El Reino tiene un precio


José Enrique Galarreta

Estos capítulos de Lucas son una especie de cajón de sastre en que se alternan enseñanzas y actividades de Jesús, hasta cierto punto unificadas en el marco genérico de “la subida hacia Jerusalén”.

La lectura litúrgica nos ha privado de los versículos 15 a 24 de este capítulo 14, la gran parábola del banquete nupcial, quizá porque ya propuso esta parábola en su paralelo de Mateo 22, el domingo 28º del ciclo A.

Se desarrollan dos temas diferentes, aunque conectados. El primero, la renuncia, enunciado al principio, posponer al padre… incluso a sí mismo, y al final, en la frase que cierra la lectura.

El segundo tema se expresa en dos ejemplos: el que construye la torre y el rey que mide su ejército.

El tema de la renuncia se expresaba antes en otra traducción más violenta: “el que no odia a su padre… “, que sería la traducción literal del original. La traducción actual “pospone” no es literal, pero da mejor el sentido que tendría la palabra “odiar” para los oyentes de Jesús.

Por otra parte, “odiar” o “posponer” al padre, madre, mujer, hijos, hermanos, cobra sentido completo cuando se lee el último objeto de ese odio: “incluso a sí mismo”. Esta expresión sitúa bien el sentido del pasaje entero: incluso lo más querido puede ser puesto en cuestión frente a las exigencias del Reino.

En definitiva, la doctrina es la misma que la de “si tu mano o tu ojo te escandalizan…”, de Mateo 9,47, y, en el fondo, la de la de la parábola del Tesoro. Pero en esta ocasión se insiste solamente en la parte de la renuncia, en el precio, no en el inapreciable valor de lo que se compra.

(Volvemos a insistir: el mensaje del Evangelio es el Evangelio entero; fragmentarlo puede ser muy peligroso. La cruz es mensaje, pero separada de la resurrección puede ser fuente de toda clase de espiritualidades aberrantes).

Esta renuncia, este precio, exige valor, hay que ser capaz de ello, hay que atreverse. Esto se subraya en los dos ejemplos, de la torre y del rey. Estas pequeñas parábolas van en la misma línea del episodio del joven rico: no quiso pagar el precio. (Lo cual no significa que no se salva, que no entra en La Vida, sino que no sigue a Jesús en el Reino, que es algo bien diferente)

Los dos temas, por tanto, expresan desde ángulos diferentes un mismo mensaje: el Reino tiene un precio. Parece que el contexto interior de estas expresiones se ha de poner precisamente en el tiempo en que fueron dichas, que es muy probablemente el final de la vida de Jesús, cuando el Reino va a tener un gravísimo precio para él mismo. Jesús tiene que optar, ha hecho ya su opción; por eso va a Jerusalén, y sabe que va a Jerusalén a pagar ese precio. La invitación a seguirle cobra en consecuencia tintes extremos, y las fórmulas con que se expresa son especialmente disonantes.

¿Qué es lo que más quiero en este mundo? Mi madre, mi padre, mis hermanos, mis amigos, mi marido, mi mujer, mis hijos… Y, sobre todo, en lo más íntimo, yo mismo.

Es muy inteligente la formulación del Gran Mandamiento: “Al prójimo como a ti mismo”, porque del amor a nosotros mismos no nos cabe la menor duda. Poner el amor al prójimo a la altura del propio amor es un reto y una inversión profunda de valores: yo mismo ya no soy un absoluto. Yo mismo soy también para el Reino.

Se invierte también el sentido de la religión: ya no es “Dios para mí”, soy “yo para Dios”. Lo cual no destruye que yo me ame a mí mismo, que yo busque como máximo bien mi propia felicidad, sino que posiciona correctamente esa aspiración, me libra de considerarme el centro del universo, de hacer orbitar a todos, Dios incluido, alrededor de mí.

Esta liberación me lleva a una felicidad verdadera, mucho más plena, me libra de una limitación frustrante, porque revela lo mejor de mi ser, que es “ser con otros y para otros”. “Ser para el Reino” es una dimensión humana superior al “ser para mí”.

Cuando el ser humano entiende que lo más íntimo y caracterizador de su propia persona es la misión, su papel en el Reino, su dimensión personal se engrandece, las limitaciones infantiles y empequeñecedoras de lo individual dejan paso a la responsabilidad del adulto, el placer del disfrutar aquí y ahora de lo que aquí y ahora me apetece deja paso a la satisfacción de encontrar profundo sentido a todo, de saberse querido personalmente por Dios y tenido en cuenta para el Proyecto común. El Reino es Misión y la misión sitúa correctamente al individuo y lo engrandece.

A esto invita Jesús. Esto hizo cuando dejó Nazaret, su honrado oficio, probablemente respetable, su madre, su clan, sus hermanos y amigos. Todo esto era para el Reino. Quedarse en ello hubiera significado buscarse sólo a sí mismo. Bajar al Jordán, aceptar el Espíritu, pelear cuarenta días con la tentación en el desierto… Jesús tuvo que pagar un precio por aceptar la Misión. Tendrá que pagar más. Y lo pagará. ¿Mereció la pena?

