Comentarios vigésimo noveno domingo tiempo ordinario


COMO LA VIUDA

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para ello deben ser constantes en la ora­ción como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser oída.

Como todas las parábolas, ésta tiene también un final fe­liz, no tan feliz como la vida misma. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a inter­venir en este mundo de desorden e injusticia legalizada el Dios todopoderoso y justiciero? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, la demen­cial carrera de armamentos, el derroche de recursos para la destrucción del medio ambiente, la existencia de un tercer mundo que desfallece de hambre, la consolidación de los des­niveles de vida entre países y ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama ‘papá’ (‘abbá’), para pedirle que ‘venga a nosotros tu reino’. Desde la noche oscura de este mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible -al menos no ejerce-, sino débil, sufriente, ‘padeciente’; el Dios cristiano se revela más en el dar la vida que en el imponer una determinada conducta a los humanos; marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su mar­cha hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, debe insistir en la oración, debe pedirle fuerza para perseverar has­ta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

Hasta tanto se implante ese reinado divino, la situación del cristiano en este mundo se parecerá a la descrita por Pa­blo en la carta a los Corintios: «Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desespera­dos; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; paseamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para que también la vida de Jesús se trans­parente en nuestro cuerpo; es decir, que a nosotros, que tene­mos la vida, continuamente nos entregan a la muerte por causa de Jesús… » (2 Cor 4,8-10).

El cristiano no anda dejado de la mano de Dios. Por la oración sabe que Dios está con él. Incluso la ausencia de Dios, sentida y sufrida, es ya para él un modo de presencia.

 

 

II

 

¿PARA QUE TANTO REZAR?

¿Y qué es rezar? ¿Pedirle a Dios lo que El ya sabe? No. La oración del cristiano es, sobre todo, confesión de fe cierta y expresión de nuestro firme deseo de que se implante la justicia de Dios en este mundo. Y aceptación libre y agradecida de la vida y el amor del Padre.

¿ES NECESARIO REZAR?

Para explicarles que tenían que orar siempre y no desanimarse les pro­puso esta parábola.

 

Jesús, en este mismo evangelio de Lucas, deja claro que Dios conoce las necesidades de los hombres y se preocupa de que sean satisfechas: «No estéis con el alma en un hilo, buscando qué comer o qué beber. Son los paganos del mundo entero quienes ponen su afán en esas cosas, pero ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de ellas». Pero entonces, si Dios sabe lo que necesitamos y asegura que nos lo va a dar, ¿para qué sirve la oración?, ¿para qué tanto rezar?

Jesús, sin embargo, insiste en que hay que rezar -y él mismo oraba a menudo (Lc 3,21; 5,16; 6,12; 9,18.28s; 11,1; 22,32; 22,39-46)- y que hay que hacerlo sin desanimarse. ¿Entonces…? Quizá lo que nos pasa es que no sabemos qué es lo que hay que pedir en la oración: a veces lo que presen­tamos ante Dios son nuestras necesidades individuales, nues­tros pequeños problemas y hasta nuestros pequeños o grandes egoísmos.

 

YA NO BASTA CON REZAR

 

Jesús dio a sus discípulos un modelo de oración, el Padre Nuestro (Lc 11,1-13), según el cual lo que hay que pedir a Dios es que se realice un proyecto de humanidad: «llegue tu reinado», pedir que baje el cielo a la tierra. Ese es el objeto de la verdadera oración cristiana. No obstante, la pregunta que hacíamos antes sigue sin res­puesta: ¿para qué pedirle a Dios que haga lo que El ya quiere hacer?

No basta con pedirle a Dios que reine sobre esta tierra: debemos comprometernos en que ese proyecto se realice: «buscar que El reine, y eso se os dará por añadidura» (Lc 12,31), y en la medida en que se vaya realizando, irán encon­trando respuesta nuestras justas aspiraciones; todo lo demás, la añadidura, será fruto de la justicia que se establezca cuando los hombres acepten que Dios reine sobre ellos, es decir, que las relaciones humanas se organicen de acuerdo con la volun­tad de Dios. La oración debe apoyarse en el compromiso: la petición «llegue tu reinado» ha obtenido ya una primera res­puesta: «buscad que yo reine».

 

¿VA A ENCONTRAR ESA FE?

 

La atención de la parábola que Jesús propone a sus discí­pulos no está centrada en el juez injusto, que, por supuesto, no es figura de Dios. Dios, al contrario que el juez, está impaciente por hacer justicia a sus elegidos: El es el primero que quiere que se sacie el hambre de los pobres y se apague la sed de justicia de los perseguidos, que recobren la libertad los oprimidos y alcancen el éxito los que trabajan por la paz. El es el primero que quiere ver a los hombres felices, y como Padre que es, desea más que nadie que los hombres sean sus hijos y vivan como hermanos. Y con El, el Hombre Jesús, su Hijo, presente en la tierra para hacer saber a la humanidad entera que a Dios le urge poner su vida a disposición de todo el que quiera aceptarla, pero que… sólo puede reinar sobre los que libremente lo aceptan como rey, sólo puede ser Padre de los que quieran vivir como hijos suyos y que, por tanto, toda su urgencia está en nuestras manos: que su proyecto se realice depende de que nosotros lo aceptemos, de que noso­tros creamos y confiemos en El.

