“Como señal (…) al niño envuelto en pañales y acostado en un establo”


Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Hace muchos años, me invitaron a colaborar con el P. Antonio Silva, S.J. en una novena de Navidad. Ya había trabajado con él en Buenavista, Córdoba, cuando era novicio, pero esta vez la novena se desarrollaba en San Antonio de Tequendama, un pueblo enclavado en medio de la montaña que baja de Bogotá hacia el río grande de la Magdalena… Un paisaje bello, un contexto sencillo, un escenario privilegiado para vivir el tiempo de Adviento y celebrar la Navidad en medio de los sencillos de este mundo, donde suele encarnarse de una manera más frecuente el Dios con nosotros que nace hoy.

No sobra decir que el P. Toñito Silva, como cariñosamente lo llamamos, es un alma de niño, encarnado en un hombre de unos 80 años que ya se van a acercando a los 90… Su alma de niño está garantizada de toda oxidación y deterioro. Nunca ha dejado de ser un niño y eso se muestra en su maravillosa sensibilidad. Desde joven en la Compañía se le ha conocido como un hombre creativo y divertido. Le encanta jugar y goza de una gracia particular de Dios que le permite vivir veinticuatro horas al día disfrutando de la infancia espiritual, único pasaporte válido para entrar al reino de los cielos…

Durante la novena, la gente acudía a la eucaristía de la tarde para escuchar la Palabra de Dios y la amena predicación de Toñito, como la mejor preparación del corazón para la llegada del Niño del Pesebre… Pero uno de aquellos días, después de haber proclamado el evangelio correspondiente, Toñito Silva se dirigió hacia una banca donde había una señora con un niño de brazos… Le pidió el niño prestado a su mamá y fue y lo colocó en la cuna vacía que habían colocado a los pies del altar, adornada con pajas y algodones. Desde luego, el niño, más sorprendido que su mamá, rompió a llorar a pleno pulmón al verse alejado de su progenitora. Todos sabemos que el llanto de un niño puede arruinar una predicación, aunque el padre tenga la ventaja de un micrófono y un equipo de sonido de muchos vatios de salida, mientras el niño o niña (creo que gritan un poco más las niñas…), cuenta sólo con sus pequeños pulmones, para hacerse sentir…

Cuando hablan del realismo mágico de García Márquez, me parece que no tiene nada de mágico, comparado con la realidad que se vive en estas latitudes. Ni la mejor literatura es capaz de superar la magia de la realidad. No se imaginan el escenario de un niño llorando a todo pulmón, mientras toda la gente escuchaba con mucha atención y el padre Toñito reposaba impasiblemente sentado en su sede, que en esas circunstancias, parecía episcopal... Toñito se sentía el más dichoso predicador. Realmente había encontrado un reemplazo inmejorable esa tarde de oración. Después de unos cinco minutos eternos, en los que todos los presentes pasamos miles de veces por millones de interrogantes y deseos de intervenir de alguna manera esa escena macondiana, Toñito se levantó con mucha solemnidad de su silla, tomó al niño entre sus brazos y lo devolvió a la ansiosa madre que suspiraba sin saber qué hacer… El llanto se detuvo casi inmediatamente, dejando oír las últimas palabras del predicador suplantado que exhaló, como si fuera un último suspiro… “Así sea…”, y continuó, como si nada, con la eucaristía.

No he escuchado una mejor predicación, en mis largos años de haber participado de la eucaristía. Tal vez hoy, día en que celebramos el misterio de la Navidad, podríamos acercarnos al pesebre para escuchar el llanto de un niño y, al mismo tiempo, escuchar el llanto de Dios que nos sigue interpelando desde la humildad del pesebre.

 

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