Comentarios tercer domingo de Adviento


¿LO CONOCEIS?

En otras épocas, las cosas estaban más claras: los que creían, creían todos lo mismo; los que no creían… ¡allá ellos!

Hoy, sin embargo, son muchas las voces que pretenden hablar en nombre de Jesús y diversos los mensajes que en su nombre se proponen. ¿Somos nosotros capaces de descubrir cuál es su auténtico mensaje? ¿Hay algún medio fiable para reconocerlo?

¿ Qué podemos responder a la pregunta que sirve de título a una popular canción religiosa: «¿Lo conocéis?»?

EL MESÍAS DE JUAN

Según Juan Bautista, era misión del Mesías ser el instru­mento por medio del cual Dios iba a devolver a su pueblo la libertad, la dignidad y la justicia.

A los dirigentes religiosos y políticos (fariseos y saduceos) y al mismísimo rey Herodes les anunció que Dios les iba a dar su merecido por ser los directos responsables de la injusticia (Mt 3,7-12; 14,3-4); al pueblo le dijo que se preparara, rom­piendo con esa injusticia, para el difícil y terrible juicio que se acercaba: «Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios» (Mt 3,2).

 

LAS DUDAS DE JUAN

Confiado porque sabía que estaba de la parte del Dios liberador de Israel, denunció con valentía los abusos de los poderosos. Pero… Un día el rey Herodes, presionado por su amante, lo detuvo y lo encerró en la cárcel (Mt 14,3ss).

Seguro que entonces se le agolparon en la mente un torren­te de preguntas. ¿Qué estaba pasando? ¿Cuándo se iba a reali­zar el juicio de Dios? ¿Cuándo iban a ser castigados, de una vez por todas, los culpables? ¿Cómo es que Dios no establecía ya con su poder la justicia? ¿Vencerían de nuevo los de siem­pre? ¿ Se habría vuelto a olvidar Dios de su pueblo? Quizá aquél no era todavía el Mesías. Y silo era, ¿por qué no hacía nada por librarlo de la cárcel? Estas eran las dudas del Bau­tista.

 

VIDA Y LIBERACION

Por medio de dos de sus discípulos, Juan plantea la cues­tión al mismo Jesús: «¿Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro?» En su respuesta, Jesús se remite a los hechos:

-«Id a contarle a Juan lo que estáis viendo y oyendo».

Lo que presenta como pruebas para que Juan sepa y crea que él es efectivamente el Mesías son las cosas que hace y el mensaje que predica; son hechos y palabras de liberación y vida: «Ciegos ven y cojos andan, leprosos quedan limpios y sordos oyen, muertos resucitan y pobres reciben la buena no­ticia». Esas son las señales del Mesías; eso es lo que sobre él anunciaron los antiguos: por medio de él Dios devolvería al pueblo la vida y la libertad que los poderosos le habían arrebatado. Cojos, ciegos, leprosos, sordos, muertos…, invalidez, oscuridad, marginación, muerte… A ese estado habían llevado al pueblo.

 

OTRO MESÍAS, OTRO DIOS, OTRO HOMBRE

Jesús era, en efecto, el Mesías, pues daba vida y libertad. Pero entonces…

Juan Bautista no sabía que la misión del Mesías no era juzgar al hombre, sino darle la posibilidad de crecer y hacerse adulto, dejando de ser -también en sus relaciones con Dios-infantil. Sabía que Dios quiere la libertad del hombre, pero no sabía que Dios también quiere que sean los hombres quie­nes conquisten su propia libertad; y sabia que Dios emplea toda su fuerza en favor de la liberación de los hombres; pero no sabia que la fuerza del Padre de Jesús no es el castigo que esclaviza por el miedo, sino el amor, infinitamente eficaz si es aceptado, pero del todo inútil si se rechaza. Sabía que Dios no soporta la injusticia ni la opresión de los pobres; pero no sa­bia que la solución a esos problemas no iba a bajar milagrosa­mente del cielo. Dios, por medio de su Mesías, estaba ya ense­ñando cual es el único modo de resolverlos definitivamente: poniendo en práctica la buena noticia, el evangelio que Jesús anunciaba a los pobres, cada hombre y cada pueblo podría obtener de Dios la vida y la liberación definitivas; pero el hom­bre debería colaborar en su propia liberación.

 

¿LO CONOCEIS?

A Juan Bautista le costó trabajo reconocer, en Jesús, al Mesías. ¿Y nosotros? ¿Lo conocemos? ¿Lo reconocemos?

A un Dios que no nos resuelve nuestros problemas, sino que nos exige comprometernos en su solución, ¿ lo recono­cemos?

A un Mesías partidario de la teología de la liberación (= ciencia del Dios liberador Y, en su sentido más radical y profundo, ¿ lo reconocemos?

