Comentarios segundo domingo de Adviento


¿NOS ESTAMOS PREPARANDO?

Cuando un gran personaje (un jefe de Estado o de Gobier­no, el Papa, un artista famoso) viaja a cualquier país, se pre­para todo desde mucho tiempo antes: itinerarios, discursos, comidas, homenajes, gestos…

Adviento significa venida: en este tiempo, esperamos la llegada de alguien muy importante, mucho más que cualquier artista, que cualquier gobernante, que el mismo Papa…

¿Cómo nos estamos preparando?

¿SE PASA…, O NO LLEGA?

¡ Qué duro y qué terrible era Juan Bautista! ¡Gamada de víboras!, … castigo inminente…, hoguera que no se apaga… Parece como si más que atraer a la gente quisiera espantarla. ¿ Verdad que resulta un poco exagerado?

Sí, hay que reconocerlo: el Bautista, en algunas cosas, se pasa. Pero en otras lleva toda la razón.

Se pasa, o mejor, no llega, al hablar de Dios y de su inmi­nente intervención en la historia de los hombres. Porque la idea que Juan tiene del modo de ser de Dios quedará definiti­vamente anticuada cuando Jesús explique cómo es el Padre. Hablaremos de eso en el siguiente comentarlo.

Pero si al hablar de un Dios amenazador y terrible (Mt 3, 10-12; Lc 3,9.17) se equivoca, en lo que acierta al ciento por ciento es al exigir sinceridad y seriedad a quienes, interesados por su mensaje, se acercan a él: dad el fruto que corresponde al arrepentimiento.

YA ESTA CERCA…

Juan anunciaba la cercanía del reinado de Dios: «Enmen­daos, que está cerca el reinado de Dios». Era ésta una vieja esperanza del pueblo de Israel, que aguardaba que Dios resta­bleciera la justicia en la sociedad israelita y en sus instituciones y devolviera a su nación su antiguo esplendor.

Por eso las gentes del pueblo responden a su anuncio ma­sivamente y se preparan para la ya próxima intervención de Dios confesando sus pecados y bautizándose. Este bautismo era señal de que estaban dispuestos a enmendar su comporta­miento, de que estaban decididos a romper totalmente con la injusticia.

También se acercaron al Jordán unos individuos que pro­vocaron la ira de Juan: unos saduceos y fariseos que preten­dían bautizarse como los demás. Estos pertenecían a dos par­tidos opuestos entre sí pero unidos por un hecho: compartían el poder y, cada grupo a su manera, dominaban y explotaban al pueblo. Y por la reacción de Juan ante su presencia, no pa­rece que estuvieran muy dispuestos a cambiar de actitud. Por eso Juan les plantea una clara exigencia: «dad el fruto que corresponde al arrepentimiento». Les está pidiendo simple­mente que sean sinceros, que no intenten engañarle a él y a la gente, que no pretendan burlarse de Dios. Ellos, responsables en gran parte del desorden establecido, de la injusticia legali­zada y de la explotación y opresión de los pobres… ¡ se atreven a presentarse aparentando que también ellos vibran con la mis­ma esperanza del pueblo que soporta sus injusticias! No. Para

prepararse a los acontecimientos que se acercan no basta con un gesto exterior: es menester dar frutos que demuestren que de hecho el arrepentimiento es sincero; es necesario abando­nar la injusticia y adoptar un nuevo modo de actuar.

 

… CERCA TAMBIEN PARA NOSOTROS

Jesús de Nazaret sale constantemente a nuestro encuentro. Para nosotros la cercanía del reinado de Dios es un hecho per­manente. La celebración del Adviento y de la Navidad no es un puro recuerdo histórico ni una simple celebración tradicio­nal. Es una invitación a prepararnos para que Jesús entre defi­nitivamente en nuestra vida y en nuestra historia.

Y tampoco a nosotros nos basta con algunos gestos exter­nos. Para que nuestro encuentro con Jesús pueda realizarse es condición indispensable que ni practiquemos nosotros la injus­ticia ni seamos cómplices de la injusticia del sistema.