La parábola se centra en la fe de aquella viuda, que con­fiaba firmemente en alcanzar la justicia a la que tenía derecho. Este es el sentido de la oración: no tanto recordarle a Dios lo que El ya sabe, sino confirmar nuestra fe y nuestra esperan­za de que se realice su proyecto. Y rezamos no para que Dios se acuerde de nosotros, sino para que nosotros no nos olvide­mos de que El quiere ser Padre nuestro. Rezar, pues, no es simplemente pedir.

Rezar es creer. Creer que la justicia de Dios es la verdadera justicia y la única solución definitiva a los problemas del hombre, y creer que es posible esa justicia. Rezar es confesar y confirmar nuestra fe.

Rezar es esperar. Pero no con los brazos cruzados, sino empujando con toda nuestra fuerza para que se abrevie la espera. Rezar es decirle al Padre que nos ha contagiado su urgencia.

Rezar es amar. Agradecer a Dios la vida que nos ofrece y el amor que nos muestra, decirle que aceptamos esa vida y que queremos corresponder a su amor trabajando por la felicidad de toda la humanidad. La oración es respuesta de amor y de solidaridad a un Dios solidario de los hombres.

«Pero cuando llegue el Hombre, ¿qué?, ¿va a encontrar esa fe en la tierra?»

 

 

III

 

DIOS ESCUCHA EL GRITO DE LOS OPRIMIDOS

En este pasaje, Lucas trata nuevamente del tema de la oración, subrayando la insistencia en ella a base de la analogía del juez y la viuda. Esta es figura del estamento más desamparado, describe la situa­ción límite del pueblo que exige justicia a sus dirigentes, a pesar de que éstos, representados por el juez injusto, se la hayan negado sistemáticamente. No obstante, el pueblo no ceja en la petición, referida en esta ocasión a la justicia/reivindicación, en conexión con la llegada del reinado de Dios. La insistencia vence la resis­tencia del juez injusto.

Jesús se sirve de esta analogía para invitar a los discípulos a afrontar la situación presente. Si la oración insistente de la viuda ha acorralado al juez y lo ha obligado a dictar una sentencia justa, con cuanta más razón «Dios ¿no hará justicia a sus elegidos si ellos le gritan día y noche?» (18,7). «Los elegidos» son el Israel mesiánico; hoy día, la comunidad cristiana. «Gritar día y noche» es el grito de los oprimidos por el sistema injusto, que claman por un cambio radical de las estructuras. La oración hace tomar conciencia de las propias posibilidades y de la acción liberadora de Dios en la historia. Si bien las circunstancias históricas han cambiado, la injusticia sigue estando presente en nuestra socie­dad. El cambio social es posible…, siempre que contemos con la acción del Espíritu Santo (cf. 11,13). Jesús duda de que los suyos, los Doce, sientan este deseo de justicia (18,7b). La «llegada del Hombre» (18,8) constituía para Jesús el momento de la reivindicación, la destrucción de Jerusalén (cf. 17,30). Los Doce no tendrán «esta fe», puesto que no han roto todavía radicalmen­te con la institución judía. ¿La tenemos nosotros hoy? ¿Hemos hecho esta ruptura radical con los falsos valores de la sociedad injusta, que malgasta todo en armamentos y dilapida los bienes de la creación?

 

 

IV

 

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para ello deberían ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser oída por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras, aunque así no suele suceder siempre en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticia legalizada? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible -al menos no ejerce-, sino débil, sufriente, “padeciente”; el Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos; marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia. Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían. Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar. Y así estuvo -con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

En la segunda lectura Pablo también recomienda a Timoteo ser constante, permaneciendo en lo aprendido en las Sagradas Escrituras, de donde se obtiene la verdadera sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. El encuentro del cristiano con Dios debe realizarse a través de la Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud. De este modo estaremos equipados para realizar toda obra buena. El cristiano debe proclamar esta palabra, insistiendo a tiempo y a destiempo, reprendiendo y reprochando a quien no la tenga en cuenta, exhortando a todos, con paciencia y con la finalidad de instruir en el verdadero camino que se nos muestra en ella.

 

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 74 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El juez y las viudas». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400074 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap74b.mp3

 

A quienes tienen una mentalidad moderna, en la que ya no imaginamos a Dios como un alguien que está «ahí afuera» y «ahí arriba» manejando los acontecimientos de este mundo, la oración clásica de petición se les ha ido transformando en su sentido. En un primer momento damos menos valor a la oración de petición: descubrimos su carácter egoísta, y su intención de «utilizar a Dios», «servirse» de él más que de servirle. Llega un momento en que asimilamos esta situación de estar en el mundo sin un «Dios tapa-agujeros» y le vemos menos sentido a estar recurriendo a él a cada instante. Vamos tratando de asumir este estar en el mundo «etsi Deus non daretur» (Grotius), como si dios no existiera. O, como dijo Bonhoeffer: nos sentimos llamados a vivir ante Dios pero sin dios, un dios que quiere nuestra responsabilización adulta.

