Soy cristiano por la gracia de Dios


Juan es un profeta, el típico profeta. No es sólo lo que dice, es él mismo, su modo de vivir, lo que es palabra de Dios.

 

Hijo de buena familia, un sacerdote del Templo de Jerusalén, ha renunciado a todo, incluso a su rango sacerdotal, vive en el desierto, viste de piel de camello, come langostas… y les grita a todos que no pierdan la vida, que está a las puertas “el Reino de Dios“, que hay que preparar el camino.

 

Y entonces llegan “los buenos”, los que se creen algo por ser hijos de Abraham, israelitas cumplidores de la Ley… No es eso: es convertirse de corazón y dar frutos. Y ya viene “El Definitivo”, el que pondrá en la tierra el Espíritu de Dios. Delante de él lo que es oro reluce y lo que es paja desaparece…

 

¡Qué figura la de Juan!  El último de la Antigua Ley, el heraldo de Jesús, la puerta del Reino.

 

Se nos ocurre que Mateo ha hecho, sutilmente, una comparación con Moisés. Moisés ha sacado al pueblo de Egipto, le ha dado la Ley en el Sinaí, lo ha llevado cuarenta años por el desierto, ha llegado a las puertas de la Tierra Prometida. Y un día, al Este del Jordán, enfrente de Jericó, Dios le lleva a la punta del monte Nebo para que pueda ver la Tierra Prometida… antes de morir.

 

Todo el Antiguo Testamento es un camino hacia Jesús. Al final del camino, en la cumbre, Juan Bautista señala a Jesús: ¡Ahí está!… y desaparece de la historia.

 

El tema de fondo de este domingo nos obliga a repensar quiénes somos, como Juan el Bautista y Jesús les obligó a los judíos a preguntárselo. “Somos hijos de Abraham”, decían orgullosamente aquellos “justos” judíos. Y pensaban quizá que con esto podían quedarse satisfechos. Pero Juan el Bautista proclama que esto no vale nada. Lo que valen son las buenas obras, los frutos.

 

Esto nos proporciona la oportunidad de pensar en nosotros mismos. El viejo catecismo empezaba preguntando: ¿Eres cristiano? Y respondíamos: “Soy cristiano por la gracia de Dios”. Y aquí empiezan los matices.

 

“Por la gracia de Dios” quizá significa para nosotros que nos creemos afortunados, agraciados, distinguidos… que somos más que otros que no han recibido esa gracia. Quizá pensemos que nuestra salvación es segura, puesto que conocemos a Dios.

 

Pero no es así. Conocer a Jesús, más aún que una enorme gracia, es un enorme compromiso. Ser cristiano es, por encima de todo, haber aceptado una misión, y una misión dura: ser como Jesús, trabajar por El Reino, vivir para el Reino. Esos son los frutos que se esperan de los que hemos recibido la gracia de la fe en Jesús.

 

Fue precisamente esto lo que más le costó entender a Israel, si es que lo entendió. Israel pensó siempre que él era “el pueblo elegido”, preferido de Yahvé, que le hacía triunfar sobre los demás pueblos… los cuales no eran “el pueblo de Yahvé”.

 

Tan profunda era esta convicción que los primeros cristianos, los discípulos inmediatos de Jesús todavía tenían este problema. Por este problema tuvieron serias discusiones Pablo, Bernabé, Pedro y Santiago. ¿Hay que ser judío para ser cristiano? ¿Hay que circuncidarse y dar culto en el Templo de Jerusalén?

 

El mensaje de Jesús ¿es para los judíos o para todos? Y es que Israel tuvo siempre la tentación de pensar que Dios era para él. Pero es al revés. Y esta es la esencia de nuestra reflexión.

 

Ser cristiano es aceptar la novedad de Jesús, la Gran Noticia, lo que Jesús llama  “el Reino”. La Gran Noticia del Reino es, simplemente: Dios, mi Padre, cuenta conmigo para trabajar por sus hijos. Esto es, a la vez, una enorme suerte y un enorme compromiso. Ser cristiano es haber sido elegido para un trabajo, y haberlo aceptado.

 

La verdad es que hemos recibido mucho. Nos han dado la fe, el conocimiento de Jesús, hemos recibido la Palabra de Dios a espuertas, hemos celebrado miles de veces la Eucaristía, tenemos a nuestra disposición los formidables ejemplos de los santos, de tantos santos como hemos conocido y conocemos…

 

Todo eso nos lo han dado, sin mérito alguno por nuestra parte. ¿De qué podemos presumir? ¿De haber recibido mucho? Es más sensato preguntarnos para qué nos lo han dado y para qué lo tenemos.

