Comentarios décimo quinto domingo del tiempo ordinario


MI PROJIMO

«Un último aviso, hijo mío: nunca se acaban de escribir más y más libros, y el mucho estudiar desgasta el cuerpo.» Así reza la penúltima recomendación del libro del Eclesiastés (12,12), aconsejando al lector poner en práctica su contenido sin necesidad de buscar una mayor ilustración; el autor alude con esta frase a todos aquellos que, sabiendo lo que tienen que hacer, se refugian en elucubraciones mentales para no hacer lo que ya saben, y a quienes se debaten día y noche en­tre teorías sin poner los pies sobre la tierra, estirpe bastante común entre los humanos, hoy como ayer.

– Ayer. «Se levantó un jurista y preguntó a Jesús, para ponerlo a prueba: -Maestro, ¿qué tengo que hacer para here­dar la vida eterna? » La pregunta iba de teoría; su objetivo, po­ner a prueba la ciencia de Jesús, su saber, su conocimiento de las Escrituras. Pregunta nada fácil de responder: entre tanto mandamiento -más de cinco mil- era difícil establecer una jerarquía. Leyendo superficialmente se podría pensar que se trataba de alguien deseoso de encontrar el camino de la vida verdadera, pero no. Aquel jurista sólo pretendía poner a prue­ba a Jesús.

Jesús no cayó en la trampa. Respondió preguntándole: «-¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo es eso que recitas? El jurista contestó: -Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le dijo: -Bien contestado. Haz eso y tendrás la vida.» A la vida se llega sólo por el amor al prójimo, sin interés, con la medida sin límite del amor a uno mismo. Camino difícil que exige mucha renuncia, a la que, tal vez, el letrado no estaba dis­puesto.

Por eso, «queriendo justificarse, preguntó de nuevo a Je­sús: -Y ¿quién es mi prójimo? Jesús le contestó: ‘-Un hom­bre bajaba de Jerusalén a Jericó y lo asaltaron unos bandidos; lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto. Coincidió que bajaba un sacerdote por aquel camino; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Lo mismo hizo un clérigo que llegó a aquel sitio: al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de viaje, llegó adonde estaba el hombre, y, al verlo, le dio lástima; se acercó a él y le vendó las heridas, echándoles aceite y vino; luego lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó cuarenta duros, y dándoselos al posadero, le dijo: -Cuida de él, y lo que gaste de más te lo pagaré a la vuelta.’ -¿Qué te parece? ¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos? El letra­do contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Pues anda, haz tú lo mismo» (Lc 10,25-37).

Hoy. Aquel hombre indeterminado, viajero solitario, sin nombre ni compañía, maltratado por bandidos, y medio muerto, tiene rostro y nombre: son los dos millones de para­dos, los minusválidos, los jóvenes a la búsqueda del primer empleo, los miles de ancianos con pensiones de miseria, los enfermos de SIDA, los gitanos, los drogadictos, las comarcas subdesarrolladas, las bolsas geográficas de pobreza, los subur­bios de las capitales, las zonas rurales olvidadas, los países del Tercer Mundo…

Todavía hay muchos ‘letrados’ en nuestra sociedad que prefieren seguir preguntando al viento: -Y ¿ quién es mi pró­jimo?, cerrándose a la evidencia. Basta ya de tanta teoría…

II

¿QUIEN SE HACE HOY PROJIMO?

La parábola del buen samaritano tiene un sentido claro: el prójimo no es quien está cerca de mí, sino el que me necesita y al cual yo me acerco. A la luz del evangelio, la pregunta del jurista, «Y ¿quién es mi prójimo?», debería formularse así: ¿Quién se hace hoy prójimo de las dos terceras parles de la humanidad que están faltos de solidaridad?

LOS SABIOS Y ENTENDIDOS

En esto se levantó un jurista y le preguntó para ponerlo a prueba:

-Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

Cuando volvieron los setenta enviados, Jesús, para cele­brar el éxito de la misión, dio gracias al Padre con estas palabras: «¡Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, por­que si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla! » No se deben entender estas palabras como una condena de la inteligencia o de la preparación cultural: en las palabras que Lucas pone en boca de Jesús resuenan otras mucho más antiguas, del profeta Isaías: «Dice el Señor: Ya que este pueblo se me acerca con la boca y me glorifica con los labios mientras su corazón está lejos de mí…, fracasará la sabiduría de sus sabios y se eclipsara’ la prudencia de sus prudentes» (Is 29,14).

