Isaias censurado


Según Flavio Josefo, la muerte de Juan a manos de Herodes Antipas no fue causada, como aparece en los evangelios, por el hecho de que el profeta se inmiscuyese en un asunto de cuernos entre hermanos (Mc 6,17-29), sino más verosímilmente por el temor, por parte del tetrarca, de una sublevación popular provocada por el Bautista.De hecho, cuando el éxito de la predicación de Juan llegó al ápice, “Herodes se alarmó. Su elocuencia tenía sobre la gente efectos tan fuertes que podía llevar a cualquier clase de sedición, porque parecía que la gente quería dejarse guiar por Juan en todo lo que hiciesen. Por esto, Herodes decidió que sería mucho mejor golpearlo anticipadamente, librándose de él antes de que su actividad llevase a una sublevación, que esperar un levantamiento y encontrarse en una situación tan difícil como para arrepentirse de ella. Con ocasión de las sospechas de Herodes, (Juan) fue llevado encadenado a Maqueronte, y allí fue asesinado” (Antigüedades 18, 118-119). Y es precisamente en la cárcel donde explota la dramática crisis del Bautista con relación a aquel Jesús al que, en el momento del bautismo, había reconocido como “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). El Dios que Jesús manifiesta con sus acciones y con su mensaje es de hecho diferente al predicado por Juan. Éste, “más que un profeta” (Mt 11,9), es el último de los grandes hombres de Dios que cierran una era, la del Dios que ninguno había conocido en verdad, ni siquiera Moisés el gran legislador, o Elías el máximo profeta, porque “a Dios nadie lo ha visto nunca” (Jn 1,18). El único que lo puede revelar plenamente es aquel Jesús de quien el Bautista había dado testimonio públicamente como “el Hijo de Dios” (Jn 1,34). Prosiguiendo una tradición religiosa de la que es el último exponente, Juan el Bautista había presentado al Mesías como aquél que vendría a bautizar “con Espíritu Santo y fuego” (Mt 3,11): “Espíritu” para comunicar vida a los justos, y “fuego” para destruir, como paja, a los pecadores.Heredero de una religiosidad que espera un pueblo formado en su totalidad por santos (“En tu pueblo todos serán justos”, Is 60,21), Juan se queda desconcertado con el comportamiento de un Jesús que afirma “haber venido a llamar más que justos a pecadores”.El Bautista había proclamado que “todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego” (Lc 3,9). Jesús, en clara referencia al celo destructor de Juan, le responde con la parábola de la higuera estéril. Mientras aquél que ha plantado la higuera le dice: “Córtala. ¿Para qué, además, va a esquilmar la tierra? (Lc 13,7). Jesús, que no ha venido a destruir, sino a vivificar, le devuelve la vida al árbol, considerado ya completamente estéril (“tres años”) y pide tener paciencia: “Señor, déjala todavía este año; entretanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol” (Lc 13,8). Con Juan se ha cerrado definitivamente una época (“Porque hasta Juan los profetas todos y la Ley eran profecía”, Mt 11,13) pues, con Jesús, Dios no es ya una profecía, sino una realidad visible, en la que no se encuentran actitudes de juicio o condena, sino sólo propuestas de plenitud de vida y un amor extendido incluso hacia quien no lo merece.En lugar de juzgar a los hombres por su conducta, Jesús anuncia que el amor del Padre se extiende a todos, injustos incluidos, porque “no envió Dios el Hijo al mundo para que dé sentencia contra el mundo, sino para que el mundo por él se salve” (Jn 3,17). Pero Juan no consigue aceptar la novedad traída por Jesús y, desde la cárcel, le envía un ultimátum que suena a excomunión: “¿Eres tú el que tenía que venir o espera-mos a otro? (Mt 11,3). A la amenaza del Bautista, Jesús responde con los hechos, enumerando las acciones positivas con las que ha devuelto la vida: “Id a contarle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Ciegos ven y cojos andan, leprosos quedan limpios y sordos oyen, muertos resucitan y pobres reciben la buena noticia (Mt 11,4-5). En su réplica a Jesús cita dos textos conocidos de Isaías, donde se anuncian las obras que deberá hacer el Mesías de Dios a su llegada, pero censura los pasajes en los que el profeta anuncia la esperada venganza de Dios sobre los paganos pecadores: “Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene enpersona, resarcirá y os salvará; (Is 35,4; 61,2). Y Jesús concluye su respuesta con un aviso para Juan, que es una invitación a abrirse a la novedad de un Dios que ama a todos: “¡Y dichoso el que no se escandalice de mí! (Mt 11,6). Solo así Juan, “el más grande de los nacidos de mujer” (Mt 11,11) será grande también en el reino de Dios.

ALBERTO MAGGI. Cómo leer el evangelio y no perder la fe, II. Ediciones El Almendro, Córdoba 2003, pp. 51-57

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