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LOS HERMANOS DEL RICO

Se llamaba Lázaro (nombre derivado del hebreo ‘el ‘azar, que significa «Dios ayuda»), aunque en vida no gozó, al pa­recer, de la ayuda divina. Le tocó en desgracia ser mendigo, estar postrado en el portal de la casa de un rico sin nombre, uno de tantos, al que tradicionalmente se ha calificado de ‘epulón’ (banqueteador). El rico epulón se vestía de púrpura y lino, según los patrones de la alta costura de la época.

Lázaro o Dios-ayuda «habría querido llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico; más aún, hasta se le acercaban los perros a lamerle las llagas.» Imposible mayor marginación. Nada dice el evangelio de las creencias religiosas de este hombre, que tendría serias dudas de la reconocida compasión divina para con el pobre y el oprimido.

A los dos les llegó la hora de la muerte: «Se murió el men­digo, y los ángeles lo pusieron a la mesa al lado de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron.» Menos mal que en el más allá se cambiaron las tornas. Aunque, dicho sea de paso, con esto del ‘más allá’, quienes hacían de la religión ba­luarte de conservadurismo e inmovilismo han invitado mil veces a la resignación, a la paciencia y al mantenimiento de situaciones injustas a los que las sufrían; en el más allá -se decía-, Dios dará a cada uno su merecido, pero siempre ca­bía preguntar: ¿y por qué no en el ‘más acá’?

Pero sigamos con la parábola: «Estando en el abismo en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos, vio de lejos a Abrahán, con Lázaro echado a su lado, y gritó: -Padre Abrahán, ten piedad de mí; manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua; que me atormen­tan las llamas. Pero Abrahán le contestó: -Hijo, recuerda que en vida te tocó a ti lo bueno y a Lázaro lo malo; por eso ahora él encuentra consuelo y tú padeces. Además, entre nosotros y vosotros se abre una sima inmensa; por más que quie­ra, nadie puede cruzar de aquí para allá ni de allí para acá.»

Para muchos predicadores la parábola terminaba aquí. Era una invitación a aceptar cada uno su situación, a resignarse, a cargar con su cruz, a no rebelarse contra la injusticia, a es­perar en el ‘más allá’, donde Dios arreglará los desarreglos humanos. Entendida así la parábola, el mensaje evangélico se hermana con un conformismo a ultranza que ayuda a mante­ner el desorden establecido, la injusticia humana y las clases sociales enfrentadas.

Pero esta parábola no es una promesa para el futuro. Mira a la vida presente, va dirigida a los cinco hermanos del rico, que andaban en la abundancia y el despilfarro. Por eso el diá­logo continúa: «-Entonces, padre», replicó el rico, «por fa­vor, manda a Lázaro a mi casa, porque tengo cinco hermanos:

que los prevenga, no sea que acaben también ellos en este lugar de tormento. Abrahán le contestó: Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen.»

Me temo que el consejo no debió agradar al rico. Los profetas decían cosas como éstas: «Os acostáis en lechos de marfil, arrellanados en divanes, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales; bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José. Pues encabezarán la cuerda de cautivos y se acabará la orgía de los disolutos» (Am 6,4-7).

«El rico insistió: -No, no, padre Abrahán, pero si un muerto fuera a verlos, se enmendarían. Abrahán le replicó: -Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no le harán caso ni a un muerto que resucite» (Lc 16,19-31).

Para cambiar la situación en que viven sus hermanos, el rico epulón piensa que hace falta un milagro: que un muerto vaya a verlos. Crudo realismo evangélico de quien conoce la dinámica del dinero, que cierra el corazón humano a la evi­dencia de la palabra profética, al dolor y al sufrimiento del pobre, a la exigencia de justicia, al amor e incluso a la voz de Dios. El dinero deshumaniza. Me remito a la experiencia de cada uno.