Uno de estos sabios, un jurista experto en la Ley de Moi­sés, es quien se acerca a Jesús y le pregunta qué debe hacer para alcanzar la vida eterna, con la intención de «ponerlo a prueba» (¿quizá porque Jesús no trataba con demasiada fre­cuencia el tema de la otra vida? ¿Pensaba quizá el jurista que Jesús había olvidado la dimensión vertical de la fe?)

Los judíos piadosos como aquel jurista recitaban cada día algunos pasajes de la Biblia; la respuesta de Jesús no es sino decirle a su interlocutor que recite una vez más lo que él tan bien sabe de memoria: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… Y a tu prójimo como a ti mismo». Ese es el camino para la vida eterna: «Haz eso y tendrás vida», le dijo Jesús. El sabio había quedado al descubierto: ¿qué sentido tenía preguntar acerca de algo que todo buen israelita sabía?

Y ¿QUIEN ES MI PROJIMO?

Pero el otro, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:

-Y ¿quién es mi prójimo?

Tomando pie de la pregunta, dijo Jesús..

-Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y lo asaltaron unos bandidos… dejándolo medio muerto. Coincidió que pasaba un sacerdote por aquel camino… y pasó de largo. Lo mismo hizo un clérigo… Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, al verlo, se conmovió, se acercó a él y le vendó las heridas…

Cuando el letrado aquel intentó enmendar su patinazo, lo empeoró, pues puso de manifiesto que él era uno de esos sabios que honran a Dios sólo de boquilla. Y Jesús aprovechó la ocasión para, sirviéndose de una bellísima parábola, hacer una dura crítica a la religión judía, que, a pesar de las muchas denuncias de los profetas (véase, por ejemplo, Is 1,10-19; 58,1-12; Am 5,18-27), seguía haciendo compatible el culto a Dios con la falta de amor al ser humano y, al mismo tiempo, presentar una propuesta para superar las fronteras y las creencias y unir a los hombres en un abrazo de solidaridad.

La víctima de aquellos ladrones era un hombre, sólo un hombre, sin nombre; quizá judío, pues venía de Jerusalén. Quedó tendido junto al camino, sintiendo cómo se le escapaba la vida sin poder valerse por sí mismo; sólo la solidaridad de otro hombre podría salvarlo. Al principio tuvo mala suerte, porque no pasaron hombres corrientes, sino un sacerdote y un clérigo -un levita-. Seguramente iban o venían de dar culto a Dios, pero no se detienen; no parece que sus devocio­nes los impulsaran a la solidaridad; no escuchaban los gritos de aquella sangre derramada, que seguramente Dios sí que estaba oyendo (véase Gn 4,10).

Pero su suerte cambió cuando por aquel paraje pasó… un hereje, un samaritano, y este hombre, que si suponemos que el herido era judío estaba, por religión y por raza, lejos de él, se le acerca, se le aproxima, se hace su prójimo.

El jurista había preguntado «y ¿quién es mi prójimo?»; después de la parábola Jesús le pregunta: «¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» La cuestión, por tanto, no es ayudar al que tengo cerca, sino acercarme al que me necesita.

¿Quién es hoy mi prójimo? O mejor, ¿quién está dispuesto a hacerse prójimo de tantos hombres y mujeres que están tendidos a lo largo del camino de la vida, apaleados por tantos bandidos? De los que mueren de hambre que hoy se puede saciar, de los que mueren de enfermedades que sería fácil curar, de los que mueren por ignorancia que habría sido posible enseñar…?

Cierto que hoy no basta con dar una limosna o regalar unas medicinas; hoy podemos intentar ser prójimos de pue­blos enteros, de toda la humanidad; hoy la parábola del buen samaritano tiene que tener una dimensión política: promover e impulsar un nuevo orden económico internacional que esté basado en la justicia y no en la prepotencia de los ricos, solidaridad y no en la ambición.

¿Quién estará haciendo hoy los papeles del sacerdote y el clérigo y quién el del buen samaritano?

