Comentarios décimo octavo domingo del tiempo ordinario


SOLO PARA RICOS

Parte de nuestros males proviene de que hay demasiados hombres vergonzosamente ricos o desesperadamente pobres… Acabé con el escándalo de las tierras dejadas en barbecho por los grandes propietarios, indiferentes al bien público; a partir de ahora, todo campo cultivado durante cinco años pertenece al agricultor que se encargue de aprovecharlo… La mayoría de nuestros ricos hacen enormes donaciones al Estado, a las instituciones públicas y al príncipe. Muchos lo hacen por in­terés, algunos por virtud, y casi todos siguen ganando con ello. Pero yo hubiese querido que su generosidad no asumiera la forma de la limosna ostentosa y que aprendieran a aumentar sensatamente sus bienes en interés de la comunidad, así como hasta hoy lo han hecho para enriquecer a sus hijos. Guiado por este principio, tomé en mano propia la gestión del domi­nio imperial; nadie tiene derecho a tratar la tierra como trata el avaro su hucha llena de oro…’

Son algunos pensamientos entresacados de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

A la base de esta práctica de ahuso y codicia de los ricos está el inagotable deseo de acaparar, fruto de la más feroz in­solidaridad, del más salvaje egoísmo. El dinero es demasiado peligroso para quien se deja caer en sus redes; hace inhumanos a sus rehenes, endurece el corazón y cierra los ojos de sus poseedores, que consideran al pobre producto de la holgaza­nería.

El capital se hace, sin duda, a base de injusticia. Ya lo decía el profeta Amós, dirigiéndose a los ricos comerciantes de Samaria: «Escuchad esto los que exprimís a los pobres y arruináis a los indigentes, pensando: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo? Para encoger la medida, aumentar el precio y usar la balanza con trampa, para comprar por di­nero al desvalido y al pobre por un par de sandalias. Jura el Señor por la gloria de Jacob no olvidar jamás lo que han he­cho» (Am 8,4-7).

También las palabras de Jeremías contra la injusticia eran tajantes: «Hay en mi pueblo criminales que ponen trampas como cazadores y cavan fosas para cazar hombres: sus casas están llenas de fraudes como una cesta está llena de pájaros, así es como medran y se enriquecen, engordan y prosperan; rebosan de malas acciones, se despreocupan del derecho, no defienden la causa del huérfano ni sentencian a favor de los pobres» (Jr 5,26-28).

En otro lugar, el profeta había sentenciado: «Perdiz que empolla huevos que no puso es quien amas a riquezas injustas: a la mitad de la vida lo abandonan y él termina hecho un necio» (Jr 17,11). Contra Jeremías hay que decir que no siem­pre sucede así. Su sentencia es más deseo de justicia inalcan­zable que realidad constatada.

El evangelio no es menos duro con los ricos. Cuenta Lucas que «uno del público pidió a Jesús: Maestro, dile a mi her­mano que reparta conmigo la herencia. Le contestó Jesús: Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vos­otros? Entonces les dijo: cuidado, guardaos de toda codi­cia, que aunque uno ande sobrado, la vida no depende de los bienes. Y les propuso una parábola: Las tierras de un hombre rico dieron una gran cosecha. El estuvo echando cálculos:

¿Qué hago? No tengo dónde almacenaría. Y entonces se dijo: -Voy a hacer lo siguiente: derribaré mis graneros, cons­truiré otros más grandes y almacenaré allí el grano y las demás provisiones. Luego podré decirme: -Amigo, tienes muchos bienes almacenados para muchos años: túmbate, come, bebe y date a la buena vida. Pero Dios le dijo: -Insensato, esta noche te van a reclamar la vida. Lo que te has preparado, ¿para quién será? Eso le pasa al que amontona riquezas para sí y para Dios no es rico» (Lc 12,13-21).

