Comentarios décimo sexto domingo ordinario


¿CRISTIANOS DE DOS CLASES?

Fue Orígenes, al parecer, quien introdujo en la Iglesia la famosa distinción entre los preceptos y los consejos evangéli­cos. Según ésta, los primeros obligan a los cristianos, mientras que los segundos (concretamente la pobreza, castidad y obe­diencia) ofrecen el modo de conseguir una perfección mayor dentro del cristianismo a quienes los practiquen. Tal distin­ción no concuerda demasiado con una interpretación seria del evangelio, pues monopoliza el radicalismo evangélico en prove­cho de una clase, la de los religiosos, de modo que la vía de los cristianos no religiosos sería menos perfecta, menos segura.

En el Nuevo Testamento no se habla de una clase de cre­yentes a quienes estén reservadas unas exigencias particulares que les conviertan en un grupo de ‘perfectos’. El evangelio va dirigido en su totalidad a todos los cristianos; lo que Jesús exigió de un modo particular a sus discípulos, los evangelistas lo proponen como una exigencia siempre actual para todos. La distinción de Orígenes no tiene fundamento evangélico. Como tantas otras.

Y si entre los creyentes se han hecho siempre dos grupos -unos considerados más perfectos y otros menos-, también entre los religiosos, ya de suyo ‘perfectos’, se ha establecido una distinción entre los contemplativos (dedicados a la ora­ción) y los activos (menos dedicados a la oración que a la acción); la perfección de los primeros excede a la de los se­gundos. Nada más disparatado.

A la base de esta última afirmación está la interpretación tradicional de un texto del evangelio de Lucas que dice asi: «Por el camino entró Jesús en una aldea, y una mujer de nom­bre Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llama­da María, que se sentó a los pies del Señor para escuchar sus palabras. Marta, en cambio, se distraía con el mucho trajín; hasta que se paró delante y dijo: -Señor, ¿no se te da nada de que mi hermana me deje trajinar sola? Dile que me eche una mano. Pero el Señor contestó: -Marta, Marta, andas in­quieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. Sí, María ha escogido la parte mejor, y ésa no se le quitará» (Lc 10,38-42).

Marta -se decía- representa a todos aquellos cristianos seglares que viven en el mundo; María es el prototipo de los religiosos dedicados a la vida contemplativa. María, sin duda, ha escogido la parte mejor, alejándose del mundo para dedi­carse a Dios. La peor parte corresponde a todos los que tienen que andar distraídos, como Marta, con tanto trajín mundano.

Según esta interpretación, el evangelio sólo puede ser vi­vido en perfección dentro de los muros de un convento de clausura; quienes no estén en esa situación, la inmensa ma­yoría, son condenados a ser cristianos de a pie, segundones, clase de tropa. Pero, en realidad, no es así. Lo que en este evangelio se contrapone no es la acción y la contemplación, sino más bien dos modos de ser: uno, el de Marta, distraída con un activismo a ultranza, que le impide oír la palabra del Maestro, empeñada en que su hermana deje también de escu­charlo; otro, el de María, que se ha hecho discípula de Jesús («se sentó a los pies de Jesús para escuchar sus palabras»), camino seguro para poder hacer realidad «la única cosa nece­saria: buscar el reino de Dios y su justicia». Quien elige este objetivo, según Jesús, ha escogido «la parte mejor».

Lo demás, si se es religioso, contemplativo o activo, fraile o seglar, poco importa.

II

UNA SOLA COSA IMPORTA

¿Contemplación o acción? ¿Y quién nos obliga a elegir? Más aún, ¿es posible elegir? Ni acción sin contemplación ni escuchar el mensaje de Jesús y olvidarse de ponerlo en práctica. Esta es la única cosa importante: conocer el mensaje de Jesús y realizarlo unidos a él.

UN ALTO EN EL CAMINO

Mientras iba de camino entró también él en una aldea, y una mujer de nombre Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María…

La parábola del buen samaritano terminó con esta reco­mendación de Jesús al jurista que lo había interpelado: «Pues anda, haz tú lo mismo». Pero ese consejo era la conclusión de una parábola con la que Jesús trató de explicar una de las exigencias de la antigua alianza. ¿Era eso todo lo que tenía que decir Jesús? ¿Seguían siendo los antiguos mandamientos la norma para sus seguidores? De hecho Jesús había formula­do algunas exigencias que superaban con mucho las de la antigua religión judía (Lc 6,20-36) y que incluso las contradecían (Lc 6,1-11). ¿Cómo saber entonces qué es lo propio de la comunidad cristiana?

