Trigésimo domingo del tiempo ordinario: comentarios


DOS HOMBRES

‘Un fariseo’. La palabra ‘fariseo’ deriva, según la opinión más común, del verbo arameo parash, que significa ‘separar’; de donde equivale a ‘separado’ o ‘separatista’. Según esta opi­nión, los fariseos eran gente que se separaba de la masa del pueblo judío y se distinguía por su observación minuciosa de la Ley.

Pero esta hipótesis no responde exactamente a la realidad, pues los fariseos no huían de la gente, sino todo lo contrario: su meta era hacer asequible y atractiva la práctica de la Torá o Ley de Moisés al mayor número posible de gente. Para con­seguir este objetivo habían creado una larga y complicada ca­suística en torno a la Ley de Moisés con la finalidad de eximir al pueblo de las duras exigencias de ésta, facilitando de este modo su cumplimiento.

El procedimiento, llevado a la exageración, había conver­tido la observancia de la Ley en una ‘carga insoportable’ para el pueblo. Jesús atacó duramente a los fariseos porque su enorme influencia sobre la conciencia del pueblo sencillo cons­tituía el obstáculo más serio para la implantación del evange­lio, cuya finalidad era liberar al pueblo de la opresión de la Ley, reduciendo todos sus innumerables mandatos a dos: amor a Dios y al prójimo.

Para quienes acepten esta hipótesis, ‘fariseo’ se deriva de perushi (persianizante), por la gran afinidad entre las doctri­nas fariseas sobre el más allá y la religión persa.

– Un recaudador. Llamado comúnmente ‘publicano’ (en griego: telônês derivado de telos: impuesto). Con esta pala­bra se alude en los evangelios no al jefe de aduanas, sino a un pequeño subalterno judío, cobrador de impuestos. Los publi­canos o recaudadores eran despreciados y tenidos por peca­dores públicos por sus vínculos con el poder romano ocupante y por sus frecuentes abusos en el cobro de impuestos. De ahí que cualquier judío observante se mantuviera alejado de ellos. Jesús no se atuvo a esa práctica: uno de sus discípulos, Ma­teo, era recaudador; recaudadores y prostitutas formaban par­te de su compañía.

Un fariseo y un recaudador son los protagonistas de esta parábola del evangelio. El fariseo oraba de pie, como era costumbre hacerlo en la época, no por soberbia. Era sincero al confesar no ser la­drón, ni injusto, ni adúltero. Cumplía la Ley más de lo que la Ley misma prescribía: ayunaba dos veces por semana (sólo era obligatorio ayunar el día de la expiación o Yom Kippur); pagaba el diezmo de todo lo que ganaba (sólo estaba mandado pagar el diezmo de los frutos principales). Era un piadoso judío.

El recaudador, por el contrario, no tenía nada de qué en­orgullecerse, al parecer. Reconocía su propia indigencia delan­te de Dios, ante quien no cabe otra postura.

Paradójicamente, en la parábola queda mal el piadoso y bien el malo. Dios condena la altanería de quienes, por sus buenas obras, miran a los demás por encima del hombro. El engreimiento molesta a Dios y daña la convivencia humana.

 

 

II

 

LOS AMIGOS DE DIOS

¿Quiénes son los amigos de Dios? ¿Los buenos? ¿Los que cum­plen las leyes y las normas? ¿Los piadosos? Puede que sí; pero con algunas condiciones: que sientan necesidad de esa amistad, que la acepten como un regalo, que no desprecien a quienes no son como ellos, que no se crean los únicos amigos de Dios.

PARABOLA CON DEDICATORIA

Al introducir esta parábola, Lucas quiere dejar claro que va dirigida a desenmascarar a los fariseos, y por una razón muy precisa: «Refiriéndose a algunos que estaban plenamente convencidos de estar a bien con Dios y despreciaban a los demás, añadió… » Si a alguno le extraña que Jesús discuta tanto con los fariseos, en esta dedicatoria encontrará algunas de las principales razones de esta permanente polémica. Pero, además, la insistencia de los evangelistas en algún tema signi­fica que, en las comunidades a las que se dirigen, tal cuestión es importante. Lo que significa que o en el mismo grupo de los discípulos de Jesús, o en las comunidades para las que los evangelistas escriben, la influencia de las doctrinas y las acti­tudes de los fariseos era un peligro que acechaba de cerca.

 

Y no olvidemos que el evangelio tiene un valor permanente; en donde se den circunstancias semejantes, sigue siendo válida hoy la dedicatoria de esta parábola. En cualquier caso, debe quedar claro que Jesús no ataca a las personas individualmente consideradas; son las actitudes fariseas lo que el evangelio combate.