II

SI LOS POBRES VAN AL CIELO…

Si los pobres van al cielo, ¿cómo es que sois tan ricos? ¿por qué os gusta tanto el dinero? Esta es la pregunta que Jesús dirige a los fariseos con la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro

SE BURLABAN DE EL

La parábola que comentábamos el domingo pasado, la del administrador, la dirigió Jesús a sus discípulos; los fariseos, que, como era su costumbre, estarían atentos para coger en fallo a Jesús, no encontraron en esta ocasión ninguna herejía; al fin y al cabo los antiguos profetas, que ellos tanto veneraban, habían pronunciado hermosas palabras de consuelo para los pobres. Ellos mismos, en su doctrina, afirmaban que todos los que en esta vida son pobres serán recompensados, por la misericordia de Dios, en la otra vida y ocuparán un lugar de privilegio en el seno de Abrahán. Por esta vez no iban a condenar la predicación del galileo, aunque exageraba mucho y matizaba poco. Porque, ¿no afirmaban los libros sagrados que la riqueza es un premio que Dios concede a sus fieles? (Prov 10,22; 22,4; Job 1,21). Entonces no se puede decir, en sentido estricto, que el dinero sea algo injusto. Pero, por esta vez, pasarían la mano. En este momento seguramente esboza­ron una sonrisa burlona («Oyeron todo esto los fariseos, que son amigos del dinero y se burlaban de él»), al tiempo que pensaban cuánto les daría la viuda de turno cuando fueran a rezar con ella por el marido difunto (Lc 20,47): del dicho al hecho… Y seguramente se alegraron porque, por aquel cami­no, el fracaso quedaba muy cerca.

Los fariseos, ya entonces, prometían la felicidad eterna a los pobres, siempre que, siendo humildes, no se rebelaran contra su situación; mientras tanto, ellos hacían lo posible por conseguir el dinero aquí, y haciendo alguna obra de cari­dad con el dinero conseguido, trataban de asegurarse también la eterna dicha. Ese era su secreto, y ésa, seguramente, la razón de sus burlas ante las palabras de Jesús. A esas burlas, a ese cinismo, responde Jesús con esta parábola; no la dirige a sus discípulos, sino a los fariseos. Por eso hay en ella algunas cosas que quizá nos resultan difíciles de entender…

LAZARO NO ES UN POBRE «CRISTIANO»

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino, y banqueteaba todos los días espléndidamente. Un pobre llamado Lázaro estaba echado en el portal, cubierto de llagas; habría querido llenarse el estómago con 10 que caía de la mesa del rico… Se murió el pobre y los ángeles lo reclinaron en la mesa al lado de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron.

Pobre cristiano es aquel que renuncia a la riqueza libre­mente, por solidaridad y con un objetivo muy concreto: po­nerse a trabajar en la construcción de un mundo en el que no haya pobres. Lázaro, sin culpa suya seguramente, se queda pasivo ante su pobreza y ante la de los demás, quizá porque ya no le quedan fuerzas para rebelarse contra su situación o quizá porque lo han engañado diciéndole que siendo pobre agrada al Señor, y que éste lo premiará después de su muerte. No. Lázaro es un «pobre fariseo», víctima de la doctrina farisea. Desgraciado y sometido, que acepta pasivamente su humillación y reconoce con su silencio el derecho de aquel rico a despilfarrar lo que él necesitaba para vivir y que, quizá, desea en su interior ocupar el lugar del rico. Y seguro que haciendo responsable a Dios de la injusticia de la que nacían su pobreza y la riqueza de aquel bribón.

NI ABRAHAN TAMPOCO

El que recibe al pobre en el descanso eterno es Abrahán (Dios no aparece en la parábola). Y la respuesta que da al problema de la pobreza y la riqueza (invertir la situación en la otra vida: «Hijo, recuerda que en la vida te tocó a ti lo bueno y a Lázaro lo malo; por eso ahora éste encuentra con­suelo y tú padeces») no es una respuesta cristiana, aunque en ella hay algún elemento que quedará incorporado a la fe de Jesús: que Dios y los que con él se hallan están de parte de los pobres.

