Pedro Arrupe

El día 5 de febrero de 1991 murió el P. Pedro Arrupe en la Ciudad Eterna. Contaba con 84 años y estaba impedido, a causa de una trombosis cerebral que le ocurrió en 1981 en el aeropuerto de Fiumicino, a la vuelta de un viaje a Filipinas. Durante toda su larga enfermedad estuvo asistido, con cariñosa simbiosis, por un malagueño universal, también ya fallecido, el H. Rafael Bandera, tío del actor Antonio Domínguez Bandera (Antonio Banderas). En 1986 tuve ocasión de saludar al P. Arrupe en su austero cuarto de la enfermería de la curia generalicia, y, a falta de palabras, que no podía pronunciar, nunca olvidaré la vívida expresión de sus ojos, su amable rostro y su gesto acogedor. Después del funeral repleto de personalidades, fue sepultado en el cementerio “Campo de Verano”, hasta que, pasados cinco años, sus restos fueron trasladados a la emblemática iglesia del Gesú, donde reposan junto a otros miembros de la Compañía de Jesús, entre ellos el primer malagueño jesuita, Don Fadrique Manrique de Lara (fallecido en Roma en 1584), además de la mayor parte de los superiores generales de esta Orden religiosa.

Este bilbaíno de miras universales había nacido en 1907, y a punto de finalizar su carrera de medicina abandonó estos estudios para ingresar en la Compañía de Jesús, en 1927. De esta decisión comentaría su compañero y amigo, el futuro premio Nobel Severo Ochoa, que “Pedro había elegido la mejor carrera”. Por el contrario, su profesor de Fisiología, Don Juan Negrín, que sería después presidente del gobierno de la II República Española, no se resignó a perder un buen discípulo e intentó disuadirlo. Completó su formación en España, Bélgica, Holanda y Estados Unidos, y en 1938 fue destinado a Japón. Cuando los americanos lanzaron la bomba atómica en 1945, era maestro de novicios de los jóvenes aspirantes a la Compañía en Nagatsuka, a las afueras de Hiroshima. Recordando sus conocimientos médicos se aprestó a socorrer a la población que él mismo ayudó a transportar al noviciado. Reflejó sus vivencias en un “best-seller” de la época: “Yo viví la bomba atómica”.

En 1965 fue elegido 28º superior general de los jesuitas, en los tiempos de plena aplicación del concilio Vaticano II, y le tocó a él ser el motor del proceso de renovación de la Compañía (que nunca se lo perdonaron sus detractores), lo que se plasmó, especialmente, en los documentos de la Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús (1974-1975) que vinculó inevitablemente la promoción de la Fe con la de la Justicia. Fue el timonel que hábilmente condujo entre escollos a la Compañía en los difíciles años de la crisis postconciliar. Para algunos era demasiado conservador, para otros demasiado progresista, incluso se llegó a decir que “un vasco fundó la Compañía y otro la iba a destruir”.

Entre sus cualidades destaca su optimismo, su capacidad de comunicación, su afabilidad, su arraigo en los orígenes de la Iglesia y la Compañía, su audaz apertura al futuro y su intensa vida de oración, que practicaba con generosidad al estilo japonés, y era el manantial del que brotaba tanta capacidad de trabajo. Quizás no fue suficientemente diplomático con el Vaticano, lo que le supuso ciertas dificultades con los Papas, especialmente con Juan Pablo II, quien, tras la trombosis de Arrupe, no asumió a su sucesor natural según la legislación de la Compañía, sino que nombró a otros responsables para la transición. La situación se regularizó cuando el enfermo P. General dimitió ante la Congregación General (Asamblea Mundial) XXXIII en 1983 y fue elegido para sucederle el holandés Peter-Hans Kolvenbach, que asumió desde un principio su herencia.

Su carácter, su mística, su carisma, su espiritualidad, su radicalidad evangélicas, etc. lo convirtieron en una de las primeras figuras eclesiales del siglo XX, por lo que su “hacer” y “pensar” han influido dentro y fuera de la Compañía de Jesús. Fue como el buen Papa Juan, la caritativa Madre Teresa y otros cristianos que han supuesto una bocanada de aire fresco para la Iglesia del siglo XX, camino del tercer Milenio.

Arrupe murió, pero su pensamiento sigue vigente y su fama de santidad crece. De hecho, son muchas las peticiones, entre ellas las de muchas congregaciones provinciales de la Compañía, en orden a que se inicie el proceso de beatificación. Esperemos que pronto se nos proponga como modelo a imitar y seguir, pues en un mundo de ídolos de barro (del fútbol, la canción y el cine), necesitamos personas a las que seguir, personas que apostaron su vida sinceramente por valores verdaderamente positivos, capaces de dar sentido a la vida y realizarla plenamente. Mientras esto llega, el P. Arrupe presta su nombre a instituciones que orgullosamente lo lucen: Centro Fe-Cultura Padre Arrupe, Aula Padre Arrupe, Voluntariado Padre Arrupe, Fundación Arrupe, etc.

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