La escena que cuenta el evangelio de hoy se desarrolla en un escenario totalmente nuevo: una aldea en donde dos her­manas reciben y dan hospitalidad a Jesús. Nada se dice de los discípulos ni del resto de seguidores de Jesús (incluidos en el relato sólo por el uso del plural, al principio «iban de camino»); por otro lado, a Jesús se le llama, por dos veces, el Señor. Todo esto indica que, más allá del valor histórico de esta narración, Lucas refleja la situación de la comunidad para la que escribe y pretende ofrecer un ejemplo para cual­quier comunidad: se trata de una propuesta de reflexión, un alto en el camino, para descubrir «lo verdaderamente impor­tante».

¿QUE HACER? ¿COMO ESCUCHAR?

llamada María, que se sentó a los pies del Señor para escuchar sus palabras. Marta, en cambio, se dispersaba en múltiples tareas. Se le plantó delante y le dijo:

Señor, ¿no se te da nada que mi hermana me deje sola con el servicio? Dile que me eche una mano.

Marta y María representan dos maneras de entender el seguimiento de Jesús. Marta se dispersa en múltiples tareas, es una mujer servicial, incansable, atenta seguramente a todo lo que pudiera necesitar Jesús y cualquiera de los que iban con él. Lo que hace está seguramente bien, pero ¿qué es lo que hace? y ¿con qué criterios actúa? Podemos pensar que, puesto que no se había parado a escuchar a Jesús, su actividad no irá mucho más allá de las exigencias del Antiguo Testamen­to, y ya que no les presta mucha atención, acabará por inter­pretar las palabras de Jesús de acuerdo con las viejas tradicio­nes.

María, por el momento, no hace nada: escucha a Jesús; sólo a Jesús. Como había que hacer, según la voz del cielo que acabó con las ilusiones de Pedro (pretendía escuchar a la vez la Ley y los Profetas y el mensaje de Jesús;  «Este es mi hijo, el Elegido. Escuchad/o a él. Al producirse la voz, Jesús estaba solo» (Lc 9,35-36).

El mensaje de Jesús resulta tan radicalmente nuevo que no se entenderá si no se le presta toda la atención; lo acaba­remos falseando si lo escuchamos con la atención dispersa por demasiadas preocupaciones, y se acabará adulterando si se intenta combinar con prácticas o mensajes ya superados. Por eso María «ha escogido la parte mejor, y ésa no se le quitará», dice Jesús: María se ha centrado en las palabras de Jesús, en la Buena Noticia.

SOLO UNA COSA ES NECESARIA

Lucas ni siquiera plantea en este pasaje la cuestión que, según la interpretación tradicional, se trataba en este pasaje: qué es más importante: la contemplación o la acción; porque escuchar a Jesús sólo tiene sentido si después se «pone por obra» el mensaje que se ha escuchado (Lc 8,21; 11,28). El problema es otro: qué es lo verdaderamente importante para el seguidor de Jesús, de dónde debe extraer los criterios para su vida (contemplación y acción) entera; cuál es su tarea específica. Y tampoco responde aquí, de manera completa, a esta cuestión; se limita a formular un criterio: sólo en Jesús se encuentra la respuesta; lo único importante es el mensaje de Jesús, el proyecto de Jesús, la Buena Noticia de Jesús Mesías.

No estaría de más que la comunidad cristiana hiciera un alto en el camino para ver cuáles son las fuentes de donde se nutre y el objetivo al que se dirige; no estará de más analizar si no hay una serie de preocupaciones que, aun siendo cues­tiones importantes (la moral sexual, los métodos anticoncep­tivos, el aborto, la enseñanza), nos están haciendo olvidar el proyecto global de Jesús de Nazaret: buscar que Dios reine en un mundo de hombres libres, porque son hijos, y que se quieren como hermanos (Lc 41,14-21; 6,17.20-26; 27-38; 7,36-8,3; 15,1-32).

Por supuesto que sin caer en fundamentalismos de ningún tipo, respetando la autonomía de la ciencia y de la técnica, de la filosofía y de la política; pero sabiendo que para nosotros la piedra de toque es siempre el mensaje y, sobre todo, la persona de Jesús.

