Jesús,punto de encuentro


La acción se sitúa en el calvario. Jesús está en la cruz, y Lucas subraya el aspecto más hiriente de su muerte: a los ojos de todos, esta es la demostración de que “no era este”, es un impostor.

Si él hubiera sido el Mesías de Dios, Dios hubiera estado con él. Esto se pone en boca de las autoridades del pueblo, de los soldados romanos, y de uno de los ladrones crucificados con él.

En contraposición, el otro ladrón cree en Jesús y recibe la promesa de la entrada inminente en el reino. Hay en el relato una clara oposición entre la palabra “rey” que figura en el letrero de la cruz como causa de la condena, y la palabra “reino”, en donde es aceptado el malhechor. Jesús no es Rey en el primer sentido, pero sí en el segundo.

Es una presentación importante, que no falta en ninguno de los evangelios.

Todo este poderoso conjunto de ideas, expresiones simbólicas, citas bíblicas, nos conduce a una fundamental: Jesús como centro total de nuestro encuentro con Dios.

Podríamos derivar a consideraciones cósmicas, que son muy arriesgadas porque dependen mucho del desarrollo intelectual que nosotros hacemos de La Palabra, e introducen por tanto mucho de nuestra mentalidad y de nuestras filosofías. Nos importa más centrarnos en dos puntos: el mensaje de fondo para nosotros y el valor de las imágenes.

El mensaje de fondo

El centro del mensaje es sin duda nuestra fe en Jesús como visibilidad de Dios, Piedra Angular, Primogénito, lugar privilegiado de Encuentro con Dios, Principio y Fin de nuestra fe. Y éste es el motivo de que se coloque esta fiesta como corona final del año litúrgico.

En realidad, esta fiesta está artificialmente colocada aquí, porque la proclamación de nuestra fe en Jesús se hace en Pascua. La fiesta de Cristo Rey es una reduplicación de la resurrección y la Ascensión, y contiene sus mismos elementos. Pero nos viene bien recapacitar, al final del año litúrgico en esto: para nosotros, toda nuestra fe se resume en Jesús.

Podemos sentirnos más atraídos por una “Cristología ascendente” como la de los Hechos, y tantas frases de Pablo, como la que leemos hoy (“en él quiso Dios que residiera toda la plenitud”), como “el hombre lleno del Espíritu”, en el que vemos, sentimos, palpamos, la plenitud de la presencia de Dios.

Podemos sentirnos más atraídos por una “Cristología descendente”, como la de Juan (“La Palabra hecha carne que acampó entre nosotros”) o la de varios textos de la misma lectura de hoy.

Podemos interpretar todo esto desde muchas filosofías, (“naturalezas, personas, hipóstasis….”) con muchas imágenes, (“Primogénito, Verbo, Alfa-Omega, Luz de Luz….”) y siempre estaremos haciendo lo mismo: intentar comprender, intentar expresar, intentar simbolizar nuestra fe en Jesús.

Esta fe consiste en que para nosotros Jesús es Presencia de Dios Salvador, lo definitivo. La fe cristiana consiste en encontrarse con Jesús; y, al encontrarse con Jesús, encontrarse con Dios.

No es que nosotros inventamos a Dios, no es que nuestra razón lo descubre, es que lo buscamos porque nuestra naturaleza lo necesita, y nos encontramos con que Él sale a nuestro encuentro. Ese lugar de encuentro es Jesús y por eso, para nosotros, Jesús es todo, principio y fin. Encuentro definitivo.

Por Él nos liberamos del miedo a la muerte, del miedo al castigo, del sin-sentido de la vida, del miedo a Dios, de los ídolos de dioses, de la esclavitud de los preceptos.

Todas las cosas son imágenes de Dios.

El ser humano es una excepcional imagen de Dios. Jesús es la imagenvisible de Dios invisible. Todo lo que necesitamos saber de Dios lo vemos en Jesús.

