Reflexión sobre la pobreza


La pobreza aumento en Palestina en la primera mitad del siglo I a causa de las guerras y saqueos y sobre todo a causa de la explotación abusiva de reyes y gobernadores. Los campesinos estaban sometidos a múltiples impuestos. Tenían que pagar al Templo una “didracma”, la décima parte de los producido a los sacerdotes y gastas otra décima pare en las fiesta de Jerusalén. Los galileos tenían que pagar además impues-tos a Herodes y a su Corte. A los romanos tenían que pagar el tributo personal por fincas y una contribución especial para el sostenimiento del ejército romano en Palestina. Solo Judá pagaba al año 6 millones de denarios (un denario era el pago de una jornada de trabajo). Además existían los impuestos indirectos y las aduanas. Muchos campesinos se endeudaban y empobrecían. Los ricos se apoderaban de sus tierras. Los campesinos endeudados emigraban a la diáspora, o se incorporaban a las bandas de salteadores o caían en la esclavitud. De ahí que creciera el odio a los romanos y a los poderosos. La tierra es de Yahvé e Israel es su pueblo. Pagar tributo a los gentiles está contra el primer mandamiento.
En Palestina, como en el resto del mundo antiguo, las catástrofes naturales -que el hombre no sabía ni prevenir ni dominar- eran causa de grandes hambres, que azotaban periódicamente el país. Fuertes sequías, huracanes torrenciales, destruían las cosechas, principal fuente de ingresos para la mayoría de la población. Estas hambrunas determinaban una fuerte subida de los precios de los alimentos básicos. Aumentaban los mendigos en las ciudades y en los caminos. Y los especuladores y acaparadores sacaban ventaja de la situación. Exactamente igual a lo que sucede hoy en día.
En la parábola, Dios pone a juicio, en la persona de Epulón y de Lázaro, a ricos y pobres. Y al oír las razones de los dos, toma partido por Lázaro. El dolor de los pobres es el dolor de Dios. En cambio, el rico es sordo a ese grito de angustia. La riqueza endurece el corazón del hombre y tapona sus oídos. Por esto el rico no puede entrar en el Reino de Dios -que es un reino de igualdad- si no renuncia a sus riquezas.
En el mundo actual hay alimentos suficientes para que todos los hombres de todos los países puedan comer bien. Y hay suficientes materias primas para que cada familia pueda vivir una vida digna. Es falso que el mundo esté superpoblado. La mayoría de los países del tercer mundo están vacíos. Es falso también que sea la cantidad de población la causa de la pobreza de tantos millones de personas. La causa de la pobreza de las mayorías es la excesiva riqueza de unos pocos. A muchos les falta porque a algunos les sobra. Dios no tolera esta situación. El hizo el mundo, sus riquezas, sus frutos, sus minas, en abundancia para que alcanzara para todos. Pero la ambición de unos pocos acentúa día a día la diferencia entre ricos y pobres. Los alaridos de los pobres -gritos de angustia, de protesta y de rebeldía- llegan a los oídos de Dios. Y su forma de responder es tomar partido por su causa. Dios gime al lado de los pobres y también lucha con ellos. La causa de la liberación de los pobres de este mundo es la causa de Dios. Siempre que se consigue una mayor igualdad entre los hombres se hace realidad el evangelio de Jesús.
Aunque la parábola habla del más allá, de la justicia que Dios hará en el otra vida, el mensaje constante del evangelio es para ahora, para el más acá. Jesús, es el mensajero de Dios, el portavoz de la prisa que Dios tiene en echar a andar su plan de repartir los bienes de la tierra entre todos sus hijos.
Ser cristiano es pasar de decir: “Esto es mío” a decir “esto es nuestro”. El rico se obstina en defender su propiedad. Al hacerlo contradice el proyecto de Dios. Decía San Ambrosio: “No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo. Pues lo que es común y ha sido dado para el uso de todos, lo usurpas tú solo. La tierra es de todos, no sólo de los ricos”(Libro de Nabuthe). Lo cristiano es compartir, crear comunidad, también de bienes. El pobre es más libre y está más capacitado siempre que el rico para poner en común con otros lo poco que tiene y para aprender a decir “nuestro”.
Esta parábola se ha utilizado comúnmente para hablar del infierno y de un Dios cruel que le niega hasta una gota de agua al rico Epulón, que casi se ha convertido al ver los castigos que le esperan… Jesús no trata de meter miedo con las llamas del infierno ni presentar a un Dios vengativo. Lo que sí quiere es mostrar la severidad, la radicalidad del juicio de Dios, que no se deja engañar por las excusas del rico. Y dejar bien claro que en el Reino de Dios no tienen cabida los que cierran sus entrañas a la miseria de sus hermanos: Sólo los que comparten su pan con los hambrientos tendrán un sitio junto a Dios.
(Un tal Jesús. José Ignacio y María López Vigil. I, 274-276)

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