¿Cómo nos estamos preparando?

 

 

II

 

vv. 1-2. Momento histórico indeterminado. Juan Bautista (ya conocido como tal aunque no se ha mencionado su bautismo, se presenta en el desierto de Judea, es decir, en la zona más allá del Jordán. Al afiadir «de Judea», muestra Mt que la ruptura con la sociedad (desierto) no saca de la tierra prometida (al contrario Jn 1,28); su concepción teológica ve en la humanidad entera la plenitud de Israel. La actividad de Juan es «proclamar» como un heraldo, es decir, dar una noticia, cuyo contenido se expresa a continuación: «Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios». La cercanía del reinado es la noticia; la enmienda es condición para que sea posible ese reinado. Consiste en el cambio de actitud del hombre respecto a los demás, en la adopción de una conducta justa; el momento del cambio se expresa con el término «arrepen­timiento».

No ha de confundirse éste con la «conversión» (gr. epistrophé,, término teológico que designa la vuelta a Dios (el verbo hebr. sub, convertirse, no se traduce en los LXX pormetanoeó). En Mc y Mt la conversión se expresará por la fe o adhesión a Jesús. Desde el momento en que está presente en el mundo el «Dios entre nosotros» (1,23), es a él a quien habrá que «volverse». Dado que Jesús no ha aparecido aún en la escena, el precursor invita al cambio de vida, como hará Jesús mismo (4,17) antes de darse a conocer. La enmienda ometanoja tiene su raíz en la predicación profética. Su paradigma está expresado por Is 1,16-17: «Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien».

«El reinado de Dios», que había sido la aspiración de Israel en toda su historia, era objeto de viva expectación en la época. Se pensaba generalmente que se realizaría por medio del Mesías, rey descendiente y sucesor de David, que vencería a los paganos y restauraría la gloria de Israel como nación. Juan Bautista, sin embargo, al exigir la enmienda como condición para el reinado, muestra que éste no es fruto solamente de la intervención de Dios, sino que requiere la colaboración del hombre. De hecho, se pensaba que el Mesías había de purificar también a Israel, sepa­rando en su interior a justos y pecadores.

 

v.3. Mt refiere un texto de Isaías a la predicación de Juan. La preparación de que habla el profeta coincide con la enmienda que pedía Juan. La voz grita «desde el desierto»: el lugar donde se sitúa el heraldo (en, es también el lugar desde donde ejerce su actividad. «Clamar en el desierto», en el sentido de hablar en vano,

sin que nadie haga caso carecería de sentido, puesto que la voz de Juan encuentra inmediato eco «fuera» del desierto, en Jerusa­lén y Judea (3,5).

 

v. 4. Basándose en el texto de Mal 3,23: «Yo os enviaré al profeta Elías antes que llegue el día del Señor», la teología rabinica había desarrollado la creencia de que Elías había de llegar como precursor del Mesías para purificar a Israel y prepararlo para el reinado mesiánico (Mt 17, 10) Por su vestido y, en particular, por la correa de cuelo a la’ cintura, Juan se identifica con el profeta Elías.  El es quien va a preceder el Día del Señor, es decir, la llegada del Mesías. Se asocia así la cercanía del reino con la proximidad del Mesías.

El alimento de Juan no era extraordinario. «Los saltamontes» se vendían también en los mercados. Su dieta confirma, sin embargo, su ruptura. Juan utiliza el alimento que tiene a mano, sin depender de la sociedad de la que se ha separado.

 

v. 5. La respuesta a la proclamación de Juan es unánime;. la capital y toda Palestina acuden a su pregón («toda Judea» signi­fica todo el país judío- cf Mc 1,5; Lc 1,5- Herodes el Grande, «rey de Judea»; acude también gente de la región cercana al río. Se establecen ahí dos polos opuestos: Jerusalén, lugar de las autoridades religioso-políticas y centro del culto ofi­cial, y el desierto, desde donde se hace oír la voz de Juan. La afluencia masiva a éste es un plebiscito en su favor y en contra de la institución judía; expresa así el pueblo su profundo descon­tento con esa institución y sus dirigentes.