III

HACER EL BIEN AL PROJIMO, SEGURO DE VIDA ETERNA

Jesús no debía hablar demasiado de la otra vida, de la «vida eterna», cuando tanto un jurista o maestro de la ley como un dirigente de Israel le formulan la misma pregunta: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» (10,25; 18,18), para ponerlo a prueba, es decir, para atraparlo con la pregunta, el primero, y para adularlo, es decir, para ganár­selo para la clase rica, el segundo. Quienes no quieren compro­meterse con el hermano necesitado hablan siempre de la vida eterna. Es como una droga que los aliena de los deberes con la vida presente. Y no solamente hablan de ella, sino que quieren imponer este lenguaje, el lenguaje común a todas las religiones, que brota de lo más profundo del hombre, pero que necesita ser clarificado por el mensaje liberador y comprometido de Jesús. El jurista está molesto porque Jesús no habla a la gente de lo que él cree esencial para un buen judío y que es el centro de su religión: los diez mandamientos, contenidos en las dos tablas de la Ley de Moisés. Se trata de la Ley fundamental de Israel, como lo es la Constitución para las naciones modernas. Siendo, sin embargo, Israel una teocracia, Constitución es igual a Ley de Dios.

Jesús no se deja atrapar. Ni siquiera se digna recitarla. Hace que sea el propio jurista quien se dé la respuesta: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo es eso que recitas?» (10,26). La recita­ción del Shema Israel (= «Escucha, Israel») es perfecta, como quien recita el Credo. El jurista no se ha contentado con recitar largo y tendido el encabezamiento solemne del Deuteronomio: «Amarás al Señor tu Dios…» (Dt 6,5), sino que ha añadido una breve referencia al prójimo (segunda tabla de la Ley), sacada del Levítico: «Y a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18). No basta con recitar de memoria y con los labios, es preciso ponerlo en práctica. Quien cumple la Ley tiene garantizada la vida eterna. Pero, entonces, ¿qué ha venido a hacer Jesús si no ha venido a hablarnos de la otra vida? La respuesta la reserva Lucas para el final de la estructura, cuan­do, en la perícopa gemela, un dirigente de Israel le formulará la misma pregunta. Pero no anticipemos. Primero es preciso asimi­lar las enseñanzas que encierran las secuencias que componen esa gran estructura.

LOS HOMBRES RELIGIOSOS PASAN DE LARGO

La secuencia que ahora examinamos tiene forma de tríptico. Acabamos de ver la hoja izquierda. En el centro se encuentra la parábola. En la hoja derecha, la enseñanza o «moraleja». El jurista que quería atrapar a Jesús se ha quedado atrapado en su propia trampa («queriendo justificarse»): ha recitado demasiado bien los mandamientos. Jesús lo ha invitado a «hacer», y cuando se trata de «hacer» no hay más remedio que tener en cuenta al prójimo. El jurista pretende escurrirse: «Y ¿quién es mi próji­mo?» (10,29), como quien dice: Esto es muy difícil de saber. Jesús le propone una parábola.

El centro de la parábola es «un hombre». Lucas ha escogido el término «hombre», y no otro de los muchos posibles, y lo acompaña del indefinido «un/cierto»: este individuo personifica la humanidad y, en concreto, la qué está de vuelta en sentido figurado: «un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó» (10,30b). «Bajar de Jerusalén», siendo «Jerusalén» el término sacro em­pleado para designar la institución judía y, en especial, su centro, el templo, tiene sentido negativo. El alejamiento del templo se paga muy caro; puede significar la pérdida de la propia vida, desde el punto de vista judío. Lucas lo expresa en imágenes: «lo asaltaron unos bandidos, lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto» (10,30c). Se explica, ahora, que bajando por aquel camino (no se dice que bajen de ¡Jerusalén!) un sacerdote del templo y un levita o clérigo perte­neciente a la misma alcurnia, uno y otro den un rodeo y pasen de largo (vv. 31-32). Su comentario sería unánime: Le está bien empleado, por abandonar las prácticas religiosas…, él se lo ha buscado!

