de este momento histórico (18,35; 19,11.29.37.41; 22,1.7.14), la hora de la muerte de Jesús, que acaeció figuradamente el día de la Pascua judía, figura del Exodo definitivo del Mesías fuera de Jerusalén. Por eso continúa: «Cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran, también él decidió irrevocablemente ir a Jerusalén» (9,51b). La frase contiene una referencia clarísima a una actitud semejante narrada en el Antiguo Testamento. Literalmente dice que «también él (Jesús evidentemente) plantó cara a la situación encaminándose hacia Jerusalén».

En el libro del profeta Ezequiel, en la versión griega llamada de los Setenta, hallamos una serie de expresiones análogas, en las que Dios invita al profeta a encararse con una serie de situa­ciones (once pasajes). En concreto, el pasaje a que aquí se hace referencia es Ez 21,7: «Por eso profetiza, hijo de hombre, y planta cara a Jerusalén, fija la mirada contra su santuario y pro­fetiza contra la tierra de Israel. » (El original hebreo contiene algunas variantes: «Hijo de hombre, gira tu cara contra Jerusalén y haz gotear tu palabra contra el santuario y profetiza contra la tierra de Israel».)

Jesús, como en otro tiempo Ezequiel, toma la decisión irrevocable de encararse con la institución judía simbolizada aquí por el término sacro «Jerusalén», término que empleaban los judíos y, casi de forma exclusiva, los escritores del Antiguo Testamento. (Cuando Lucas quiere designar simplemente la ciudad de Jeru­salén, como lugar geográfico, se sirve del término «Jerosólima», término neutro empleado exclusivamente por los paganos y por los otros evangelistas, si exceptuamos el logion de Mt 23,37.)

FRACASO ESTREPITOSO DE LOS MISIONEROS ENVIADOS A SAMARIA

«Envió mensajeros delante de él» (lit. «delante de su cara o persona») (9,52a). Los mensajeros que envía Jesús tienen que realizar una misión precursora en Samaría, semejante a la que había llevado a cabo Juan Bautista en el país judío: «Habiéndose puesto en camino, entraron en una aldea de samaritanos para prepararle (la acogida de la gente)» (9,52b). Judíos y samaritanos eran enemigos mortales. Era necesario, por tanto, que los men­sajeros preparasen convenientemente los ánimos de los Samaria nos, a fin de que éstos recibieran a Jesús de buen grado. Si los misioneros les anuncian que Jesús se dirige a Jerusalén para plantar cara a la institución judía, no hay duda de que será bien recibido. Precisamente lo que no podían soportar era que el Mesías fuese el rey destinado por Dios como caudillo del pueblo judío y que desde Israel debiese dominar a los demás pueblos. Si ahora resulta que aquel de quien habían oído decir que era un gran profeta o hasta puede que el Mesías, no iba a Jerusalén a tomar el poder, sino a hacer frente al sistema teocrático judío, los samaritanos le darán masivamente la bienvenida.

«Pero como él se dirigía en persona a Jerusalén, (los samari­tanos) se negaron a recibirlo» (9,53). ¿Qué les han contado los mensajeros? Literalmente han ido proclamando con aires triun­falistas que «su persona se dirigía a Jerusalén», ¡para coronarse rey de los judíos! Jesús les había dicho que «iba a plantar cara a la institución encaminándose hacia Jerusalén», ellos silencian lo más importante y dicen simplemente que «su cara / persona se encamina a Jerusalén». No es extraño que le cierren todas las puertas. La misión precursora de los misioneros ha sido un fra­caso rotundo.

Un filtrado parecido del mensaje, según las conveniencias de cada uno o de un grupo o comunidad determinada, lo hacemos con frecuencia. Cuanto más fanáticos seamos y más cerrados estemos sobre nosotros mismos, más filtros interpondremos en­tre la Palabra que nos quiere interpelar y el mensaje que dejamos rezumar. «Profeta» es precisamente aquel mensajero «por cuya boca habla» Dios o el Señor Jesús. Y lo es cuando el contenido de la palabra que pronuncia no es lo que él piensa, sino aquello que, desde lo más profundo, experimenta de manera irresistible que debe comunicar.