La doctrina de la resurrección significa entre otras cosas que sí mereció la pena. Que Jesús es “El Señor” porque pagó el precio, un precio que, aunque pareció grande en el momento, no lo fue respecto a lo que se compraba con él.

Debemos aplicar todo esto a nuestra situación respecto al Reino. El Reino, aquí, es una sociedad en que reinen los criterios y valores de Jesús. El Reino, a nivel individual, es un conjunto de criterios y valores que se viven. El Reino es también la realidad definitiva, que supera a ésta y es su fruto. Y las tres son realidades que hay que construir: la invitación de Jesús es a intentarlo, a meterse en esa aventura, en todas sus dimensiones: convertirse al Reino, crecer para el Reino, construir el Reino, esperar el Reino.

El Reino abarca todas las realidades vitales: mis cualidades, para el Reino; salir de mis pecados, porque estorban al Reino; trabajar, para el Reino; irse de vacaciones, para el Reino; casarse, para el Reino… Porque el Reino no es huir de la realidad humana sino dar pleno sentido todas las realidades humanas. Por eso, el Reino no es esencialmente renunciar a nada sino dirigirlo todo hacia ese fin. ¿Y todo lo que no vale para ese fin, todo lo que estorba al Reino? A eso hay que renunciar.

La fundamentación de la renuncia está en que el ser humano siente la tentación de conformarse con poco, con apariencias de felicidad. La invitación al Reino es una oferta más ambiciosa, de mayor plenitud humana. Pero todas las mediocridades atrayentes atrapan nuestra ambición, nos domestican, y acabamos viviendo para ideales superficiales que a la postre resultan deshumanizadores.

En un extremo está el Reino, la plena realización humana; en el otro extremo está el fracaso, la deshumanización. En medio, el Espíritu, alentando, soplando, despertando, invitando… siempre a más

Jesús sabe que este dilema es muy radical. El ser humano se puede echar a perder. Diríamos que es el único viviente (que conozcamos) que puede no llegar a realizarse; por eso es libre, dignidad y riesgo, pero en todo caso, condición y destino. Por eso, puede realizarse y puede fracasar. Y por eso son radicales las expresiones de Jesús.

El resumen final es el mismo de tantas parábolas: no tires tu vida; tú eres mucho más que todo eso; el Espíritu te invita a mucho más; se puede pagar mucho, incluso todo, por El Tesoro.

Pero tampoco así está perfectamente enfocado el tema, porque no se trata de dejarlo todo a ver si consigo encontrar el tesoro, sino de encontrar el tesoro y volverse loco de alegría, de manera que el valor de las demás cosas palidece e incluso desaparece.

Importante para la vida ascética, para el progreso espiritual: no es primero la renuncia para llegar a la alegría: es primero la alegría, de ella se derivan las renuncias… que no se sienten como renuncias sino como liberación.

Ha sido muy frecuente que los directores espirituales y los libros de espiritualidad lo enfoquen al revés. Se pone el secreto de todo en la fuerza de voluntad, en el esfuerzo ascético. No es así. Lo que todo lo cambia no es mi voluntad ni mi esfuerzo: es la alegría de encontrar el Reino, que es regalo de Dios, no un logro de nuestra voluntad.

Una vez más, la palabra clave es alegría: nada ni nadie puede hacernos más felices que el Reino: ya lo dijo, preciosamente, Pablo en Filipenses 3,6. “lo que era para mí ganancia, lo he considerado pérdida a causa de Cristo”.

Más aún, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las considero basura por ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene del cumplimiento de la Ley, sino la que viene de la fe de Cristo, la que viene de Dios, apoyada en la fe.

PARA NUESTRA ORACIÓN

SALMO 19

Reconocemos en este Salmo que la manera de vivir que Jesús nos propone es la verdad, que no hay modo de vida imaginable mejor que éste, y pedimos a Dios que sea El quien transforme nuestro corazón.

Los cielos cantan la gloria de Dios

y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

No son misterios incomprensibles

En toda la tierra resuena su Palabra

hasta los confines del mundo.

La Ley del Señor es perfecta,

reconforta el alma.

La Palabra del Señor es verdad,

sabiduría de los sencillos.

El Mandato del Señor es luminoso,

luz para los ojos.

Los preceptos del Señor son rectos,

alegran el corazón.

Los juicios de Dios son verdad,

justos para siempre.

Mucho más deseables que la riqueza,

más dulces que la miel son sus Palabras.

Cuanto más las conoce mi alma,

más se alegra de cumplirlas.

Pero ¿quién está libre de error?

Líbrame de mis pecados más secretos.

Preserva mi alma del orgullo,

que no tenga poder sobre mí,

entonces quedaré libre de mi peor pecado.

Acepta las palabras de mi boca

y el murmullo incesante de mi alma,

ante Ti, Señor, mi roca, mi salvador.

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