Los esponsales y una noche de duda


En los tiempos de Jesús y en la mayoría de los países de Oriente era el padre quien decidía con quien habían de casarse sus hijas. Sin embargo en Israel esto solo era válido antes de que la muchacha cumpliera doce años. A partir de esta edad era necesario el consentimiento de la hija para concertar el compromiso. Los esponsales preparaban el paso de la muchacha del poder de su padre al de su esposo. A veces se celebraban cuando la novia era aún una niña de seis, ocho años. Pero la edad normal era a los doce o doce y medio. A esa edad la muchacha era considerada una mujer adulta. En Israel las mujeres se casaban muy jovencitas: trece, catorce años eran edades muy frecuentes. Los hombres lo hacían con algunos años más: diecisiete, dieciocho. En las ciudades se daban muchos casos de matrimonios con parientes, pues como las mujeres vivían muy encerradas era difícil que conocieran con cierta libertad a otros muchachos en edad de casarse. Esto no ocurría en el campo. Mujeres y hombres

trabajaban juntos en la recolección, en la siembra y podían entablar amistad con más normalidad. Además la pequeñez de Nazaret facilitaba el que todos conocieran a todos.

El matrimonio era precedido por los esponsales, que no debemos confundir con un simple noviazgo, como lo entendemos hoy día. Estar desposados era prácticamente estar casados. Y la infidelidad de la mujer, en este tiempo, era considerada ya como adulterio, aunque la unión entre los desposados no se hubiera consumado.

No se sabe con exactitud el tiempo que mediaba entre los esponsales y el matrimonio. Lo ordinario era un año, pero dependía de los lugares, de las costumbres familiares, de la época, del año.

Poquísimos datos da el evangelio acerca de José, el esposo de María. Pero las costumbres de la época y la vida de Nazaret nos permiten imaginar- lo. Cuando José se desposo con María sería un muchacho joven, fuerte y en plenitud de vida. Campesino, trabajador, creyente, como otros muchos jóvenes de entonces, que esperaban la liberación de su pueblo y vivían en su propia carne la pobreza de la clase social a la que pertenecían.

Al tener noticia del embarazo de María, a José se le presentaban varios caminos. El de repudiarla -divorciarse de ella, rompiendo los desposorios- alegando cualquier razón que la ley le ofrecía (por ejemplo algún defecto que hubiera descubierto en María, físico o moral) El denunciar- la como adultera, infiel a la palabra dada, con la que María podía ser matada a pedrada por los vecinos de Nazaret. O el de huir de la aldea, que- dando ante sus vecinos como un cobarde que no cumple con su esposa y más tarde, por el estado de María, convertirse en hazmerreír de todos sus paisanos.

Por amor a María, porque la quería pro- fundamente. José eligió otro camino que no era ni el legalista ni el de la huida. Acepto lo que había ocurrido, se fió de la palabra de su esposa y acogió como suyo aquel niño, encubriendo así a María ante toda la aldea, para que no murmuraran de ella. Fue una decisión inspirada en el amor que le tenía. La decisión de un hombre “justo”, según el evangelio. Justo en su más profundo sentido, que no es nunca del que actúa según la ley, sino según el espíritu, del que obra según los sentimientos más hondos de cariño, solidaridad y confianza.

Para resolver las terribles dudas que tuvo que experimentar José, el evangelista Mateo hace intervenir a un ángel que en sueños le habla, le devuelve la paz y le da fuerza para tomar la deci- sión de aceptar a María y al hijo que va a nacer.

(Martín Vigil. Un tal Jesús. no 3)

 

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