Comentarios vigésimo primer domingo


LA PUERTA ESTRECHA

Muchos de los párrafos del evangelio aluden directamente a las circunstancias históricas que atravesaba el pueblo de Is­rael, a quien Jesús dirigía su mensaje.

En cierta ocasión «uno le preguntó: -Señor, ¿ son mu­chos los que se salvan? Jesús les dio esta respuesta: -For­cejead para abriros paso por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Una vez que el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, por mucho que golpeéis la puerta desde fuera gritando: ‘Señor, ábrenos’, él os replicará: ‘No sé quiénes sois’. Entonces os pondréis a decirle: ‘Si hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras calles’; pero él os responderá: ‘No sé quiénes sois; ¡lejos de mí, so malvados! Allí será el llanto y el apretar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras a vosotros os echan fuera. Y también de oriente y de occidente, del norte y del sur, habrá quienes vengan a sentarse en el banquete del reino de Dios. Mirad: Hay últimos que serán primeros y hay pri­meros que serán últimos’» (Lc 13,22-30).

A la pregunta que le hacen a Jesús, éste no responde di­ciendo el número de gente que se va a salvar, sino indicando cómo hay que actuar para formar parte de su comunidad, o lo que es igual, para entrar en el reino de Dios. Esto no es cosa fácil, en principio, pues hay que ‘forcejear’ para entrar por la puerta estrecha, o lo que es igual, hay que hacerse violencia para hacer propia la opción por Jesús y ponerla en práctica. No se trata ya de pertenecer a un pueblo o no; hay que adhe­rirse al mensaje de Jesús y ponerlo en práctica. Mientras Jesús vive, el pueblo de Israel, en calidad de pueblo elegido, está a tiempo de optar por Jesús; después de su muerte, «cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta», habrá ter­minado la etapa de privilegio del pueblo de Israel, y quienes perteneciendo a este pueblo lo hagan, lo harán a título indi­vidual.

Tras la muerte y resurrección de Jesús, con la que se efec­túa la reconciliación entre paganos y gentiles, cualquiera, de oriente y occidente, del norte y del sur, pertenezca o no al pueblo de Israel, podrá sentarse a la mesa en el banquete del reino de Dios, pues el reino, la comunidad cristiana, es una comunidad de puerta estrecha -a la que se entra forcejean­do-, pero abierta para quien desee adherirse al mensaje de Jesús.

De ahí que haya primeros -los que desde siempre, per­teneciendo al pueblo de Israel, gozaron de ser el ‘pueblo ele­gido’- que serán últimos -como los paganos- y últimos que serán primeros.

Con la muerte de Jesús se termina la etapa de los privi­legios de unos pueblos sobre otros y Dios ofrece su salvación a todos por igual. Ya no bastará con pertenecer a un pueblo, a una raza, a un a cultura para salvarse, sino que la entrada en el reino, puerta de salvación, se realizará por la opción per­sonal y por la adhesión individual al mensaje vivido en la práctica de cada día.

II

DIFICIL ESTA LA SALVACION

¿Está realmente difícil? Si tenemos en cuenta que ser seguidor de Jesús y estar salvado son una misma cosa y si son cristianos todos los que lo dicen que lo son… no parece que sea demasiado difícil. ¿No estaremos engañados -y engañando- acerca de lo que es ser cristiano?

¿SON POCOS LOS QUE SE SALVAN?

Camino de la ciudad de Jerusalén, enseñaba en los pueblos y aldeas que iba atravesando. Uno le preguntó:

-Señor, ¿son pocos los que se salvan?

Por culpa de equivocadas respuestas a esta pregunta, mu­chos creyentes han vivido angustiados en los últimos dos mil años, y esa angustia les ha impedido gozar de la alegría de la salvación: el miedo al castigo eterno, la imagen de un Dios justiciero y vengativo, les ha impedido gozar de la dicha de saber que Dios es un Padre bueno que no es capaz más que de hacer el bien a sus hijos.