 

v. 6. El bautismo o inmersión en el agua era un rito común en la cultura judía. Significaba la muerte a un pasado, que quedaba simbólicamente sepultado en el agua. Se utilizaba en lo civil para indicar, por ejemplo, la emancipación de un esclavo, y en religioso, para la conversión de un prosélito. En este caso signi­fica el cambio de vida- el pasado de injusticia queda sepultado. De ahí que el bautismo vaya acompañado de un reconocimiento de «los pecados», es decir, de las injusticias cometidas. Esta es la preparación para el reinado de Dios.

 

vv. 7-8. Los fariseos eran modelo de hombres religiosos y se pre­ciaban de su fidelidad a la Ley, interpretada según la tradición rabínica. Por su ejemplaridad al menos aparente, ejercían gran influjo sobre el pueblo; representaban el poder espiritual. Los saduceos por su parte, constituían la clase domi­nante. A ellos pertenecían los grandes terratenientes y las familias de la aristocracia sacerdotal; representaban el poder económico, religioso y político. Se acerca a Juan un buen número de ellos para recibir su bautismo, pero sin propósito de reconocer la injusticia en que viven ni de rectificar su conducta. En vista de la reacción del pueblo, el sistema opresor quiere de algún modo integrar la figura de Juan y el movimiento que ha suscitado.

Juan no los acepta, sino que los increpa de manera violenta. «Camada de víboras» caracteriza a las dos categorías como agen­tes de muerte. Juan califica así al poder político-religioso en su relación con los hombres. Lo mismo hará Jesús con fariseos y le­trados (12,34; 23,33). «Castigo» (lit. «ira»): en las lenguas semíticas y en el griego bíblico es frecuente expresar realidades por los sentimientos que las provocan o que ellos mismos provocan. Juan supone que Dios como rey o, lo que es igual, el Mesías que llega, va a infligir un castigo; los fariseos y saduceos pretenden evitarlo sometiéndose al rito externo, pero sin cumplir la condición exi­gida, la enmienda, sin cambiar radicalmente su modo de vida. Mt distingue, por tanto, entre la masa de la gente, que acepta el bau­tismo de Juan y cumple la condición propuesta (3,5s), y los círculos influyentes, que no tienen propósito de cumplirla. Pretenden ex­presar una ruptura con la injusticia, pero sin corregir su conducta personal.

 

vv. 9-l0. Creen que basta ser descendientes de Abrahán para ser salvados. Juan derriba esa seguridad. No cuenta el linaje, sino las obras. La descendencia de Abrahán puede provenir de fuera de Israel. Dios puede suscitarla incluso de lo que aparentemente es incapaz de vida («estas piedras»). Alusión, en boca del Bautista, a la futura entrada de los paganos en el reino de Dios (8,11). Juan espera de la llegada del Mesías un juicio inminente y severo. El fruto bueno es el fruto que corresponde a la enmienda (3,8). No bastan, pues, ritos externos para acoger el reinado de Dios, se re­quiere un cambio de conducta. Quienes no lo hagan, serán exclui­dos de él. La condena es la del árbol sin fruto, la destrucción por el fuego. La separación que va a efectuar el Mesías no se basará, por tanto, en la pureza de sangre ni en la práctica del culto (sadu­ceos) ni en la fidelidad a las prescripciones de la Ley (fariseos), sino en la actitud hacia el hombre.

 

v. 11. Juan compara su bautismo con el del que ha de llegar. Se declara precursor de uno más fuerte que él mismo. El propósito de su bautismo es suscitar el cambio de conducta (metanoja). El que llega trae un bautismo muy superior al suyo: con Espíritu Santo y fuego.