III

MARTA Y MARIA, ¿VIDA ACTIVA Y CONTEMPLATIVA?

Cuando nos disponemos a leer la Escritura no vamos con una mente transparente. La memoria hace de las suyas. Proyec­tamos nuestro reticulado mental sobre los textos y los prejuzga­mos. ¡ Oh si pudiésemos borrar de la memoria la interpretación tradicional del paradigma de «Marta y María» como dos concre­ciones complementarias, «la vida activa y la contemplativa»! ¡ El plato nos lo han servido siempre así! El encabezamiento sitúa la perícopa en el «camino» que Jesús ha emprendido hacia Jeru­salén para cantar las cuarenta a la institución: «Sucedió que, mientras ellos iban de camino, también él entró en una aldea» (10,38a). Jesús (« él ») -mientras los discípulos («ellos») iban de camino- entra en una aldea («aldea» = reducto de fanatismo, símbolo de una mentalidad cerrada, donde predomina una deter­minada ideología común a todos los que habitan allí). La aldea, a diferencia de Marta y María, no lleva nombre. Se subraya así el realismo de la situación descrita a través de Marta y María, personajes reales (llevan nombre), en detrimento de una hipoté­tica concreción histórica. Sólo Jesús entra en ella. Lucas puntua­liza que algún personaje o colectividad había hecho antes algo parecido: «también él entró en una aldea». Una vez conozcamos el contenido de la perícopa, será posible identificar esta situación del pasado.

«Cierta mujer, de nombre Marta, lo recibió en su casa» (10,38b). Marta es un personaje representativo («cierta») y real («de nombre Marta»). A diferencia de los samaritanos, que no ‘recibieron’ a Jesús porque los discípulos los habían indispuesto con él, Marta lo ‘recibe’ como discípula que es. Después veremos cómo. Tiene una casa, de su propiedad («en su casa»): siendo «casa» una expresión para designar la familia, Marta domina como señora («Marta» significa en arameo «señora») la comuni­dad o familia que, conjuntamente con María (‘dos’ -mínima expresión comunitaria- y ‘hermanas’ -relaciones de intimidad y afectivas-), representa.

Por eso Lucas no ha hecho entrar a los discípulos (represen­tación masculina) en esta aldea, para describir así el grupo de Jesús desde la vertiente femenina. Tampoco aquí la comunidad será homogénea. Saber relacionar es el secreto de una comprensión más profunda.

EL LIDERAZGO DEL CELOSO OBSERVANTE

Pero Marta no tiene solamente una casa o familia en abstrac­to; tiene también una hermana: «y ésta tenía una hermana llama­da María» (10,39a). De María se precisa que «se sentó a los pies del Señor y se puso a escuchar sus palabras» (10,39b): ‘sentada’ como un discípulo ante el maestro, escuchando con atención el mensaje de Jesús. De Marta no se ha dicho con qué disposiciones lo ha recibido. Ahora Lucas puntualiza: «Marta, en cambio, se afanaba con todo el trajín (gr. diakonia)» (10,40a). De por sí, la diakonia, es decir, el servicio hecho a los demás, no es negativa; todo depende de cómo se haga. En el presente contexto es negativa y equivale al «trajín» de la casa, según la letra, y, según el espíritu, al «cumplimiento del deber» llevado a su máxima expresión. El acento está puesto en el hacer porque está mandado por la Ley, mientras que en el caso de María está puesto en escuchar la novedad del mensaje de Jesús. Marta está tan segura de sí misma y tan predispuesta a juzgar la conducta de los demás, como toda persona observante, que no se arredra ante la situa­ción y planta cara a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con el servicio?» (10,40b). El celo de buena cumpli­dora de la Ley la impele a involucrar al «Señor», para que ponga más interés y use de su ascendente para hacer observar la Ley, y a que «su» hermana se deje de cuentos y la cumpla. «Dile que me eche una mano» (1 0,40c). El imperativo traiciona el ascen­dente que ella se ha arrogado sobre Jesús. En lugar del «mensa­je», ¡ lo que Jesús debe inculcarle es la Ley! ¡Todo es de su posesión! Y es que la Ley despierta en el que la cumple el instinto de posesión.