Toda criatura es hija de Dios. Los seres humanos somos hijos de Dios. Jesús es “El Hijo”, el hijo por excelencia en quien se reconoce de modo deslumbrante a su Padre, el que muestra con total claridad que Dios es ante todo el Padre.

Él es el Primero, el primero en saber vivir, el primero en saber morir, el primero en dejarnos ver La Vida después de la muerte. En su triunfo triunfamos todos. Al verle resucitado vemos el anuncio de nuestra resurrección, al verle ascendido a la diestra de Dios nos vemos reyes en el reino de Dios.

Todo esto lo expresamos en imágenes. Ninguna imagen debe confundirse con su contenido. Jesús no es luz ni agua, es carne y huesos. Jesús no es pastor, fue carpintero. Y desde luego Jesús no es rey.

Llamar a Jesús “rey” puede no parecernos hoy demasiado acertado, porque para nosotros “rey” tiene una connotación casi exclusivamente política, y es eso precisamente lo que Jesús no es, lo que expresamente rechazó.

Para Israel “Rey” era mucho más que jefe político: era la presencia de Dios pastor, conductor de Israel. Y para nosotros, la realeza no es cosa de reyes de la tierra.

En realidad, Jesús usó la “expresión “reino” en forma paradójica: el reino de Jesús es el reino al revés, el anti-reino, y Jesús es el mesías al revés, al revés de lo que todos entendían, el anti-mesías.

Nos acercaríamos más al sentido de la palabra “rey” si la situamos en terrenos del amor. Entre enamorados “eres mi rey” significa que lo eres todo para mí. Cuando decimos que el niño es el rey de la casa queremos decir que toda la casa gira en torno a él, porque le queremos más que a nada. Por ahí vamos mejor.

En este sentido, debemos usar la primera lectura como contraposición de la tercera.

La primera muestra las esperanzas, falsas, de Israel: el Mesías como nuevo David, de Israel y para el triunfo de Israel.

La tercera muestra a ese Rey crucificado para siempre. El letrero de la cruz tiene razón: el Rey de los Judíos ha muerto, para siempre. El reino no es como los reinos de este mundo, sino precisamente al revés.

 

Es importante que no nos quedemos en lejanas consideraciones de teología puramente especulativa. Intentemos aplicar a nuestro momento, a nuestro mundo y a nuestra vida, esta imagen de Cristo Rey, fundada, a veces tan lejanamente, en la palabra clave de la predicación de Jesús: el reinado de Dios.

Cristo, el rey crucificado

– ¿Eres tú el Rey de los judíos?

– ¿Lo dices tú, o te lo han dicho otros de mí? Mi reino no es de este mundo. (Juan 18.33)

“Pero Jesús, viendo que venían para hacerle Rey, se escapó, él solo, al monte, a orar” (Juan 6,15 – Mateo 14,23).

Una multitud entusiasmada no ha bastado para convencer a Jesús de que sea Rey.

Un mediocre pelotón de guardias del Templo han sido bastantes para apresar al “rey de los judíos”. La guardia del pretorio le ha entronizado rey, con un viejo manto de púrpura y una corona de espinas.

Otra multitud, vengativa, cruel y canalla, se ríe de él, colgado de la cruz y agonizante y le echa en cara:

– ¿No eres el Hijo de Dios, el Mesías Rey? Pues baja de la cruz y creeremos en ti.

Rey, apenas hay otra palabra menos apropiada para Jesús. Un rey que toca leprosos, que prefiere la gente normal a los poderosos del pueblo. Un rey que lava los pies de los suyos, un rey que no tiene dinero, ni tropas, que no puede defenderse. Jesús crucificado es un extraño rey: su trono sería la cruz, su corona es de espinas; no tiene manto, está desnudo; no tiene ejército, hasta los suyos le han abandonado. ¡Menudo Rey!

