Comentarios decimotercer domingo del tiempo ordinario


LAS TRES CONDICIONES

Para ser cristiano, la Iglesia exige en realidad muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos, y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas prepa­ratorias del acto del bautismo y un vago compromiso de actuar en cristiano, educando al niño según la ley de Dios y de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser cristiano o discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería ser su discípulo a pensarlo seriamente. Pocos seríamos cristianos si para ello tuviéramos que cum­plir las tres condiciones exigidas por Jesús a sus discípulos:

– Primera condición: «Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26-27). El discípulo debe subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

– Segunda condición: «Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío.» No se trata de hacer sacrificios o mortificarse, que se decía antes. No. Se trata simplemente de aceptar que la adhesión a Jesús conlleva la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar como consecuencia del seguimiento.

Por eso hay que pensárselo seriamente antes para no ha­cer el ridículo: «Ahora bien, si uno de vosotros quiere cons­truir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? Para evitar que, si echa los cimientos y no puede acabarla, los mirones se pongan a bur­larse de él a coro, diciendo: ‘Este empezó a construir y no ha sido capaz de acabar’. Y si un rey va a dar batalla a otro, ¿no se sienta primero a deliberar si le bastarán diez mil hombres para hacer frente al que viene contra él con veinte mil? Y si ve que no, cuando el otro está todavía lejos, le envía legados para pedir condiciones de paz.» No hay que precipitarse. Hay que sopesar las fuerzas.

– Tercera condición. Por si fuera poco dar la preferen­cia más absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, el evangelio continúa: « Esto supuesto, todo aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío.» Casi nada. Así, como suena. Re­nunciar a todo lo que se tiene es condición para ser discípulo de Jesús, pues esta renuncia es el camino idóneo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus ma­nos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia el aguijón al evan­gelio, para quienes nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente. Para ser discípulo de Jesús, las condiciones son tales que antes hay que pensárselo seriamente.

II

EXIGENCIAS MÍNIMAS PARA TODOS

Según algunos, hay dos clases de cristianos: la mayoría -la clase de tropa, que dijo uno que conocía poco el evangelio, que se limitan a ser buenas personas, no matan, no roban, van los domingos a misa… y hacen alguna que otra obra de caridad, y los selectos, los que aspiran a la perfección y deciden cumplir las exigencias más duras del evangelio, los llamados consejos evangélicos. Pero esta distinción, ¿está basada en el evangelio mismo?

LO MAS IMPORTANTE

Si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Jesús va de camino (a enfrentarse con Jerusalén, lo ha dicho el evangelista un poco antes, 9,51) y lo acompañan grandes multitudes; no se trata de un grupo selecto de discí­pulos, sino de una gran cantidad de personas que seguramente tenían motivos muy diversos para seguir a Jesús. A ellos se dirige Jesús, a todos, sin diferencias, sin ofrecer diversos nive­les de exigencias.

«Si uno quiere»… Jesús habla a la multitud toda, pero sus palabras se dirigen a cada uno de los oyentes en particular. Hace a todos la misma invitación, pero espera una respuesta personal de cada uno. El ser cristiano es una propuesta, una llamada, una vocación («la» vocación) que nos llega a todos. Y a esa llamada corresponde una respuesta persona¡, respon­sable, adulta. Una respuesta que tiene que ser ejercicio prác­tico de libertad personal. No podía ser de otra manera, puesto que se trata de una invitación a vivir y a construir la libertad:

«A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad» (Gál 5,13).

«… venirse conmigo». Y es una llamada para todo el que quiera ser discípulo de Jesús. No se trata de exigencias espe­ciales para grupos selectos; Jesús no propone un camino de perfección, sino que plantea las exigencias mínimas para todo el que decida irse con él, seguirlo, ser cristiano.

«…y no me prefiere…» La exigencia fundamental es que lo principal para quien decide ser cristiano es… ser cristiano. Ni siquiera algo tan grande como el amor al compañero o a la compañera, el amor a los padres o el amor a los hijos pueden ser considerados como valores más importantes que el ser cristiano. Atención: Jesús no está diciendo que para seguirlo a él hay que renunciar al amor o a la familia; lo que está diciendo es que, en caso de conflicto entre el compromiso cristiano y alguno de estos amores, deberá vencer la fidelidad al compromiso cristiano; incluso sobre los propios intereses, incluso sobre uno mismo.

LOS RIESGOS

Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío.

El compromiso cristiano, seguir a Jesús, consiste en poner­se de su parte y aceptar que la razón de nuestra vida sea contribuir a la realización de un proyecto: transformar este mundo y convertirlo en un mundo de hermanos. Este proyec­to va a encontrar muchas resistencias (véanse comentarios núms. 48 y 49) y hay que estar dispuesto a todo, incluso a ser considerado reo de muerte: «Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío». Lo de cargar con la cruz no es aceptar pasivamente las injusticias (ni siquiera el dolor inevitable, como es el de la enfermedad, debe aceptarse pasivamente). Dios no quiere que sus hijos sufran. No es cierto que el dolor, por ser dolor, nos acerque a Dios. Dios es Padre bueno y quiere la felicidad para sus hijos. Por eso nos anima a luchar contra la injusticia, que tanto sufrimiento causa, y nos invita a incorporarnos a la tarea de construir un mundo en el que sea posible la felicidad para todos. Pero ese compromiso de lucha contra el dolor que unos hombres causan a otros nos enfrentará, como enfrentó a Jesús, con los injustos, con los opresores, con los explotado­res… y con sus consejeros espirituales. Y eso nos puede llevar a la cruz, o a la hoguera, o al descrédito… Este sufrimiento, por lo que tiene de amor, sí es agradable a Dios.