LA HERENCIA DEL REINO

Jesús responde al regaño de Marta con una severa advertencia: « ¡Marta, Marta, te inquietas y te pones nerviosa por tantas cosas…! Sólo una es necesaria» (10,41-42a). Marta anda de cabeza: lo quiere dominar todo, es esclava de las muchas necesidades que crea la casa. Poniéndolo en clave legalista, Marta, que es partidaria de la observancia minuciosa de la Ley, quiere ser fiel en los más míni­mos detalles y no puede dar abasto a las múltiples imposiciones que la institución va creando. Para Jesús todo es secundario, a excepción de la escucha atenta del mensaje. El que escucha, acoge; y quien acoge el mensaje, lo acoge a él. «María, en efecto, ha escogido la parte mejor, y ésa no se le quitará» (10,42b). Marta había escogido la parte que le ofrecía más seguridades, la herencia del Antiguo Testamento compendiada en la Ley mo­saica; María que se encontraba también en la aldea-, «la parte mejor», que nadie le podrá quitar, puesto que no se expresa en símbolos externos, como son casa, tierras, observancia le­gal, etc. Jesús, como antiguamente Josué (= Jesús, en griego), ha entrado «también él en una aldea», camino de la Tierra Pro­metida, que tiene como meta Jerusalén. Mientras Marta ha tomado posesión de la tierra («tenía una casa»), como las tribus de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés, que heredaron territo­rios de la Transjordania (cf. Nm 32; Jos 13), María, igual que la tribu de Leví, tiene al Señor como única heredad (cf. Jos 13,14). Vive materialmente en la «aldea», pero sin comulgar en la ideología que allí predomina.

IV

El texto de la primera lectura nos presenta una escena familiar. Abraham, sentado ante la tienda, recibe la visita del Señor. Abraham lo recibe con hospitalidad. Dios lo premia con la fecundidad de Sara.

Tres rasgos fundamentales caracterizan el texto: la fe de Abraham al reconocer al Señor. La hospitalidad con que se recibe al Señor y la familiaridad de Dios con Abraham y su familia. Es un bello ejemplo de la relación y acogida de Dios por el ser humano, la única posible para caminar.

Volvemos a encontrar en la segunda lectura de hoy el pensamiento de Pablo sobre el misterio de Dios y su revelación por medio de la predicación y lo que Pablo aporta a esa revelación por el sufrimiento. Cristo revela la riqueza de Dios en la pobreza de la cruz y el apóstol será el distribuidor de la misma a hombres y mujeres.

Un primer comentario al evangelio de hoy:

Lucas nos presenta finalmente una anécdota perteneciente al fondo de las tradiciones recibidas por el evangelista en el círculo de sus discípulos, especialmente mujeres. Marta y María, hermanas de Lázaro, reciben en su casa al Señor.

El caso de Marta y María es aprovechado una vez más por Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. Sin entrar en la teoría del valor de la contemplación sobre la acción, que se ha querido ver en las dos actitudes opuestas de Marta y María, lo cierto de la anécdota es que el Reino de Dios no puede dejarse distraer por una preocupación demasiado exclusiva por las realidades terrenas. Por otra parte escuchar la Palabra de Dios es todo, menos ocasional.

Nos encontramos con un cuadro familiar en el que Jesús visita en su casa a unas amigas suyas. Ellas, Marta y María lo reciben en su casa. Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio para atender al huésped, y Jesús la reprende porque anda inquieta “con tantas cosas”.. Marta no encuentra la colaboración de nadie. La hermana, en efecto, se ha sentado a los pies de Jesús y está ocupada completamente en la escucha de su palabra.

El Maestro no aprueba el afán, la agitación, la dispersión, el andar en mil direcciones “del ama de casa”. ¿Cuál es, pues, el error de Marta? El no entender que la llegada de Cristo significa, principalmente, la gran ocasión que no hay que perder, y por consiguiente la necesidad de sacrificar lo urgente a lo importante.

Pero el desfase en el comportamiento de Marta resulta, sobre todo, del contraste respecto a la postura asumida por la hermana. María, frente a Jesús, elige “recibirlo”, Marta, por el contrario, toma decididamente el camino del dar, del actuar; María se coloca en el plano del ser y le da la primacía a la escucha.

