¿Quién manda más en mí?


Tiene claramente dos partes: la parábola en sí misma, y las consideraciones finales, claramente parenéticas, es decir, conclusiones sacadas en la predicación y más o menos bien conectadas con la misma parábola y con las enseñanzas de Jesús.

Está permitida la lectura litúrgica de únicamente las consideraciones finales. Sin embargo, esta parábola suele plantear dificultades y suscitar extrañeza en los fieles, por lo que sería conveniente no omitirla. (Más bien podrían omitirse las consideraciones finales).

La parábola del administrador infiel nos viene muy bien para entender el género parabólico.

En primer lugar, parece tomada de la vida misma. Es muy probable que muchas, si no casi todas, las parábolas de Jesús estén tomadas de sucesos que todo el mundo conocía. No es nada inverosímil que se hubiese corrido por la región la historia de un administrador infiel y astuto… Jesús aprovecha lo que todo el mundo comenta.

En segundo lugar, la parábola es una parábola, no una alegoría. Una alegoría es un relato en el que todos sus componentes tienen un significado. (Así, la explicación de la parábola del sembrador, en que cada clase de terreno tiene un mensaje…)

Una parábola es un relato que envía un sólo mensaje global, una especie de “moraleja”, pero los detalles, los personajes, no tienen mensaje alguno, simplemente forman parte de la historia, de su verosimilitud, de su color real… Por tanto, es importante saber cuál es ese mensaje, y no sacar conclusiones de detalles que no tienen importancia.

En este caso concreto el mensaje es sencillo: para las cosas del mundo sois muy espabilados, pero para las cosas del reino, no tanto. ¡Ojalá fueseis tan listos para el Reino como lo sois para la vida corriente! (o “como los malos lo son para sus maldades”). Jesús no alaba al administrador infiel; dice que el amo se quedó admirado de lo listo que era. Y es esa admiración por la habilidad del sinvergüenza lo que se toma como punto de partida del mensaje.

En tercer lugar, la sorpresa del auditorio actual al escuchar la parábola se produjo sin duda en el auditorio de Jesús. Jesús busca esa sorpresa como sistema pedagógico, como manera de llamar la atención.

Hay muchas parábolas en las que se dan paradojas, elementos sorprendentes (los viñadores de la hora undécima, el hijo pródigo, el buen samaritano, el juicio final…). Jesús suele utilizar recursos literarios para llamar la atención o para dejar muy claro algo importante: por ejemplo, las exageraciones (el camello y el ojo de la aguja; si tu ojo te escandaliza, arráncatelo…). Y utiliza a menudo el género paradójico para suscitar la sorpresa y por tanto la atención del auditorio y la retención del mensaje.

Las conclusiones finales son parenéticas, aplicaciones de predicadores. Algunas de ellas parecen ser frases que podrían ser del mismo Jesús (por la concordancia con otros pasajes evangélicos), especialmente la última:

“Ningún siervo puede servir a dos amos; porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso al segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.”

Esta tiene un paralelo casi exacto en Mateo 6.24.( “ Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero”)  y está incluido en el Sermón del Monte.

Dos temas muy propios de Jesús:

·         usar inteligentemente de lo que tenemos

·         el peligro de las riquezas

La parábola del administrador infiel, y especialmente la conclusión primera que saca el redactor “Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas” tiene un importante punto de unión con otras de Jesús. Quizá la más clara sea:

“No acumuléis riquezas en la tierra, donde roe la polilla y la carcoma, donde los ladrones abren brechas y roban. Acumulad riquezas para el cielo…” (Mateo 6,19/Lucas 12,33)

El parecido está en lo más profundo: la existencia de dos situaciones: ahora y después. Y Jesús deja muy claro que lo de ahora ha de servir para lo de después. Este posicionamiento de Jesús no nos permite ni despreciar lo presente ni tenerlo por definitivo. El Reino de Dios no termina aquí, ni es sólo de después. El Reino se construye aquí y es para siempre.

Esta relación otorga un nuevo valor a la existencia humana: es pasajera, no es definitiva, pero es real, es el tiempo de sembrar, de cultivar, de podar, de fabricar el Reino.

Es característico de las parábolas de Jesús utilizar los sucesos cotidianos: no sólo utiliza imágenes naturales, vegetales, pastoriles; usa muchas veces imágenes del mundo de los negocios. Parece incluso obsesionado por su fácil aplicación al Reino: los criados fieles e infieles, el amo que se va lejos y pide cuentas al volver, la rentabilidad de lo que se posee o se invierte…

Y siempre está presente esa relación de una situación presente, pasajera, a la situación futura, definitiva y más importante.

Incluso en las parábolas “vegetales” o “domésticas”, hay una constante: la referencia a un estado definitivo (la siembra y la cosecha, los frutos de los árboles, la semilla y su poder, la levadura…).

En la parábola de hoy Jesús lamenta que en cosas cotidianas somos bien previsores, pero en lo referente al Reino… La espiritualidad básica de Jesús no es una espiritualidad de renuncia o de huida: es una espiritualidad de uso, de inversión inteligente mirando al futuro. Y el error fundamental, lo que define al pecado, es falta de inteligencia, falta de previsión, confundir medios con fines, limitar la vida y la realidad a lo presente. Se renuncia sólo a lo que estorba, al error, a las malas inversiones.

Todo esto se aplica directamente, lo hizo Jesús frecuentemente, al dinero. El dinero no es un mal, es un bien. El dinero puede comprarlo todo, hasta la Vida eterna. Puede crear muchas satisfacciones, aliviar muchos dolores, consolar muchos pesares… Es un medio magnífico de construir Vida… con la condición de invertirlo bien. De lo contrario, puede matar.

Jesús le tiene miedo al dinero, porque ve que generalmente el que tiene mucho es poseído por lo que posee, invierte sólo en bienes perecederos, está más tentado que nadie a desear cada vez más, a explotar a otros, a creerse superior…

Servir al dinero es normal en el que tiene mucho; y no sirve a Dios, no busca su vida sino que la limita a satisfacciones de la vida que se acaba. Es un mal administrador, que no prevé el futuro…

Dos consideraciones muy breves:

1.     Somos ricos. Vivimos en una sociedad opulenta. Disfrutamos de más medios y comodidades que el 80% de la humanidad… Y creemos que estamos en el Reino.

¿Servimos a dos señores, nos hemos convencido de que podemos servir a Dios sin cambiar nada de nuestro nivel de vida, mientras los hijos de Dios se mueren de hambre por el mundo? Sería muy bueno que nos preguntáramos: ¿quiénes son mis dos señores?, ¿quién manda más en mí? ¿a quién sirvo preferentemente?

2.      “Si fuéramos tan inteligentes para el Reino como para otras cosas”. Si el dinero que las naciones “desarrolladas” gastan en armas, en su propio confort, en espectáculos mundiales… lo gastáramos en remediar los males de los menos afortunados, cuántos problemas solucionaríamos.

Y, en los dos casos, a nivel personal y a nivel de naciones y sociedades, ¡qué inteligentemente actuaríamos si usáramos nuestro poder, nuestra tecnología, nuestra abundancia para lo que de verdad merece la pena, que son – siempre y sólo – los Hijos de Dios!

José Enrique Galarreta

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