 

LOS FARISEOS

Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo el otro recau­dador. El fariseo se plantó y se puso a orar para sus adentros: «Dios mío, te doy gracias de no ser como los demás: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco como ese recaudador. Ayuno dos veces por semana y pago diezmo de todo lo que gano».

 

La parábola destaca tres características de los fariseos.

La primera es su autosuficiencia: «estaban plenamente convencidos de estar a bien con Dios». Se consideran «los buenos». Se sienten seguros, «plenamente convencidos», y se atribuyen a sí mismos el mérito de su santidad, que consideran fruto de su propio esfuerzo. Ellos -no los demás, ni siquiera Dios- son el centro del cosmos. Los demás deben compararse con ellos para saber si están haciendo las cosas como Dios quiere: «Dios mío, te doy gracias de no ser como los demás… »Ni siquiera la ley es el punto central de referencia del fariseo: él va más allá, paga todos sus impuestos al templo y ayuna con más frecuencia de lo que está mandado -en la Biblia sólo se manda ayudar el día de la expiación (Nm 29,7; véase Hch 27,9) y en alguna época probablemente otros cuatro días más (Zac 7,3-5; 8,19)-: «Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que gano».

La segunda característica es consecuencia de la primera: «…y despreciaban a los demás». Lógico. Si ellos con su propio esfuerzo han logrado llegar a perfección tan alta, los demás, que siguen hundidos en el fango del pecado, son totalmente culpables de su situación y, por tanto, despreciables. Quizá ésta es una de las características de los fariseos que menos casan con el mensaje de Jesús. El propone a los hombres que se quieran, que amen incluso a sus enemigos (Lc 6,27-38), y los fariseos excluyen de su amor no ya a sus enemigos, sino a todos los que no son, no piensan o no actúan como ellos. Y según ellos, todos éstos deben quedar también excluidos del amor de Dios.

La tercera característica es reducir la relación con Dios a un intercambio mercantil. Más que dar gracias a Dios, el fariseo le pasa factura. Si él, por sus propios méritos, ha llegado a ser tan bueno, Dios no tiene más remedio que pagarle por su esfuerzo. Quiere convertir a Dios en su deudor.

 

LOS AMIGOS DE DIOS

El recaudador, en cambio, se quedó a distancia y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; se daba golpes de pecho diciendo: «¡Dios mío, ten piedad de este pecador!»

 

El cobrador de impuestos reconoce su limitación, su pe­cado. Sólo se atreve a pedir perdón. Su confianza está en Dios, sólo en Dios. No intenta disimular sus errores compa­rándose con otros más pecadores que él (que sin duda los había). Se limita a invocar la misericordia de Dios, a rogarle que le dé gratis su amor: « ¡Dios mío, ten piedad de este pecador! » No se atreve a prometerle nada, ni siquiera que se va a enmendar; pero en su actitud se refleja el deseo de cambiar de vida y la necesidad que tiene de que Dios le ayude a realizar este cambio.

 

Os digo que éste bajó a su casa a bien con Dios y aquél no. Porque a todo el que se encumbra, lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán.

 

 

La conclusión de la parábola sorprendería a cualquier observador imparcial: al recaudador, que en realidad se que­daba con lo que no era suyo, Dios lo acepta como amigo; el fariseo, que se pasaba en el cumplimiento de la ley, no consi­gue la amistad con Dios. Y es que Dios ve el corazón. Y el fariseo lo tenía de piedra, como las tablas de su ley. El había excluido el amor de sus relaciones con Dios, con quien nego­cia, y de sus relaciones con los demás, a quienes desprecia. El cobrador de impuestos era consciente de su falta de amor. Pero siente la falta. Por eso Dios lo rehabilita, le concede su amistad y lo capacita para amar. Y es que sólo el ansia de amar (que incluye el reconocimiento de que no se ama lo suficiente), nos puede poner a bien con Dios. Porque el deseo de amar es deseo de Dios.