La salvación, como el reino de Dios, no es una realidad perteneciente a la otra vida, al más allá, y que, por consiguien­te, sólo se puede alcanzar después de la muerte; la salvación del hombre consiste en participar de la vida de Dios, por lo que, desde el momento en que un individuo acepta la fe en Jesús y se incorpora a la comunidad cristiana, desde el momen­to en que recibe el Espíritu de Dios y puede llamar a Dios «Padre», desde ese mismo momento puede decir que ya está salvado; así, Lucas, en la parábola del sembrador, hace coin­cidir el momento de llegar la fe y el de alcanzar la salvación

-«Los de junto al camino son los que escuchan, pero luego llega el diablo y les quita el mensaje del corazón para que no crean y se salven» (8, 12)-, como en su segundo libro, los Hechos de los Apóstoles, en el que, refiriéndose a los nuevos miembros de la comunidad, dice: «El señor les iba agregando a los que día tras día se iban salvando» y la carta a los Efesios se expresa así: «Estáis salvados por pura genero­sidad» (Ef 2,5.8; véase también 1 Cor 1,18; 2 Cor 2,15, y en especial, Lc 19,9).

Por supuesto que salvación se refiere también a la vida después de la muerte; pero no es algo que tengamos que conseguir, puesto que ya lo tenemos; Dios ya nos lo ha dado, y El no se va a volver atrás; si nosotros no nos suicidamos, la vida que hemos recibido de nuestro Padre Dios nadie nos la va a quitar; poca cosa es la muerte de un cuerpo para conse­guir acabar con la vida de Dios.

UNA PUERTA ESTRECHA

Forcejead para abriros paso por la puerta estrecha, porque os digo que muchos van a intentar entrar y no podrán. Una vez que el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, por mucho que llaméis a la puerta… Entonces os pondréis a decirle: «Si hemos comido contigo… y tú has enseñado en nuestras plazas»; pero él os responderá: «¡Lejos de mí todos los que prac­ticáis la injusticia!»

El proyecto de Jesús, construir un mundo de hermanos, es una empresa capaz de entusiasmar a cualquiera; pero el entusiasmo, por sí solo, no basta; por otro lado, no hay ya ningún tipo de pase de favor; lo hubo en una etapa de la historia de la salvación, en la que el pueblo de Israel fue elegido para dar comienzo a la historia de la liberación de toda la humanidad. Durante esa etapa los israelitas, aunque esperaban que el Señor hiciera notar de manera más clara que ejercía su reinado (1s2,1-4; 24,23; 33,22; Sal 44,5.8), eran su propiedad particular entre todos los pueblos (Ex 19,5; Dt 29,12); sólo tenían que nacer para formar parte del pueblo de Dios; pero, declara Jesús, esa etapa era provisional y está ya terminada, y a partir de ahora lo que franqueará el paso por la estrecha puerta que da a la salvación será el esfuerzo, el compromiso personal -por esa puerta sólo se puede pasar de uno en uno con la apasionante pero dura y conflictiva tarea (véase comentario anterior) de convertir este mundo en un mundo de hermanos. La estrechez de la puerta no es un filtro para que sólo pasen algunos privilegiados, sino el símbo­lo de las dificultades, que en las circunstancias presentes ten­drá que superar cada uno de los que decidan dar la espalda al mundo este y esforzarse para que pueda nacer un mundo nuevo.

SON POCOS, PERO PUEDEN SER TODOS

Y también de oriente y de occidente, del norte y del sur, habrá quienes vengan a sentarse en el banquete del reino de Dios. Y así hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

Esa puerta, aunque sea estrecha, no cerrará el paso a nadie que sinceramente quiera atravesarla; al contrario: la puerta de la salvación se abre ahora a los cuatro puntos cardinales, a toda la humanidad, y los israelitas podrán gozar de ella si, personalmente, deciden incorporarse también a esta tarea. Pero, a partir de ahora, en las mismas condiciones que cual­quier otro: Dios ofrece su vida, su salvación, a todo el que quiera aceptarla, a todo el que esté dispuesto a esforzarse para conquistarla él y para toda la humanidad. Dios quiere ser Padre de todos los que estén dispuestos a luchar para que, cueste lo que cueste, todos podamos vivir como herma­nos.