SED DE VENGANZA

“Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le propusie­ron: “Señor, si quieres, decimos que caiga fuego del cielo y los aniquile”» (9,54). Santiago y Juan, en representación del grupo de los Doce, después de haber comprometido con sus tejemane­jes el viaje de Jesús a través de Samaria, lanzan ahora el grito al cielo y claman venganza. La propuesta que le hacen, la formulan con palabras del libro de los Reyes, donde se dice que Elías, en un caso parecido en que el rey Ocozías de Samaría le envió unos mensajeros pidiéndole que acudiese para librarlo de la muerte con que Dios lo había castigado por culpa de su idolatría, «hizo bajar fuego del cielo» que consumió a los cincuenta hombres que había enviado (4Re [2Re] 1,1-14 LXX). Piden, por tanto, a Jesús que actúe al modo de Elías y se vengue de la mala acogida de los samaritanos. No les basta con tergiversar el mensaje, sino que exigen un castigo en nombre de Dios contra sus enemigos mortales.

«Jesús se volvió y los increpó» (lit. «conminó», como si estu­viesen endemoniados) (9,55). De hecho, están «poseídos» por una ideología que les impide actuar como personas sensatas: están repletos de odio, de intolerancia religiosa y de exaltación nacionalista. Jesús «se vuelve»: esto quiere decir que él no se había inmutado y que proseguía su camino, mientras que los discípulos se habían quedado atrás, esperando la venganza del Mesías contra aquellos canallas samaritanos. El conjuro que les lanza debía ser sonado. «Y se marcharon a otra aldea» (9,56). La travesía de Samaria continúa. Ahora veremos las consecuen­cias de esta oposición sistemática de los Doce a los planes de Jesús.

NUEVA LLAMADA DE DISCIPULOS, AHORA SAMARITANOS

La perícopa de 9,57-62 contiene la reacción de Jesús. Como sea que los discípulos judíos le llevan la contra y que algunos samaritanos que han comprendido su actitud quieren incorporarse al grupo, Jesús hace una nueva llamada de discípulos, ahora en territorio samaritano, precisando cuáles han de ser las actitudes del verdadero discípulo. La escena tiene forma de tríptico. En las tablillas laterales hay constancia de dos ofrecimientos («Te seguiré»), si bien condicionados; en el centro hay una llamada directa de Jesús («Sígueme»). El personaje central ha sido invi­tado por Jesús, en vista de sus disposiciones; los otros dos han tomado ellos mismos la iniciativa, en vista de las actitudes de Jesús. Lucas describe con estos tres personajes la constitución de un nuevo grupo (tres indica siempre una totalidad). Estos personajes, sin embargo, no tienen nombre. La situación que describe tiene más de ideal que de real. Hay una referencia implícita a la primera llamada de discípulos israelitas: Pedro, Santiago y Juan. También tres. Las condiciones que les impone ahora son más exigentes si cabe: les exige una ruptura total con el pasado: casa, familia y, sobre todo, padre, como portador de tradición.

Al personaje del centro lo invita él mismo porque sabe que ya ha roto con la tradición paterna (muerte del «padre», figura de la tradición que nos vincula con el pasado). Le pide que se olvide del pasado («enterrar») y que se disponga a anunciar la novedad del reino. Al primero, que se ha ofrecido espontánea­mente, le exige que no se identifique con ninguna institución («no tiene donde reclinar la cabeza»). Jesús nos quiere abiertos a todos y universales. La respuesta que da al tercero, quien también se ha ofrecido espontáneamente, se ha convertido en una máxima: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios. » La «familia» es figura, en este contexto, de Samaria: la opción por el reino universal rompe con cualquier particularismo.

IV

Narra la vocación de un profeta, Eliseo. Es un rico campesino. Estaba arando su finca con doce yuntas de bueyes cuando lo encuentra Elías. Éste le echa encima su manto y con esto adquiere sobre él como cierto derecho. Eliseo no sabe negarse; sacrifica la pareja de bueyes con que araba, abandona su familia y se pone al servicio de Dios. Se dan en el caso de Eliseo las condiciones de una vocación especial: llamada de Dios, respuesta a la llamada, ruptura con el pasado y nuevo género de vida al servicio de su misión.