Con esta parábola, Jesús resume a los fariseos su propia teoría sobre la pobreza y la riqueza y se la pone ante los ojos… porque su práctica era muy distinta: «Oyeron todo esto los fariseos, que son amigos del dinero… » Si dicen que los pobres van a vivir felices por toda la eternidad, ¿cómo buscan con tanto afán el dinero? ¿No seria rentable pasar unos cuantos años malos a cambio de toda una eternidad feliz?

Ellos no se creen lo que predican, porque silo creyeran actuarían de otra manera muy distinta. Y no es por ignorancia, porque ellos conocen y explican a Moisés y a los Profetas. Los mismos Profetas que en nombre del Dios que intervino en la historia de los hombres para hacer libres en esta vida a un grupo de pobres esclavos- exigieron justicia para los pobres ya en esta vida. No, no creen lo que ellos predican. Y no creerán ni aunque resucite el mismo que dijo: «Dichosos los pobres, porque tenéis a Dios por rey» (Lc 6,20), y «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13). No, «no se dejarán convencer ni aunque un muerto resucite».

III

LA IMAGINERIA PIADOSA JUDÍA ETERNIZADA

EN EL LENGUAJE RELIGIOSO

La parábola del rico y de Lázaro, desconectada de su contex­to vital, ha dado pie a considerar como pensamiento auténtico de Jesús lo que no era más que una simple concesión al lenguaje de sus adversarios (cielo = seno de Abrahán; purgatorio o infier­no = el abismo, lugar de tormento, llamas). Jesús habla a los fariseos: la parábola se adapta forzosamente a sus categorías religiosas. Con todo, una cosa es clara: los dos «se mueren», pero mientras el pobre Lázaro es conducido por los ángeles al seno de Abrahán, símbolo de una vida que continúa, del rico se afirma que «lo enterraron» (16,22). La parentela del rico (los «cinco hermanos») irá a parar inexorablemente al lugar de la muerte. No han hecho caso a Moisés (= la Ley, el pedagogo de los inmaduros), ellos los observantes por antonomasia, ni de los Profetas (= el Espíritu, la prenda de los hijos de Dios). Por eso «no harán caso ni a un muerto que resucite» (16,29-31). Cuando Lucas redacta su Evangelio, el peligro fariseo sigue latente en su comunidad. Es el problema de siempre: dinero, poder… El abismo que se abre entre los miembros de una comunidad que comparte y otra que lo cifra todo en la observancia ritual y minuciosa de lo que está mandado «es inmenso: por más que quiera, nadie podrá cruzar de aquí basta vosotros ni pasar de ahí hasta nosotros» (16,26). Es el abismo que existe entre la vida y la no-vida, entre el que está seguro de si mismo y el que asume el riesgo de poner su propia existencia al servicio de los her­manos.

IV

El profeta Amós denuncia las injusticias de los poderosos que vivían en  lujos y en banquetes y no se afligían por desastre o ruina de José. Esta es una denominación a las tribus del Norte (Israel). Tal indiferencia denota una vez más la ceguera de los que se sienten seguros, sin tener en cuenta las advertencias que les hacía el profeta. En el camino al cautiverio, estos notables irán al frente de los deportados.

Pablo exhorta a su amigo Timoteo a que permanezca siempre firme en su fe, en busca de la justicia, la piedad, la caridad. Teniendo en cuenta el llamado de atención que hace Pablo en el versículo 10, donde afirma que la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar por él, se extraviaron de la fe y se atormentaron con muchos sufrimientos, enseguida viene la otra exhortación al discípulo que huya de estas cosas y el llamado a vivir de los valores del Reino. Pablo invita a Timoteo a que conserve el mandato del Señor, a que se mantenga firme en su compromiso y busque siempre la vida eterna a la que ha sido llamado y a la que ha hecho profesión solemne delante de muchos testigos.

Se llamaba Lázaro (nombre derivado del hebreo el ‘azar que significa “Dios ayuda”), aunque en vida no gozó, al parecer, de la ayuda divina. Le tocó en desgracia ser mendigo, como a tantos millones de seres humanos hoy, estar postrado en el portal de la casa de un rico sin nombre, uno de tantos, al que tradicionalmente se le ha calificado de “epulón”, banqueteador.