Reflexionemos un momento sobre nuestra situación pre­sente: ¿es realmente estrecha la puerta de acceso a la comu­nidad cristiana? ¿No somos cristianos simplemente porque nuestros padres lo son, porque nuestra sociedad, de nombre al menos, es mayoritariamente cristiana? ¿No será que esta­mos desvirtuando la salvación que Dios nos ofrece? ¿No estaremos renunciando a esa salvación al retrasaría hasta des­pués de la otra vida? ¿No estaremos reduciendo el ser hijos de Dios a un papel oficial, a la inscripción de nuestro nombre en un registro?

III

UNOS CONVIDADOS INESPERADOS EN EL BANQUETE

DEL REINO

El centro de la secuencia concluye con un colofón donde se insiste en la enseñanza continuada de Jesús: «Camino de Jerosó­lima, enseñaba por las aldeas y pueblos que iba atravesando» (13,22). Cuando la enseñanza en la sinagoga le ha sido prohibida, sigue enseñando «por las plazas» de pueblos y aldeas (cf. v. 26). Nótese que, a diferencia de 9,51, Lucas no tiene ningún interés en subrayar el carácter sacral («Jerusalén») de la ciudad, ya que en el presente pasaje sólo le importa recordar la dirección en términos puramente geográficos («Camino de Jerosólima»).

El cuadro de la izquierda está introducido por una interpe­lación: «¿Señor, son pocos los que se salvan?» (13,23). ¿’Se salvará’ sólo el resto de Israel? ¿Hará causa común Jesús con los que se han distanciado de las instituciones judías y se han refugiado en el desierto (un ejemplo conocido: la comunidad de Qumrán), a la espera de una intervención espectacular de Dios a favor de este resto de escogidos? Según la respuesta de Jesús, no hay israelitas privilegiados, ni siquiera el resto de Israel, que se ha constituido como núcleo del pueblo salvado por Dios: «Forcejead para abriros paso por la puerta estrecha, porque os digo que van a intentar entrar y no podrán» (13,24). Estos ‘mu­chos’ se corresponden, ciertamente, con los ‘pocos’ de la pregun­ta, pero el alcance de la respuesta es totalmente otro. La ‘puerta estrecha’ es la entrada en la comunidad que Jesús propugna. No entrará en ella ninguno de los que «practican la injusticia» (13,27), por mucho que hayan convivido con él y hayan escucha­do su enseñanza. Se han acabado las prerrogativas nacionales, incluso las del pueblo de Dios («No sé quiénes sois, ni de dónde sois»: 13,25.27). Solamente entrarán los que hayan seguido su enseñanza, pertenezcan a Israel («cuando veáis a Abrahán, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios»: 13,28) o no («Y también de oriente y occidente, del norte y del sur, habrá quienes vendrán a sentarse en el banquete del reino de Dios»: 13,29). También nosotros, si no cambiamos de mentali­dad y ‘practicamos la justicia’, nos podríamos encontrar ‘fuera’.

IV

Jesús continua su viaje a Jerusalén hacia la cruz, pasando por pueblos y aldeas en los que enseñaba. En este contexto uno pregunta a Jesús: Señor, ¿son pocos aquellos que se salvaran? La pregunta como se ve, apunta al número: ¿ Cuántos vamos a salvarnos, pocos o muchos? La respuesta de Jesús traslada la atención del “cuántos” al ” Cómo” nos salvamos.

