Seguimos siendo una religión de ricos, sabios y perfectos


Juan Bautista está en la cárcel. Ha increpado públicamente al rey Herodes por sus muchas maldades, y el rey lo ha encarcelado. Oye hablar de Jesús y le manda sus discípulos, muy probablemente para pasarle sus discípulos a Jesús, para que se vayan con él.

 

El episodio parece dudosamente histórico, más bien da la impresión de ser una composición del evangelista para mostrar la transición de Juan, el precursor, a Jesús, el que había de venir, el esperado.

 

“¿Eres tú el que ha de venir?”

 

Nos interesa la respuesta de Jesús, la prueba de que Él es el enviado:

 

“los ciegos ven… y se anuncia a los pobres la Buena Noticia”.

 

Son “las señales del Reino”, como lo anunciaron los profetas, como hemos visto en el texto de Isaías. El Reino de Dios es salud, curación, alegría de los pobres…

 

Y si los ricos, los poderosos, los sabios esperaban otra cosa y se escandalizan, peor para ellos. Jesús ve que ya está siendo rechazado, como fueron rechazados los profetas, porque muchos que se dicen religiosos no aceptan a Dios como es, sino como a ellos les conviene que sea. Se escandalizarán de Jesús.

 

(Este es el tema, el argumento básico, del cuarto Evangelio: “vino a los suyos, y los suyos no le recibieron”, y un tema básico del evangelio de Marcos).

 

Jesús aprovecha la ocasión para proclamar la grandeza de Juan: el último y más grande de los profetas: después de él, se acabó el destino de Israel, la preparación, la antigua Ley: después de Juan, el Reino de Dios. Dichoso el que acepte a Jesús, el que no se escandalice de Él.

 

Hay una sutil tentación en estos textos, un drama profundo y una Estupenda Noticia.

 

Todas las personas religiosas sufren esa tentación. Israel la sufrió y cayó en ella frecuentemente. “Dios está con nosotros, luego todo nos irá bien”. Abundancia, éxito, fecundidad, felicidad, paz, alegría: ¿cómo no va a ser así, si está con nosotros el mismo Dios Libertador? ¿Cómo no nos va a librar del mal, de todo mal?

 

Pero no es así. Sigue habiendo ciegos y cojos, y se pierden las cosechas, y hay enfermedades.

 

Y es que “los ciegos ven” significa que Dios nos enseña para qué es la vida.

 

“Los cojos saltan” significa que podemos caminar hacia la Vida.

 

“Los enfermos se curan y los muertos resucitan” significa que salimos de nuestros pecados, esos pecados que nos matan, y recobramos la salud del espíritu, y salvamos la vida de la mediocridad y de la destrucción.

 

Pero ¡qué fuerte es la tentación de pedir a Dios que haga las cosas a nuestro gusto, nos quite los males de esta vida, convierta esta vida en el Paraíso! El Reino de Dios se ha convertido en el Paraíso en esta vida. Y es que, si Dios no nos sirve para eso, ¿para qué nos sirve?

 

Pues no, los pobres son los pecadores, los que reciben con gozo el Reino, no simplemente los que no tienen dinero. Y son los pecados los que desaparecen con la venida del Señor, no simplemente las enfermedades del cuerpo.

 

Así que, de una vez para siempre, Dios no hará que nos toque la Lotería ni que encontremos trabajo, ni que se nos cure un cáncer ni que aprobemos unas oposiciones. No lo hará.

 

Y es inútil que le pidamos todas esas cosas. La razón es muy sencilla: todas esas cosas pueden ser útiles o perjudiciales para nuestra salud, para nuestra salvación. Todas esas cosas pueden servirnos para nuestro destino o estropeárnoslo.

 

Dios nos proporciona el modo de que todo lo de la vida, la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza, el éxito y el fracaso, nos valgan para La Vida. Pero, por encima de todo, Dios nos saca del pecado, sobre todo del Primer Pecado, el pecado más original y radical de todos: vivir sólo para esta vida, como si pudiera ser eterna, como si no hubiese más.

 

La tentación es aún más descarada para los que piensan en la religión como una presencia del Poder de Dios. Dios está aquí, nosotros somos sus representantes, luego nosotros tenemos poder, nosotros somos el poder de Dios en la tierra. Tentación de sacerdotes, de jefes de religiones. Como visires de su majestad, como secretarios del Jefe.

