Comentarios Asunsción de María


MODELO DE MUJER

Durante muchos años, en libros y devocionarios, en ser­mones y prédicas, desde púlpitos y ambones, se ha propuesto a María, la Virgen María, como modelo de mujer. Sus virtu­des domésticas, su virginidad, su sencillez y sumisión a la vo­luntad de Dios y a su esposo se divulgaban a los cuatro vientos para que todos -en especial las muchachas de tierna edad- miraran hacia ella e imitaran el modelo.

No ha pasado mucho tiempo desde que párrafos como el que voy a transcribir, sacado de un libro de meditaciones, ali­mentaran la espiritualidad de jóvenes y mayores. Decía así:

«María es modelo de mujer. ¡Qué amor al retiro de su casita! Si sale de su casa es por caridad, como en la Visitación, o por espíritu de obediencia, como ir a Belén, a Egipto o al templo de Jerusalén. Nunca emprende viajes por puro pasatiempo. Contémplala en la calle y observa su recogimiento interior, manifestado en la modestia de sus ojos y de todos sus adema­nes. Persuadida de que es templo de Dios, no se disipa con el trato social. Finalmente, mírala en las ocupaciones de su casa: aun en los días de ahogo, de mucho trabajo, cómo sabe santificarlo con la presencia de Dios, que ni por un momento pierde… »

Páginas antológicas como ésta llenaban los libros de me­ditaciones para fieles devotos, proponiendo un modelo de mu­jer válido tal vez para el pasado, para los tiempos en que la mujer tenía por marco de vida su casa, y por única norma la obediencia y sumisión al marido, trayendo al mundo ‘los hijos que Dios quiera’, que vaya usted a saber si los quería Dios o no…

Una falsa lectura historicista de las contadas páginas evan­gélicas dedicadas a María la presentó como la mujer que es­tuvo siempre bien informada, con hilo directo celestial, con plena conciencia desde el primer momento de lo que en sus entrañas se gestaba; con una clarividencia que hacía de su fe en Dios una evidencia más que una búsqueda entre oscurida­des, como es la fe de todos los humanos que se introducen por los senderos del evangelio.

Se proponía así imitar a María, copiar ese modelo, y tras­ladarlo a nuestra época y a nuestra vida. Ojalá que no sigamos cayendo en esa tentación. Porque lo que había en María de inculturación en una sociedad y tiempo ya pasados no debe seguir siendo imitado. En aquella sociedad, la mujer no se situaba en paridad de derechos y deberes con el varón, ni tenía acceso salvo rarísimas excepciones          al mundo de la cultura. La mujer se definía como esposa y madre        -en el caso de María, como esposa y Madre-Virgen, más difícil toda­vía-, debiendo desarrollar su trabajo, sólo y exclusivamente en el ámbito familiar y casero, a la sombra del varón.

¿Podemos seguir llamando a María ‘modelo de mujer’ hoy? Sí, pero si no la tomamos como modelo estático, como algo que hay que reproducir al pie de la letra. Dicho de otro modo: María es modelo de mujer no tanto por la situación concreta socio-cultural que vivió  -perteneciente ya al pasado, irrepro­ducible en el presente-, sino porque supo vivir y asumir las circunstancias que le tocaron en suerte vivir, siendo fiel a Dios y al hombre en todo momento.

Isabel, su prima, dio en la clave: «Dichosa tú porque has creído. Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45). María es modelo de creyente que da una respuesta a Dios en su ambiente y en su tiempo. El modo de esa respuesta tiene que ser hoy distinto de ayer. Los tiempos han cambiado.

II

LA QUE CREYO

María es la figura más manipulada en toda la historia del Cristia­nismo Con el pretexto de ensalzar su grandeza, hemos hecho lo contrario de lo que ella hubiera querido; y se nos ha olvidado imitarla y creernos, como ella lo creyó, que lo que ha dicho el Señor se cumplirá

MARIA

A Zacarías -varón, sumo sacerdote, profesional de la religión, rico, culto- se le había anunciado de parte de Dios que él y su mujer, a pesar de su avanzada edad, tendrían un hijo al que Dios le encargaría la misión de preparar el camino al Mesías. Pero no se lo creyó hasta que no vio a su mujer encinta.