Menos mal que la vida no se puede comprar, pues de lo contrario vivirían sólo unos pocos…

II

RICOS, DOS VECES NECIOS

Nuestro mundo juzga inteligente a quien es capaz de acumular mucho dinero, de amasar grandes riquezas; nuestro mundo con­sidera una vida segura la que se cimenta en una sólida cuenta corriente; el evangelio tiene un concepto muy distinto sobre lo que son la inteligencia y la seguridad de la vida.

JESUS NO TIENE DOCTRINA SOCIAL

Uno de la multitud pidió:

-Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia Le contestó Jesús:

-Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o arbitro entre vosotros?

Muchas de las ideologías que proponen un determinado modelo de sociedad han pretendido apropiarse del evangelio; desde los que hablan de Jesús como el primer socialista hasta los que se adueñan del término «cristiano» y lo usan como apellido de su partido, como si esa opción política fuera la única permitida a los seguidores de Jesús. Este interés supone, por un lado, el reconocimiento de que el evangelio tiene una indiscutible dimensión social; pero encierra un grave peligro: confundir el evangelio con una opción política más, reducir el evangelio a pura teoría socioeconómica (esto no quiere decir que los diversos sistemas económicos y políticos sean indiferentes, desde el punto de vista del evangelio, sino que éste no es una alternativa política o económica más; es otra cosa).

«Uno de la multitud» pretende que Jesús intervenga para decidir en un asunto de este tipo: el reparto de una herencia; pero Jesús se niega. El no tiene respuesta para ese litigio, porque, entre otras cosas, si diera una respuesta supondría que acepta el principio de que los individuos tienen derecho a apropiarse de determinados bienes de la tierra. Pero, sobre todo, porque su mensaje no ofrece soluciones concretas a los problemas concretos de los hombres; esas respuestas, desde que Dios dijo a la primera pareja «dominad la tierra» (Gn 1,28), es el hombre el que debe buscarlas. El objetivo de Jesús es hacernos caer en la cuenta de un hecho: que los hombres, al buscar la solución a nuestros problemas, lo hacemos obsti­nadamente en una dirección equivocada; aquel hombre, segu­ro que pensaba que, si obtenía un buen pellizco de la herencia paterna, tendría el futuro asegurado, tendría asegurada la vida. Esa opinión, que la riqueza es seguridad para la vida, es lo que desautoriza Jesús en su respuesta.

GUARDAOS DE TODA CODICIA

Entonces les dijo:

Mirad, guardaos de toda codicia, que, aunque uno ande sobrado, la vida no depende de los bienes.

Jesús, para ilustrar su afirmación, propone a las multitudes -la opción por la pobreza es una exigencia evangélica para todos, no es un consejo para los que quieren ser más perfectos- una parábola: un terrateniente, feliz porque ha obtenido una excelente cosecha, decide construir graneros más grandes, y se dice a sí mismo: «Amigo, tienes muchas provisiones en reserva para muchos años: descansa, come, bebe y date a la buena vida»; pero su vida ha llegado ya a su término y no podrá disfrutar de su riqueza un solo día: «Pero Dios dijo: Insensato, esta misma noche te van a reclamar la vida. Lo que tienes preparado, ¿para quién va a ser?»

El sentido de la parábola es muy claro: la vida está en manos de Dios y sólo él puede asegurarla, por encima incluso de las limitaciones propias de la naturaleza humana, ante las cuales nada pueden hacer unos almacenes repletos de provi­siones; es una insensatez pensar que la vida puede ser buena por el simple hecho de tener las despensas llenas, es una necedad pensar que una buena manera de vivir es… la buena vida, descansar, comer y beber.

DOS VECES NECIOS

Esto es lo que le pasa al que amontona riquezas para sí y no es rico para con Dios.