Marta se precipita a “hacer” y este “hacer” no parte de una escucha atenta de la palabra de Dios, y consiguientemente se pone en peligro de convertirse en un estéril girar en el vacío. Marta se limita, a pesar de todas sus buenas intenciones, a acoger a Jesús en casa. María lo acoge “dentro”, se hace recipiente suyo. Le ofrece hospitalidad en aquel espacio interior, secreto, que ha sido dispuesto por él, y que está reservado para él. Marta ofrece a Jesús cosas, María se ofrece a sí misma.

Según el juicio de Jesús, María ha elegido inmediatamente, “la mejor parte” (que, a pesar de las apariencias, no es la más cómoda: resulta mucho más fácil moverse que “entender la palabra”). Marta, desgraciadamente, que no quiere que falte nada al huésped importante, que pretende llegar a todo, deja pasar clamorosamente “la única cosa necesaria”. Marta reclama a Jesús, no sabe lo que él quiere. El problema es precisamente éste: descubrir poco a poco qué es lo que quiere Jesús de mí. Por eso es necesario parar, dejar el ir y venir y sacar tiempo para escuchar la Palabra de Jesús y comprender cuál es realmente la voluntad de Dios sobre mi vida.

Un segundo comentario al evangelio de hoy:

En el evangelio de Lucas el camino de Jesús a Jerusalén marca una progresiva manifestación del Reino. A medida que avanza va formando a los discípulas y discípulos en actitudes de misericordia, de abandono de las pretensiones de poder, y en la atenta escucha de la Palabra. En ese camino, al igual que los misioneros que han venido anunciando su presencia, Jesús es recibido por dos mujeres en una casa de familia.

Allí se topa con dos actitudes diferentes. Una de total atención y escucha, la otra, de afán por los quehaceres habituales y de distracción. El trajín de la vida cotidiana había atrapado a Marta y, probablemente, la había vuelto sorda a la Palabra de Dios. Ella recibe a Jesús pero no lo escucha. Aunque Jesús entra a su casa, ella lo deja por puertas. Jesús propone un plan encaminado a formar verdaderos oyentes de la Palabra -auténticos discípulos- que Marta no está dispuesta a atender.

María, al contrario, comprende bien el proyecto de Jesús y rompe con los prejuicios culturales de su época. En lugar de andar atareada con los oficios domésticos “propios de las mujeres” (las “labores propias de su sexo”, como se ha dicho y pensado durante tanto tiempo), se pone “a los pies del Señor para escuchar su palabra”. Este gesto, reservado entonces culturalmente a los discípulos varones, la acredita como discípula.

Marta, al fatigarse con el interminable trabajo de la casa, cuestiona la contradictoria actitud de María e interpela al Maestro para que “ponga a la mujer en su sitio”. Jesús le da una respuesta inesperada: felicita a María porque ha acertado en su elección y reprende a Marta por dejarse envolver en las preocupaciones cotidianas sin atender a lo importante. Efectivamente, María ha hecho la mejor opción, la única necesaria para ponerse en el camino de Jesús y ser su discípulo: ha decidido aprender a escuchar la Palabra y se deja interpelar por la presencia del Maestro.

En su camino Jesús va formando, pues, a sus seguidores en las actitudes indispensables para llegar a ser verdaderos discípulos. Una de esas actitudes es la de escuchar atenta y serenamente su Palabra. Actitud que exige romper con el ritmo loco e interminable de la vida cotidiana para ponerse, serena y atentamente, a los pies del Maestro. Esta elección que a los ojos de la eficiencia puede parecer superficial e inútil, es una condición fundamental para llegar a ser un auténtico discípulo.

Nosotros hoy nos enfrentamos a un ritmo de vida más agitado que el de épocas anteriores. Los medios proporcionados por la tecnología para ahorrar tiempo… también multiplican las ocupaciones y acaban haciéndonos caer en un activismo desenfrenado. Y el exceso de preocupaciones nos lleva a olvidarnos de lo fundamental…

Nuestro cristianismo se convierte así en un tímido cumplimiento de algunas obligaciones religiosas, sin espacio para la escucha de la Palabra. Se nos exhorta, se nos bombardea continuamente con mensajes que nos invitan a ser “eficaces, productivos y competitivos”… Pero con Marta y María, Jesús nos interpela y nos llama a respetar la jerarquía de valores y a poner en su sitio la “opción por lo fundamental”: ponernos a sus pies y escuchar su palabra. Jesús nos invita a que nuestro cristianismo sea un verdadero discipulado.

