¿Para qué sirven los obispos?


Hay razones para pensar que el Evangelio de Marcos es más antiguo de lo que se creía hace unos años.

Podría haber sido escrito, al menos en una primera redacción, hacia el año cincuenta de nuestra era.

De ser así, resultaría una consecuencia paradójica. Ese algo divertido, que vemos aparecer con frecuencia en las cosas de Yahvé Dios.

Lo digo, porque han sido los teólogos conservadores los que han tenido siempre mucho empeño en probar que los Evangelios sinópticos eran muy antiguos, mientras los teólogos más radicales tendían a demostrar que eran relativamente recientes.

Y ahora resulta que uno de esos Evangelios puede que sea tan antiguo como lo podían desear los teólogos más conservadores. Pero da la mala pata de que es el Evangelio de Marcos. Y resulta que este Evangelio es obra de una especie de comunidad de base contestataria.

Si pensamos en la situación de Italia, por ejemplo, con conflictos dolorosos y absurdos entre comunidades de base y jerarquías eclesiásticas, resulta que el documento posiblemente más antiguo, a quien les da la razón, es a las comunidades de base.

Pero a las comunidades de base más centradas en la fe en Jesús y con más intimo sentido de permanencia en la iglesia.

Marcos no niega el ministerio pastoral. A lo que se opone ferozmente, aunque sin ferocidad, es a las exageraciones del culto de la personalidad. Muy especialmente por lo que se refiere a Pedro.

Marcos parece querer prevenir de antemano todo intento de secuestro de Jesús por parte de la iglesia. Porque lo más íntimo del mensaje del Evangelio de Marcos es la soberanía de Jesús y el carácter inmediato y personalísimo (tú y yo) de la relación del creyente con Jesús.

Ni siquiera los discípulos más cualificados de Jesús, los doce pueden pretender monopolizarlo. El Evangelio de Marcos nos refiere un diálogo significativo, conservado también por el de Lucas:

Juan le dijo (a Jesús):

— Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y hemos intentado impedírselo porque no anda con nosotros.

Jesús respondió:

—     No se lo impidáis, porque nadie que haga un milagro usando mi nombre puede a continuación hablar mal de mí. O sea, el que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y además, el que os dé a beber un vaso de agua por razón de que seguís a Cristo, no se quedará sin su recompensa, os lo aseguro»

(Marcos, 9, 38-41).

Se trata de creer en Jesús. Y basta. Sin más complicaciones.

Jesús «enseñaba con autoridad, no como los letrados» (Marcos, 1, 22).

Entre sus discípulos, pretender enseñar con demasiada autoridad sería caer en el ridículo. Porque al lado de la autoridad con que enseñó Jesús, cualquier otro intento de enseriar con autoridad sería necesariamente una caricatura. Y tampoco se debería enseñar como «los letrados», que eran legalistas y esclavos de tradiciones humanas.

Entre los discípulos de Jesús, todos deberían sentirse eso: «discípulos». Todos escuchándole a él, tratando de aprender de él, y ayudándose unos a otros a coger lo que él enseñaba con autoridad.

Claro que entre los discípulos los hay siempre aventajadillos, y éstos, si son buenas personas y no quieren darse pote y abusar, pueden ayudar a otros oyentes más torpes o principiantes. Así es como cabe un «ministerio» del anuncio o de la palabra. Con ese espíritu.

El Evangelio de Marcos fue escrito para que, entre los cristianos, nadie pretendiese arroparse la autoridad incomunicable de Jesús, y ninguno cayese, por otra parte, en la manera de aquellos letrados legalistas, que soltaban el mandamiento de Dios para aferrarse a su tradición, y fueron incapaces de comprender a Jesús (Marcos, 7, 1-23).

Nos narra este episodio:

«Un sábado pasaba Jesús por los sembrados y los discípulos, mientras andaban, se pusieron a arrancar espigas. Los fariseos le dijeron:

– Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?

El les replicó:

– ¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió los panes dedicados, que nada más que a los sacerdotes les está permitido comer, y les dio también a sus compañeros.

Y añadió:

–         El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado: así que el hijo del hombre es señor también del sábado»

(Marcos, 2, 23-28).

En las últimas palabras, «el hijo del hombre» es un hebraísmo que significa «el hombre», pero es también un título mesiánico escatológico que proviene del libro de Daniel.

Podrían, pues, significar las palabras que nos refiere el Evangelio de Marcos: «Yo, Jesús, hijo del hombre (en sentido mesiánico escatológico) soy señor también del sábado», o bien esto otro: «El hombre (en general) es también señor del sábado».

Este segundo sentido es el que corresponde a la frase inmediatamente precedente: «el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado». Pero los dos sentidos no se excluyen mutuamente, pues Jesús es el que viene a liberar al hombre de tantas ataduras, entre ellas las de tipo religioso. Jesús es señor del sábado y hace al hombre señor del sábado, devolviéndole su libertad.

El Jesús del Evangelio de Marcos hace curaciones y libra a la gente de posesiones demoníacas.