«Santo» aplicado al Espíritu significa, en primer lugar, su per­tenencia a la esfera divina; en segundo lugar, su actividad «san­tificadora» o «consagradora»; él es quien “separa” al hombre transfiriéndolo a la esfera de Dios. Su comunicación interior de vida divina transforma al hombre, lo mantiene en contacto con Dios y le da la fidelidad a él. El propósito humano de cambiar de conducta no adquiere verdadera solidez hasta que no esté confirmado por el Espíritu. El bautismo del Mesías efectuará, un juicio: para los que se han preparado con la enmienda, será purificación e infusión de Espíritu (fuerza de vida y fecundidad), efecto del favor de Dios para los que no han cambiado de con­ducta, será la destrucción expresada antes manifestación de la ira divina (3,10). Juan reconoce que «no merece ni quitarle las, sanda­lias al que llega». La imagen de quitar las sandalias esta inspirada en una antigua usanza matrimonial: cuando un hombre moría sin hijos, el pariente más próximo debía casarse con la viuda para dar descendencia al difunto (Dt 25,5). En caso de que no lo hiciera, otro podía tomar su puesto; el gesto simbólico que signi­ficaba esta apropiación del derecho del primero se hacía quitán­dole una o las dos sandalias Juan reconoce que el que viene es más fuerte que él y tiene derecho preferente. Se anuncia el tema del Esposo, que supone el de la alianza. El que viene funda una alianza nueva (cf. 26,28) donde él toma el puesto de Dios (el Esposo), por ser «Dios entre nosotros» (1,23).

 

v. 12. Repite Juan la idea del juicio con otra imagen: la del la­brador que recoge su cosecha. Su trigo, que será reunido, serán los que hayan producido el fruto de la enmienda; el verbo «reunir» recuerda la reunión escatológica de las tribus de Israel. La paja será quemada con fuego inextinguible, que asegura su absoluta destrucción.

La figura del Mesías que aparece en las palabras d el Bautista correspondía a cierta expectación de Israel. Juan manifiesta su hos­tilidad contra los fariseos y la clase dirigente (saduceos). El movimiento iniciado por el Bautista es, por tanto de raíz popular y espera que el Mesías haga justicia sin demora. A los dirigentes los considera enemigos del reinado de Dios y absolutamente necesitados de un cambio radical En la perspectiva del reino tiene que renunciar a su modo de proceder; su conducta actual es in­compatible con él Esta conducta es particularmente perversa (carnada de víbora;). Sin la actuación del Mesías como juez, anunciada por Juan, no corresponde a la actividad posterior de Jesús.

 

 

III

 

La primera lectura, de Isaías, es uno de esos varios preciosos textos de Isaías, y de los profetas bíblicos en general, que nos «describen» la utopía bíblica. Por definición, la u-topía «no tiene lugar», no se la puede encontrar, todavía no se ha concretado en ningún sitio, no existe… y en ese sentido tampoco se puede describir cómo es. Pero si hablamos de la utopía -y si incluso soñamos con ella- es porque sí tiene alguna forma de existencia. No existe concretamente… «todavía». Como decía Ernst Bloch, no sólo existe lo que es, sino lo que no-es-todavía (el “noch nicht Sein”). No es, pero puede ser, quiere ser, y como podemos comprobar de tantas maneras, lucha por llegar a ser.

El pensamiento utópico, es un componente esencial del judeocristianismo. No lo es de otras religiones, incluidas las grandes religiones. No hay sólo un tipo de religiosidad. Podemos encontrar varias corrientes en las religiones (neolíticas, de los últimos cinco mil años). Unas experimentan lo sagrado sobre todo en la conciencia (el pensamiento silencioso, la experiencia de la iluminación, de la no dualidad…), otras lo experimentan en la naturaleza, en la experiencia cósmica… Las religiones abrahámicas, por su parte, experimentan lo sagrado en la historia, a través del llamado de una Utopía de Amor-Justicia.

Es el ADN de nuestra religión. Todo lo demás (doctrina, moral, liturgia, institución eclesiástica…) se suma, reviste, completa… pero la esencia de la religiosidad abrahámica es esa fuerza de la experiencia espiritual mediante el llamado de la Utopía del Amor-Justicia. Que, por ser “amor-justicia”, obviamente, siempre estará de parte de los pobres, de los “injusticiados”, en cualquier nivel o tipo de injusticia (económica, cultural, racial, de género…).