Hoy siguen muchos pensando como aquel rico: conside­ran que la felicidad puede llegar por medio de la riqueza de acuerdo con esta proporción: a más riqueza, más felicidad; por eso muchos ni siquiera se dan a la buena vida, como el rico de la parábola: dedican todo su tiempo a acumular más y más riquezas, consagran su existencia a dar culto al dios dinero: por él se sacrifican y a él ofrecen incluso sacrificios humanos (¿no se pueden considerar víctimas ofrecidas a este dios los millones de seres humanos que mueren cada año a causa del hambre y la miseria? Véase comentario núm. 34). Y así son dos o tres veces necios: la primera, porque pretenden asegurar su vida con el dinero; la segunda, porque muchos ni siquiera disfrutan de lo que se puede conseguir con el dinero, y la tercera, porque siendo causa del sufrimiento de muchos inocentes, se cierran la puerta a otra vida buena, a una felicidad de otra clase, la que sólo se alcanza en la expe­riencia del amor compartido.

Por eso dice Pablo (primera lectura) que los cristianos deben extirpar «todo lo que hay de terreno» en ellos y, en especial, «la codicia, que es una idolatría». Los seguidores de Jesús han de poner su seguridad, y también la seguridad de que no va a faltar ese mínimo necesario para una vida digna, en la realización del reino de Dios (Lc 12,31-32), en la solida­ridad y en el «amor mutuo, que es el cinturón perfecto» (Col 3,14).

III

EL DINERO COMO CUESTION DE FONDO

Se presenta ahora se presenta la interpe­lación de «uno de la multitud» interesado en cuestiones de he­rencia, secuela del falso valor del dinero: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia» (12,13). De nuevo podría sorprendernos este requerimiento, si interpretásemos las advertencias anteriores contra el fariseísmo en sentido moralizan­te. Esta interpelación central  revela que el problema de fondo es la cuestión del dinero (medios, posición social, eficacia). Que no se trata de una ‘herencia’ en sentido figurado, lo evidencia la respuesta de Jesús y la parábola con que la apoya. La multitud que, aunque presente, había sido dejada de lado constantemente por Jesús, interviene por medio de alguien que la representa. Este lo considera un ‘maestro’ y le pide que ejerza como ‘juez’ o ‘árbitro’ (12,14). Jesús no viene a echar remiendos al sistema. Su ‘magisterio’ no va en la línea de los rabinos o maestros de Israel. La respuesta, en segundo lugar, se dirige a todos: «Cuidado: guardaos de toda codicia, que, aunque uno ande sobrado de dinero, la vida no depende de los bienes» (12,15). La interpretación de la parábola se halla en la acomodación que hace de ella el último versículo: «Eso le pasa al que amontona riquezas para sí y no es rico para con Dios» (12,21).

IV

La 1ª lectura nos enfrenta muy directamente con cuestionamientos que todos nos hemos hecho alguna vez, a lo mejor con más frecuencia de la deseada.

El Eclesiastés pertenece a un grupo de libros que llamamos sapienciales.

La “sabiduría” es un amplio concepto que puede englobar desde la habilidad manual de un artesano hasta el arte para desenvolverse en la sociedad, la madurez intelectual… representa una actitud de personas y pueblos cuyo finalidad es encontrar respuestas a los grandes interrogantes y misterios de la existencia humana.

Para la sabiduría bíblica, la realidad y la experiencia son lugar de revelación divina, cuando el ser humano se entrega a la reflexión y a la tarea de leer los acontecimientos en clave “divina”. Para ello, los sabios se apoyan en la razón, muy pocas veces recurren a la revelación o a la luz sobrenatural. Y junto a la observación de la experiencia, la otra fuente de la sabiduría es la tradición. Serán los últimos libros sapienciales (Eclesiástico y Sabiduría) los que incorporen a Dios como fuente suprema de la sabiduría. La vida está regida en el fondo por una serie de leyes, cuya causa última es Dios, por ser el creador del mundo. Ese sentido profundo de las cosas, oculto para el hombre, es el que hay que investigar y descubrir para adecuarse a él y comportarse “sabiamente”.

Los sabios plantean el problema de la vida en su acepción más universal, no centrada en el pueblo elegido. Esta sabiduría tiene su origen en la vida del pueblo, que se va recogiendo en forma de dichos, refranes, sentencias… este patrimonio de saber popular se va enriqueciendo a través del tiempo y de la tradición oral, acogiendo influencias de los pueblos limítrofes. Más tarde todo esa material básico será reelaborado por los círculos sapienciales que le darán forma literaria y una cierta estructura. Con frecuencia estos libros presentan formas dialogadas, incorporando distintos puntos de vista al problema que se está estudiando (Job, por ejemplo, Eclesiastés…).