Nunca como hoy el ser humano ha sido tan sensible a la libertad; el ser humano prefiere la pobreza y la miseria antes que la falta de libertad. Pablo dice con relación a este tema: el cristiano es libre: la vocación cristiana es vocación a la libertad, esta libertad nos la conquistó Cristo; la libertad se expresa y alcanza su plenitud en el amor; ante el peligro de que muchos seres humanos caigan en el libertinaje so pretexto de libertad, Pablo les advierte que la verdadera libertad, la que viene del Espíritu, libera de la esclavitud de la carne y del egoísmo.

El tema fundamental del evangelio es la presentación de tres vocaciones. Lucas las coloca en el marco del viaje de Jesús y sus discípulos hacia Jerusalén. Jesús, al que quiere seguirle le exige: despego de los bienes y comodidades materiales, pues el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza; llamamiento de Dios; ruptura con el pasado y el presente, incluso con la propia familia, y seguimiento. Todo esto para que el discípulo quede libre y disponible para poder anunciar el Reino de Dios.

Las lecturas de hoy tienen un tema común: las exigencias de la vocación. En ellas descubrimos cómo subyace la necesidad del desprendimiento, de la renuncia, del abandono de las cosas y personas como exigencia para seguir a Jesús. Por eso, no existe respuesta a la llamada para ponerse al servicio del Reino de Dios, en aquellos que anteponen a Jesús condiciones o intereses personales.

El Evangelio nos dice que el desprendimiento exigido por Jesús a los tres candidatos a su seguimiento, es radical e inmediato. Se tiene, incluso, la impresión de una cierta dureza de parte de Jesús. Pero todo está puesto bajo el signo de la urgencia. Jesús ha iniciado “el viaje hacia Jerusalén”. Esta “subida” interminable (que ocupa 10 capítulos en el evangelio de Lucas) no se encuadra en una dimensión estrictamente geográfica, sino teológica: Jesús se encamina decididamente hacia el cumplimiento de su misión.

El viaje de Jesús a Jerusalén no es un viaje turístico. Por eso el maestro exige a los discípulos la conciencia del riesgo que comparte esa aventura: “la entrega de la propia vida”.

Se diría que Jesús hace todo lo posible para desanimar a los tres que pretenden seguirle a lo largo del camino. Parece que su intención es más la de rechazar que la de atraer, desilusionar más que seducir. En realidad, él no apaga el entusiasmo, sino las falsas ilusiones y los triunfalismos mesiánicos. Los discípulos deben ser conscientes de la dificultad de la empresa, de los sacrificios que comporta y de la gravedad de los compromisos que se asumen con aquella decisión.

Por tanto, seguir a Jesús exige:

– Disponibilidad para vivir en la inseguridad: “No tener nada, no llevar nada”. No se pone el acento en la pobreza absoluta, sino en la itinerancia. El discípulo lo mismo que Jesús, no puede programar, organizar la propia vida según criterios de exigencias personales, de “confort” individual.

– Ruptura con el pasado, con las estructuras sociales, políticas, económicas y culturales que atan y generan la muerte. Es necesario que los nuevos discípulos miren adelante, que anuncien el Reino, para que desaparezca el pasado y viva el proyecto de Jesús.

– Decisión irrevocable. Nada de vacilaciones, nada de componendas, ninguna concesión a las añoranzas y recuerdos del pasado, el compromiso es total, definitivo, la elección irrevocable.

Hoy como ayer, Jesús sigue llamando a hombres y mujeres que dejándolo todo se comprometen con la causa del Evangelio y, tomando el arado sin mirar hacia atrás, entregan la propia vida en la construcción de un mundo nuevo donde reine la justicia y la igualdad entre los seres humanos.

Por otra parte, observamos una nota de tolerancia y paciencia pedagógica en el evangelio de hoy. Un celo apasionado de los discípulos es capaz de pensar en traer fuego a la tierra para consumir a todos los que no acepten a Jesús… Llevados por su celo no admiten que otros piensen de manera diversa, ni respetan el proceso personal o grupal que ellos llevan. Jesús «les reprocha» ese celo. Simplemente marcha a otra aldea, sin condenarlos y, mucho menos, sin querer enviarles fuego.