Los profetas, Isaías en el caso de lalectura de hoy, «describe» la Utopía, o «cuenta el sueño» que le anima: un mundo amorizado, fraterno, sin injusticia, sin injusticiados, en armonía incluso con la naturaleza… La Utopía fue tomando en Israel el nombre de «reinado de Dios»: cuando Dios reina el mundo se transforma, la injusticia se convierte en justicia, el pecado en perdón, el odio en amor… las relaciones humanas descompuestas se recomponen en una red de amor y solidaridad. El conocido estribillo del canto del salmo 71 (el de la liturgia de este domingo) lo dice magistralmente: «Tu Reino es Vida, tu Reino es Verdad, tu Reino es Justicia, tu Reino es Paz, tu Reino es Gracia, tu Reino es Amor». Donde Dios está presente y «reina», es decir, donde se hacen las cosas «como Dios manda», allí hay Vida, Verdad, Justicia, Paz, Gracia y Amor. Por eso hay que clamar con el estribillo cantado de ese salmo: «Venga a nosotros tu Reino, Señor». No hay sueño ni utopía más grande, aunque esté tan lejana.

 

El adviento es, por antonomasia, el tiempo litúrgico de la esperanza. Y la esperanza es la «virtud» (la virtus, la fuerza) de la Utopía, la fuerza que la Utopía provoca, crea en nosotros para esperar contra toda esperanza. Adviento es por eso un tiempo adecuado para reflexionar sobre esta dimensión utópica esencial del cristianismo, y un tiempo para examinar si con el paso del tiempo nuestro cristianismo tal vez olvidó su esencia, tal vez arrincónó tanto la utopía como la esperanza.

El evangelio de Mateo nos presenta a Juan Bautista pidiendo a sus coetáneos la conversión, «porque el reinado de Dios [“de los cielos” dirá Mateo con un pudor reverencial judío] está cerca». En aquellos tiempos de mentalidad apocalíptica, la propensión a imaginar futuras irrupciones del cielo o del infierno servía para mover a las masas. Hoy, con una visión radicalmente distinta sobre la plausibilidad de tales expectativas apocalípticas, la argumentación de Juan Bautista ya no sirve, resulta increíble para la mayor parte de nuestros contemporáneos. No es que hayamos de cambiar (que hayamos de convertirnos) «porque el reino de Dios está cerca», sino exactamente al revés: el Reino de Dios puede estar cerca porque (y en la medida en que) decidimos cambiar nosotros (nos convirtimos) y con ello cambiamos este mundo… Ya no estamos en tiempos de apocalipsis (una irrupción venida de fuera y de arriba), sino de praxis histórica (una transformación venida de abajo y de dentro). El reinado de Dios -la Utopía -por decirlo con un lenguaje más amplio- no es ni puede ser objeto de «espera» (algo que sucederá al margen de nosotros), sino de «esperanza» (la desinencia «anza» expresa ese matiz de actividad endógena), es decir, de esa actitud que consiste en «desear provocando», desear ardientemente una realidad todavía «u-tópica», tratando de hacerla «tópica», presente en el «topos», en el lugar, aquí y ahora, en la Tierra presente, no en el cielo futuro.

Insistimos: otras religiosidades discurren por otra experiencia de lo sagrado -y ello no es malo, es muy bueno, y es muestra de la pluriformidad de la religiosidad-, pero la vivencia espiritual específicamente cristiana es esta esperanza activa histórico-utópica. En este Adviento podríamos hacer de esto una materia de reflexión y examen.