Y ya que hablamos del Rey, tenemos que hablar del Reino. Jesús habló del Reino de Dios, del Reinado de Dios, un reinado en que los últimos del mundo son los primeros, un reinado que prefiere a los publicanos y las prostitutas antes que a los doctos letrados y los puros fariseos. Un reinado en que la gente sencilla, como niños, es más apreciada que los poderosos.

Un reinado sin trono, sin palacio, sin ejército, sin poder. Un reinado de viudas pobres que echan dos céntimos de limosna, un reinado de samaritanos que cuidan a un herido, un reinado de gente pobre, que sabe sufrir, de corazón limpio, comprometida con la justicia. ¡Menudo Reino!

Dios no reina apabullando enemigos. Su reino no se parece a esos reinos que se imponen desde fuera, y matan para imponerse. Dios se siembra desde dentro y hace vivir.

Esos otros reinos favorecen siempre a los más poderosos, buscan beneficios y poder a costa del sufrimiento de la gente. Dios busca la felicidad de todos y en eso empeña su poder.

Esos reyes oran a sus dioses para que les ayuden a matar enemigos. Dios pide ayuda para que todos vivan como personas humanas.

En nuestro mundo reina el terror, reina la miseria, reina la explotación, reina el deseo de vivir cada vez más cómodamente, reina la venganza, reina el negocio sucio, reina la violencia.

Cuando en nuestro mundo reine la confianza mutua, cuando todos vivan decentemente, cuando no haya analfabetos, cuando los negocios sean honrados, cuando la gente sea pacífica, cuando no nos contentemos con menos… entonces podremos empezar a hablar de que Dios reina. Desde dentro, desde la humanización de los corazones.

Dios es rey, ése ha sido un bonito pretexto para las guerras de religión, para las cruzadas fundamentalistas, para el esplendor del culto, para la exhibición de poderes y lujos humanos de las castas sacerdotales. Mi dios (es decir, yo) tiene que reinar sobre sus enemigos (es decir, mis enemigos, los que me estorban para imponerme como un rey, para vivir como un rey).

¿Reinará Dios alguna vez? Tenemos la tentación de pensar que no. Pero Jesús creía en la fuerza de la semilla, en el poder de la levadura, en la fuerza imparable del Espíritu, del Viento de Dios. Dios reinará, las personas serán humanas, vivirán como Hijos. Es la empresa de Dios, que es el Amor Todopoderoso. No fallará.

Y entretanto, usted y yo nos enfrentamos a una invitación, personal y urgente: ¿quiere comprometerse con Jesús a construir el Reino? Por eso fue rey el mismo Jesús, porque vivió para el reino, porque sembró el reino. Ya para eso, sólo para eso, somos nosotros la iglesia, para ser, como Jesús, constructores, sembradores del Reino.

 

PARA ORAR

Entresacamos estas frases de varias cartas de Pablo. Al recitarlas, proclamamos nuestra fe, nuestra alegría y nuestra gratitud.

Bendito sea Dios

Padre de nuestro Señor, Jesucristo,

que nos ha bendecido

con toda clase de bendiciones.

Él nos ha elegido para que seamos

santos e irreprochables,

por el amor, en su presencia,

por Jesucristo, según su voluntad.

Nos ha predestinado

para ser sus hijos,

por la gracia que hemos recibido

por medio de su Hijo Jesús.

Por Él, que derramó su sangre,

obtenemos el perdón, la liberación del pecado.

Él ha derrochado en nosotros

todo su amor y toda su sabiduría,

para que el universo entero

alcance su plenitud, por Jesucristo.

Él nos predestina para ser herederos

con su Hijo, el Primogénito.

Por él hemos recibido la Buena Noticia,

hemos creído en Él,

hemos recibido su mismo Espíritu,

hemos salido de las tinieblas a la luz,

y se nos han abierto las puertas del Reino.

Demos gracias a Dios Padre,

por su imagen, su primogénito, su hijo.

Jesucristo,

nuestro Señor.

 

 

José Enrique Galarreta

 

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