El seguimiento de Jesús es una invitación y un don de Dios, pero al mismo tiempo exige nuestra respuesta esforzada. Es pues un don y una conquista. Una invitación de Dios, y una meta que nos debemos proponer con tesón. Pero sólo por amor, por enamoramiento de la Causa de Jesús, podremos avanzar en el seguimiento. Ni las prescripciones legales, ni los encuadramientos jurídicos, ni las prescripciones ascéticas pueden suplir el papel que el amor, el amor directo a la Causa de Jesús y a Dios mismo a través de la persona de Jesús, tiene que jugar insustituiblemente en nuestras vidas llamadas.

Una vez que ese amor se ha instalado en nuestras vidas, todo lo legal sigue teniendo su sentido, pero es puesto en su propio lugar: relegado a un segundo plano. «Ama y haz lo que quieras», decía san Agustín; porque si amas, no vas a hacer «lo que quieras», sino lo que debes, lo que Dios amado espera de ti. Es la libertad del amor, sus dulces ataduras.

Una homilía para la celebración de hoy también podrá enfocarse desde el núcleo de la libertad religiosa. Jesús no acepta la intolerancia de los discípulos, que quisieran imponer a fuego la aceptación a su maestro. Y Pablo nos recuerda la vocación universal (de los cristianos y de todos los humanos, y de todos los pueblos) a la libertad, a vivir sin coacción su propia identidad, su propia cultura, su propia religión… El Vaticano II tomó decisiones históricas respecto a la libertad religiosa. Las posiciones de “cristiandad”, de unión con el poder político, no son conformes con el evangelio. Y todo ello exige de los cristianos unas actitudes nuevas desde el fondo de nuestro corazón.

El evangelio de hoy es dramatizado en los capítulos 82 y 91 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y el comentario teológico correspondiente pueden ser tomados de aquí:

http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400082 /

http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400091

Pueden ser escuchados aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap82b.mp3 /

http://www.untaljesus.net/audios/cap91b.mp3

Para la revisión de vida
Deja que me vaya a enterrar primero a mi padre… Permíteme que me despida de los míos… ¿Qué ataduras me impiden seguir a Jesús?
¿Soy yo de los que a veces querría “hacer bajar fuego del cielo”?

Para la reunión de grupo
– ¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma? Utilización religiosa del poder. Poner a Dios y sus poderes de nuestra parte. Imponer nuestra verdad religiosa. Estar en una posición de poder… ¿Hay algo de todas estas actitudes en la actualidad de la vida de nuestra Iglesia local?
– Ver las condiciones o exigencias del discipulado que aparecen en este pasaje del evangelio y en otros pasajes. Hacer una síntesis sobre las exigencias del seguimiento en el texto del evangelio. (Algún miembro del grupo puede haber preparado el tema previamente y exponerlo en la reunión). Buscar entre todos la aplicación al contexto actual: ¿cuáles son hoy las principales exigencias del seguimiento en nuestro mundo?
– Habéis sido llamados a la libertad… ¿Cómo está la libertad hoy en la vida de los cristianos? ¿Es la fe cristiana una potenciación real de la libertad humana? ¿En qué? ¿Por qué?

Para la oración de los fieles
– Por todos los cristianos que quieren seguir a Jesús pero sólo después de haber atendido primero a otras muchas obligaciones menores, para que tomen una decisión de radicalidad, roguemos al Señor…
– Por todos los que, convencidos de su verdad religiosa, quisieran imponerla al mundo, y por todos los que han sufrido en la historia las consecuencias de un proselitismo religioso compulsivo; para que, después de las enseñanzas del Vaticano II, “nunca más” los cristianos impongamos la fe a los pueblos ni a las personas…
– Por todos los que interpretan el poder religioso como un poder mundano, de coerción y fuerza, de privilegio; para que comprendan que el poder de Jesús no es ese poder…
– Para que seamos celosos cuidadores de nuestra libertad y comprendamos que ella acaba donde empieza la libertad del otro…
– Para que los deberes familiares no dificulten la generosidad de los que quieren seguir con radicalidad a Jesús…

Oración comunitaria
Dios Padre nuestro: tu Hijo Jesús, “decidió subir resueltamente a Jerusalén”, sin importarle todo lo que aquel camino le iba a acarrear de sufrimiento y de cruz; ayúdanos, a los que queremos ser seguidores radicales suyos, a tomar también resueltamente la opción de dar nuestra vida día a día en el servicio a la Causa que él con su entrega nos mostró. Por el mismo J.N.S.

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