 

Tentación de convertir la salvación en poder, de entregar la religión a los poderosos, a los sabios, a los ricos. El Reino de Dios se ha convertido en el reinado de los sacerdotes, en el poder de la Iglesia.

 

De la misma manera, la Iglesia y sus jefes no tienen poder alguno sobre el mundo. Su único poder es el que mostró Jesús: servir a todo el mundo, ofrecer la palabra, ponerse de rodillas a los pies de todos, como un esclavo, y lavarles los pies.

 

Y, en lo más íntimo de mi conciencia, yo no soy superior a nadie por el hecho de haber recibido tanta Palabra de Dios. Yo sólo soy un mensajero; y muy mal mensajero, porque mis propios pecados y mi mediocridad oscurecen la Palabra que se me ha entregado.

 

Nuestro drama, una vez más, es que nosotros “esperamos a otro”. También los judíos “esperaban a otro”. Esperaban al restaurador de la gloria del reino de Judá. Y se escandalizaron de Jesús, y lo rechazaron.

Nosotros hacemos lo mismo. Oramos a Dios pidiéndole cosas que juzgamos importantísimas: y como no lo conseguimos,  renegamos de Dios. “Estamos tirados, Dios no escucha”.

¿Por qué no escuchamos nosotros a Dios? Pero nosotros estamos empeñados en que Dios nos sirva para hacer esta vida más confortable. Y a Dios eso no le interesa.

Pero, más aún, el drama es que nosotros no esperamos más que lo que vemos: vemos las religiones como alardes del poder de Dios, a cuyas leyes ha de someterse todo mortal, alardes de infalibilidad de los imprescindibles sacerdotes; vemos las religiones como cosa de cultos, de importantes… y no nos atrevemos a esperar nada más.

Por eso, somos incapaces de aceptar la Estupenda Noticia: que Dios es de los pobres. El revolucionario anuncio de Jesús, con sus palabras y con sus hechos, es que ni los ricos ni los sacerdotes ni los sabios ni los puros tienen preferencia alguna ante Dios.

Más aún, que el corazón de Dios se inclina irremediablemente hacia los otros, los marginados, los desafortunados, los impuros. Que Dios no es justo, sino descaradamente parcial en favor de sus hijos más necesitados. Que Dios está con los últimos.

“La Buena Noticia se anuncia a los pobres” es una estupenda revolución de Jesús, porque la religión parecía ser siempre cosa de ricos, de poderosos, desde el poder y la riqueza.

Su ejemplo perfecto es el Templo, mármoles, oros, cedro, incienso carísimo, manadas de reses sacrificadas, cánticos sublimes, personajes vestidos de reyes celestiales, poder, gloria, ostentación verdad infalible, presencia de Dios en el esplendor y la sabiduría… Jesús no es así, ni su Dios es así, ni es ésa su gente.

La gran Noticia es que Dios es de todos, de todos los que le necesitan, de todos los que quieran aceptar esa Noticia. “La Buena Noticia se anuncia a los pobres” es una buena noticia, porque siempre había sido cosa de ricos… hasta que llegó Jesús.

 

Y ésa es la señal que Jesús da a Juan: ¿os sirve esa señal? Dichosos vosotros si esa señal no os escandaliza.

 

Llega el Señor, el Libertador. De muchas cosas nos tiene que liberar el Señor: la primera, sin duda, de nuestro deseo de que esta vida se convierta en el Paraíso por la fuerza milagrosa de Dios. Y la segunda, quizá más fuerte, de nuestra religión, de lo que nosotros hemos hecho con La Palabra.

 

S A L M O   16

 

 

Guárdame, Señor, que me refugio en Ti.

Decid al Señor: “Tú eres mi Dios,

Tú eres mi Bien y no deseo otro”

 

Aunque todo el mundo corra tras los ídolos,

mi herencia eres Tú, Señor.

Eres Tú quien garantiza mi suerte

Eres Tú mi herencia y mi riqueza.

 

Bendigo al Señor, mi consejero

y lo tengo presente sin descanso.

El Señor a mi diestra. El es mi guía.

 

Así encuentra mi espíritu la paz

mi corazón reposa seguro

porque Tú no abandonas mi vida.

 

Tú me enseñas el camino de la vida

y encuentro ante tu rostro

la plenitud de vida y de alegría.

 

Guárdame, Señor, que me refugio en ti.

 

 

José Enrique Galarreta

 

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