Las viudas y la justicia


En la Biblia, viuda no es sinónimo de anciana. Como las muchachas se casaban los doce o trece años, muchas mujeres quedaban viudas aún muy jóvenes. Las viudas podían volver a casarse. Si lo hacían, bastaba un mes de noviazgo, en lugar de un año entero, plazo habitual antes de los esponsales. Si suponemos que cuando Jesús inició su actividad en Galilea, ya habría muerto José, María quedaría viuda a los 30 ó 40 años. Su condición social le hacía dependiente de su hijo, que tenía la obligación de mantenerla. Pero seguramente ella se ganaría también la vida con el trabajo de sus manos. Las mujeres campesinas de Israel tenían más libertad que las de la ciudad en muchas cosas. La necesi-dad de sacar la familia adelante las llevaba a trabajar a la par que el hombre en las faenas agrícolas. Las mujeres participaban en la cosecha, en la siega, en la vendimia, junto con los varones, o trabajaban por su cuenta, contra-tadas por los terratenientes de la zona. En la historia de Israel hubo mujeres que participaron muy activamente en las luchas del pueblo y que llegaron a tener un gran prestigio. Débora, jueza de Israel, vencedora de batallas (Jueces 4 y 5); Ester, heroína popularísima, y Judit, que derrotó por la astucia al tirano Holofernes, son importantes figuras femeninas de la historia de Israel. Tanto Ester como Judit dan nombre a dos libros de la Biblia, que cuentan sus historias. La administración de justicia en Israel comienza en los mismos orígenes de la historia del pueblo con los ancianos designados por Moisés, pero no se tienen datos precisos sobre cómo eran exactamente los juicios o cuál la forma de presentar los pleitos en tiempos de Jesús. La institucionalización de la justicia variaba mucho según las regiones. Nazaret era una aldea demasiado pequeña para tener un juez local propio. Los jueces locales decidían en casos de menor importancia, en pequeños conflictos. Los ricos los “compraban” con regalos y no eran justos en sus decisiones. Los profetas de Israel denunciaron la corrup-ción de los tribunales, las prebendas recibidas por los jueces y los atropellos cometidos contra los pobres (Amós 5, 7-13). Clamaron siempre porque en los tribunales se hiciera justicia e identificaron el derecho de Dios con el derecho del pobre. Entre los pobres, los profetas destacaban, como desamparados por excelencia, al extranjero, al huérfano y a la viuda.
(Cf. «Un tal Jesús», Hnos. López Vigil, nº 74)
UNA NUEVA MANERA DE ORAR
El Reino no es concebible sin oración. Así como en el reino llega todo a ser nuevo, así también aquí irrumpe una nueva manera de orar.
Jesús y sus discípulos procedían de un pueblo que sabia orar. La oración marcaba el día con un orden fijo de plegarias. Comenzaba el día con una mirada dirigida a Dios al salir el sol y se terminaba el día con una oración al ponerse el sol. Durante el día había una oración por excelencia (thefilla), que era un himno compuesto de bendiciones. Antes y después de comer también se rezaba. A estas oraciones cotidianas y privadas se unía la oración cultual de la sinagoga…
Sin embargo por muy bien ordenada que estuviese la piedad de las oraciones le acechaban ciertos peligros. Dios, para el orante piadoso y sencillo, era ante todo el rey lejano, el rey alejado del mundo. Y se compa-raba la oración con la ceremonia de rendir homenaje. El formulario predomina y la oración se convierte en una costumbre. La oración entra también en la órbita de la idea de los méritos.
En este mundo hace su entrada Jesús con una nueva manera de orar. Este nuevo modelo es Jesús mismo. Los evangelios sinópticos solo nos transmiten dos oraciones suyas (Mt 11,25; Mc 14,36) y las palabras de la cruz (Mt 15,34). A esto hay que añadir una serie de noticias de índole general acerca de la oración de Jesús en la soledad y una frase de Jesús acerca de su intercesión en favor de Pedro (Lc 22,31). Hay que añadir también las instrucciones que da a sus discípulos acerca de la oración. No hubo día en su vida en el que no hubiera observado los tres ratos de oración y no hubo comida en la que él no hubiera recitado la oración de la mesa, antes y después.
Pero lo decisivo es que Jesús no se contentó con la herencia litúrgica sino que rompe los moldes de la costumbre piadosa. Según la tradición pasa horas enteras (Lc 6,12) en oración solitaria. En su oración personal ora en su lengua materna, el arameo (el padrenuestro, el Abba, su clamor en la cruz) Y a sus discípulos les propor-ciona una oración comunitaria compuesta en su lengua materna. Con eso, Jesús saca a la oración del ámbito litúrgico y la pone en medio de la vida, en medio de la cotidianidad.

En su oración, la intercesión ocupa mucho espacio: ora por el discípulo a quien ve en peligro de sucumbir (Lc 22,31); ora por los niños (Mc 10,16: la bendición junto con la imposición de las manos significa intercesión); ora por Israel en la ultima cena.
También merece especial atención su manera de dar gracias. Es característico el pasaje de Mt 11,25 (Te doy gracias Padre…) de marcado estilo palestino y a la que ya Pablo hace referencia. Se trata de una oración expresada por Jesús en un punto crucial de su actividad. Según las apreciaciones humanas, la labor de Jesús había fracasado, porque las figuras influyentes de su pueblo habían recha-zado claramente su mensaje, y únicamente le seguían un grupo de personas que gozaban de poca estimación. Al pie de las ruinas Jesús da las gracias. Jesús alaba a Dios a pesar del fracaso. Se regocija porque el misterio del reino se ha revelado a los “pequeños”.
(Cf. Teología del N.Testamento. Joachim Jeremías. Sígueme. 218-225)

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