Lázaro o “Dios ayuda” tenía en realidad pocas aspiraciones: se contentaba con llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico, las migajas de pan en las que los señores se limpiaban las manos a modo de servilletas. Pero ni siquiera esto pudo conseguirlo, pues nadie le hizo entrar a la sala del banquete. Para colmo, unos perros callejeros, animales considerados impuros y en estado semisalvaje, tan comunes en la antigüedad, se le acercaban para lamerle las llagas. Imposible mayor marginación: pobreza e impureza de la mano. Nada dice el evangelio de las creencias religiosas de este hombre, con razones sobradas para dudar seriamente de la reconocida compasión divina para con el pobre y el oprimido. Tal vez ni siquiera tuviese tiempo ni ganas de pararse a pensar en semejantes disquisiciones teológicas.

Tanto al rico como al pobre les llegó la hora de la muerte, a partir de la cual se cambiarían en el más allá las tornas, como pensaban los fariseos. Aunque, dicho sea de paso, con esto del “más allá”, quienes hacían de la religión baluarte de conservadurismo e inmovilismo han invitado mil veces a la resignación, tildada de “cristiana”, a la paciencia y al mantenimiento de situaciones injustas a los que las sufrían; en el más allá -se decía- Dios dará a cada uno su merecido. Aunque siempre cabe pensar: ¿y por qué no ya desde el más acá?

Para muchos predicadores, satisfechos con la imagen de un Dios que “premia a los buenos y castiga a los malos”, como el dios que profesaban los fariseos, la parábola terminaba en el más allá contemplando el triunfo del pobre y la caída del rico. Apenas se comentaba la última escena, clave importante para comprender su mensaje. De ser así, esta parábola sería una invitación a aceptar cada uno su situación, a resignarse, a cargar con su cruz, a no rebelarse contra la injusticia, a esperar un más allá en el que Dios arregle todos los desarreglos y desmesuras humanas. Entendido así, el mensaje evangélico se hermanaría con un conformismo a ultranza que ayuda a mantener el desorden establecido, la injusticia humana y las clases sociales enfrentadas.

Pero esta parábola no es una promesa para el futuro. Mira a la vida presente y va dirigida a los cinco hermanos del rico, que continuaban -después de la muerte de su hermano y de Lázaro- en la abundancia y el despilfarro. Por eso, el rico, alarmado por lo que espera a sus hermanos si siguen viviendo de espaldas a los pobres- pide a Abrahán que envíe a Lázaro a su casa, a sus hermanos, para que los prevenga, no sea que acaben en el mismo lugar de tormento. Para cambiar la situación en que viven sus hermanos, el rico epulón piensa que hace falta un milagro: que un muerto vaya a verlos. Crudo realismo de quien conoce la dinámica del dinero, que cierra el corazón humano a la evidencia de la palabra profética, al dolor y al sufrimiento del pobre, a la exigencia de justicia, al amor e incluso a la voz de Dios. El dinero deshumaniza. Me remito a la experiencia de cada uno.

Bien lo sabía el profeta Amós cuando amenazaba a los ricos que se acostaban en lechos de marfil, arrellanados en divanes y se daban a la gran vida entre comilonas, música, vino abundante y perfumes exquisitos, sin dolerse del sufrimiento de los pobres (Am 6,1a.4-7). Aquellos fingían devoción a Dios y veneración hacia la ciudad santa y el templo, creyendo de este modo contentar a Dios y quedar justificados. Pero el verdadero Dios no es amigo de una religión que separa el culto de la vida, el incienso de la práctica del amor al prójimo. Este Dios, según el libro del Deuteronomio, comparte suerte con el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero; con todos aquellos a quienes los poderosos les han arrebatado el derecho a una vida vivida con dignidad.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 37 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1200037 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap37b.mp3

Para reflexionar

-“Yo afirmo que los pobres salvarán al mundo, y que lo salvarán sin querer, lo salvarán a pesar de ellos mismos, que no pedirán nada a cambio de ello, sencillamente porque no sabrían el precio del servicio que han prestado” (Georges Bernanos).

-El primer mundo se parece, en palabras de Jean Guitton, “a una isla de oro sacudida por todas partes por las olas de la infelicidad de los otros”.

-Una gran cuestión social consiste en saber si la pared de vidrio protegerá eternamente el festín de los animales maravillosos y si los hombres oscuros que miran ávidamente en la noche no irán a cogerlos en su acuario y devorarlos” (M. Proust).

-Según el último Informe del Banco Mundial, más de mil millones de personas viven por debajo del umbral absoluto de pobreza, es decir, que sólo disponen de un dólar por día. La mayor parte de esos pobres se encuentran en el sur de Asia y en África Negra.

-Existen 385 personas o familias en el mundo que, juntas, poseen una riqueza mayor que las 2.500 millones de personas más pobres del mundo, o sea, que el 45% de la población mundial. En EEUU, paradigma del modelo liberal, el 1% de la población posee más del 40% de toda la riqueza nacional, y esa desigualdad está creciendo.

-Los niveles de la distribución del conocimiento son cuatro veces más desiguales que los que se dan en la riqueza en el mundo. Peter Marchetti.

-Si no actuamos ya, en los próximos años las desigualdades serán gigantescas y se convertirán en una bomba de relojería que estallará en la cara de nuestros hijos (James Wolfensohn, ex-presidente del Banco Mundial).

Para la revisión de vida

¿En nuestra comunidad cristiana hay proyectos que busquen mejorar el nivel de vida de las personas más pobres? ¿Hemos desarrollado una mentalidad crítica que nos permita ver la injusticia y la violencia que se esconden tras la riqueza? ¿Enfrentamos el futuro con un proyecto que busque una sociedad mejor o nos contentamos con vivir plácidamente el presente?

Para la reunión de grupo

Jesús, en la parábola, no dice que el rico estuviera haciendo positivamente nada respecto al pobre; no dice que lo explotaba, ni que lo maltrataba o despreciaba; simplemente coexistía con el pobre; pero Jesús da por supuesto que al morir es llevado a la condenación. ¿Cómo se explica?

“Urge traducir la parábola del rico malvado en términos económicos y políticos, en términos de derechos humanos, de relaciones entre el primero, el segundo y el tercer mundo” (Juan Pablo II en la ONU, 2.10.1979; cfr. igualmente Redemptor Hominis 16, del 4.3.1979). Hacer una lectura internacional actual de la parábola.

Para la oración de los fieles

Por ese 15% de la humanidad que acapara los recursos del mundo, frente a la inmensa masa de los desheredados de la tierra: para que mediten atenta y compungidamente la parábola de Jesús, roguemos al Señor…

Por los Lázaros de este mundo: para que comprendan que Dios no los quiere resignados a su pobreza, sino que quiere su dignidad, su compromiso, su reivindicación…

Por todos los cristianos: para que comprendamos que nuestro cristianismo tiene mucho que ver con esta situación del mundo…

Por todos los que pretenden una lectura simplemente interior o espiritualista del evangelio, para que entiendan que Jesús hablaba en lenguaje directo y sin recurso a simples metáforas cuando decía que había venido a dar la buena noticia a los pobres…

Oración comunitaria

Oh Dios Padre-Madre universal, que en la corriente religiosa del  judeo-cristianismo nos has dado esta sensibilidad peculiar de  encontrar un valor absoluto y espiritual a la Justicia, al Amor, a la opción por la liberación del todo lo que oprime. Ayúdanos a  mantenernos siempre agradecidos en el don de esta corriente  espiritual, sabiendo a la vez abrirnos a las otras sensibilidades  espirituales que Tú mismo has suscitado en la Humanidad a través de  las otras grandes religiones hermanas. Nosotros concretamente te lo  agradecemos por Jesús de Nazaret, Hijo tuyo y hermano nuestro.

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