¿Y a un hombre adulto, responsable de su propio destino por voluntad de Dios?

Estas son las señales del Mesías, los rasgos mediante los cuales se puede reconocer el mensaje de Jesús: allí donde se anuncia y se pone en práctica, los hombres son más humanos, más felices, y están más llenos de vida, de libertad, de amor.

Y ya, desde ahora.

 

 

II

 

vv. 2-6. Juan Bautista está en la cárcel (cf. 4,12). Allí se entera de las obras que realiza el Mesías, a quien él había reconocido en su bautismo (3,14). Por medio de dos discípulos, le manda recado. Los discípulos de Juan han aparecido antes (9,14); apegados al estilo de vida fariseo, no comprendían a Jesús. Juan se sirve de ellos para proponer a Jesús una pregunta que revela su propia indeci­sión: «¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro?» «El que había de venir» fue la expresión utilizada por Juan para anunciar la llegada del Mesías-Esposo (3,11). La pregunta remite, por tanto, directamente a aquel pasaje, y esto explica su sentido.

Juan había anunciado un Mesías cuyo bautismo tendría carácter de juicio; separaría a los que habían respondido a su predicación, siendo para ellos la efusión del Espíritu; pero, por otro lado, para los que no habían practicado la enmienda, en particular para los círculos de poder, fariseos y saduceos (3,7ss), significaría la des­trucción (fuego).

Esta idea central de juicio fue desarrollada por Juan con la imagen del hacha puesta a la raíz del árbol (3,10) y del labrador que reúne el trigo y quema la paja (3,12). Nada tiene de extraño, pues, que ante la actividad de Jesús, quien hasta ahora no se ha enfrentado directamente con las minorías dominantes ni da sen­tencia condenatoria, sino que soporta la oposición (9,11-13.14), Juan se pregunte si verdaderamente es el Mesías o si es otro el que va a realizar el juicio que se espera. Juan concibe a un Mesías que va a actuar con la fuerza y va a derribar a los que ejercen el poder. El hecho de que esté en la cárcel puede indicar que de la actividad de Jesús esperaba su propia liberación (cf. Is 61,1).

La respuesta de Jesús a los emisarios remite precisamente a sus obras (4s). Estas se describen con términos proféticos que anunciaban el rescate del pueblo para emprender el éxodo definiti­vo (Is 35,5s) o que describen la salvación (Is 29,18; 26,19). Como se ha expuesto en los episodios anteriores (8,2-9,34), son figuras de la liberación que va haciendo Jesús del pueblo (ciegos, sordos, leprosos, muertos). Se añade la proclamación de la buena noticia a los pobres (Is 61,1). Todos los rasgos con que Jesús describe su acción son de liberación y curación, ninguno de juicio. A pesar de las fuertes reminiscencias de Is 35,5s y 61,1 en Mt 11,5, no hay alusión alguna a Is 35,4 y 61,2, donde se contempla un día futuro de ven­ganza y desquite. Jesús se apoya en algunos textos proféticos, pero deja de lado otros. No toda la elucubración mesiánica basada sobre textos del AT tenía validez.

Termina Jesús su exposición con un aviso, que es al mismo tiempo una bienaventuranza: «Dichoso el que no se escandalice de mí» (6), es decir, e1. que acepte su modo de obrar y, con él, su persona y misión. Es un aviso y una recomendación a Juan. Se re­fleja aquí el diálogo entre Juan y Jesús con ocasión del bautis­mo (3,14s). Juan no entendía que el Mesías solicitara su bautismo, y Jesús le hizo comprender que este símbolo de muerte resumía la voluntad del Padre sobre ellos dos. Pero Juan no ha terminado aun de entender lo expuesto entonces por Jesús.

 

vv 7-11. Dada la respuesta a los emisarios de Juan, Jesús hace su elogio ante las multitudes. Sus preguntas van en crescendo. Juan no ha sido un hombre que haya contemporizado con los poderosos (cf. 3,7-12) ni haya vacilado ante la violencia; tampoco ha vivido en el lujo (alusión al vestido y modo de vida de Juan, 3,4).

Claramente, el pueblo consideraba a Juan un profeta (cf. 21,26), pero Jesús va más allá: es más que profeta (9), por ser el precursor del Mesías. Lo apoya con un texto (10) que combina dos del AT. Su primera parte corresponde a Ex 23,20. Juan va a preparar el éxodo definitivo, que será obra del Mesías, y cuya tierra prometida es el reinado de Dios. Todo el texto se inspira también en Mal 3,1. «Tu camino» es en Mal 3,1 el camino de Yahvé; en Mt se aplica a Jesús; él, como es «Dios entre nosotros», va a conducir el éxodo (10). Con introducción solemne («Os aseguro»), establece una contrapo­sición: afirma la excelencia de Juan sobre todos los personajes históricos que lo habían precedido, pero, al mismo tiempo, afirma que el más pequeño en el reino de Dios (alusión a los discípulos, a los que en 10,42 ha calificado de «pequeños») es más grande que él. Marca así Jesús la diferencia entre la época del AT y la que comienza con él. Juan estaba a la puerta del reino de Dios como anunciador de su cercanía (3,2), pero la distancia entre el reino y los hombres sólo puede ser salvada por la adhesión a Jesús.