LA COMPASION DE LOS QUE EXPERIMENTAN LA MARGINACION

Lucas hace coincidir fortuitamente (explicitado en el texto) tres individuos que representan a otros tantos estamentos: los dos primeros están estrechamente vinculados al templo, mientras que el tercero, un samaritano, representa al pueblo más odiado por un judío religioso. En los dos primeros hay coincidencia con el desgraciado, pero sólo material: «Coincidió que bajaba por aquel camino un sacerdote…; igualmente un clérigo, que llegó a aquel lugar…»; el tercero va derecho: «Pero un samaritano, que hacía su camino, llegó adonde estaba el hombre» (10,33). Hay una clara oposición entre el templo, que es el lugar por excelencia donde reside Dios, para un judío, y «aquel lugar» donde se encuentra el hombre que ha abandonado la institución. El samaritano está ya habituado a la maldición de los judíos. profieren contra quienes abandonan la Ley y el templo: es un excomulgado. Va directamente «adonde estaba el hombre», como si hubiese olido la desgracia que ha caído sobre el hombre que ha abandonado la religión. Se compadece de él, y no sólo lo cuida personalmente, sino que se preocupa de que luego otros se ocupen de él (10,34-35).

EL PROJIMO SE CREA HACIÉNDOSE UNO MISMO PROJIMO

«¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» (10,36). El jurista quería escurrirse de amar al prójimo con la excusa de que es muy difícil de individualizar quién es y dónde se encuentra. Jesús le responde que el prójimo no se pasea por la calle, no lleva ningún distintivo: uno mismo se hace prójimo cuando se acerca a los más necesitados, cuando toma partido por el hombre a quien han pisoteado sus derechos y que ha sido reducido a una condición infrahumana… El sama­ritano, marginado él también por su condición religiosa hetero­doxa, es capaz de sentir compasión por los proscritos por la institución oficial. No indaga en absoluto. Pasa a la acción y se vuelca haciendo el bien. El jurista no se atreve a pronunciar la palabra maldita («el samaritano») y responde: «El que tuvo com­pasión de él.» Jesús remacha el clavo: «Pues anda, haz tú lo mismo» (10,37). Quien se compromete con su prójimo tiene la vida eterna asegurada.

IV

Deuteronomio 30, 10-14: El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo.

La época del destierro fue para Israel una situación que confrontó el modelo de Alianza entre Dios y su pueblo, como principio de cambio y conversión. Esta conversión incluye la vuelta personal a Dios y el cumplimiento de todos su mandatos, “con todo corazón” como pide Dt 6,4.

Aunque el capítulo 30 está redactado en segunda persona del singular, es de sentido plural en la época del exilio: “cuando te sucedan estas cosas” (v1) ya les han sucedido. Todo el capítulo presupone la destrucción de Judá y Jerusalén el año 587 a.e.c..

La buena nueva para el pueblo se centra en el capítulo 30. Se presenta mostrando que el precepto no supera las fuerzas, ni está fuera del alcance (v11) aunque el pueblo esté en el exilio. No está en el cielo, ni más allá de los mares (vv12-13). La Palabra de Dios ya ha sido pronunciada y se encuentra en nuestra boca y en nuestro corazón. Si nos llenamos de su palabra, se realizará su voluntad en nosotros (v14). Tener cerca la Palabra es amar a nuestro prójimo.

Hoy necesitamos también estar abiertos a la palabra que se nos dirige en los signos de los tiempos y los lugares, como palabra reveladora de la acción de Dios en nuestra historia, con el compromiso de escucharla y vivirla en radicalidad y compromiso

Salmo 68: Humildes, buscad al Señor, y revivirá tu corazón

El tiempo de composición del salmo 68 lo encontramos expresado en la última estrofa que leemos: “el Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá” (v36), época inmediatamente posterior al destierro, pensando posiblemente en el grupo de exiliados que anhelaban la reconstrucción del templo.

El salmo es un canto de un “siervo de Yahvé” (v18), que sufre el señalamiento. El rechazado e ignorado por las estructuras de poder, es visto con el cariño de Dios que ve en este siervo un ejemplo y testimonio para los que como pobres, buscan y aguardan la ayuda de Dios. Con este siervo están en juego la confianza y la esperanza de otras personas. El salmo es una invitación a salir del egoísmo, y ponerse en función del servicio a los demás, con la marca inconfundible del amor.

Colosenses 1, 15-20: Todo fue creado por él y para él.

Este himno de Colosenses presenta en toda su profundidad la primacía de Cristo, como hijo de Dios y como principio de toda la nueva humanidad que renace en él. Conecta la acción salvadora de Cristo con la obra de la creación, unidas a un mismo tronco, con las raíces profundas de la fe.

La nueva creación que surge con Cristo, se presenta en el modelo de nueva humanidad, por el mundo y la historia, donde hay que trabajar por ellas para cumplir el plan salvador de Dios en su Hijo. Al ser humano le ha faltado vivir la reconciliación con la obra de Dios y se sigue dando un distanciamiento enorme entre ellos y en la causa de su justicia.

Lucas 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?

Jesús quería que la ley del amor primara sobre la ley del culto y sobre los propios intereses

Visión panorámica de esta parábola:

La mentalidad judía del tiempo de Jesús, absorbida por el legalismo, se había convertido en una conciencia fría, sin calor humano, a la que no le importaban las necesidades ni los derechos del ser humano. Solo se hacía lo que permitía la estructura legal y rechazaba lo que prohibía dicha estructura. El legalismo impuesto por la estructura religiosa era la norma oficial de la moral del pueblo. Se había llegado, por ejemplo, a establecer, desde la legalidad religiosa, que la ley del culto primaba sobre cualquier ley, así fuera la ley del amor al prójimo. Esto asombraba y preocupaba a Jesús pues no era posible que en nombre de Dios se establecieran normas que terminaran deshumanizando al pueblo.

Este era el contexto en que nació la parábola del buen samaritano: un hombre necesitado de ayuda, caído en el camino, más muerto que vivo, sin derechos, violentado en su dignidad de persona, es abandonado por los cumplidores de la ley (sacerdotes y levitas) y en cambio es socorrido por un ilegal samaritano (que no tenían buenas relaciones con los israelitas). Jesús hizo una propuesta de verdadera opción por los derechos de ese ser humano caído, condenado por las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas que aparecen excluyentes (estructuras que se encargan de no respetar los derechos de las personas y no les permitan vivir en libertad y en autonomía). Jesús quiere decirnos cómo la solidaridad es un valor que hay que anteponer no solo a la ley del culto, sino también a la misma necesidad personal, buscando el bienestar social y comunitario, la defensa de los derechos de tantos y tantas que viven en situaciones de falta de solidaridad y de reconocimiento de sus derechos, nos hace pensar en la opción por continuar el camino de compromiso y de trabajo en nuestras comunidades y organizaciones, desde el compromiso solidario con los hermanos y hermanas que están caídos en el camino, por el no reconocimiento de sus derechos.

La parábola es todo menos un juego de palabras bonitas, es algo más que una pieza literaria de la antigüedad. Es una constante interpelación para hoy.

Sólo Lucas nos conserva en su evangelio esta parábola.

Este texto, tan ampliamente conocido en la liturgia, se inicia con una pregunta de un maestro de la ley, o letrado, frente lo que hay que hacer para ganar la vida eterna.

Jesús, a su vez, le devuelve la pregunta para que el letrado la busque en su especialidad, él tiene la respuesta en la ley… El letrado, citando de memoria Dt 6,5 y Lv 19,18, hace una apretada síntesis del sentido frente a los 613 preceptos y obligaciones que se alcanzaban a contar en la cuenta de los rabinos, para responder en dos que son fundamentales: Amar a Dios y al prójimo… Jesús aprueba la respuesta..

El letrado interroga nuevamente, pues en el Levítico el prójimo es el israelita y en el Deuteronomio se reserva el título de hermanos únicamente para los israelitas…Jesús, en lugar de discutir y entrar en callejones sin salidas, no busca plantear nuevas teorías e interpretaciones frente a la ley antigua y su práctica, sino que propone una parábola como ejemplo vivo de quién es el prójimo.

Podemos contemplar en la parábola los personajes y sacar de allí las consecuencias de enseñanza para el día de hoy: un hombre (v 30) anónimo que es victima de los ladrones y cae medio muerto en el camino; un samaritano (v 33) un medio pagano – o tal vez un pagano completo- cuyo trato y relación con los judíos era casi un insulto a sus tradiciones; un sacerdote (v 31) y un levita (v 32), la contraposición y la diferencia entre dos rangos de poder religioso, pues el levita era un clérigo de rango inferior que se ocupaba principalmente de los sacrificios, “testimonios” de un culto oficial y de los rituales a seguir en la religión establecida.