El lector puede tener la impresión de que en esos relatos hay algo de leyenda, efecto de la fuerza poemática del pueblo ante la figura y la realidad de Jesús. Por más que las referencias sean cronológicamente muy próximas a los acontecimientos históricos.

Pero las narraciones de curaciones y expulsiones de demonios son, en el Evangelio de Marcos, ante todo «significativas». Jesús es el que viene a libertar de los lazos que atenazan al hombre.

* * *

Pablo de Tarso, hacia el año 57 de nuestra era, escribe su carta a los gálatas, que es un himno a la libertad cristiana:

«Cristo nos libertó para que seamos libres; de manera que manteneos firmes y no os dejéis uncir de nuevo al yugo de la esclavitud»

(Gálatas, 5, 1).

La primera palabra de los escritos del Nuevo Testamento es, pues, la palabra libertad.

Es verdad que no se quiere que la libertad se convierta en libertinaje. Pero, para evitar esto, no se piensa ante todo en la «obediencia» y en el «orden jerárquico». Se piensa en el amor mutuo de los hombres:

«A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad: lo único que esa libertad no dé pie a los bajos instintos. Al contrario, que el amor os tenga al servicio de los demás, porque la ley entera queda cumplida con un solo mandamiento, el de amarás a tu prójimo como a ti mismo»

(Gálatas, 5, 13-14).

* * *

Iluminados por esta concepción básica del cristianismo que viene de Jesús, podemos atrevemos a afrontar una pregunta inoportuna.

La pregunta fue recibida hace poco en una revista católica española. Era esta: «¿Para qué sirven los obispos?».

Probablemente, al señor que hacía la pregunta le parecía que no servían para nada. Por eso lo preguntaba.

Y los redactores de la revista andaban buscando al guapo que se arriesgara a contestar. Probablemente porque tampoco a ellos se les ocurría una respuesta fácil.

Yo creo que la gente de la base cristiana no experimenta que los obispos les sirvan para gran cosa.

Muchos cristianos de los llamados progresistas, de verdad creyentes y que quieren mantenerse en comunión de fe con los creyentes, lo que desean de los obispos es que no les den un palo. A veces son ayudados por un obispo fraterno, que los acoge cuando han sido vapuleados por otro obispo o jerarca.

Un eclesiólogo escolástico tradicional respondería que los obispos sirven para muchísimas cosas, y enumeraría una lista abstracta de las cosas para las que los obispos deberían servir.

ero yo veo, por ejemplo cuando hablo con militantes cristianos obreros, que son dos lenguajes más diferentes que lo pueden ser el sánscrito y el quechua. Porque los militantes obreros, y otros no obreros, preguntan para qué sirven de hecho.

Yo tengo algunos obispos amigos, que me ayudan mucho, porque creen, y su fe confirma la mía. Supongo que todos los obispos creen. Pero la fe de éstos que digo, yo la siento. Y esto me ayuda.

Claro que alguno dirá: ¡vaya una ayuda! Así todos los cristianes pueden ayudar.

Y yo le diría: pero ¿de qué otra manera piensas tú que puede un obispo ayudar a los demás, más que siendo cristiano?

De todos modos, quiero ensayar una respuesta más funcional. Porque en el fondo de esa pregunta: «¿para qué sirven los obispos?», está quizá implícita esta otra: «¿cómo nos bandeamos con los que nos han tocado en suerte?».

Entonces yo me atrevería a contestar (hablando en un plano analógico, es decir de cosas parecidas, pero no iguales): «Los obispos sirven como los médicos del seguro de enfermedad». La comparación con los médicos tiene raíz evangélica, pues Jesús mismo comparó su función a la del médico.

Entonces, ¿qué hace la gente? La gente quiere que haya seguro de enfermedad y que haya médicos del seguro. Y está encantada cuando los médicos del seguro la cuidan y atienden bien. Pero cuando, por lo que sea, aquello no funciona bien, y empiezan a temer que el médico del seguro los va a mandar al cementerio, se buscan por su cuenta ayuda médica. Pero ¡ojalá no tuvieran necesidad de esto! Así creo yo que piensa la gente.

Pues una cosa así debía pasar entre los cristianos conscientes de su fe y los obispos.

Es claro, según el Evangelio, que no debe estar el pueblo al servicio de los obispos, sino los obispos al servicio del pueblo. Porque Jesús les dice a los doce:

«Sabéis que los que pretenden gobernar a los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen, pero no ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, sea servidor vuestro, y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos„ porque tampoco el hijo del hombre ha venido a que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos»

(Marcos, 10, 42-45).

El derecho de los obispos a ser obedecidos no es ni despótico ni incondicionado. Ni hace falta que lo sea, si su ministerio ha de ser de veras evangélico.

Pero libertad y obediencia (o, si se quiere, «resistencia y sumisión») serán posibles, si todos –empezando por los obispos— se empapan de que, en la comunidad cristiana, el punto de partida (y el de llegada) es la libertad con amor.

José María Díez Alegría

“Teología en serio y en broma”

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