Es la misma actitud que notamos a propósito de la parusía: los discípulos preguntan “cuando” se producirá el retorno del Hijo del hombre y Jesús responde indicando “cómo” prepararse para ese retorno, qué hacer durante la espera (Mt 24,3-4). Esta forma de actuar de Jesús no es extraña ni poco cortés; es la forma de actuar de alguien que quiere educar a los discípulos y pasar del plano de la curiosidad al de la sabiduría, de las preguntas ociosas que apasionan a la gente a los verdaderos problemas que sirven para el Reino. Entonces Jesús aprovecha la oportunidad, en este evangelio, para instruir a los discípulos sobre los requisitos de la salvación. La cosa nos interesa naturalmente en sumo grado también a nosotros, discípulos de hoy que estamos frente al mismo problema. Pues bien, ¿ qué dice Jesús respecto del modo de salvarnos? Dos cosas: una negativa, una positiva; primero, lo que no sirve y no basta, después lo que sí sirve para salvarse. No sirve, o en todo caso no basta, para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza o tradición, institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador: “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No sé de donde son ustedes” en el relato de Lucas, es evidente que los que hablan y reivindican privilegios son los judíos; en el relato de Mateo, el panorama se amplía: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: ” Profetizamos en tu nombre (o sea en el nombre de Jesús), hicimos milagros… pero la respuesta de Señor es la misma: ¡ no los conozco, apártense de mí! (Mt 7, 22-23). Por lo tanto, para salvarse no basta ni siquiera el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia; hace falta otra cosa.

Justamente esta “otra cosa” es la que Jesús pretende revelar con las palabras sobre la ” puerta estrecha”. Estamos en la respuesta positiva , en lo que verdaderamente asegura la salvación. Lo que pone en el camino de la salvación no es un título de propiedad ( no hay títulos de propiedad para un don como es la salvación), sino una decisión personal. Esto es más claro todavía en el texto de Mateo que contrapone dos caminos y dos puertas – una estrecha y otra ancha – que conducen respectivamente una al vida y una a la muerte: esta imagen de los dos caminos Jesús la toma de (Deut 30,15ss) y de los profetas (Jer 21,8); fue para los primeros cristianos, una especie de código moral . Hay dos caminos – leemos en la Didaché – uno de la vida y otro de la muerte; pero la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo , el bendecir a quien maldice, el mantenerse alejado de los deseos carnales, perdonar a quien te ofende, ser sincero, pobre; en suma; los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras lo opuesto, a los mandamientos y a las bienaventuranzas.

La enseñanza sobre el camino estrecho encuentra un desarrollo muy pertinente en la segunda lectura de hoy: “El Señor corrige al que ama… ” el camino estrecho no es estrecho por algún motivo incomprensible o por un capricho de Dios que se divierte haciéndolo de esa manera, sino que se puesto por medio el pecado, porque ha habido una rebelión, se salió por una puerta; el conflicto de la cruz es el medio predicado por Jesús e inaugurado por él mismo para remontar esa pendiente, revertir esa rebelión y “volver a entrar”

Pero ¿porqué camino “ancho” y camino ” estrecho”? ¿acaso el camino del mal es siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y cansador? Aquí es importante obrar con discernimiento para no caer en la misma tentación del autor del salmo 73. También a este creyente del antiguo testamento le había parecido que no hay sufrimiento para los impíos, que su cuerpo esta siempre sano y satisfecho, que no se ven golpeados por los demás hombres, sino que están siempre tranquilos amasando riquezas , como si Dios tuviera, además, preferencia por ellos; el salmista se escandalizó por esto, al punto de sentirse tentado de abandonar su camino de inocencia para hacer como los demás. En este estado de agitación, entro en el templo y se puso a orar, y de repente vio con toda claridad ; comprendió “cuál es su fin” o sea el fin de los impíos, empezó a albar a Dios y darle gracias con alegría porque todavía estaba con él. Por consiguiente, la luz se hace orando y considerando las cosas desde el fin, o sea, desde su desenlace.

Volvamos al hilo del discurso; Jesús rompe el esquema y lleva el tema al plano personal y cualitativo no solo es necesario pertenecer a una determinada “comunidad” ligada a una serie de practicas religiosas que nos dan la garantía de la salvación. Lo importante es atravesar la puerta estrecha es decir el empeño serio y personal por la búsqueda del reino de Dios, esta es la única garantía que nos da la certeza que se está en el camino que nos conduce a la luz de la salvación. Jesús ha repetido muchas veces este concepto ” no todos los que me dicen Señor, Señor entraran en el Reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos”.