María -una muchacha sencilla de un pueblo perdido en las montañas de Galilea, en el extremo norte del país, margi­nada por ser mujer en la sociedad civil y en el ámbito religioso, pobre, sin preparación cultural alguna- escuchó también un mensaje de Dios: ella iba a ser la madre del Mesías. Y creyó. Y aceptó el papel que Dios le encomendaba llevar a cabo en el proceso de liberación que estaba a punto de iniciarse en la ya inminente intervención salvadora de Dios.

Cuando llegó a casa de Isabel, pariente suya, ya estaba sintiendo dentro de sí el cumplimiento de lo que se le había dicho, y su presencia llenó de Espíritu Santo a la mujer de Zacarías, en quien la palabra de Dios también se había hecho realidad. Esa fe es la que Isabel alaba cuando saluda a María con estas palabras: «¡Y dichosa tú por haber creído que lle­gará a cumplirse lo que te han dicho de parte del Señor! »

LO QUE MARIA CREYO

María creyó, por supuesto, que ella iba a ser la madre del Mesías; María creyó en lo extraordinario de ese nacimiento. María se fió de Dios cuando aceptó jugar un papel tan decisivo en la historia de la salvación. Pero María creyó en todo eso porque su fe tenía raíces hondas y creía y esperaba que se cumplieran las promesas que Dios había hecho a su pueblo. Toda esa fe que Isabel alaba en su saludo la proclama María de manera solemne en su respuesta: el canto que conocemos con el nombre de «Magnificat»:

Proclama mi alma la grandeza del Señor

y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador,

porque se ha fijado en la humillación de su sierva…

derriba del trono a los poderosos

y encumbra a los humildes;

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide de vacío.

Ha auxiliado a Israel, su servidor,

…como lo había prometido a nuestros padres…

(Lc 1,46-55)

María, como se ve, seguía creyendo en el carácter liberador del Señor, Dios de Israel. María seguía creyendo en la nece­sidad y en la posibilidad de liberación. Y porque creía en todo lo que Dios había prometido a su pueblo, creyó que se cumpliría lo que se le había dicho a ella de parte del Señor. Y su fe se hizo realidad en Navidad.

CADA AÑO, NAVIDAD

No parece que los tronos y las coronas, los mantos de reina y los vestidos lujosos, el oro y las joyas estén muy de acuerdo con la fe de María, y sin embargo, ¿no es ésta la manera más frecuente de honrar a María, de manifestar nues­tra fe en María? Sin embargo, todo eso es incompatible con la fe de María y con su compromiso personal, aceptando llevar a cabo la tarea que a ella le fue encomendada dentro del proyecto liberador de Dios.

Parece como si alguien quisiera encumbrarla en los tronos de los poderosos, o llenarla con las riquezas de los ricos para moderar así la fuerza de su grito que agradecía y anunciaba la intervención de Dios en favor de la liberación de los pobres y humillados de su pueblo.

Dentro de unos días celebraremos, un año más, la Navi­dad. Sonarán los villancicos, se iluminarán las calles, se reuni­rán muchas familias… Pero toda esta fiesta, ¿tendrá algo que ver con la alegría de María, que nacía de su fe y que iba acompañada de su compromiso con el proyecto de Dios? Dios no hará nada por el hombre sin la colaboración o la aceptación del hombre mismo; por eso, el sí de María a la palabra de Dios hizo posible la Navidad; cuando nosotros la celebramos, ¿la estamos haciendo posible? ¿Nos conformare­mos simplemente con pasarlo bien con el pretexto de la Na­vidad? Puede que demos limosna a algún pobre o que contri­buyamos a alguna colecta para los pobres, pero ¿vamos a hacer algo para acabar con la pobreza, para devolver la dig­nidad a los humillados, para desterrar de nuestro mundo la injusticia, la opresión, la explotación de los débiles…?