Generalmente se piensa en el Rey Salomón como el más fuerte impulsor y cultivador de este arte de conducirse en la vida. La sabiduría encuentra su medio ambiente más propicio en la corte, en la que se forman los miembros de la familia real, los futuros responsables de la política, archivos, administración… por eso se le atribuyen a Salomón la mayor parte de los libros sapienciales, como a David los Salmos o a Moisés el Pentateuco…

Podemos calificar de contestatario al autor del Eclesiastés. Es una voz escéptica y crítica, disidente frente a la tradición sapiencial que confía ilimitadamente en las posibilidades de la razón y sabiduría humanas. El sabio Qohélet es un autor, por lo menos, desconcertante. La pregunta que mueve toda la reflexión de su libro es ésta: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (1,3) y su respuesta: vanidad de vanidades (se puede traducir también por vaciedad, sin sentido…) todo es vanidad (1,2.17; 2,1.11. 17. 20. 23. 26; 12,8)

Éste parece un libro muy poco religioso. ¿cómo se nos propone a los cristianos este libro, como Palabra de Dios, con esa respuesta tan materialista, tan poco optimista…? O esta otra conclusión: “la felicidad consiste en comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues esa es su recompensa” (5,17) es como decir vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos…”

El autor recorre a lo largo de su libro todas las esferas del ámbito humano: trabajo, riqueza, dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría, ignorancia, el tiempo, la muerte… buscando respuesta a su pregunta. Hagamos lo que hagamos en nuestra vida, al final el destino es el mismo para todos los hombres: la muerte, ¿la nada? Es una pregunta seria ¿qué pintamos aquí, en la tierra? ¿para qué vivir, trabajar, luchar, amar, pensar, esforzarnos en la ecología, la educación, la política, los derechos humanos…? Breve es nuestra vida sobre la tierra (Sab 2,1), la mayor parte de nuestra vida es fatiga inútil, que pasa aprisa y vuela (Salmo 89, 10). La experiencia humana es como “atrapar vientos” una tarea inútil y decepcionante. Viene a nuestra mente aquella otra frase evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero…?”.

Con el autor, el lector sigue con fruición ese recorrido por la existencia humana, por el devenir cotidiano, deseando que el autor tenga éxito en su búsqueda y su respuesta tranquilice un poco nuestro corazón sediento de verdad, de sentido en todo lo que somos y hacemos…

Por mucho que nos afanemos, nada nos vamos a llevar…

En la época del destierro se empezó a desarrollar la teoría de la retribución personal y del destino individual: el pueblo elegido profesaba una doctrina de retribución colectivista: la bondad o maldad de un individuo tenía repercusiones en el grupo y en los descendientes. En el contexto del exilio estas ideas van cambiando: cada persona recibía en vida la recompensa adecuada a su conducta (2Re 14, 5-6; Jer 31, 29-30; Ez 18, 2-3. 26-27). Sin embargo, la experiencia desmentía este principio. Después del destierro este problema ocupa un puesto primordial en la reflexión sapiencial, y no resulta fácil encontrar una respuesta adecuada. El libro de Job refleja vivamente este drama, apuntando distintas soluciones, pero ninguna definitiva ni convincente: Job es invitado a entrar en el misterio de Dios y desde ahí poder relativizar su dolor, su desesperación y pretensiones. Qohelet se hace eco del mismo escándalo y lo amplía: aún suponiendo que el justo siempre recibiera bienes, tal recompensa no es proporcional al esfuerzo que pone el hombre en conseguirla, pues no da plena satisfacción a los anhelos del ser humano. Tanto Job como Qohelet se mueven en el ámbito de retribución intramundana, no atisban nada más allá de la muerte.

