La salvación es para todos


Todo el capítulo 13 de Lucas es un conjunto desordenado de enseñanzas de Jesús, entre las que destaca como tema predominante la amenaza a los que le escuchan pero van a dejar pasar la oportunidad, refugiándose en su condición de “hijos de Abrahán”. Así:

13,1: exhortación a la penitencia;

13,6: la higuera estéril;

13,10: escándalo por curar en sábado,

y el texto que hoy leemos.

El texto tiene paralelos en:

Mateo 7,13 (puerta estrecha, camino empinado)

Mateo 25,10 (las doncellas necias “Señor, Señor, ábrenos”)

y sobre todo Mateo 7,22 (¿no hemos profetizado y hecho milagros en tu nombre…?), que es donde se recoge más explícitamente el sentido exacto de este mensaje.

Por otra parte, el texto, refleja muy bien “el estilo de Jesús”, tal como se muestra en otras muchas ocasiones en que se le hacen preguntas presuntamente religiosas y Jesús no contesta a lo que le preguntan sino a lo que deberían haberle preguntado.

Quizá los dos casos más llamativos son la pregunta del letrado sobre cuál es el primer mandamiento y el episodio de la mujer adúltera. En ambos, las preguntas se dirigen a Jesús para tentarle o para proponer una cuestión académica: las respuestas de Jesús ignoran lo que le ha sido preguntado y se dirigen a la conversión del que lo pregunta (en forma bastante agresiva por otra parte)

En el texto de hoy la pregunta es “de curiosidad religiosa” y la respuesta es de apremio. Israel da por supuesto que el problema de la salvación es mayor para los gentiles. Incluso algunos parecen pensar que la mera pertenencia al Pueblo de Israel (“somos hijos de Abrahán”) es ya un seguro de salvación, tal como aparece en Mateo 3,9 y sobre todo en Juan 8,33 y 8,39.

La universalidad del señorío de Yahvé estaba ya en el Antiguo testamento. Lo vemos en el texto de Isaías. Pero siempre se enunciaba como una incorporación de los gentiles a Israel. El final es que todos vendrán a Jerusalén, al Monte Sión, al Templo. No se discute la condición de Pueblo Elegido.

Jesús va más allá. Ser hijo de Abrahán no significa nada. Ni haber sido profeta del Señor, ni haber hecho milagros en su nombre, ni haber comido a su mesa. Conocer a Dios, ser su sacerdote, pertenecer a “su pueblo”, puede no significar nada. Importan los frutos, sólo los frutos. Esto se aplica sin duda en dos ámbitos principales:

Históricamente, fue el primer grave problema teológico de la iglesia, y es la tesis de los “Hechos de los Apóstoles”.

Pablo sabe bien que Jesús es de todos y para todos, que la esencia de “la salvación” no radica en ser de una u otra raza, sino en aceptar La Palabra, y que su nacimiento en el pueblo de Israel no significa nada.

Toda la vida de Pablo es una gran pelea para “abrir” el Evangelio a todos, incluso subrayando que los judíos lo han rechazado. El final de los Hechos es una proclamación de su tesis básica (del libro y de Pablo):

“Se ha embotado el corazón de este pueblo; con los oídos apenas oyen, los ojos se los han tapado… para no entender con la mente y convertirse de modo que yo los cure. Pues sabed que esta salvación de Dios se envía a los paganos: ellos sí escucharán”.  (Hch. 28,27)

Doctrinalmente y en forma radical, dramática, se expresa en laparábola del Juicio Final. “Los de la derecha” son los que han vivido echando una mano a sus semejantes, conozcan o no a Dios o a Jesús. “Los de la izquierda” son los que no han echado una mano a los demás, conozcan o no a Dios o a Jesús.

La doctrina se completa y se profundiza en las parábolas de los Talentos y del Fariseo/Publicano. Pertenecer al pueblo de Dios, conocer a Jesús… no son ningún privilegio, sino talentos que se nos entregan y por tanto, mayor responsabilidad por nuestra parte. El fariseo es rechazado porque no sabe que él es virtuoso como talento recibido para los demás, y simplemente da gracias por serlo. La doctrina de Jesús es extraordinariamente coherente.

En consecuencia, en todos estos textos se muestra la esterilidad de algunos planteamientos -incluso muy recientes- sobre la salvación fuera de la iglesia. Si le preguntásemos hoy a Jesús: “¿se pueden salvar los que no te conocen?”, la respuesta sería simple: “tú lo tienes más difícil, porque has recibido mucho más”.

Finalmente, no podemos olvidar el estilo habitual de estos sermones penitenciales. “Apartaos de mí, quedaros fuera, el llanto y rechinar de dientes”… son imágenes, no definiciones dogmáticas. Si alguien saca de aquí conclusiones sobre el infierno y la condenación eterna, está violentando los textos y exhibiendo su incultura.

Seguimos esperando “la salvación” para todos, incluso para nosotros, incluso si respondemos tan mal a La Palabra.

Se trata de convertirnos, de salvarnos, de no dejarnos dormir en los laureles por ser “el pueblo de Dios”. Se trata de recordarnos que parecemos -y nos sentimos- “primeros”, pero vamos a ser últimos; se trata de que las prostitutas y los publicanos “os llevan ventaja” en el Reino. Se trata de que el Padre es Padre de todos, y es justo, y de que nosotros somos “elegidos”, elegidos para un trabajo, no “privilegiados”.

José Enrique Galarreta

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