La relación entre cada uno de los personajes de la parábola es distinta: el sacerdote y el levita frente al hombre caído en el camino no se basa en el plan de la necesidad que tiene este último, sino en el de inutilidad que presentaría ante la ley y el desempeño del oficio, el prestarle cualquier atención al hombre caído, impediría a estos representantes del culto oficial poder ofrecer los sacrificios agradables a Dios. El samaritano, por el contrario, no encuentra ninguna barrera para prestar su servicio desinteresado al desconocido que está tendido y malherido, que necesita la ayuda de alguien que pase por ese camino. El samaritano únicamente siente compasión por la necesidad de ese hombre anónimo y se entrega con infinito amor a defender la vida que está amenazada y desposeída.

Prójimo, compañero, dice Jesús en esta parábola, debe ser para nosotros, en primer lugar el compatriota, pero no sólo él, sino todo ser humano que necesita de nuestra ayuda. El ejemplo del samaritano despreciado nos muestra que ningún ser humano está tan lejos de nosotros, para no estar preparados en todo tiempo y lugar, para arriesgar la vida por el hermano o la hermana, porque son nuestro prójimo.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 72 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su guión y su comentario puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400078 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap78b.mp3

Para la revisión de vida

-¿nos portamos como prójimo ante el ser humano despojado y abandonado?

-¿hay en nuestras preocupaciones religiosas espacio para aprender lo que Dios nos manifiesta en la vida cotidiana?

-¿somos acaso de los que vamos al culto del templo o al cumplimiento legalista, pero no atendemos en la vida real a los que nos necesitan?

-¿nos hacemos prójimos (próximos) de los necesitados que nos encontramos en nuestro camino?, ¿somos capaces de meternos en caminos ajenos para aproximarnos (aprojimarnos) a los que nos necesitan aunque no estén en nuestro camino?

Para la reunión de grupo

Se dice que esta parábola de Jesús tiene algo de “anticlerical”; ¿en qué sentido podría ser cierto?

Las tres actitudes que Jesús compara son la del sacerdote, la del levita y la del samaritano. Pero este “tercer término de la comparación” no era el que lógicamente esperaba el auditorio. Este esperaba que Jesús contrapusiera el comportamiento del sacerdote y del levita con el de “un buen judío misericordioso”. ¿Qué lección añade el hecho de que Jesús salte ese término lógicamente esperado y lo sustituya nada menos que por un “samaritano”, con lo que entonces éstos significaban?

Para la oración de los fieles

Para que comprendamos que la ley de Dios no es un capricho voluntarista de Dios, sino que obedece a la dinámica misma de nuestro ser, a la lógica del amor que Dios mismo es, incluso a nuestro interés más profundo, roguemos al Señor…

Para que los hombres y mujeres de nuestro mundo, especialmente aquellos que no practican ninguna religión, se dejen llevar de las inspiraciones de lo mejor de su corazón, donde Dios actúa y les inspira…

Para que seamos capaces de hacernos prójimos de los muchos hombres y mujeres que hoy yacen despojados y medio muertos en los márgenes del camino…

Para que nuestro culto en el templo siempre esté precedido y continuado por el culto del amor y la solidaridad en la calle…

Por los “samaritanos” de hoy, aquellos de quienes nadie espera nada bueno pero que en realidad a los ojos de Dios practican el amor solidario…

Para que nuestra Iglesia, y nuestra comunidad cristiana, sean una Iglesia “samaritana”, a la que no le importe “echar su suerte con los pobres de la tierra”…

Oración comunitaria

Gracias, Padre, porque no andamos solos por la vida, ni marchamos a la deriva, perdidos en la niebla del aislamiento o la soledad que nos empobrece. Tú eres presencia constante a nuestro lado, presencia palpable y sensible en tu Hijo hecho carne; presencia hoy actual mediante tantos samaritanos y samaritanas de amor comprometido que, siguiendo las huellas de Cristo saben cambiar desinteresadamente el camino de sus vidas para ofrecer sus servicios a los necesitados. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Dios, Padre nuestro, que en Jesús nos has enseñado que el amor y la solidaridad son el culto principal y primero con el que tú quieres ser adorado; ilumina nuestra mirada para descubrir a tantos hombres y mujeres que han sido marginados a la orilla del camino, donde apenas sobreviven, y ensancha nuestro corazón para hacernos solidarios con ellos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

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