Este problema recibe nueva luz con las ideas sobre la inmortalidad y resurrección que aparecen en Israel durante las guerras macabeas (2Mac 7,9; 12,38-46; Dan 12, 2-4) y encuentran su formulación en el libro de la Sabiduría (Sab 1-5) La revelación del Nuevo Testamento, dará respuestas tres siglos más tarde: la solución definitiva se ofrecerá en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, el Justo sufriente.

Por otra parte, no está mal que Qohélet nos recuerde el sabor de las cosas sencillas, el disfrute de las cosas ordinarias, que también son don de Dios. En esto conectaría muy bien con la mentalidad de la postmodernidad: presentista, del “carpe diem”… No hace falta que hagamos un esfuerzo grandísimo en salir de esta realidad temporal para encontrar a Dios. Él es compañero cercano de todo lo que vivimos. Nos lo dice la fe. La vida tiene sentido porque somos personas humanas, no animalitos, y en nuestros genes llevamos escrita esa búsqueda de sentido, porque estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, un Dios creador, que se mueve, que sale de sí, que inventa, que busca.

Evangelio: la vida no depende de los bienes

Va en la misma línea sapiencial que la 1ª lectura: el ser humano busca sin descanso la alegría y la felicidad, pero en torno a esta búsqueda planean serios peligros. Uno de estos peligros, que nos plantea este texto evangélico es el de la codicia.

A Jesús, como Maestro, se le acercan dos hermanos en litigio y le suplican que ponga orden, que haga justicia. Jesús sabe ponerse en su sitio: él no ha venido al mundo como juez jurídico, legal. Va más allá de lo externo: “Él sacará a la luz los pensamientos íntimos de los hombres” (Lc 2, 35b), va a la raíz de los problemas, que está en el corazón del ser humano. Para Él es más importante desenmascarar la codicia que nos domina, que hacer valer los derechos de cada uno. Con lo primero, se conseguirá lo segundo.

Sus palabras son magistrales: “eviten toda clase de codicia, porque aunque uno lo tenga todo, no son sus posesiones las que le dan vida”. Jesús no invita al conformismo. Lo primero es la justicia, querida por Dios, predicada por Jesús: que todos tengan pan, educación, techo… fruto de la comunión, de la solidaridad, nuevo nombre de la justicia, eso es el Reino, la Nueva Humanidad. Pero puede ocurrir que cuando tengamos lo justo, lo que nos corresponde como hijos y hermanos, ambicionemos más. Este codicia nunca nos permitirá ya descansar. Es muy difícil ya decirse a uno mismo: “Hombre, tienes muchas cosas guardadas para muchos años, descansa, come, bebe, pásalo bien…” normalmente, no hay quien pare ya el dinamismo de la codicia. Hay que estar alerta. ¿Hasta dónde llegar en la acumulación de bienes?

La codicia de unos pocos o de unos muchos impide el desarrollo de los pueblos, y además es contagiosa: ¿por qué se me ocurre mirar a otros y compararme con otros para ambicionar más cada día? ¿por qué no se me ocurre mirar a los que tienen menos y que viven peor, para moverme a compartir con ellos? “Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque suyo es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3) No ambicionar nada más de lo necesario, agradecer lo que ya tenemos, lo que hoy se nos regala, ése es el espíritu del pobre. No son las posesiones las que nos dan la vida. Créelo. “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). “Él es nuestra riqueza.”

Lo que se ha ido acumulando a lo largo de la vida, sin disfrutarlo, sin compartirlo ¿de quién será? ¿para quién será? Todos conocemos personas avaras, con muchas riquezas materiales que viven andrajosamente, sin capacidad de disfrutar lo que tienen ¿son felices esas personas? NO. ¿Para qué vivir pendientes del tener, y no ser capaces de ser? Pensando sapiencialmente, ¿qué beneficios nos reporta esa actitud y esa ambición? A la altura de los tiempos actuales, esa actitud, no sólo es «amasar riquezas para sí y no ser ricos ante Dios», sino destrucción de la vida y del planeta. Todo lo que destruye la sociedad, la justicia, es disfuncional, no sólo para la sociedad, y la convivencia, sino para el «Buen vivir», para la vida. Enriquecerse en Dios, es vivir como Jesús: vivir confiados en las manos del Padre/Madre Dios, buscar el Reino-Utopía como lo más principal. «Lo demás vendrá por añadidura». Enriquecerse en Dios es amasar una única fortuna: la del amor, el favorecimiento de la vida, el descentramiento de sí mismo en favor del centramiento en el amor, las buenas obras con los más pequeños y desfavorecidos (Mt 6,19).