 

Y es que sentimos la tentación de considerar que lo que tenemos es mérito nuestro, y considerarlo como un seguro ante Dios: soy cristiano, cumplo los mandamientos, voy a misa… estoy en paz con Dios. Es exactamente lo que pensaban los fariseos y saduceos del evangelio de hoy: “Somos hijos de Abraham”.

 

Jesús desmontó esta mentalidad con la famosa parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18) El fariseo era “justo”: conocía a Dios, conocía la Ley y la cumplía: se sentía en paz con Dios y le daba gracias: ¿qué hay de malo en ello? ¿Por qué es rechazado? Muy sencillo: pensaba que todo eso, el conocimiento de Dios y de la Ley, y su cumplimiento de la Ley eran sus méritos. Y no era así: todas esas cosas son los regalos que había recibido de Dios: no eran su haber sino su debe, un capital prestado, esperando que produjera intereses.

 

Aquí está la clave de “la elección”. Elegidos para trabajar, hemos recibido medios para trabajar. Tenemos una viña, unas cepas, unos instrumentos de labranza… Y sonreímos felices pensando en la suerte que tenemos. Pero se espera de nosotros un buen trabajo, una buena cosecha.

 

El evangelio de hoy es tajante: viene Jesús, a ponerlo todo en su sitio: viene a “limpiar la era”, a aventar, para que la paja se la lleve el viento, para que quede el grano.

 

Pero esto, una vez más, es una fiesta, una liberación. Si nos sentimos justos ante Dios por ser cristianos y cumplir estrictamente todos los preceptos, nuestra religión se hace legal: cumplir y recibir premios, no cumplir y temer el castigo. No.

 

Jesús ha ido mucho más lejos. Él nos trae “el Espíritu y el fuego”, la revelación plena de quiénes somos: somos los hijos, que hemos aceptado voluntariamente, entusiasmados, el trabajo de nuestro Padre: sacar al mundo del pecado y del mal.

 

Nuestro motor es el fuego, el amor de Dios. Hemos recibido el gran mensaje: Dios te quiere. Y eso lo cambia todo. Estoy comprometido en un gran proyecto, sé que Dios cuenta conmigo para ese trabajo, y que me da salud o enfermedad, o ciencia o habilidad o fe o capacidad de consolar… o lo que sea, para que me ponga a trabajar por el Reino.

 

“Soy hijo de Abraham, soy cristiano” ya se puede decir sin petulancia, sin orgullo ninguno; solamente diciendo que sé para qué vivo y qué se espera de mí y que procuro esforzarme en responder a la confianza que han puesto en mí. Una liberación, y un compromiso, voluntario y apremiante. Es otra religión, lo de Jesús.

 

El Pueblo elegido no es el pueblo preferido, sino el pueblo al que se exige más. La Ley no es una penosa obligación sino la luz para no errar, para poder ser libres. La Libertad no es poder hacer lo que me dé la gana, sino no ser esclavo del pecado, que me impide ser más…

 

Jesús lo cambia todo. Esto es lo que se divisa en las formidables palabras de Isaías, que sabía ya, setecientos años antes de Cristo, que lo de Dios era algo muy muy diferente.

 

S A L M O   4 0

 

Oramos al Señor juntos, como iglesia;

recitamos este salmo pidiendo al Señor que Él nos convierta,

que no nos deje alejarnos de su Palabra.

 

 

En Dios pongo toda mi esperanza.

Él se inclina hacia mí y escucha mi oración.

El salva mi vida de la oscuridad,

afirma mis pies sobre roca

y asegura mis pasos.

Mi boca entona un cántico nuevo

de alabanza al Señor.

Dichoso el que pone en Dios su confianza.

 

No quieres sacrificios ni oblaciones

pero me has abierto los ojos,

no exiges cultos ni holocaustos,

y yo te digo : aquí me tienes,

para hacer, Señor, tu voluntad.

 

Tú, Señor, hazme sentir tu cariño,

que tu amor y tu verdad me guarden siempre.

Porque mi errores recaen sobre mí

y no me dejan ver.

 

¡Socórreme, Señor, ven en mi ayuda!

Que sientan tu alegría los que te buscan.

Yo soy pobre, Señor, socórreme,

Tú, mi Salvador, mi Dios, no tardes.

 

 

José Enrique Galarreta

 

 

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