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Señor, escuchar su Palabra, multiplicar las oraciones es importante pero no es suficiente para alcanzar la Salvación, porque como afirma Dios por boca del profeta Isaías ” no puedo soportar falsedad y solemnidad” (1,13) al rito se debe unir la vida, la religión debe impregnar toda la vida la oración debe orientarse a la practica de la caridad, la liturgia debe abrirse a la justicia y al bien de otra manera como han dicho los profetas el culto es hipócrita y es incapaz de llevarnos a la salvación, y escucharemos las palabras de Jesús “aléjense de mi operarios de iniquidad, el acento esta en las obras, expresión de una vida coherente con la fe que profesamos.

La imagen que Jesús usa inicialmente es aquella de la “puerta estrecha” ella representa muy bien el empeño que es necesario para alcanzar la meta de la salvación, el verbo griego usado por Lucas agonizesthe es traducido por “esforzarse” indica una lucha, una especie de “agonía ” incluye fatiga y sufrimiento, que envuelve a toda la persona en el camino de fidelidad a Dios.

La vida Cristiana es una vida de lucha diaria por elevarse a un nivel espiritual superior; es erróneo cruzarse de brazos y relajarse después de haber hecho un compromiso personal con Cristo. No podemos quedarnos estancados en nuestra fidelidad al reino de Dios.

Creer es una actitud seria y radical y no solo se reduce aciertos actos de devoción, estos pueden ser signos de una adhesión radical; finalmente al Reino de Dios son admitidos todos los justos de la tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón, esto significa que el cristianismo se abre a todas las razas, a todas las culturas, a todas las expresiones sociales y personales sin ninguna restricción.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: www.untaljesus.net

Para la revisión de vida

“Al final, el que se salva sabe y el que no, no sabe nada”, decía el adagio clásico. Las verdades eternas pueden requerir mucha relectura y actualización, pero en su sustancia siguen siendo verdaderas. ¿Cómo voy caminando hacia el más allá de esta vida? Auscultar en mi corazón la presencia de la salvación.

¿De qué sirve al ser humano ganar todo el mundo si al final se malogra a sí mismo?

Para la reunión de grupo

El tema de la “salvación eterna” fue en otros tiempos el tema clave de la vida cristiana. ¿Cómo está ese tema hoy entre nosotros: un tema extraño, obsesionante, frecuente, descuidado, mágico…? Pedir la ayuda de alguien experto.

¿Tenemos preguntas “curiosas” sobre la salvación, o son las nuestras una preguntas vivas y existenciales”.

“El camino ordinario [por mayoritario] de salvación son las religiones no cristianas”, decía Karl Rahner. Comentar y debatir.

Para la oración de los fieles

Para que el Señor nos dé una visión confiada y optimista en el triunfo de la salvación en el mundo, más allá de toda frontera religiosa o eclesiástica, roguemos al Señor.

Por todos los teólogos de las diferentes religiones, para que ayuden a las comunidades religiosas universales a dialogar y a acercarse, sabiendo que el “Dios de todos los nombres” nos amó primero y sin división…

Para que el ecumenismo se realice no sólo en las cúpulas teológicas o jerárquicas, sino en el “diálogo de vida” entre las comunidades religiosas…

Por todos los que encaran su vida pensando simplemente en este mundo anterior a la muerte personal, para no dejen de escuchar la voz de Dios que les llama desde lo hondo de su corazón a vivir en plenitud de vida y de respeto a la vida…

Para que cada uno de nosotros recuerde que es más importante no malograrse a sí mismo, que conquistar todo el mundo…

Oración comunitaria

Oh Dios que quieres que todos los hombres y mujeres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad, inspíranos también el convencimiento de que tu Verdad es más amplia que la nuestra, y enséñanos tu paciencia pedagógica, para que nuestro testimonio de ti sea siempre amoroso, paciente, dialogante y dispuesto a la escucha y a aprender. Por J.N.S.

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