En torno a la segunda lectura

La intención de la carta a los cristianos de Colosas es afirmar la supremacía de Jesucristo por encima de toda realidad cósmica, terrena o supraterrena. Algunos pretendían introducir en la comunidad ideas filosóficas sobre el mundo de los poderes angélicos, y unas prácticas ascéticas inspiradas en ritos mágicos y mistéricos que confundían y amenazaban con destruir el misterio de Cristo entre los creyentes. Por eso, en el Himno Cristológico de 1,15-20 se presenta a Jesús como Señor de toda la creación y único salvador del mundo, revelación perfecta de la sabiduría divina, escondida durante siglos, pero revelada ahora en el Hijo, fuente de vida espiritual para el ser humano, de quien recibimos la plenitud.

El bautismo introduce al cristiano en la posesión ya presente de la salvación, no como algo conseguido de manera estática, sino en movimiento, en progreso, dinámico, en combate. El bautismo nos une a Cristo y nos hace participar de sus riquezas: “fuimos sepultados con Cristo y luego resucitados por haber creído en el poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos” (2,12)

Muertos y resucitados con Cristo debemos buscar lo que Cristo buscó, las cosas de arriba, las cosas de dentro donde está nuestra verdadera riqueza, la del corazón, pero también las malas intenciones (Mt 15,19). Hay que hacer morir lo terrenal, despojarse del “hombre viejo”. Esta renovación es espiritual (Ef 4,23), es decir, bajo la acción del Espíritu, el mismo que movió a Jesús en su existencia terrena. El “hombre viejo” es egoísta, mentiroso, esclavo de sus apetencias… el “hombre nuevo” es bondadoso y compasivo, volcado y preocupado por los demás, comunitario, misericordioso, comprensivo, hace del amor la norma de su vida… para con los demás actúa de la misma manera que Cristo ha actuado en él. Ese es el ser humano nuevo. (Ef 5,1-2). La fuente de toda moral humana es la unión con Cristo, a la que se llega por el bautismo. Sin este fundamento, la vida será un conjunto de recetas y normas que hay que cumplir. La nueva condición de personas nuevas se va renovando cada día según la imagen del creador.

Dicho esto sobre esta segunda lectura, hay que añadir una nota crítica para los fieles ylos predicadores más críticos. Este fragmento de la carta de Pablo deja un especial de boca agridulce, pues junto a la atracción espiritual que producen en conjunto sus palabras, sus imágenes dejan una profunda insatisfacción: arriba/abajo, los bienes de arriba/los bienes de abajo, aspirar a los bienes de arriba y no a los de la tierra… Ese claro dualismo de fondo, esa esquizofrenia espiritual que quiere hacernos creer que estamos en esta tierra (abajo) desterrados, caídos de nuestro verdadero mundo, el mundo de arriba, al que tenemos que aspirar a volver, en el que seremos de nuevo manifestados en gloria tras nuestra muerte… es una visión de fondo, un supuesto que se cuela en las palabras de Pablo como «de rondón», sin siquiera ser mencionado, como una evidencia de fondo que ni siquiera hay que tematizar y discutir… Muchas personas con mentalidad realmente «de hoy», se sienten mal ante estos textos, y muchas veces ni siquiera pueden reaccionar en el nivel consciente, porque no descubren contra qué palabras explícitas podrían reaccionar, pero siguen sintiéndose mal.