CALCULAR LAS FUERZAS

Ahora bien: si uno de vosotros quiere construir una casa, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? Para evitar que, si echa los cimientos y no puede acabarla, los mirones se pongan a burlarse de él…

La fidelidad a Jesús, por tanto, puede llevarnos al enfren­tamiento con el poder de Jerusalén, el del imperio y el de sus colaboradores, el político y el religioso, el económico y el militar… Y a quien no utiliza en su lucha más armas que el amor le resultará difícil soportar la persecución de tantos poderes. Por eso hay que calcular las fuerzas.

Primer dato a tener en cuenta: el dinero no sirve, estorba: «todo aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío». No se puede anunciar el evan­gelio a golpe de millones. El capital y la fraternidad son incom­patibles, y los servidores del capital no pueden ser seguidores de Jesús. La fuerza del dinero es nuestra debilidad.

Segundo dato: hay que calcular las propias fuerzas o, quizá más bien, la propia generosidad, porque las fuerzas las suplirá, si es necesario, el Espíritu de Jesús. En cualquier caso, el que decida ser cristiano ya sabe a lo que se arriesga.

III

JESUS EXTREMA LAS CONDICIONES PARA

SER DISCIPULO

En la primera parte (vv. 25-35), Jesús invita a las multitudes por triplicado a la renuncia total (vv. 26b.27a.33a) y al seguimiento (vv. 26a.27b), de otro modo no podrán llegar a ser discípulos suyos (vv. 26c.27c.33b). La primera condición dice así: «Si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre… y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (14,26). Se trata de hacer una opción radical por la persona de Jesús y por la nueva escala de valores que él propone. (La antigua, personificada por las relaciones familiares a la que es necesario renunciar, es común a toda sociedad humana.) Los valores del reino deben estar por encima de todo. Quien no hace opción por la Vida que él personifica, tendrá que contentarse con una vida raquítica y no conseguirá superar jamás los problemas que plantean las relaciones humanas.

La segunda condición es consecuencia de la anterior: «Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío» (14,27). A imitación de Jesús, el discípulo tiene que estar preparado para afrontar el rechazo de la sociedad que tan segura se muestra de sí misma, si bien tiene los pies de barro como la estatua de Nabucodonosor. Quien no esté dispuesto a aceptar el fracaso a los ojos de los hombres, viene a decir, que no se apunte. Uno debe ir por el mundo sin seguridades de ninguna clase, llevando a cuestas como Jesús la suerte de los marginados y asociales.

La tercera condición es reasuntiva: «Esto supuesto, todo aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío» (14,33).

Después se formula una pregunta doble, donde se insiste en la absoluta necesidad de calcular/deliberar antes de tomar una decisión tan importante: «¿Quién de vosotros, en efecto, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos…? Y ¿qué rey, si quiere presentar batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si le bastarán diez mil hombres para hacer frente…?» (14,28-32). Los dos ejemplos propuestos sirven para demostrar que la decisión no puede hacerse a la ligera. Los medios humanos con que se puede contar son del todo insuficientes para acometer la construcción del reino de Dios y para afrontar las dificultades humanamente insuperables que se derivan de ello. La única escapatoria inteligente de este callejón sin salida es sopesar la gravedad de la situación, renun­ciando a contar exclusivamente con los propios medios. Sola­mente así se podrá hacer la experiencia del Espíritu, la fuerza de que Dios dispone para la construcción del reino.

IV

Para ser cristiano, la Iglesia exige en realidad muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de actuar en cristiano educando al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y digo llegado el caso, porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, estando dispuestos a alcanzarla en el seguimiento de Jesús.

Por la primera (Si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda (Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío) no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, que se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar como consecuencia del seguimiento. Por eso no es necesario precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición (todo aquel de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío) nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene, Se trata, sin duda, de una formulación extrema que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando otro lo necesita. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia el aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ciertamente esa ayuda del cielo para ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: www.untaljesus.net

Para la revisión de vida

En mi seguimiento de Jesús ¿cómo ha sido mi discernimiento para asumir los valores del Reino? ¿He aceptado fielmente las exigencias de Jesús para seguirlo?

Para la reunión de grupo

Jesús sigue llamando a seguirlo, con algunas condiciones y exigencias. ¿Cuáles serán esas exigencias para nuestro tiempo? ¿Qué significará desprenderse de los vínculos familiares? ¿Cómo asumimos los cristianos ese cargar con su propia cruz?

Ante un sistema mundial al que no le importa excluir a los pobres en aras de un crecimiento económico para unos pocos, ¿no valdrá la pena tomar el ejemplo del Evangelio de ponerse a pensar y programar, para después actuar en favor de la Vida? ¿Cómo podríamos organizarnos en contra de la exclusión actual?

Para la oración de los fieles

Para que los hombres y mujeres se comprometan a vivir ya desde ahora los valores del Reino, roguemos al Señor…

Por todas las organizaciones populares que buscan la vida de sus comunidades, para que en este esfuerzo logren superar los conflictos que esto conlleva…

Para que nuestra comunidad cristiana acepte desde el discernimiento las exigencias del seguimiento de Jesús…

Oración comunitaria

Dios Padre nuestro que en Jesús te has acercado a nosotros y nos lo has propuesto como modelo y Camino: ayúdanos a escuchar su invitación a seguirle, y danos coraje y amor para dejarlo todo por su Causa y seguirlo efectivamente, por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

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