Samaría


Samaría es la región central de Palestina. Para regresar de Jerusalén a Galilea era frecuente ir por el camino de las montañas atravesando Samaría. Unos sete-cientos años antes de Jesús los asirios habían invadido esta zona del país. Deportaron a lo mejor de la población israelita que allí vivía y poblaron la región de colonos. Con el paso del tiempo, los colonos asirios se cruzaron con los restos de población autóctona que había quedado en Samaría. El resultado fueron los samaritanos: una raza de mestizos, un pueblo con una gran mezcolanza de creencias religiosas. El desprecio que sentían los israelitas, tanto los galileos del norte como los judíos del sur, por los samaritanos, era una mezcla de nacionalismo y de racismo. Llamar a alguien “samaritano” era uno de los peores insultos, sinónimo de bastardo.
Unos cuatro siglos antes de Jesús la comunidad samaritana se separó definitivamente de la comunidad judía y construyó su propio templo sobre el monte Garizim, un templo rival del de Jerusalén. Con esto se consagró el cisma religioso entre ambos pueblos. A partir de entonces las tensiones fueron en aumento y en tiempos de Jesús la enemistad era muy profunda. Estaba prohibido expresa-mente el que judíos y samaritanos se casaran, ya que éstos eran impuros en grado extremo y causantes de impureza. Tampoco podían entrar en el Templo ni ofrecer sacrificios. Se les llamaba “el pueblo estúpido que habita en Siquem”.

La enemistad entre samaritanos y galileos y judíos estaba alimentada por una serie de circunstancias. Ciento veintinueve años antes de Jesús el rey judío Juan Hircano había destruido el sagrado templo samaritano del Garizim. Esto cargó de odio las relaciones entre los dos pueblos. Cuando Jesús tenía unos diez años había ocurrido un hecho que horrorizó a los judíos: con ocasión de las fiestas de Pascua, los samaritanos que habían ido a Jerusalén echaron huesos de muerto por todo el Templo. Aquella profanación del lugar santo fue un acto de venganza que los judíos no olvidaron. A partir de entonces, las tensiones fueron siempre en aumento.
El pueblo israelita -como hoy los pueblos de raza árabe- tenía a gala, como virtud nacional, la hospitalidad. Pero esto no se cumplía entre samaritanos y judíos. Se negaban el saludo y se cerraban las puertas de sus casas, como signo de rechazo total. Cuando los judíos atravesaban territorio samaritano, no era extraño que ocurrieran graves incidentes, que a veces terminaban en auténticas matanzas. Los discípulos de Jesús, especialmente Santiago y Juan, reflejan esta hostilidad compitiendo en maldiciones contra los aldeanos de Sicar. Jesús no comparte este espíritu nacionalista de sus compañeros y se queda con los samari-tanos hasta dos días, detalle que resalta el evangelio de Juan para indicar la ruptura total de Jesús con los nacionalismos y las discriminaciones racistas….
El evangelio es una buena noticia para los pobres en tanto que pobres, no en tanto que judíos, samaritanos, negros, blancos, buenos o malos.

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