Textos que ya van para dos milenios de antigüedad, y que llevan dentro -como una droga escondida no declarada- el platonismo del ambiente helenista en el que fueran concebidos y expresados, no son buenos para vehicular un mensaje que ha de ser entregado en la rapidez de una liturgia que no permite mayores esclarecimientos hermenéuticos. Tal vez mejor sería no abordarlos cuando no van a ser bien abordados. Pero en todo caso, los oyentes actuales tienen derecho a que los predicadores inteligentes digan una breve palabra que les tranquilice ante posibles malestares interiores. El mismo Pablo, misionero apasionado, sería el primero que hoy se quejaría de sus palabras no sean purificadas del dualismo platónico que él mismo respiró en su ambiente helenista pero que hoy es absolutamente inaceptable en nuestra visión moderna y ecocéntrica.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 73 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «La muerte del viejo avaro». El guión y su guión y su comentario puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400073 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap73b.mp3

Para la revisión de vida

¿Te produce satisfacción tu trabajo? ¿Encuentras sentido en lo que haces y vives? ¿Cómo vives tus afanes en el trabajo, en todo lo que realizas a lo largo del día?

¿Qué haces para despojarte del hombre viejo: el egoísmo, la envidia, la mentira… y revestirte de las actitudes de Jesús: bondad, amor, misericordia, comprensión…? ¿Cómo vas renovando en ti la imagen de tu creador día a día?

¿Te sientes apegado a tus bienes, pocos o muchos, los que tengas…? ¿Qué quieres hacer con ellos? ¿Cómo puedes hacerte rico en Dios?

Para la reunión de grupo

Leer no sólo el texto propuesto en la Liturgia para este Domingo, procurar leer algo más del libro de Qohélet y compartir las respuestas personales al problema que se plantea el autor: ¿qué saca el hombre de todo su trabajo, de los afanes con que trabaja bajo el sol? ¿Pensamos que la vida es vaciedad sin sentido? ¿Qué sentido damos a nuestra vida?

El dualismo platónico (un mundo de arriba y otro de abajo, uno espiritual y otro terrenal, esa aspiración hacia el mundo de arriba espiritual huyendo del mundo de abajo material…), ¿forma parte del cristianismo, o es sólo un elemento cultural helenista en el que nos viene envuelto el mensaje de Pablo? ¿Se puede ser cristiano y no ser platónico ni dualista? ¿Se puede expresar el mismo mensaje con otras imágenes, y con negación explícita del dualismo?

Para la oración de los fieles

Para que todos los que formamos la Iglesia, vivamos con fuerza nuestro bautismo, lo renovemos cada día y vayamos despojándonos de la vieja condición humana y sus actitudes, roguemos…

Movidos por el Espíritu de Jesús pidamos fuerza para no dejarnos llevar por la codicia, antes bien promovamos la justicia, el compartir. Que sepamos afanarnos por acumular los bienes que merecen la pena y que nos hacen más felices a nosotros y a los que nos rodean. Roguemos…

Que el Señor nos conceda un corazón dócil a su Palabra, como el de María nuestra Madre, que pone por obra aquello que escucha, roguemos…

Por los que más sufren entre nosotros, por cualquier motivo: hambre, persecución, enfermedad, mentira… que puedan contar con nuestro apoyo y ayuda desinteresada, roguemos…

Siempre es necesario pedir a nuestro Dios nos regale el don de la paz: a cada persona, a cada grupo, familia, a las naciones. Que sea posible la superación de las guerras, los odios, divisiones entre los humanos, por medio del diálogo, el entendimiento, la mansedumbre y la práctica de la justicia, roguemos…

Oración comunitaria

Líbranos Señor de toda codicia.

Concédenos Señor un corazón sencillo,

que no ambicione más allá de lo que necesitamos

que sepa agradecer lo que ya tenemos,

lo que cada día nos regalas Tú y nuestros hermanos.

Confesamos que sólo Tú eres nuestro verdadero tesoro,

Y en tus manos amorosas queremos vivir confiados.

Que no nos cansemos de vivir así, buscando primero y ante todo el Reino.

Padre, que tu Espíritu nos haga cada vez más amantes de la Vida y del Amor que la favorece.

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