 

 

III

 

LA ORACION DEL RECAUDADOR

SE CORRESPONDE CON LA DE JESUS

Esta escena de Lucas contrapone la oración arrogante del fariseo a la sencilla y confiada del recaudador de impuestos. Jesús se dirige a los discípulos, algunos de los cuales comparten la mentalidad farisai­ca (cf. 16,15). El fariseo, satisfecho de su condición de hombre pretendidamente «justo», no pide nada a Dios. Su acción de gracias está vacía de contenido, es un monólogo de autocompla­cencia. Es Dios quien le tendría que estar agradecido por su fidelidad de hombre observante. Forma una casta aparte (18,11: «no soy como los demás hombres») y juzga severamente el com­portamiento del recaudador. Cumple con sus obligaciones reli­giosas (18,12), sin ninguna clase de compromiso con el prójimo. Su figura contrasta con la figura del recaudador: la oración de éste es una peti­ción, reconociendo su condición de pecador (18,13). Su petición confiada obtendrá la misericordia de Dios, mientras que la acción de gracias arrogante del fariseo, que cree que se lo merece todo por sus obras, será rechazada (18,14). Lucas contrasta la figura del creyente seguro de sí mismo con la del marginado religiosa­mente hablando que confía en el amor/misericordia de Dios. En medio hay un amplio abanico de opciones. ¿Hacia qué polo nos orientamos?

 

 

IV

 

La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y refleja distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Una de éstas es la del fariseo y el recaudador que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén: en el recinto del templo, el lugar propicio para obtener la purificación y redención de los pecados.

La influencia y atracción del templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo mostraba claramente la obligación del pago del impuesto al templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen una relación saludable con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas o aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo además ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en esto consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro y está fuera, y hay quien se cree excluido y está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un “ese” despectivo, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reino de Dios. Con su comportamiento el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del templo con sus medios redentores y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como amigo de recaudadores y de pecadores y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas.

 

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 80 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El piadoso y el granuja». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400080 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap80b.mp3

 

Para la revisión de vida

– Analicemos : ¿cómo es mi manera de tratar con Dios?

– ¿Cómo hago oración? ¿Me creo mejor que los demás?

– ¿Tengo conciencia de mi ser pecador? ¿Soy humilde ante Dios y ante los hermanos?

– ¿Abro mi corazón al amor gratuito de Dios?

 

Para la reunión de grupo

¿Qué actitudes “farisaicas” conocemos: en el mundo, en la Iglesia, en nuestro país, en nuestro ambiente…?

¿Qué es lo esencial del “fariseísmo”? ¿Por qué es contrario al Evangelio?

¿Tenemos algo también nosotros de ello? ¿Cómo podríamos evitarlo? ¿Qué podemos hacer para comprometernos en la superación del fariseísmo en la sociedad y en la Iglesia?

«Dios no es parcial contra el pobre»… Ser «neutral entre ricos y pobres», ¿es la actitud de Dios? ¿Se puede ser neutral en la lucha de clases (o el “conflicto de intereses sociales”)? ¿Se puede vivir una vida en plenitud sin definirse ante los pobres y desheredados?

Buena ocasión para estudiar de nuevo en el grupo la «opción por los pobres». En la Revista Electrónica Latinoamericana de Teología (http://servicioskoinonia.org/relat) y en la biblioteca de Koinonía (http://servicioskoinonia.org/biblioteca) hay artículos y libros sobre el tema.

 

Para la oración de los fieles

Para que el Señor nos dé a todos el conocimiento íntimo de nuestras limitaciones y de nuestros pecados, de forma que nunca despreciemos a los demás, roguemos al Señor.

Para que seamos humildes, “andando en la verdad”, sin enorgullecernos ni infravalorarnos,

Para que nuestras comunidades sean ejemplo de relaciones fraternas maduras, donde cada uno ponga todos sus dones al servicio de los demás y todos valoren los dones -pequeños o grandes- que Dios dio incluso al más pequeño de los hermanos…

Para que la Iglesia dé al el mundo el ejemplo de ser una comunidad en cuyo seno sus miembros no buscan el poder ni el arribismo, sino el servicio desinteresado y humilde…

Para que la comunidad cristiana, siempre esté del lado de los pobres, tomando partido incondicionalmente por la Justicia y por los «injusticiados»…

 

Oración comunitaria

Dios Padre Nuestro, cuyo Hijo se encarnó en nuestro linaje humano despojándose de sus títulos de gloria y pasando por “uno de tantos”: enséñanos a caminar tras sus huellas, poniendo nuestro corazón sinceramente en la verdadera gloria: el dar nuestra vida humildemente en el amor y el servicio. Así te lo pedimos gracias al ejemplo que nos dio Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina, y lucha y camina con nosotros, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 

Oh Dios, Padre-Madre nuestro, Amor sin límites, totalmente parcializado hacia la Justicia, en favor de los injusticiados, de todos aquellos que sufren la explotación o marginación, excluidos de la fraternidad-sororidad. Haznos apasionados luchadores por la Utopía-Reino del «otro mundo posible» que nos anunció Jesús, e imitadores radicales de su opción por los pobres. Nosotros te lo pedimos apoyados en Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

 

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