La Navidad fue posible porque María creyó en la libera­ción, tuvo fe en el Dios liberador. En la medida en que nosotros creamos en la posibilidad de un mundo verdaderamente libre, en la medida en que creamos, como María, en que Dios está comprometido con la libertad de los hombres y, como ella, nos comprometamos a hacer todo lo posible para que este mundo sea la casa de los libres hijos de Dios, en esa medida estaremos llenando de sentido la celebración de la Navidad.

III

EL SERVICIO SOLICITO

DEJA UNA ESTELA DE ALEGRIA

«Por estos mismos días María se puso en camino y fue a toda prisa a la sierra, en dirección a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (1,39-40). El nexo temporal que une esta nueva escena con la anterior es de los más estrecho, imbricándolas íntimamente. María se olvida de sí misma y acude con presteza en ayuda de su pariente, tomando el camino más breve, el que atravesaba los montes de Samaría. Lucas subraya su prontitud para el servicio: el Israel fiel que vive fuera del influjo de la capital (Nazaret de Galilea) va en ayuda del judaísmo oficial (Isabel; «Judá», nombre de la tribu en cuyo territorio estaba Jerusalén). Al igual que el ángel «entró» en su casa y la «saludó» con el saludo divino, María «entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». De mujer a mujer, de mujer embarazada a mujer embarazada, de la que va a ser Madre de Dios a la que será madre del Precursor.

«Al oír Isabel el saludo de María, la criatura dio un salto en su vientre e Isabel se llenó de Espíritu Santo» (1,41). El saludo de María comunica el Espíritu a Isabel y al niño. La presencia del Espíritu Santo en Isabel se traduce en un grito poderoso y profético: « ¡ Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Y ¿quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Mira, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa la que ha creído que llegará a cumplirse lo que le han dicho de parte del Señor!» (1,42-45).

Isabel habla como profetisa: se siente pequeña e indigna ante la visita de la que lleva en su seno el Señor del universo. Sobran las palabras y explicaciones cuando uno ha entrado en la sintonía del Espíritu. La que lleva en su seno al que va a ser el más grande de los nacidos de mujer declara bendita entre todas las mujeres a la que va a ser Madre del Hombre nuevo, nacido de Dios. La expresión «Mira» concentra, como siempre, la atención en el suceso principal: el saludo de María ha servido de vehículo para que Isabel se llenase de Espíritu Santo y saltase de alegría el niño que llevaba en su seno. La sintonía que se ha establecido entre las dos mujeres ha puesto en comunicación al Precursor con el Mesías. La alegría del niño, fruto del Espíritu, señala el momento en que éste se ha llenado de Espíritu Santo, como había profetizado el ángel. A diferencia de Zacarías, María ha creído en el mensaje del Señor y ha pasado a encabezar la amplia lista de los que serán objeto de bienaventuranza.

LA EXPERIENCIA DE LIBERACION

DE LOS HUMILLADOS Y OPRIMIDOS

En el cántico de María resuena el clamor de los humillados y oprimidos de todos los tiempos, de los sometidos y deshereda­dos de la tierra, pero al mismo tiempo se hace eco del cambio profundo que va a producirse en el seno de la sociedad opresora y arrogante: Dios ha intervenido ya personalmente en la historia del hombre y ha apostado a favor de los pobres. En boca de María pone Lucas los grandes temas de la teología liberadora que Dios ha llevado a cabo en Israel y que se propone extender a toda la humanidad oprimida. En la primera estrofa del cántico María proclama el cambio personal que ha experimentado en su persona:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor

y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador,

porque se ha fijado en la humillación de su sierva.

Pues mira, desde ahora me llamarán dichosa

todas las generaciones,

porque el Potente ha hecho grandes cosas a mi favor

-Santo es su nombre-

y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (1,46-50).

Por boca de María pronuncia su cántico el Israel fiel a Dios y a su alianza, el resto de Israel que ha creído en las promesas. Alaba a Dios por su cumplimiento, que ve inminente por el hecho de la concepción del Mesías y experimenta ya realizado en su persona. «Dios mi Salvador» (cf. Sal 24,1; 25,5; Miq 7,7, etc.) es el título clave del cántico, cuyo tema dominante va ser la salvación que Dios realiza en Israel. Dios ha puesto su mirada en la opresión que se abate sobre su pueblo y lo ha liberado en la persona de su representante, su «sierva» (cf. Dt 26,7; Sal 136,23; Neh 9,9).

Los grandes hitos de la liberación de Israel están compendia­dos en las «grandes cosas» que Dios ha hecho en favor de María: esta expresión se decía en particular de la salida de Egipto (Dt 10,21, primer éxodo). En el compromiso activo de Dios a favor de su pueblo, éste reconoce que su nombre es Santo; en el compromiso de los cristianos a favor de los pobres y marginados, éstos reconocerán que el nombre de Dios es Santo y dejarán de blasfemar contra un sistema religioso que, a sus ojos, se ha pres­tado con demasiada frecuencia a lo largo de la historia a defender los intereses de los poderosos o por lo menos se ha inhibido de sostener la causa de los pobres con el pretexto de que alcanzarán la salvación del alma en la otra vida.

En la segunda estrofa se contempla proféticamente el futuro de la humanidad desheredada -tema de las bienaventuranza- como realización efectuada e infalible de una decisión divina ya tomada de antemano:

«Su brazo ha intervenido con fuerza,

ha desbaratado los planes de los arrogantes:

derriba del trono a los poderosos

y encumbra a los humillados;

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide de vacío» (1,51-53).

Dios no ha dado el brazo a torcer frente al orden injusto que, con la arrogancia que le es proverbial, ha pretendido con sus planes mezquinos e interesados borrar del mapa el plan del Dios Creador. Dios «ha intervenido» ya (aoristo profético) para defender los intereses de los pobres desbaratando los planes de los ricos y poderosos. La acción liberadora va a consistir en una subversión del orden social: exaltación de los humillados y caída de los opresores; sacia a los hambrientos y se desentiende de los ricos. El cántico de María es el de los débiles, de los marginados y desheredados, de las madres que lloran a sus hijos desapareci­dos, de los sin voz, de los niños de la «intifada», de los muchachos que sirven de carnaza en las trincheras, en una palabra: de la escoria de la sociedad de consumo, que dilapida los bienes de la creación dejando una estela de hambre que abraza dos terceras partes de la humanidad.

Finalmente, en la tercera estrofa pone como ejemplo concreto de la salvación, cuyo destinatario será un día no lejano la entera humanidad, la realización de su compromiso para con Israel:

«Ha auxiliado a Israel, su servidor,

acordándose -como lo había prometido a nuestros padres- de la misericordia en favor de Abrahán y su descendencia, por siempre» (1,54-55).

Dios no ha olvidado su misericordia/amor (Sal 98,3), como podía haber sospechado Israel ante los numerosos desastres que han jalonado su historia. La fidelidad de Dios hecha a los «pa­dres», los patriarcas de Israel, queda confinada de momento, en el horizonte concreto de María, el Israel fiel, a su pueblo. Sólo en la estrofa central hay atisbos de una futura ampliación de la promesa a toda la humanidad.

«María permaneció con ella como tres meses y regresó a su casa» (1,56). Lucas hace hincapié en la prolongada permanencia de María al servicio de su pariente, aludiendo al ultimo período de su gestación. Silencia, en cambio, intencionadamente su pre­sencia activa en el momento del parto, cuando lo más lógico es que la asistiera en esta difícil situación. No tiene interés en los datos de crónica, sino en el valor teológico del servicio prestado. La vuelta «a su casa» sirve para recordar que en la gestación de su hijo, José no ha tenido arte ni parte. La mención de las dos «casas», la de Zacarías al principio y la de María al final, establece un neto contraste entre las respectivas situaciones familiares.

IV

A la mitad del mes de agosto, estalla la alegría en la liturgia de la Iglesia. En el hemisferio norte, coincide -o se le ha hecho coincidir- con las fiestas ancestrales de la canícula del verano boreal. La alegría de la plenitud de las cosechas llega a su plenitud ahora al celebrar la Asunción de la Virgen María. Ella, la madre de Jesús, es la «primera cristiana», debería ser también la primera en llegar hasta Jesús. La fe de la iglesia ha querido ver en ella la confirmación definitiva de que nuestra esperanza tiene sentido. De que esta vida, aunque nos parezca que está enferma de muerte, está en realidad preñada de vida, de una vida que se manifiesta ya en nosotros y que debemos celebrar ya aquí y ahora. Y en primer lugar, en María, Madre de Jesús y Madre nuestra.

En la primera lectura encontramos un combate frontal entre la debilidad de una mujer a punto de dar a luz y la crueldad de un monstruo perverso y poderoso que se ha apropiado de una buena parte del mundo y quiere arrebatarle el hijo a la mujer. El Apocalipsis, hace un relato rico en simbología en el cual las comunidades cristianas pueden estar representadas en la mujer, reconociendo que un sector del cristianismo de los primeros días tuvo un alto influjo de la persona de María y de la presencia femenina en medio de ellas, como sostenedoras de la fe y la radicalidad. Por otra parte el monstruo, es un sinónimo del aparato imperial. Con sus respectivas cabezas y cuernos representa los tentáculos del poder civil, militar, cultural, económico y religioso, que está empeñado en eliminar al cristianismo, por su talante profético, ya que se ha tornado incómodo para los poderosos de la tierra.

La segunda lectura, abre bellamente con una metáfora de la resurrección de Cristo como primer fruto de la cosecha, y luego clarifica cómo todos lo que en Cristo viven, en Cristo mueren, también en Cristo resucitarán. Se trata de una afirmación de la vida plena para los que asumen el proyecto de Jesús como propio y en ese sentido se hacen partícipes de la Gloria de la resurrección.

En el evangelio, el canto de alegría de María que se proclama en el Evangelio se hace nuestro canto. Tenemos pocos datos sobre María en los evangelios. Los estudiosos nos dirán que, casi seguro, este cántico, el Magnificat, no fue pronunciado por María, sino que es una composición del autor del Evangelio de Lucas. Pero no hay duda de que, aun sin ser histórico, recoge el auténtico sentir de María, sus sentimientos más profundos ante la presencia salvadora de Dios en su vida. Es un cántico de alabanza. Esa es la respuesta de María ante la acción de Dios. Alabar y dar gracias. No se siente grande ni importante por ella misma, sino por lo que Dios está haciendo a través de ella.

“Proclama mi alma la grandeza del Señor”. María goza de esa vida en plenitud. Su fe la hizo vivir ya en su vida la vida nueva de Dios. Hay un detalle importante. Lo que nos cuenta el evangelio no sucede en los últimos días de la vida de María, cuando ya suponemos que había experimentado la resurrección de Jesús, sino antes del nacimiento de su Hijo. Ya entonces María estaba tan llena de fe que confiaba totalmente en la promesa de Dios. María tenía la certeza de que algo nuevo estaba naciendo. La vida que ella llevaba en su seno, aún en embrión, era el signo de que Dios se había puesto en marcha y había empezado actuar en favor de su pueblo.

Más de una vez, en alguna dictadura, este canto de María se ha considerado como revolucionario y subversivo. Y ha sido censurado. Ciertamente es revolucionario, y su mensaje tiende a poner patas arriba el orden establecido, el orden que los poderosos intentan mantener a toda costa. María, llena de confianza en Dios, anuncia que Él se ha puesto a favor de los pobres y desheredados de este mundo. La acción de Dios cambia totalmente el orden social de nuestro mundo: derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. No es eso lo que estamos acostumbrados a ver en nuestra sociedad. Tampoco en tiempos de María. La vida de Dios se ofrece a todos, pero sólo los humildes, los que saben que la salvación sólo viene de Dios, están dispuestos a acogerla. Los que se sienten seguros con lo que tienen, esos lo pierden todo. María supo confiar y estar abierta a la promesa de Dios, confiando y creyendo más allá de toda esperanza.

Hoy María anima nuestra esperanza y nuestro compromiso para transformar este mundo, para hacerlo más como Dios quiere: un lugar de fraternidad, donde todos tengamos un puesto en la mesa que nos ha preparado Dios. Pero en este día María anima sobre todo nuestra alabanza y acción de gracias. María nos invita a mirar a la realidad con ojos nuevos y descubrir la presencia de Dios, quizá en embrión, pero ya presente, a nuestro alrededor. María nos invita a cantar con gozo y proclamar, con ella, las grandezas del Señor.

Nota crítica. A estas alturas, es importante no hablar de la Asunción de María sencillamente como quien da por supuesto un viaje cuasi-sideral de María al cielo… No es necesario detenerse una vez más en el análisis del tema de los «dos pisos» de la cosmovisión religiosa clásica… Pero sí es necesario, aunque sea con un simple leve inciso, recordar a los oyentes que no estamos describiendo un asunción literal, un traslado físico, sino una expresión metafórica, para que no se entienda mal todo lo que con una bella estética bíblico-litúrgica podamos decir al respecto.

Lo que en este sentido se podría decir explícitamente sobre el tema de la «asunción» es lo mismo (y aun con más motivo) que respecto de la «ascensión». Recomendamos este excelente texto de Boff respecto a la ascensión: http://www.servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm

La serie «Otro Dios es posible» de los hermanos López Vigil, tiene un capítulo, el 57, titulado «¿Ascensión y Asunción?», que puede resultar útil para una sesión de estudio sobre el tema. El guión y el audio puede ser recogido aquí: http://www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=150057 No olvidar pulsar el enlace a «Más información sobre el tema».

Para la revisión de vida

Celebramos hoy una fiesta en honor de la Virgen, lo cual es una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra manera de honrarla. Alguien dijo que Dios la llenó de gracia y nosotros de joyas. ¿Acaso pretendemos enmendarle la plana a Dios? ¿No es mejor tratar de parecernos a ella en su fe, su esperanza, su amor y su disponibilidad, que llenarla de joyas, mantos y folclores que más ocultan que revelan su verdadera imagen?

Para la reunión de grupo

Solemos ver, en la figura de la mujer del relato del Apocalipsis, a la Madre de Jesús, que lo engendra y lo da a luz, pero que también está rodeada en su vida de penalidades del mismo tipo que las de su Hijo y en conexión con Él. ¿Tengo esta visión realista de la vida de María o soy de los que piensan que los pajaritos y los ángeles estaban todo el día poniendo música de fondo a su vida?

La resurrección de Cristo no es sólo un final feliz para su vida de entrega y fidelidad, sino el adelanto del destino que a todos nos espera; primicia de este triunfo final que a todos nos aguarda es María, que también sigue a su Hijo en este destino. ¿Es ésta mi esperanza, estoy convencido de que también a mí y a todos nos espera este final?

Esta María que entona el Magníficat, que proclama que Dios colma de bienes a los hambrientos mientras despide vacíos a los ricos, es la Virgen Madre que vivió en Nazaret; pero ¿es la Virgen Madre de nuestra fe, de nuestro culto a María, de nuestras “vírgenes”, de nuestros usos y costumbres marianos”?

Para la oración de los fieles

Por la Iglesia, para que proclame la Asunción de María con un compromiso cada día mayor y más eficaz con los pobres y oprimidos. Roguemos al Señor.

Por todos nosotros, para que la proclamación del Magníficat nos lleve a ser solidarios con los que sufren. Roguemos…

Por los ricos y los poderosos, para que no pongan su corazón en sus riquezas, sino que sirvan con ellas a los pobres. Roguemos…

Por los enfermos y los moribundos, para que hagan frente a su dolor con la esperanza de quienes se saben llamados a la vida. Roguemos…

Por todos nuestros seres queridos difuntos, para que gocen ya de la plenitud de la vida de la resurrección, junto con María y Jesucristo. Roguemos…

Por todos nosotros, para que confiemos plenamente en el amor de Dios y cumplamos en todo su voluntad. Roguemos…

Oración comunitaria

Dios, Padre nuestro, que has llevado a María a alcanzar ya junto a ti la misma plenitud de vida de Jesucristo; te pedimos que nos conceda que, siendo, como ella, fieles en el cumplimiento de tu voluntad, lleguemos a participar también nosotros de la gloria de la resurrección. Por Jesucristo.

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