La oración continúa teniendo sentido, obviamente, pero otro sentido que el de andar estableciendo transacciones («yo te doy para que tú me des») con el «dios de ahí arriba» que puede mejorarnos la salud o facilitarnos alguna dificultad del camino removiendo los obstáculos. La oración es otra cosa, para otra finalidad, y sigue siendo bien necesaria, como la respiración.

Con una «segunda ingenuidad», cabe permitirnos una forma leve (light) de oración de petición, aquella en la que sabemos que no pretendemos realmente una «transacción» con Dios, ni ponerlo de nuestro lado (influirle, hacerle cambiar de actitud), sino simplemente permitirnos expresarnos ante Dios y ante nosotros mismos nuestras inquietudes, como un desahogo personal, como un modo de colocar nuestras preocupaciones en el contexto de la voluntad de Dios y de consolidar nuestra búsqueda de buscar esa voluntad.

Sobre la oración de petición y su necesaria reconsideración, ya se ha escrito bastante y lo hemos estudiado bien. Lo que nos toca ahora es irnos haciendo más y más consecuentes.

 

Para la revisión de vida

Como la viuda del evangelio, ¿soy una persona perseverante, convencida, que sabe lo que quiere y no vacila, que quiere lo que debe querer y en ello se realiza?

¿Sería yo capaz de pasar una situación difícil… sin pedirle a Dios que intervenga, aceptando lo que sé de que Dios no es un tapa-agujeros para mis debilidades o de las dificultades que se me presentan en la vida?

“A Dios rogando y con el mazo dando”: ¿es lo que hago yo?

 

Para la reunión de grupo

Hacer una reunión de estudio en torno al tema de la oración de petición. Comenzar con nuestras propias experiencias. Seguir con una iluminación teológica que puede preparar alguien. Continuar con un diálogo o debate. Extraer algunas conclusiones.

La viuda también representa a las personas sencillas del pueblo que, a pesar de su pequeñez e indefensión, encuentran en su fe fuerza para defender sus derechos, que son derechos de los pobres, y como tales, derechos de Dios… ¿Cómo se podría leer la parábola en este sentido, en un tiempo como el que vivimos de “globalización” y de “mundialización del derecho”?

 

Para la oración de los fieles

Por todos los cristianos, para que creamos siempre en el valor de la oración, sin tener que identificarla con un recurso mágico o un remedio fácil para nuestros problemas, roguemos al Señor.

Por todos los que claman a Dios desde situaciones insoportables de marginación a las que el sistema económico actual los ha lanzado en las últimas décadas, para que comprendan que Dios quiere tanto su oración como su compromiso organizativo, social y político (“a Dios rogando y con el mazo dando”)…

Por todos los cristianos que participan en la administración de la “cosa pública”, para que den ejemplo de celo por el bien común, frente a la ola de corrupción, falta de ética y el individualismo que invade nuestra sociedad…

Por los cristianos que participan en la administración de la justicia, para que comprendan que antes que cualquier otra cosa, lo que Dios espera de ellos es un testimonio cabal de integridad y honradez…

Para que la sociedad acierte a superar esta situación de desencanto y pesimismo, de individualismo y pasividad, de “fin de la historia” y ausencia de utopías… y para que los cristianos hagamos gala de la fuerza inquebrantable que la fe tiene para hacernos sostener nuestros brazos en alto…

 

Oración comunitaria

Oh Dios, Padre de misericordia, que miras con entrañas de Madre el sufrimiento de tus hijos e hijas: confiamos a tu corazón la esperanza y la resistencia de todos nuestros hermanos y hermanas que reclaman insistentemente una justicia que no saben de dónde les llegará, y te pedimos nos des un corazón como el tuyo, para que armados de fe y de coraje, resistamos la tentación de la desesperanza y permanezcamos firmes junto a Ti en tu proyecto de crear un Mundo Nuevo, más digno de Ti y de nosotros tus criaturas. Por nuestro Señor Jesucristo…

 

Oh Dios, misterio inabarcable, que nos has hecho parte del movimiento caótico de una Realidad global en la que nada se destruye y todo se transforma, en una sucesión permanente no exenta de dolor y muerte que generan nueva vida, nuevas complejidades, y nuevas auto-organizaciones sobre las inevitables y siempre recurrentes caídas en el caos… Permítenos contemplar receptivos el misterio de la creatividad siempre triunfante de la vida sobre el dolor y la muerte, confiados en la bondad global que transpira el Universo y que nos habla de ti, su Realidad suprema…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: