“María se quedó con Isabel unos tres meses, y después regresó a su casa”


Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

La mamá y el papá estaban viendo televisión, cuando la mamá dijo: ‘Estoy cansada y se está haciendo tarde; creo que ya me voy a acostar’. Fue a la cocina y dejó arreglada la masa para las arepas del desayuno, sacó carne del congelador para el almuerzo del día siguiente, revisó que el tanque de gas estuviera cerrado, llenó el envase del azúcar, puso la mesa y preparó la cafetera para la mañana. Recogió la ropa seca y la dejó junto a la mesa de la plancha, llenó una carga de ropa sucia en la lavadora, planchó una camisa del marido y le cosió un botón que estaba suelto. Recogió las piezas del juego que estaban en la mesa y puso la guía telefónica amarilla dentro de su cajón. Regó las matas, sacó la basura y colgó una toalla para que se secara. Bostezó y se estiró y se dirigió a su habitación. Se detuvo frente al escritorio y escribió una nota a la profesora de su hijo menor, contó el dinero para el día de excursión y sacó un libro de texto que estaba debajo de la silla. Firmó una tarjeta de cumpleaños para una amiga, la colocó en el sobre y le pegó la estampilla. Escribió una lista de cosas pendientes para comprar al otro día. Puso la carta y la lista cerca de su cartera. Se lavó los dientes, se puso crema facial y después se limó las uñas. El marido la llamó: ‘Creí que ya te ibas a la cama’. ‘Estoy en camino’, dijo ella. Llenó de agua el plato del perro y sacó al gato; se aseguró que las puertas y las ventanas estuvieran bien cerradas. Fue a revisar a los niños y apagó las luces de las lámparas de las camas, colgó una camisa, puso algunas medias en el cesto de la ropa sucia y tuvo una pequeña conversación con uno de los niños que todavía seguía despierto. Ya en su cuarto, puso la alarma del reloj, preparó la ropa para el día siguiente y arregló los zapatos. Incluyó tres cosas en la lista de cosas que hacer para el día siguiente. Para entonces el esposo apagó el televisor y anunció que ya se iba a dormir… y así lo hizo.

El texto que acabas de leer me llegó un día con el título: Honor a quien lo merece. Esta es la rutina simple de una madre de familia normal. La Virgen María debió sufrir del mismo síndrome del servicio. Pocos días después de recibir el anuncio de que sería la madre de Dios, sale de su casa y se va “de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea, y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura se le movió en el vientre, y ella quedó llena del Espíritu Santo. Entonces, con voz muy fuerte dijo: –¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo! ¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor? Pues tan pronto como oí tu saludo, mi hijo se movió de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor ha dicho! (…) María se quedó con Isabel unos tres meses, y después regresó a su casa”.

Tres meses acompañando a su prima Isabel que estaba esperando a Juan Bautista. Tres meses de servicio que debieron tener una continuidad normal a lo largo de su vida oculta en Nazaret. Las mamás, y María en esto no fue la excepción, tienen un don maravilloso de servicio que no siempre valoramos. Horas de dedicación silenciosa y amorosa a los oficios más sencillos y cotidianos. Muchas mamás de hoy comparten estas rutinas hogareñas con un compromiso laboral de tiempo completo por fuera de la casa. Algunas veces reciben el apoyo incondicional de sus maridos y de sus hijos e hijas. Pero otras muchas veces se sienten solas en estas labores diarias. Nadie nota que se hacen, pero sí nos damos cuenta cuando no. La exaltación de la Virgen María en la Asunción, debería animarnos a reconocer el trabajo de mamá en este día como el mejor homenaje a esas mujeres valientes que siempre tienen tiempo para mostrarnos el rostro amoroso de Dios en el servicio cotidiano.

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