Por decirlo así, Juan ve ya la tierra prometida, pero no puede entrar en ella. Con su bautismo ha sacado a la gente de la institu­ción judía hasta la orilla del Jordán (3,5s), pero el paso del Jordán para entrar en la tierra está reservado a Jesús, nuevo Josué. Los que participan del reino gozan de una realidad de la que Juan no ha podido participar (11).

 

 

III

 

La primera y la segunda lectura de hoy, del profeta Isaías y del apóstol Santiago, coinciden en el mensaje: merece la pena esperar, hay que esperar, debemos esperar, porque viene nuestro Dios, él mismo viene en persona, y trae el desquite… Hay que tener paciencia, porque es inminente su llegada, ya está a la puerta…

No dudamos de que esta forma de plantear la esperanza, de vivirla y de transmitirla, ha sido útil y muy eficaz para muchas generaciones anteriores a nosotros, pero tampoco dudamos de que hoy día, ese planteamiento pudiera no servir ya.

Este motivo aducido clásicamente para fundamentar la esperanza, de que Alguien viene, alguien va a irrumpir apocalípticamente en nuestra vida, incluso con inminencia, y de que nuestra esperanza consista en «esperar» (de espera, no de esperanza) su llegada… no resulta hoy ya plausible. Ese esquema conceptual según el cual Dios ha anunciado que vuelve, en una segunda venida que sellará el final del mundo, y que nosotros estamos en un tiempo intermedio, incierto y amenazado por la espada colgante (de Damocles) de esa sorpresa que llegará como la visita del ladrón, ha sido una imagen poderosa, que ha cautivado la atención de muchas generaciones, pero que hoy empieza ya a no funcionar.

Aquellas generaciones tenían una comprensión del mundo fundamentalmente religiosa, inserta en las coordenadas de la descripción del mundo que las mismas religiones habían elaborado: un mundo que consistía esencialmente en un «plan de Dios» para poner una prueba al ser humano y llevarlo a otra vida, mejor o peor según mereciera premio o castigo. Dentro de ese «pequeño mundo», dentro de esa cosmovisión religiosista que ocupó por milenios el imaginario de nuestros mayores, funcionaba el hablar de una segunda venida, de la prueba que Dios nos pone, de la amenaza que supone la posible sorpresa del Dios que viene e irrumpe en el mundo para finalizarlo e inaugurar otro eón, el de los premios y castigos. Este imaginario religioso (tradicional, antiquísimo, milenario…) está agotándose, desapareciendo con las generaciones mayores, desvaneciéndose y perdiendo vivacidad yplausibilidad en las generaciones medias, y siendo rechazada en las generaciones jóvenes, en las que no logra ya implantarse.

En el nuevo imaginario o cosmovisión que muchos estamos adquiriendo, fundamentado en la nueva imagen que la cosmología y el conjunto actual de las ciencias nos ofrecen, ya no cabe concebir la realidad tan «antropocéntricamente» como para pensar que todo consiste y todo se reduce a «un plan que Dios ha hecho para probar al ser humano». Al ser humano actual no le resulta ya plausible una espiritualidad que le dice que él es el centro del cosmos, y que este cosmos «ha sido creado simplemente para servir de escenario al drama humano de su salvación ultraterrena»… Y no le resulta plausible tampoco que el misterio tan respetable del más allá sea asociado con, y puesto al servicio de la amenaza de castigos ni de la promesa de premios…

¿Es posible ser cristiano sin tener que adoptar estas imágenes que hoy sentimos como no incorporables a nuestra cosmovisión? Sí, lo es, al costo de purificar nuestra esperanza -y, más ampliamente, nuestra cosmovisión global- de aquellas imágenes propias de un tiempo que ya no es el nuestro.

En realidad, lo que importa es el contenido profundo, la experiencia espiritual, la dimensión de esperanza (en este caso), no el soporte de categorías, esquemas mentales, cosmovisiones apocalípticas o esquemas de concepción del tiempo de los que echaron mano nuestros antepasados. El cristianismo, a lo largo de s historia, ya ha abandonado muchas imágenes que en su tiempo fueron comunes, que luego se oscurecieron, y que finalmente nos resultaron inaceptables (de algunas de las cuales hoy incluso nos avergonzamos). En los últimos tiempos, el predominio del pensamiento estático, el supuesto de la ahistoricidad y la negación del carácter evolutivo de todo, nos ha querido hacer pensar que no podemos cambiar nada, que debemos creer a la letra lo que expresaron nuestros mayores, sin remontarnos a revivir su misma experiencia profunda pero con libertad y creatividad, y que nada puede ser innovado. Pero la misma historia está ahí para demostrar lo contrario a quien sepa y quiera verlo. Y también está ahí el presente: son muchos ya, de hecho, los cristianos/as que «creen de otra manera».