 

Por cierto, la segunda lectura, de la carta a los romanos, coincide curiosamente con este mismo enfoque esencial: «Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza»… Mantener la «esperanza», mantener esa tensión de compromiso histórico-utópico es el objetivo de las Escrituras (por cierto, «de todas las Escrituras», no sólo de la Biblia…). Es decir: las Escrituras fueron escritas para eso. No para fines piadosos, para fines estrictamente transcendentes o sobrenaturales… sino «para mantenernos en la esperanza», por tanto, para comprmeternos en la historia, para encontrar lo divino en lo humano, el Futuro absoluto en el futuro histórico. Cualquier utilización bíblica que nos encierre en la misma Bíblia, nos separe de la vida o nos haga olvidar el compromiso histórico de construir apasionadamente la Utopía en esta tierra, será un uso malversado -o incluso perverso- de la Biblia.

 

El evangelio de hoy es dramatizado en varios capítulos de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. Son los capítulos 2, 3 y 6. El guión -y su comentario- del capítulo 2 puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1100002 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap02b.mp3 Los guiones, comentarios y audios de los demás capítulos pueden ser encontrados en http://www.untaljesus.net

 

Para la revisión de vida

¿Soy persona de Utopía? ¿Vibro por ella? ¿Puedo decir que mi vida es un «vivir y luchar por la Causa (Utopía) que Jesús nos comunicó? ¿He llegado a descubrir y vivir el cristianismo como «militancia» histórica, como construcción de un Mundo Nuevo?

Juan es la antítesis de la sociedad de su tiempo; es decir, no se amoldó cómodamente a las maneras de ser y de pensar de sus contemporáneos. ¿Cómo me comporto yo en el ambiente en que vivo? ¿Hay algo de anuncio-denuncia en mi manera de ser y de transmitir el mensaje?

 

Para la reunión de grupo

Recoger, reunir los pasajes bíblicos más importantes que parecen describir el mundo de la Utopía. Comentar tras su lectura.

Nos sirve hoy la manera de argumentar de la predicación de Juan Bautista? ¿Por qué no?

Recordar el canto del salmo 71 (de Juan Antonio Manzano), y su estribillo: «Tu Reino es Vida, tu Reino es Verdad, tu Reino es Justicia, tu Reino es Paz, tu Reino es Gracia, tu Reino es Amor. ¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!». ¿Por qué ese estribillo es una de las mejores síntesis del mensaje cristiano y de su Utopía? Aprenderse ese estribillo como una definición muy práctica y asequible del Reinado de Dios.

 

Para la oración de los fieles

Por nuestros grupos y comunidades células de la Iglesia, para que fieles a la misión que nos corresponde seamos capaces de anunciar valientemente el evangelio en todos los lugares.

Por los que trabajan por la paz, la justicia y la prosperidad: para que descubran en su empeño el proyecto de Dios revelado en Jesús.

Por las comunidades cristianas de todas las confesiones: para que nos preparaos a la conmemoración de la venida de nuestro salvador con obras de amor, justicia y de paz.

Por todos nosotros para que este tiempo de adviento haga resonar en nuestros corazones las palabras de Juan que nos preparen de verdad a celebrar la llegada de Jesús.

 

Oración comunitaria

Dios Padre-Madre que nos entregas todo tu amor; haz que nuestras palabras y obras muestren siempre nuestra disposición al amor y la reconciliación; aleja de nosotros toda actitud de discordia, egoísmo y violencia, y haz que el encuentro que hoy celebramos nos fortalezca en la construcción de la Utopía del “otro mundo posible” que tú nos propones ayudarte a crear. Nosotros te lo pedimos por Jesús de Nazaret, hijo tuyo, hermano mayor nuestro. Amén.

 

Oh Fuerza Misteriosa que animas este proceso bio-cósmico, en el que nos sentimos inmersos sin comprenderlo ni terminar dejarnos transformar por él. Nos entregamos a Ti, Misterio de atracción irresistible, que del caos has originado este cosmos, con esa flecha meta-histórica que todo lo arrastra y lo lleva hacia adelante, también en nuestra propia vida, como en todo lo existente… Haz que nos sintamos cada vez más atraídos por Ti, Fuerza que todo lo atraes, y dejemos pasar esa Fuerza a través nuestro, para que asumida y multiplicada, siga transformando toda la realidad, esa Fuerza que eres Tú misma, que todo lo crea y lo recrea. Amén.

 

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