Para aprender la lección del Maestro, debemos formarnos en la escucha atenta de la Palabra en la Biblia y en la vida. La Biblia no puede permanecer guardada en un cajón mientras nosotros nos ahogamos en el interminable torbellino de los quehaceres cotidianos. La Palabra de Dios está hecha para caminar con nosotros paso a paso, día a día, minuto a minuto. Para enseñarnos a vivir en comunidad la solidaridad que hace efectivo aquí y ahora el reinar de Dios. Para ayudarnos a escuchar la Palabra que Dios nos dirige en la difícil realidad de nuestros pueblos: en las inhumanas condiciones de las grandes ciudades, en la soledad y el aislamiento de los campos. Debemos pues optar por las actitudes que nos conviertan en verdaderos discípulos de Jesús y auténticos cristianos.

La espiritualidad latinoamericana tiene muy clara la intrínseca unidad entre “acción y contemplación”: cfr “Espiritualidad de la Liberación”, de CASALDALIGA-VIGIL, capítulos “Contemplativos en la liberación”, “Santidad política”… (El libro puede ser recogido en la página de Pedro Casaldáliga: http://servicioskoinonia.org/pedro o en la biblioteca de Koinonía: http://servicioskoinonia.org/biblioteca

Evidentemente, sería malo interpretar el texto en un sentido dualista (o una cosa u otra): “o contemplación y escucha pasiva de la Palabra, por una parte… o, por otra, acción caritativa sin oración ni contemplación”. Marta y María no deben ser símbolos de extremos parciales; si lo fueran, la elección no iría por ninguna de ellas en particular, sino por las dos en conjunto. Es lo que nos dice el poeta Casaldáliga con “el difícil todo” que eligió “la otra María”:

EL DIFICIL TODO

Tan sólo mejor

que la mejor parte

que escogió Maria,

el difícil todo.

Acoger el Verbo

dándose al servicio.

Vigilar Su Ausencia,

gritando su nombre.

Descubrir Su rostro

en todos los rostros.

Hacer del silencio

la mayor escucha.

Traducir en actos

las Sagradas Letras.

Combatir amando.

Morir por la vida,

luchando en la paz.

Derribar los troncos

con las viejas armas

quebradas de ira,

forradas de flores.

Cantar sobre el mundo

el Advenimiento

que el mundo reclama

quizá sin saberlo.

El difícil todo

que supo escoger

la otra María…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 50 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su guión y su comentario puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1300050 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap50b.mp3

Para la revisión de vida

¿En el trajín de cada día tenemos tiempo para escuchar atenta y serenamente la Palabra que Dios nos dirige en la Biblia y en la vida?

¿Somos críticos ante nuestro propio activismo y afán de eficacia, o están siendo también de alguna manera unos nuevos “absolutos” en nuestra vida?

Para la reunión de grupo

Marta, María… y la otra María. María la hermana de Marta escogió “la mejor parte”. María, la madre de Jesús, ¿no escogió algo mejor que “la mejor parte”? ¿Qué escogió? Comentar, tanto desde una perspectiva de teología como de espiritualidad, sobre las relaciones entre “la contemplación y la acción”.

Para la oración de los fieles

Por toda la Iglesia de Dios, para que sea siempre tanto servicial y samaritana cuanto orante y contemplativa, roguemos al Señor…

Para que no sigamos los pasos de Marta ni de María, sino los de Jesús, que vivió en armonía y en síntesis apretada la oración y la acción…

Por los hombres y mujeres que viven en comunidades y monasterios el carisma de la contemplación: para que sus comunidades estén sintonicen siempre con las necesidades del mundo y se abran como escuela de oración y de contemplación para toda la comunidad humana…

Por las muchas comunidades que han redescubierto la oración, para que ella les lleve a un compromiso de servicio y solidaridad…

Por todos los que viven el servicio y la solidaridad, para que la alimenten con la oración y sepan “contemplar” a Dios en los rostros de los pobres…

Oración comunitaria

Oh Dios Padre nuestro, que en Jesús nos has mostrado “el camino”: ayúdanos a encontrar como El la síntesis armoniosa entre la oración y la acción, entre contemplarte y obedecerte, el servirte a ti y servir a los hermanos. Por N.S. Jesucristo tu Hijo…

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