 

El evangelio de Mateo nos presenta la llamada «prueba mesiánica». Juan el Bautista desde la cárcel manda emisarios para preguntarle a Jesús si es él el esperado o si deben esperar a otro. Jesús no responde con algunas pruebas teologicas, ni con citas bíblicas apologéticas, o con algunos dogmas o doctrinas, sino que se remite y remite a los consultantes a los puros hechos, que pueden ser «vistos y oídos»: «los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios… y a los pobres se les anuncia el Evangelio, la Buena Noticia». Estos «hechos», estas buenas noticias, son la prueba de identidad del Mesías. Y serán, tienen que ser, la prueba de identidad de quienes sigan al Mesías, al Xristós, o sea, los «cristianos». Sólo si nuestra vida produce esos mismos hechos, sólo si somos «buena noticia para los pobres», sólo entonces estaremos siendo seguidores de aquel Mesías, del Xristós, o sea, «cristianos».

 

No olvidamos que hoy es la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, tan latinoamericana, y mexicanísima. Buena ocasión para leer algo de lo mucho que ha sido escrito sobre ese «mensaje guadalupano» que, todavía hoy, sigue cautivando a los expertos.

 

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 45 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Una pregunta desde la cárcel». El guión del texto, y su comentario, puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1200045Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap45b.mp3

 

Para la revisión de vida

Detengámonos un momento en nuestro camino de evangelizadores y tratemos de configurar de nuevo en nuestra vida la imagen de Jesús: ¿coincide esa imagen con la que nos revelan los evangelios? Preguntémonos: “eres tú, o debemos replantearnos tu imagen?

 

Para la reunión de grupo

¿El mundo se va a acabar, o puede ser que se acabe «con la segunda venida de Cristo»? ¿Es dogma de fe? ¿Qué fundamento tiene? Pero, ¿qué significaría en todo caso? ¿Es un elemento esencial del «relato» cristiano? ¿Qué es lo que sería esencial, la expresión o su contenido profundo? ¿Y cuál es ese contenido? Se puede ser cristiano y «creer» en el mundo que la ciencia nos presenta hoy día? Alguien puede preparar este tema con una reflexión-planteamiento del tema. Luego se conversa y dialoga abiertamente, y alguien finalmente trata de expresar una conclusión común, aunque no sea única.

Retomemos la respuesta de Jesús a los mensajeros de Juan, ¿cuáles son las señales que Jesús ve como la prueba de su mesianismo? ¿Valen esas mismas señales para probar la identidad del seguidor del Mesías? Poner algún ejemplo: ¿en qué situaciones, actitudes, personas, grupos… creemos que hoy se dan esas buenas noticias, esas pruebas de estar compartiendo la misión del Mesías… y en cuáles no?

 

Para la oración de los fieles

Por los que viven sin esperanza o en tristeza, para que Cristo Salvador los llene de fortaleza y de alegría. Roguemos al Señor.

Por nuestros grupos y comunidades, para que a pesar de las dificultades e injusticias que enfrentamos cada día, seamos capaces de sembrar esperanza y luchar con entusiasmo evangélico por un mundo mejor. Roguemos al Señor.

Por los que hemos sido llamados a trabajar de manera directa en el anuncio del Evangelio, para que el Jesús que predicamos sea el que realmente vivimos y seguimos. Roguemos al Señor.

Por todas las iglesias que confiesan su fe en Jesús, para que más allá de los intereses de grupo sepamos poner todos nuestros esfuerzos a favor de la paz, la unidad y la fraternidad. Roguemos…

 

Oración comunitaria

Padre bueno, al acercarnos a la celebración de la fiesta entrañable de la Navidad te pedimos que acrecientes nuestra esperanza, para que nunca desistamos del esfuerzo por crear un mundo en el que el amor sea posible. Nosotros te lo pedimos por Jesús de Nazaret, hijo tuyo y hermano nuestro, cuyo nacimiento nos aprestamos a celebrar. Amén.

 

Oh Fuerza vital que nos constituyes, que nos has hecho brotar de la Vida, como Materia organizada y consciente, que se mantiene y se sostiene contra el embate del Tiempo, que tiende continuamente a disolverla… Nos entregamos a tu abrazo poderoso que nos ha traído al ser, nos mantiene en él, y un día nos abrazará plenamente hasta absorbernos en su seno y mantenernos ya para siempre unidos a Ti… Amén.

 

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